lunes, julio 31, 2017

¿Cuántas veces muere un cadáver?

Como si de una función continuada se tratase, los venezolanos asistimos a la repetición de una película vieja, que no conoce los beneficios tecnológicos de la «remasterización». Esta cinta añeja bien pudiese llamarse «El fin de la República»  o «El fin de la democracia», porque tales son las expresiones pronunciadas o escritas por la más reciente promoción de egresados de la escuela del «Ahora sí», hermanas de Facultad de las venerables escuelas cognoscitivas del «Trapo Rojo» y el «Pote de humo».
Miembros ilustres de la cohorte del «Ahora sí» son, qué duda cabe, los expertos y académicos obsesionados por mirar el mundo únicamente con el enfoque económico de las decisiones racionales, la  teoría de juegos, las estructuras de incentivos, los análisis costo-beneficio y las estrategias de salida. También figuran los «civilistas de la hora undécima», un grupo  formado por aquellos disidentes del chavismo militarista y caudillista, que sienten que no tienen culpas que expiar ni despropósitos que aclarar a nadie, por hallarse bendecidos y afortunados por el «eterno e incuestionable prestigio moral» de la militancia en las filas de la izquierda rebelde y antiimperialista. El cuadro lo completan aquellos líderes de opinión reacios hasta ayer a mencionar categorías políticas cuyo origen y significación desconocen (tiranía, dictadura, totalitarismo); sujetos que en su fuero interno, y al mejor estilo de la humorada de Oscar Wilde, no desean educarse, sino ser tenidos por educados…
Pregunto: ¿cuántas veces muere un cadáver? Infinitas, a juzgar por el empeño de ciertos opositores de matar y resucitar a la «república» y la «democracia» con cada nueva tropelía del poder dictatorial y neototalitario. De modo que la «democracia» y la «república» terminan por parecer la encarnación en la Tierra de los míticos hímenes de las huríes coránicas, cuyos tejidos son capaces de regenerarse una vez culminada la penetración del yihadista premiado con el Paraíso.
Pero un cadáver no puede morir dos veces. En Venezuela no hay república ni democracia desde 1999. Ese año el chavismo, los notables y los magistrados de la Sala Político Administrativa de la extinta Corte Suprema de Justicia se las echaron al pico. Sin embargo, comprendo que es humano, demasiado humano, que dirigentes tránsfugas ―o destetados bruscamente del erario―, así como electores refractarios a asumir las consecuencias políticas de su irresponsabilidad ciudadana, hagan coincidir el fin de la república con la fecha siguiente al día de su deserción de las filas revolucionarias.
Como el diabético que subestima su condición, se come todos los dulces de la pastelería y abre las puertas con sus excesos al coma diabético, las amputaciones o incluso la misma muerte, ayer el gobierno decidió empacharse de un poder que no está en capacidad de digerir. Lo lamentable no será su previsible deceso, sino la cauda de muerte y dolor que traerá a miles de familias venezolanas.
Que esta tragedia nacional sirva para hacer un mejor diseño institucional para la Venezuela del futuro, cuyo advenimiento no se halla tan lejano como piensan los pesimistas de la oposición y los optimistas del gobierno. Ojalá se consiga conjurar el demonio de la reelección ―origen de todas las guerras venezolanas―, se establezca el balotaje o segunda vuelta, se recorte el período de gobierno, se suprima el engañoso e incumplible «referendo revocatorio» ―excusa para la colusión de los poderes públicos y fuente de ingobernabilidad, se impida a los magistrados de la Sala Constitucional fungir como poder constituyente de facto ―hasta el punto de desfigurar y hacer irreconocible con sus sentencias el régimen de libertades, prohíba la actividad proselitista de doctrinas antidemocráticas, antirrepublicanas y cainitas, se elimine el fuero militar y se consagre la eliminación de los derechos políticos a los participantes en golpes y asonadas. Aunque lo más importante será, a mi juicio, infundir en la sociedad venezolana una conciencia cabal de las implicaciones del sufragio, porque como señala el escritor español Javier Marías: «un voto acarrea consecuencias colectivas e irremediables, a lo largo de cuatro años o más. No sólo hay un “día siguiente” tras unas elecciones o un referéndum, sino que hay decenas de interminables meses siguientes, durante los cuales a los elegidos les da tiempo a propugnar nuevas leyes y liquidar las existentes, a suprimir derechos, a disolver el Parlamento y controlar la prensa y a los jueces, a decidir que ya no habrá separación de poderes; en el peor de los casos que ya no se podrá volver a votar; y que todos los disidentes serán declarados traidores y subversivos. En unas elecciones se otorga poder real, y justamente en ellas es donde menos se puede sucumbir al cabreo, a la impulsividad, al mero afán de “desalojar”. Porque siempre se “aloja” a otro, quizá aún peor».
Juzgo importante aclarar en estas líneas que no estoy a favor de la violencia. Respeto la vida humana. No veo nada glorioso en la muerte. No preciso de mártires ni tampoco de existencias malogradas cuyo sacrificio sea menester honrar. Pero mi apego a estos principios no me impide observar los riesgos de la ingenuidad, de la insensatez de negar que en el mundo existe la maldad, las ideologías con vocación de dominio perenne, los sujetos con naturaleza de esbirro y comisario, los especialistas en inducción de psicosis colectivas, los mandones con ganas de ver arder «la ciudad eterna». El gobierno debe frenar su orientación tanática, porque al comportarse como todos los sistemas totalitarios, contribuye a la concientización de una verdad histórica: Hitler, al burlarse continuamente del pacifismo y la política de pactos de Chamberlain, dio legitimidad absoluta al uso de la violencia... Ojalá los mandamases puestos en Venezuela por la Cuba castrista reflexionen, aunque a decir verdad no me hago esperanzas: los arrastra la misma mentalidad fanática, de ciega inmolación, que precipitó el  final de los «davidianos» del rancho de Waco.

PD1: Dice el líder a sus seguidores: «Cuando digo “soy”, quiero decir “somos”» y al escucharlo me siento como un espíritu antiguo, uno proveniente de un mundo poblado por hombres y mujeres que cuando querían decir «somos» decían «somos», y no pretendían ocultar su egoísmo con frases de supuesto brillo intelectual.


PD2: Una duda: ¿Y cuándo ese mismo líder, sentado frente a un copioso banquete en Miraflores, dice  «como» querrá decir «comemos»? En fin, es tan falso que ni el código QR del carnet de la patria lo reconoce…

Etiquetas: , ,

sábado, abril 22, 2017

Frente a la tanqueta. Frente a la Medusa

Estos días han sido muy duros, pero dentro de lo malo se respira una convicción indeclinable de poner coto a la dictadura. El miedo sólo disuade a los «indignados» o a los viudos de los subsidios, pero refuerza el ímpetu de lucha de las personas comprometidas con el ideal de la libertad y también con el destino de sus almas afines (padres, hijos, hermanos, amigos). El gobierno yerra en muchos de sus cálculos. Cada equivocación supone derramamiento de sangre inocente, pero también introduce una ligera modificación en el estado de las cosas; estado de las cosas que, en su deslizamiento lento y doloroso, se aleja del punto donde el gobierno es el más poderoso. 
Stefan Zweig, fino intérprete de la psicología humana, en su libro de memorias El mundo de ayer dijo con no poca desilusión: «Había estudiado demasiada historia, y escrito sobre ella, como para no saber que la gran masa siempre se inclina hacia el lado donde se halla el centro de gravedad en cada momento».
En el campo simbólico, el de las percepciones e intuiciones, el centro de gravedad se está rodando. Estoy consciente de que algunos «expertos» pueden argumentar que mientras se mantenga incólume la asimetría de armas y pertrechos el gobierno tiene todo para imponerse. A ellos les interpongo un nuevo pensamiento, esta vez del poeta Paúl Valery: «La era del orden es el imperio de la ficción. Ningún poder es capaz de sostenerse con la sola opresión de los cuerpos. Se necesitan fuerzas ficticias». El chavismo-madurismo no puede buscar tales fuerzas ficticias en cualquier parte: tiene que remitirse a su fuente primera, ese relato original de la supremacía del soberano, el cual en el plano sociológico pudiera ser etéreo e incorpóreo en su integridad, pero en el plano físico tiene la encarnación de los votantes convocados a unos comicios. Paradojas de la voluntad humana: Hugo Chávez al atar la noción de democracia a elecciones no sólo caricaturizó y simplificó la esencia del llamado gobierno del pueblo, sino que ató ―atado y bien atado (como diría otro de los gorilones que pueblan la noche de los tiempos)― la legitimidad de su sistema político a la celebración de comicios, que otra cosa no es la supuesta democracia directa, protagónica y participativa.
Muerto el líder carismático se rompe la operación de alquimia emocional que fusionaba a caudillo, pueblo y ejército. En la actualidad del chavismo el jefe del Estado no es el pueblo, ni el pueblo se siente Jefe del Estado. La ecuación de Ceresole se rompió. El sociólogo estadounidense Daniel Bell, en su libro Las contradicciones culturales del capitalismo, advierte que «no puede haber una sociedad que funcione con una cultura opuesta a su sistema de legitimidad». El haber suspendido dos elecciones (referendo revocatorio y votaciones regionales) representa mucho más que el desconocimiento del régimen democrático (que en Venezuela no existe desde 1999, al igual que la República). Con tales decisiones se materializó la ruptura de un pacto simbólico suscrito entre un líder y sus seguidores: el pueblo ya sabe que no es soberano, porque no puede ser soberano de nada aquel que no decide sino únicamente padece (Chiste malo: «Padece un soberano pendejo»). 
En el momento crucial, el espíritu totalitario siempre arroja los tanques. Es una verdad. En Rusia Boris Yeltsin se montó sobre ellos; en China un valiente y solitario manifestante cayó entre sus ruedas oruga. En Alemania, nos dicen, se derribó el muro sin un tiro. Lo que callan es que fue gracias a que al frente de la URSS estaba Gorbachov y no Brezhnev u otro dirigente coaccionado por un Kremlin de línea dura.
La suerte de Venezuela puede ser distinta a las sociedades oprimidas por el socialismo (el comunismo es el cielo que llegará con la abolición del Estado: por tanto es detestable como utopía, nunca como gobierno porque no ha sido ni será; y la socialdemocracia no es socialismo). Hay tres factores que ayudan al pueblo venezolano en su dispareja lucha. Dos tienen un carácter desafortunado; uno tiene el perfume de los tiempos modernos: 1) la imposibilidad de que el precio del petróleo suba a los 100 dólares (posibilidad que reactivaría la capacidad del aparato burocrático de la dictadura para acompañar el bombardeo propagandístico con programas sociales que en la práctica son coimas); 2) la proximidad de la hiperinflación (no hay gobiernos que aguanten esta mecha ni el descontento popular que produce, porque este monstruo termina por afectar incluso la efectividad del gasto público, eje de la ilusión del crecimiento revolucionario); y 3) la existencia de las redes sociales (ningún gobierno totalitario había lidiado con un enemigo de tal talla, capaz de desmontar propagandas y desinformaciones con un torrente de fotos y videos), que muta su principal virtud en principal debilidad: el mensaje único no aguanta la cayapa instantánea y viral de múltiples mensajes multimedia. 
¿Ganarán los demócratas en esta oportunidad? ¿Su triunfo será en paz? Shakespeare escribió: «So foul a sky clear not without a storm» [«Un cielo tan cargado no se despeja sino con tormentas»]. Por los momentos no vemos rayos ni centellas. Sí percibimos una densa nube de gases tóxicos que enrarecen el aire ―así como los eufemismos enrarecen el idioma y matan la verdad―. Yo sólo sé esto: Hoy en Venezuela, y como si se tratase de un niño que nace a la vida entre lágrimas y llantos, la bella libertad busca un lugar en el mundo. En lo hondo de nuestros corazones ya lo tiene.



NOTA: Quien esto escribe es un hombre amante de la libertad y renuente a sacrificarla por engañifas tales como igualdad, soberanía y demás conceptos rimbombantes y supuestamente incuestionables empleados frecuentemente por quienes sólo desean eternizarse en el mando. Esta aclaratoria la hago para que el lector sepa quién escribe, y además porque comparto el juicio del historiador y periodista inglés Timothy Garton Ash cuando expone: «A veces aclararle al lector el punto de vista propio, lo que cabría denominar parcialidad transparente, puede ser más honrado que una imparcialidad fingida. El ejemplo clásico es Homenaje a Cataluña, de George Orwell, una de las mejores obras de periodismo político moderno. En el último capítulo, Orwell escribe: “Por si no lo he dicho antes en algún sitio del libro, lo diré ahora: desconfíen de mi parcialidad, de mis errores de hecho y de la distorsión inevitablemente provocada por haber visto solo un ángulo de los acontecimientos”. En la práctica, dice “¡No me crean!”, y por eso le creemos».

Etiquetas: , ,

lunes, agosto 29, 2016

La mayoría: ¿una ficción?



La generalidad de los historiadores de los sistemas de gobierno fija el nacimiento de la democracia en el año 508 A.C., como consecuencia de las reformas políticas de Clístenes. Pero lo cierto es que nunca se sabrá con exactitud la fecha y el lugar en los que la primera agrupación humana convino en regir su destino según un modelo basado en la voluntad colectiva.
Numerosos hallazgos de la antropología y la arqueología han corroborado, en distintos puntos geográficos, la existencia de prácticas culturales que pudiesen ser resultados de una inspiración democrática (Dahl, 2006). Las condiciones favorables para el surgimiento de una sociedad democrática guardan relación con la lógica de la igualdad. La forma popular de mando, principio de la democracia, nació espontáneamente en tribus independientes de control externo, con cohesión social, distribución armónica del trabajo individual y de las responsabilidades comunes, profundo sentido de pertenencia a la comunidad y un sector mayoritario de la población interesado en participar en el gobierno del grupo.
Quizá por la necesidad de mitigar el malestar de los sectores más humildes de la tribu, o por la urgencia de formar una alianza política con clanes vecinos, las novedosas jerarquías de mando no tardaron en comprender la importancia de fortalecer su dominio social con el uso conveniente y controlado de algunos mecanismos de los gobiernos populares primigenios (por ejemplo, la asamblea o el consejo de ancianos). De este modo, los reyes y los jefes militares lograron proyectar un cariz popular, e incluso cierta resonancia épica, alrededor de medidas basadas en intereses individuales. La unanimidad y la aclamación pasaron a ser, por la fuerza de los hechos, el remedo histórico del espíritu de grupo, la materialización vicaria del antiguo todo. Como plantea Pierre Rosanvallon (2010: 42-43):

En el mundo antiguo, la realización de una sociedad unida y pacificada definía el ideal político. Homonoia, la diosa de la concordia, era celebrada en las ciudades griegas, y en el mundo latino se erigían templos a la diosa Concordia. En esos diferentes universos, participar es, ante todo, afirmarse como miembro de una comunidad… Sólo se puede participar de un conjunto, de una totalidad. No hay, por lo tanto, ninguna técnica política admitida que lleve a manifestar la existencia de una división. De ahí el papel central desempeñado por la aclamación popular.

Al volver la mirada a la antigua Grecia se advierte que no existían categorías políticas tales como «mayoría» y «minoría», en los debates asamblearios recreados por Homero en el texto fundamental de la cultura helénica: Ilíada. La facultad de cualquier persona para participar en un debate de alcance general, así como la posibilidad de expresar su posición política, dependían exclusivamente de la venia del rey. Este gobernante único se reservaba el derecho de consultar la opinión del consejo de generales o de ancianos.

Del ágora al claustro

Con la desaparición de la monarquía aristocrática y su sustitución por la aristocracia republicana, el poder perdió parcialmente su carácter personalista. La voluntad política no dependía de la imposición de un sujeto, sino que surgía de la sumatoria de los pareceres de los integrantes de las asambleas nobiliarias: juicios expresados y recogidos mediante un proceso de votación. De acuerdo con el helenista Domenico Musti (2000: 54):

En un estudio reciente, F. Ruzé analiza el concepto de plêthos (totalidad). Su tesis es que la historia de la expresión de la voluntad política en Grecia se presenta como el paso de la idea de la unanimidad, que encontramos en las asambleas homéricas como única posibilidad de expresión, al principio de la mayoría… Pero en realidad, más que el descubrimiento de la idea de la mayoría, que es un punto de vista formal, lo que se descubre son los derechos de la asamblea, que aumentan continuamente.

La votación a mano alzada (cheirotonía) fue el primer mecanismo de decisión instituido en la democracia griega, como sistema de autogobierno nacido de la ampliación de derechos de los ciudadanos y de la asamblea popular. Presentaba la ventaja de permitir un conteo rápido de los votos.
Los atenienses advirtieron que, cuando tomaban las decisiones a cara limpia y a mano alzada, corrían el riesgo de perder autonomía, en los casos más polémicos. La fuerza numérica de la mayoría, la manipulación emocional ejercida por los amigos presentes en la votación, la posibilidad de represalias posteriores o la presión psicológica del público funcionaban, en la práctica, como formas de intimidación en la mente del votante. Quedaba comprobado que la democracia asamblearia, al igual que la tiranía, podía avanzar gracias al miedo.
La necesidad de librar a los votantes de influencias, presiones o extorsiones condujo a una segunda modalidad de agregación de votos: la votación secreta (psephophoría). Gracias a ella, el ciudadano manifestaba su opinión depositando una piedra (psêphos) en un ánfora (hydría). Al final de la consulta, un funcionario seleccionado para tal fin, el kêryx (el que proclama), comunicaba al colectivo el resultado final. Cuando el enjuiciamiento popular de un ciudadano de la polis culminaba con igualdad de votos (isopsephía), la asamblea no procedía a organizar rondas de desempate, sino que aplicaba directamente el llamado «voto de Atenea» (prenda de humanismo de la cultura helénica): un recurso extraordinario de absolución penal o de reivindicación moral. Como explica Musti (2000: 56):

Los griegos distinguieron rápidamente el voto secreto del voto público, y analizaron el problema y la oportunidad de tal distinción. En cuanto al carácter abierto o secreto del voto, observamos cómo los procedimientos más «garantistas» (voto secreto, pero también cómputo minucioso y puntual, cuando es secreto, y en cualquier caso, también cuando es abierto) no se adoptan por un criterio formalista, sino cuando están en juego las delicadas cuestiones que afectan al estatus y a los derechos de las personas. Estos mecanismos de garantía que se adoptan, según los casos, completos o en parte, en los tribunales y en la asamblea cuando funciona como órgano jurídico, sirven para asegurar la imparcialidad de los jueces populares defendiéndolos de influencias, presiones o retorsiones, ese reconocido derecho al miedo, por así decirlo, que comporta la democracia y, en general, cualquier régimen político.

Los temores eran justificados. Los políticos con mayor habilidad oratoria no pocas veces aprovechaban el escenario asambleario para agitar las pasiones de los asistentes y torcer el sano desenvolvimiento de la discusión pública. Ocurría entonces el enfrentamiento entre grupos con líderes rivales, la aparición de redes informales de comunicación e intriga, la formación de facciones hostiles deseosas de medidas parcializadas y la adopción de decisiones escasamente razonadas.
Otro factor de decadencia institucional era el carácter belicoso y expansionista de la democracia ateniense, que reclamaba constantemente el incremento de las tropas de infantería y las unidades de marina. Debido a la escasez de hombres libres disponibles para participar en la guerra se hizo necesario reclutar a libertos y metecos, a quienes se otorgaba la ciudadanía. La administración de Pericles fue mucho más allá de lo prudente y multiplicó la cantidad de cargos públicos. Su movimiento reformista más osado fue la autorización del ejercicio de las magistraturas por parte de varones sin propiedades.
Las consecuencias de la ampliación de la ciudadanía y la proliferación de magistraturas son explicadas por Domenico Fisichella (2002: 62-65):

Si los ciudadanos que no son propietarios son excluidos del Consejo de los quinientos, de los tribunales y de las funciones públicas, ¿cómo distinguir entonces entre democracia y oligarquía? A estas preguntas Pericles contesta con la decisión de atribuir, a cargo del erario, una compensación (mistos) a los ciudadanos, a cambio de su renuncia a la actividad laboral… La consecuencia es que el pobre posee la igualdad de los derechos políticos, pero carece de la igualdad de las fortunas económicas (…) La institucionalización del salario eclesiástico ha hecho que el ciudadano tome conciencia de que el voto tiene un precio y que éste puede incrementarse, hasta el punto que resulta más conveniente vivir vendiendo el voto o la sentencia.

El voto también fue vaciado de su simbolismo ciudadano institucional en los años finales de la república romana. En aquella época el consulado, la máxima autoridad civil y militar, era la magistratura más preciada. Se elegían dos cónsules, con un mandato de un año de duración, que debían turnarse mensualmente en el ejercicio de sus funciones. La elección de los cónsules tenía lugar en los Campos de Marte en el marco de la celebración de los comicios de las centurias, agrupaciones formadas por ciudadanos en edad militar. El día de la votación cada centuria proponía un nombre entre todos los candidatos existentes; quienes obtenían la mayoría de las postulaciones eran sometidos después a una votación general en la que resultaban seleccionados dos cónsules. El voto era secreto y cada elector lo emitía escribiendo el nombre del candidato preferido en una tablilla. Las centurias se dividían en cinco clases, según su riqueza. La primera clase, la de aquellos con mayores fortunas, constituía 88 de 193 centurias. Esta desproporción determinaba que los comicios fuesen un instrumento electoral en manos de los más ricos y allanaba el camino para el empleo perverso del derecho del voto.
Atenas y Roma son ejemplos de antiguos modelos de autogobierno basados en la participación ciudadana en asambleas populares. Pero no son los únicos. Dahl (2006) menciona los avances políticos de las sociedades vikingas cuando, a partir del año 600, decidieron congregarse en una asamblea cuyo nombre en noruego era Ting. En estas reuniones, los hombres libres discutían y votaban acerca de una variedad de asuntos: disputas entre miembros de la comunidad, aprobación de leyes, declaraciones de guerra, elección de nuevos reyes e incluso el cambio de religión del pueblo escandinavo (lo que hicieron cuando se convirtieron en masa al cristianismo). Tan temprano como el año 930, las sociedades vikingas se adelantaron a la formación de los parlamentos nacionales, cuando fundaron el Alting, confederación de las asambleas populares de Noruega, Dinamarca, Suecia e Islandia.
Otra valiosa experiencia de autogobierno ocurrió en el Renacimiento: las ciudades-repúblicas del norte de Italia (Held, 2002). Asentamientos urbanos como Florencia, Padua, Pisa, Milán y Siena establecieron «cónsules» o «administradores» para gestionar sus asuntos judiciales, en abierto desafío a los derechos papales e imperiales de control legal. A finales del siglo XII, estos sistemas consulares fueron reemplazados por un sistema de mando político, que incluía consejos de gobierno dirigidos por funcionarios conocidos como podestà con poder supremo en materia ejecutiva y judicial. «Los podestà eran cargos electos, ocupados durante períodos de tiempo estrictamente limitados (1 año), con responsabilidad ante los consejos y, en última instancia, ante los ciudadanos (los hombres varones con propiedades inmobiliarias sujetas a impuestos, nacidos o residentes en la ciudad)» (Held, 2002: 59).
Las complicaciones institucionales de las ciudades-repúblicas renacentistas se derivaron principalmente del origen nobiliario de los podestà, elegidos en su mayoría con el voto asambleario entendido como aclamación, como mecanismo natural de expresión del sentimiento común. El dominio abierto de una clase de ciudadanos —la nobleza— terminó por incentivar el malestar social y la inestabilidad civil dirigida por los grupos excluidos, los cuales apelaron, en más de una ocasión, a medidas violentas y caóticas para formar sus consejos de gobierno. Todas estas comunidades fueron finalmente aherrojadas por modalidades hereditarias de transmisión del poder.
Uno de los principales ideólogos del llamado «republicanismo desarrollista», Marsilio de Padua, no pudo ver consolidada la herramienta del voto como mecanismo de designación de los gobernantes (siempre acompañado del sorteo, que sellaba la preeminencia de los intereses difusos de la colectividad por encima de los deseos individuales) y principal recurso del pueblo legislador.

La autoridad para hacer leyes no puede residir en unos pocos, ya que ellos también podrían pecar de hacer la ley en beneficio de unos cuantos y no en beneficio de todos, como puede verse en las oligarquías. La autoridad para hacer leyes pertenece, por tanto, al conjunto de los ciudadanos o a la mayor parte de ellos, debido precisamente a la razón contraria, porque dado que todos los ciudadanos deben ser tratados por la ley de acuerdo con la debida proporción, y nadie se daña a sí mismo a sabiendas o desea para sí la injusticia, todos o la mayoría desean una ley que lleve al beneficio común de los ciudadanos (Held, 2002: 67-68).

Pero ese novedoso método de decisión que representa la mayoría, mencionado de pasada en la ardiente defensa del autogobierno popular ensayada por Marsilio de Padua, únicamente funcionaba entre las murallas de los monasterios. Desde sus orígenes clandestinos, la Iglesia confía la determinación de sus asuntos terrenales a las decisiones aprobadas en asambleas nacidas del seno de las primeras comunidades cristianas. La tradición católica cimentará sus primeros logros en la antigua tradición de la participación como mecanismo de obtención del sagrado bien de la unanimidad.
Rosanvallon (2010), estudioso de la legitimidad como categoría política fundamental, destaca el papel del mundo eclesiástico en la creación de un vocabulario relacionado con las virtudes ciudadanas de la participación y la deliberación. Recuerda que fue un hombre de iglesia (Cipriano, obispo de Cartago en el siglo III) quien acuñó la expresión «sufragio universal». También fueron hombres de iglesia los cristianos primitivos que masificaron el uso de la voz latina unanimitas, para manifestar la aspiración compartida de ver consolidada en la tierra una verdadera comunión entre los fieles. La regla de decisión adoptada en el siglo V por el papa Celestino I, según la cual ningún religioso podía ser nombrado obispo sin contar previamente con la aprobación del pueblo, consagra en los hechos la elección plebe praesente, en la que se solicita al religioso postulado y a la grey católica formar parte de un ritual de aclamación.
Giovanni Sartori (2003: 137) resume la experiencia del voto en las órdenes religiosas medievales del siguiente modo: reglas mayoritarias, sí; derecho de la mayoría, no. Habría que esperar los desarrollos teóricos de filósofos políticos del siglo XVIII, para que la noción de unanimidad fuera reemplazada por la regla de la mayoría como principio de legitimación. John Locke inserta el derecho de la mayoría en un sistema constitucional que lo disciplina y lo controla, aunque en algunos pasajes de su obra confiesa sus dudas acerca de que una sociedad políticamente organizada pudiese sustentarse en la confrontación dinámica y positiva de una minoría y una mayoría.

Una insoportable mentira

El advenimiento del derecho al sufragio universal y la adopción de la mayoría como regla de oro, al menos en términos procedimentales, obligaron a una elaboración filosófica y argumentativa de filigrana, dado que la razón democrática debe aportar criterios lógicos para que el principio jurídico de la voluntad mayoritaria quede imantado del prestigio de las antiguas nociones totalitarias de la unanimidad popular y la voluntad general.
Los sectores refractarios al derecho de la mayoría se preguntan, por su parte, por qué razón una cantidad determinada, ciertamente mayor que una minoría pero menor que la totalidad de los sufragios, le otorga a un sector de la población el dominio político pleno y el disfrute absoluto de los privilegios asociados con el mando; por qué razón un fenómeno numérico, como lo es en esencia la victoria en una consulta electoral, constituye per se un valor moral sustancialmente incuestionable.
En la Francia revolucionaria el abate Sieyès, padre de la constitución francesa, recoge el guante del complejo debate. Desecha la perspectiva estrictamente colectivista del binomio «sociedad-comunidad», para emplear utilitariamente el concepto liberal del «individuo» y definir la voluntad general como la suma de las voluntades personales. El ideal de la unanimidad adquiere, así, un cariz aritmético al concebirse la mayoría como un equivalente de la aclamación asamblearia. Escribe el abate Sieyès: «Una asociación política es la obra de la voluntad unánime de los asociados… Se puede sentir que la unanimidad es algo muy difícil de lograr en un conjunto de hombres, por poco numeroso que sea, pero se vuelve imposible en una sociedad de millones de individuos… Es preciso, pues, conformarse con la pluralidad» (Rosanvallon, 2010: 50). Según Sieyès existen dos razones para identificar la mayoría con la unanimidad: (1) la concreción de un consenso social similar a una «unanimidad mediata», dado que los integrantes de la sociedad comprenden la conveniencia de una identificación de ambas nociones; y (2) la obtención de importantes beneficios prácticos, en términos de gobernabilidad política, a raíz del reconocimiento de todos los caracteres de la voluntad común en la expresión final de un electorado plural.
En 1801, en su primera comunicación oficial como presidente de Estados Unidos, Thomas Jefferson apela a la razón como mecanismo para dotar de legitimidad política y social a cada uno de los dictados emanados del derecho de la mayoría: «Aunque la voluntad de la mayoría debe prevalecer en todos los casos, para ser justa debe ser "razonable"» (Sartori, 2003: 138). Sin embargo, la realidad política de las democracias modernas ha sido otra.
Las elecciones han dejado de ser un instrumento cuantitativo, adoptado para una selección cualitativa (la elección de las mejores opciones), para convertirse en un mecanismo degenerativo de la calidad gubernamental, al prescindir de la elección como hecho racional para prestigiar políticamente la fuerza numérica de ideologías extremistas, bien en su demagogia, bien en su ideología. He ahí la amenaza que muchas sociedades, entre ellas la venezolana, no han logrado disipar: el riesgo de confundir la democracia (un sistema de gobierno) con la simple organización de elecciones (un método de selección). El criterio informado de Pierre Rosanvallon (2010: 22) puede ayudar a dilucidar este nuevo mecanismo de secuestro de las libertades ciudadanas por líderes autoritarios y caudillos totalitarios:

En la elección democrática se mezclan un principio de justificación y una técnica de decisión. Su rutinaria asimilación terminó por encubrir la contradicción latente que los sustentaba. En efecto, ambos elementos, no son de la misma naturaleza... Sin embargo, el razonamiento popular actúa como si la mayor cantidad valiera por la totalidad, como si fuera una manera aceptable de acercarse a una exigencia más intensa. Esta primera asimilación se desdobla en una segunda: la identificación de la naturaleza de un régimen con sus condiciones de establecimiento. La parte valía por el todo y el momento electoral valía por la duración del mandato: tales fueron los dos supuestos sobre los que se asentó la legitimidad de un régimen democrático. El problema es que, progresivamente, esta doble ficción fundadora se fue mostrando como la expresión de una insoportable mentira.

Referencias

·Dahl, R. (2006): La democracia: una guía para los ciudadanos. México: Taurus.

·Fisichella, D. (2002): Dinero y democracia: de la antigua Grecia a la economía global. Barcelona: Tusquets.

·Held, D. (2002): Modelos de democracia. Madrid: Alianza.

·Musti, D. (2000): Demokratía: orígenes de una idea. Madrid: Alianza.

·Rosanvallon, P. (2010): La legitimidad democrática: imparcialidad, reflexividad y proximidad. Barcelona: Paidós.


·Sartori, G. (2003): ¿Qué es la democracia? Madrid: Taurus.

Etiquetas: , ,

miércoles, agosto 05, 2015

Por las ramas

Tenía pensado escribir una reseña acerca de la novela El barón rampante del fallecido escritor Ítalo Calvino. Exponer aquí su trama y concatenar algunas reflexiones acerca del personaje principal, Cosimo Piovasco di Rondò, cuya existencia estuvo determinada por una decisión a un mismo tiempo alocada y radical: subir a los árboles para no descender jamás.
Sin embargo, al empezar la primera versión de esta columna semanal, me asaltó una duda muy frecuente: ¿cómo interpretarán los lectores mi reseña? ¿Verán en ella la oportunidad de recordar, o enterarse, de los rasgos principales de un relato de entidad dentro de la literaria fantástica del siglo XX? O, por el contrario, ¿tomarán mi recensión como un banal intento de evadir el drama que atraviesa el país?
No faltará quien piense: este  escribidor habla de Cosimo Piovasco de Rondò para no hacerlo de Nicolás Maduro o de Diosdado Cabello, siniestro tándem cívico militar que martiriza a Venezuela. O peor aún: este escribidor, puesto a escoger, prefiere compartir los árboles con el Barón Rampante que los sótanos de la tumba con un estudiante torturado.
¿Qué busca un lector cuando abre las páginas de la sección de Opinión de un diario? ¿La sensación de participar del mundo de las ideas? ¿La lectura de artículos cuyos postulados principales confirmen sus pensamientos y prejuicios? ¿La frecuentación de personas con cierta gracia y agudeza para escribir historias o dilucidar conceptos? ¿El hallazgo de textos desvinculados con la cotidianidad que lo asfixia? ¿Chismes? ¿Chistes?
Me gusta pensar que el lector que acude a estas páginas lo hace para no sentirse íngrimo; solitario en el estruendo y la escabechina de la lucha que le da sentido a sus días, aunque también los consume. ¿Cuál lucha? «La lucha de todos los hombres esencialmente honrados por ganarse la vida con decencia en una sociedad corrupta» (John Banville).
La actual polarización política tiene graves consecuencias que se manifiestan en el aspecto psicológico del lenguaje. Simplifica conceptos y modelos teóricos, hasta el grado de vaciarlos de contenido; alimenta la angustia, por presentir en cualquier discusión una ruptura; festina consensos inestables, como ilusorio mecanismo de anticipación de enfrentamientos; endiosa eslóganes transmutados en premisas ideológicas; y despoja al silencio de todo simbolismo filosófico.
En Venezuela, a los ojos de los dos bandos en liza (pero también del tan mentado tercer sector no politizado) el callar es una de las tantas formas de opinar. Acaso la más ladina.
La semilla de la polarización (pudiésemos sustituir esta palabra por el término «caricaturización» y nada perdería sentido, ni en la frase ni en la realidad) germina en la mente del fanático bajo la forma de una trampa intelectual muy sencilla de explicar, porque se resume en dos expresiones populares: «El que se pica es porque ají come» y «El que calla otorga». Si hablas estás fuñido. Si callas también.
Ora picado, ora callado, el venezolano presencia la decadencia de la política nacional. El foco de putrefacción es evidente: una facción que, a despecho de los lineamientos republicanos y democráticos, se rehúsa a entregar el poder, incluso en las más insignificantes instancias del Estado (porque en un sistema presidencialista el Poder Legislativo es una fruslería).
Lo único que supera la astronómica devaluación del bolívar fuerte es la devaluación moral del gobierno y de sus personeros. A medida que se acerca la elección parlamentaria del 6 de diciembre se agudiza el envilecimiento de los otrora idealistas. Hasta la fecha han apelado a estratagemas tan innobles y farisaicas como la igualdad de género, la inhabilitación electoral o el reemplazo de directivas de partidos políticos.

¿Cuántas toneladas más de estiércol y detritus tendremos que ver y respirar los venezolanos en los próximos días? Bienaventurado el Barón Rampante porque, al habitar entre ramas, está a salvo de la riada creciente de materia fecal.

Etiquetas: , ,

lunes, febrero 16, 2015

El último reducto de la libertad

Lo más pernicioso del miedo es su don proteico, su capacidad de adoptar diferentes apariencias. A veces se disfraza de sentido común, y convierte a quienes temen en portavoces de la cordura y guardianes del bienestar colectivo. En otras ocasiones, adopta los modos de la objetividad, del juicio equilibrado; una coartada intelectual que le brinda a las almas medrosas la oportunidad de ganar tiempo y conocer el desenlace de los conflictos para, con posterioridad y sin mayores riesgos, abrazar la causa ganadora. También puede ceñirse los ropajes del amor y de los celos cuando la soledad es el objeto de la fobia. En fin, poderoso señor es Don Miedo.
El atentado terrorista perpetrado en la sede del semanario satírico Charlie Hebdo, que segó la vida de doce personas, le permite al miedo impostar la voz del respeto a la libertad de culto y elucubrar divagaciones, de resonancias gazmoñas, sobre lo que debe tenerse por humor en las democracias multiculturales. A falta de boca, de nuevo la angustia se vale de los labios de aquellos cuyo ánimo lacera para esparcir sus mensajes de empobrecimiento moral.
Quienes temen la furia del ataque yihadista, tras ofrendar unas escasas palabras en el ara de la libertad de expresión, vuelven la cara hacia la compungida feligresía de lo políticamente correcto (pécoras que sólo se sienten parte del rebaño cuando reciben la mirada del pastor), para condenar el libertinaje oculto en las opiniones islamofóbicas de las viñetas con el retrato del profeta Mahoma.
«En esas caricaturas sólo hay burla, ignorancia y pavor al otro, al distinto, a ese hombre, a esa mujer, que no es como nosotros», dicen los paladines de una sedicente «libertad ejercida con responsabilidad» que, a fuerza de tanto oler a culillo, no resultan creíbles. Olvidan, en medio de su éxtasis de buena conciencia, de progresismo político pagado de sí mismo, la larga, noble y libertaria tradición cultivada por la sátira. ¿Pero por qué hemos de sorprendernos de que tales cosas ocurran? ¿Acaso no son unos fanáticos ocupados en defender a otros fanáticos? Aquellos que desean esclavizar la lengua salen hoy al auxilio de quienes desean someter los espíritus.
En la introducción de Rebelión en la granja, George Orwell plantea la siguiente reflexión: «El mayor peligro para la libertad de expresión y de pensamiento no proviene de la intromisión directa del Ministerio de Información o de cualquier organismo oficial. Si los editores y los directores de los periódicos se esfuerzan en evitar ciertos temas no es por miedo a una denuncia, es porque le temen a la opinión pública. En este país [Inglaterra] la cobardía intelectual es el peor enemigo al que han de enfrentarse periodistas y escritores en general.  Es un hecho grave que, en mi opinión, no ha sido discutido con la amplitud que merece».
En septiembre de 2005 la urgencia de frenar las crecientes concesiones de los medios occidentales a la política de silencio informativo propugnada por fundamentalistas islámicos animó a Flemming Rose, responsable de la sección de Cultura del diario danés Jyllands Posten, a contratar once viñetas acerca del islam. Con esta iniciativa Flemming Rose deseaba demostrar a la opinión pública nacional e internacional que aún existían publicaciones y artistas dispuestos a asumir el costo político de defender la libertad de expresión, entre ellos Kurt Westergaard, autor de la caricatura más controversial de la muestra, en la que aparecía un hombre con facciones árabes ataviado con un turbante bomba.
«Hice el dibujo sin pensar remotamente que podría desencadenarse esta locura. Me limité a utilizar la vieja bomba anarquista, como metáfora del terrorismo, y luego hice ese rostro, que ni siquiera es el del Mahoma, aunque se haya interpretado así. Después añadí la inscripción en árabe: “No hay más Dios que Alá y Mahoma su profeta”. Quería explicar que los terroristas se inspiran en el islam, se nutren del islam. No pensé en ningún momento en lo que se me venía encima (…) No he hecho nada malo. He cumplido con mi trabajo. Un trabajo que está en consonancia con la tradición danesa, con la defensa de la libertad de expresión», explicó Kurt Westergaard.
Cuatro años después del escándalo de las viñetas el caricaturista sufrió un atentado en su hogar, cuando irrumpió un somalí de 28 años, armado de hacha y cuchillo, deseoso de vengar el supuesto agravio infligido al Profeta. Esta nueva vida, marcada por el miedo a las amenazas de sujetos fanatizados, despertó en Westergaard el interés por la lectura de los textos sagrados de diferentes cultos: «Después de lo ocurrido he leído mucho sobre religión, y creo que esa frase del libro del Génesis que dice “Dios creó al hombre a su imagen y semejanza” tendría que ser a la inversa: “El hombre creó a Dios a su imagen y semejanza”».
Sabido es que quien controla el presente controla el pasado, y quien controla el pasado controla el futuro. Una estrategia de dominación que tiene plena vigencia en el mundo islámico, donde los grupos extremistas han creado un Alá y un Profeta a su imagen y semejanza. A punta de balas, fatuas y terror, ejercen el poder en vastas zonas geográficas y se afanan por imponer a sus fieles-gobernados una interpretación que tortura las líneas que dan vida al Corán. Inventan una prohibición explícita de reproducir a Mahoma y omiten en sus exégesis y ejercicios hermenéuticos los muchos episodios donde el profeta ríe y se muestra amigo de las bromas («Siglos después, Mahoma alabó la risa y condenó la falta de humor: “Mantén siempre el corazón ligero, porque cuando el corazón se ensombrece el alma se ciega”» recuerda Alberto Manguel en su artículo «En defensa de la ironía»).
La experta en historia de las religiones Karen Armstrong, en su libro Mahoma, Biografía del Profeta, alerta acerca de las muchas manipulaciones ensayadas por los fundamentalistas islámicos: «La palabra islam, que denota la “entrega” existencial a Dios de todo su ser que los musulmanes están obligados a hacer, guarda relación con el término salam, paz. Y, lo que es más importante, Mahoma acabaría renunciando a la violencia y practicando una política de no violencia atrevida e inspirada, digna de Ghandi. Al imaginar que la guerra santa fue la culminación de su misión profética, los fundamentalistas han distorsionado todo el sentido de su vida. Lejos de ser el padre de la yihad, Mahoma fue un conciliador que arriesgó su vida y casi perdió la lealtad de sus compañeros más cercanos por su empeño en reconciliarse con La Meca. En lugar de librar una batalla intransigente hasta la muerte, Mahoma estuvo dispuesto a negociar y a llegar a un acuerdo. Y esta aparente humillación y capitulación demostró ser, en palabras del Corán, una gran victoria, fath. Es preciso conocer la historia del Profeta en esta época llena de peligros. No podemos permitir que los extremistas musulmanes se apropien de la biografía de Mahoma y la tergiversen para acomodarla a sus objetivos (…) Mahoma no es un santo de escayola. Vivió en una sociedad violenta y peligrosa y en ocasiones empleó métodos que aquellos de entre nosotros lo suficientemente afortunados por vivir en un mundo más seguro encontramos alarmantes. Pero, si somos capaces de dejar a un lado nuestras expectativas cristianas sobre la santidad, descubriremos a un ser humano apasionado y complejo. Mahoma poseía grandes dotes tanto políticas como espirituales —dos características que no siempre van de la mano— y estaba convencido de que todas las gentes religiosas tienen la responsabilidad de crear una sociedad buena y justa. En ocasiones era iracundo e implacable, pero también podía ser tierno, compasivo, vulnerable e inmensamente bondadoso. No disponemos de textos que describan a Jesús riendo, pero a menudo encontramos a Mahoma sonriendo y bromeando con sus allegados. Le vemos jugando con niños, solucionando problemas conyugales, llorando amargamente tras la muerte de un amigo o presumiendo con orgullo de su hijo recién nacido, como haría cualquier padre encandilado (…) En Occidente solemos imaginar a Mahoma como un caudillo, que blande su espada para imponer el islam por la fuerza de las armas a un mundo reacio. La realidad era muy distinta. Mahoma y los primeros musulmanes luchaban para salvar la vida, y acometieron un proyecto en el que la violencia era inevitable. Todo cambio radical de carácter social y político ha conllevado un baño de sangre, y, dado que Mahoma vivió en una época de confusión y desintegración, la paz sólo se podía conseguir mediante la espada. Los musulmanes consideran los años que pasó el Profeta en Medina como una Edad de Oro, pero también fueron años de penalidades, terror y derramamiento de sangre. La umma sólo logró poner fin a la peligrosa violencia de Arabia mediante un esfuerzo continuado. El Corán empezó a exhortar a los musulmanes de Medina a que participaran en una yihad. Esta participación conllevaría luchas y derramamientos de sangre, pero la raíz “JHD” implica más que una guerra santa: significa un esfuerzo físico, moral, espiritual e intelectual. Existen muchas palabras árabes que denotan combate armado, como harb (guerra), siraa (combate), maaraka (batalla) o quital (matanza), que el Corán podía haber empleado fácilmente si la guerra hubiese sido el objetivo principal de los musulmanes al involucrarse en este cometido. En su lugar elige una palabra más vaga y rica en significado, con una amplia gama de connotaciones. La yihad no es uno de los cinco pilares del islam [profesión de fe, oración, limosna, ayuno y peregrinación a La Meca]. No es el puntal de la religión, pese a la opinión generalizada en Occidente. Pero era y continúa siendo un deber para los musulmanes comprometerse en una lucha en todos los frentes —moral, espiritual y político— a fin de crear una sociedad justa y decente, donde los pobres y las personas vulnerables no sean explotados, tal y como Dios hubiera querido que viviera el hombre. Los combates y las guerras podían ser necesarios en determinadas ocasiones, pero sólo constituían una parte menor de toda la yihad o lucha. Según una tradición (hadiz) bien conocida, Mahoma afirmó lo siguiente al regresar de una batalla: “Volvemos de la pequeña yihad a la yihad más grande”, la campaña más denodada para conquistar a las fuerzas del mal dentro de uno mismo y de la sociedad, en todos los detalles de la vida diaria».
El discurso políticamente correcto adolece de una maca: ahíto de eufemismos, no llama las cosas por su nombre. Bajo su égida a menudo se permiten y reivindican prácticas tribales, denigratorias de los miembros más vulnerables de una colectividad (niños, mujeres, ancianos, minorías sexuales), con la excusa de que simbolizan expresiones idiosincráticas o religiosas plausibles en el marco de una sociedad multicultural; ritos, tabúes, creencias, costumbres y supersticiones cuyos fanatizados promotores se esfuerzan en parangonarlos, en legitimidad, con las normas y reglas emanadas del debate democrático, cuyas pautas son establecidas de acuerdo con un Estado de Derecho de inspiración laica y republicana.
La prédica del respeto al fanatismo religioso inocula, en la práctica, el bacilo del miedo en la sociedad y enmudece a la opinión pública mundial a la hora de pronunciarse acerca del lento regreso de los sistemas teocráticos o regímenes confesionales. Pero si Orwell tiene razón, y la libertad de expresión consiste en decirle a los demás lo que no quieren oír, entonces los caricaturistas de Charlie Hebdo cumplieron con su deber al criticar en sus dibujos el uso del terror y la mentira por parte de unos extremistas más pendientes de las armas que de las almas. Siempre resultará saludable salirle al paso a cualquier intento de minar el principio de la laicidad (reconocimiento de los ciudadanos) en favor del respeto a las creencias religiosas (reconocimiento sólo de los creyentes).
En lugar de escuchar los relatos de personas que disertan sobre lo que desconocen, por el placer mezquino e infantil de sumarse a la moda de zaherir y demonizar al sistema capitalista y los valores de la civilización occidental (origen del humanismo y de la Ilustración, duélale a quien le duela), haríamos bien en dirigir nuestra atención a los valientes testimonios de sobrevivientes de la represión reinante en el interior de sociedades cerradas. Conviene prestar oídos a las advertencias de Ayaan Hirsi Ali (beneficiaria de la salutífera práctica multicultural de la infibulación) cuando denuncia que muchos de quienes se la pasan con el Corán en la boca no pocas veces son creyentes de textos no piadosos como, por ejemplo, El concepto coránico de la guerra, del general paquistaní S. K. Malik, en cuyas páginas se aboga por una cruzada que tenga al alma humana como campo de batalla: «La clave para la victoria, como enseñó Alá mediante las campañas militares del profeta Mahoma, es golpear el alma de tu enemigo. Y la mejor manera de hacerlo es a través del terror. El terror es el punto en el que convergen los medios y el fin (…) El terror no es un medio de imponer decisiones al enemigo; es la decisión que queremos imponer».
Los expertos del terror tienen plena conciencia del poder del símbolo. Es por ello, que ya suman varios actos de barbarie y criminalidad en las ciudades donde nacieron la Reforma y la Ilustración: el asesinato del director de cine Theo van Gogh, en 2004, como castigo por su documental acerca de la violencia contra las mujeres en nombre de Mahoma, ocurrió en Ámsterdam, cuna del filósofo Baruch Spinoza, uno de los defensores más apasionados de la libertad de pensamiento y de la libertad de expresión.
En su monumental obra La ilustración radical. La filosofía y la construcción de la modernidad (1650-1750), el historiador inglés Jonathan Israel dedica varias páginas a reflexionar sobre cómo Thomas Hobbes y Baruch Spinoza, dos partidarios del Estado, entendían los conceptos de «tolerancia» y «libertad»: «La distinción clave entre Hobbes y Spinoza como pensadores políticos yace en sus concepciones nítidamente contrastantes de “libertad”. Hobbes adelanta lo que Quentin Skinner llamó “el ejemplo clásico” de la visión “negativa” de la libertad política, al sostener que “libertad significa, propiamente hablando, la ausencia de oposición (por oposición significo impedimentos externos al movimiento), puede aplicarse tanto a las criaturas irracionales e inanimadas como a las racionales”. En Hobbes, la libertad del individuo se reduce a aquella esfera que el soberano y las leyes no buscan controlar: “La libertad de un súbdito radica, por lo tanto, solamente, en aquellas cosas que en la regulación de sus acciones ha predeterminado el soberano” que incluye “la libertad de comprar y vender y de hacer, entre sí, contratos de otro género, de escoger su propia residencia, su propio alimento, un propio género de vida, e instruir sus niños como crea conveniente, etcétera”. Así, toda participación en el proceso político, la formulación de las leyes y formación de opinión quedan excluidas. Hobbes, de hecho, desprecia el concepto republicano o positivo de libertad (…) Muy diferente es la concepción de Spinoza, que está integralmente vinculada a su defensa de la democracia y la teoría radical de la tolerancia, así como su sistema filosófico integral (…) En el Tratado teológico-político, Spinoza, en concordancia con el pensamiento político de Johan y Pieter de la Court (cuyas modificaciones a las ideas de Hobbes apoyaba ampliamente) y Van den Enden, sitúa a la república democrática, por encima de la monarquía y la aristocracia, como el mejor tipo de gobierno, porque es la forma de Estado “más natural” y se aproxima más a esa libertad que asegura la naturaleza a cada hombre. En una democracia, la libertad se acrecienta cuando uno es consultado y puede participar en algún grado en la toma de decisiones, cualquiera que sea el estatus social y antecedentes educativos que tenga, por medio del debate, la expresión de las opiniones y el mecanismo del voto. “En este sentido, siguen siendo todos iguales, como antes en el estado natural” (…) Desde la perspectiva de Spinoza, dado que el derecho del Estado es el poder del Estado y no es posible controlar las mentes de los hombres, es esencial que el Estado no intente hacerlo: “Si nadie puede renunciar a su libertad de opinar y pensar lo que quiera, sino que cada uno es, por el supremo derecho de la naturaleza, dueño de sus pensamientos, se sigue que nunca se puede intentar en un Estado, sin condenarse a un rotundo fracaso, que los hombres sólo hablen por prescripción de las supremas autoridades, aunque tengan opiniones distintas y aun contrarias”. Además, el propósito último del Estado, insiste Spinoza, cualesquiera abusos que puedan ocurrir en la realidad, “es, pues, la libertad” (finis ergo reipublicae revera libertas est). Cuando se conforma el Estado, cada sujeto renuncia a su derecho a actuar como le place, pero no a su derecho a razonar y juzgar por sí mismo y, puesto que cada uno tiene este derecho, se entiende que todos también retienen el derecho (y el poder) de hablar libremente y expresar sus puntos de vista personales sin que esto perjudique al Estado (…) Hacia el final de su Tratado teológico-político, Spinoza aborda lo que para él personalmente era la prioridad más urgente en el debate sobre la tolerancia: la cuestión de la libertad para publicar puntos de vista sin importar cuán desagradables fueran para algunos o la mayoría de los segmentos de la sociedad. Indudablemente, ninguna otra teoría en la Alta Ilustración aprueba la libertad total para publicar, ni la de Le Clerc, la de Locke, ni la de Bayle. Aquí también encontramos una brecha que separa a Spinoza de Hobbes. Pues Hobbes considera que “es inherente a la soberanía el ser juez acerca de qué opiniones y doctrinas son adversas y cuáles conducen a la paz; y por consiguiente, en qué ocasiones, hasta qué punto y respecto de qué puede confiarse en los hombres, cuándo hablan las multitudes, y quién debe examinar las doctrinas de todos los libros antes de ser publicados”. No obstante, mientras Hobbes sostiene que “en el buen gobierno de las opiniones consiste el buen gobierno de los actos de los hombres respecto a su paz y concordia”, Spinoza enseña que mientras el individuo debe someterse a la soberanía en lo que respecta a sus acciones, es libre de pensar, juzgar y expresar sus puntos de vista, tanto verbalmente como por escrito. Todos los intentos de reprimir la expresión de los puntos de vista y censurar los libros, reprende Spinoza, no sólo reducen la libertad legítima, sino que ponen en riesgo al Estado. El antagonismo entre los protestantes y contraprotestantes, que llevó a la república holandesa al borde de la guerra civil en 1618, deja “más claro que la luz del día que son más cismáticos quienes condenan los escritos de otros e instigan, con ánimo sedicioso, al vulgo petulante contra los escritores, que estos mismos escritores, que sólo suelen escribir para los hombres cultos y sólo invocan en su apoyo a la razón”. Recapitulando, al final del Tratado teológico-político, Spinoza concluye que “nada es más seguro para el Estado que el que la piedad y la religión se reduzcan a la práctica de la caridad y la equidad; y que el derecho de las supremas potestades, tanto sobre las cosas sagradas como sobre las profanas, sólo se refiera a las acciones y que, en el resto, se concede a cada uno pensar lo que quiera y decir lo que piense».
La incomodidad que en la mente de un fanático islamita puede causar las implicaciones del pensamiento libertario de Baruch Spinoza se intensifica cuando conocemos por intermedio de Jonathan Israel la opinión del filósofo holandés en torno al islam: «El mismo Spinoza, en sus cartas describe a Mahoma como “acertado y lucrativo” y al islam como incluso mejor equipado que la Iglesia católica romana “para la coerción espiritual de los hombres y el engaño del vulgo”, y en consecuencia, como la más unificada y coherente de todas las religiones reveladas».
En cuanto a la matanza perpetrada en la sede de Charlie Hebdo va dirigida contra dos valores de la civilización occidental (la misma que detuvo la expansión musulmana en el año 732 al triunfar las tropas de Carlos Martel en la batalla de Tours): la república laica y el principio de la libertad de expresión.
París, teatro de revoluciones y movimientos populares, es la capital de una nación con una rica tradición cultural, en la que expresiones humorísticas como la sátira y la caricatura no desmerecen, en trayectoria, cuando se les compara con el resto de las manifestaciones artísticas. El caricaturista Philipon, con su aún recordada ridiculización del rey Luis Felipe como el rey Pera, obró con la misma valentía que animó a Voltaire, Rabelais, Boileau y Ronsard en su infatigable campaña contra los fanatismos religiosos.  
En el caso específico de Voltaire, uno de los padres de la Ilustración moderada, consideró al islamismo como un credo más tolerante que la religión católica, pero en más de una ocasión, y a pesar de elogios tempranos, escribió textos críticos de Mahoma como líder espiritual. Llegados a este punto citamos nuevamente a Karen Armstrong: «Durante el siglo XVIII hubo quienes intentaron promover un mejor entendimiento del islam. Así pues, en 1708 Simon Ockley publicó el primer volumen de su Historia de los sarracenos, que disgustó a muchos de sus lectores porque no presentaba el islam reflexivamente como la religión de la espada, sino que intentaba ver la yihad del siglo VII desde el punto de vista musulmán. En 1734 George Sale publicó una excelente traducción inglesa del Corán que todavía se considera fiel, pese a ser un poco aburrida. En 1751 Voltaire publicó Las costumbres y el espíritu de las naciones, obra en la que defendía a Mahoma como un profundo pensador político fundador de una religión racional; Voltaire señalaba que el sistema de gobierno musulmán siempre había sido más tolerante que la tradición cristiana. El orientalista holandés Johan Jakob Reiske (muerto en 1774), un incomparable estudioso de la lengua árabe, podía ver cierta cualidad divina en la vida de Mahoma y en la creación del islam (pero fue acosado por algunos de sus colegas por sus opiniones). Durante el siglo XVIII comenzó a extenderse el mito que presentaba a Mahoma como un legislador sabio y racional de la Ilustración. Henri, conde de Boulainvilliers, publicó su Vie de Mahomed (París, 1730; Londres, 1731), que describía al Profeta como precursor del Siglo de Las Luces. Boulainvilliers coincidía con los estudiosos medievales en que Mahoma se había inventado su religión a fin de convertirse en el dueño del mundo, pero le dio la vuelta a esta tradición. A diferencia del cristianismo, el islamismo era una tradición natural, no revelada, y por esta razón resultaba tan admirable. Mahoma fue un gran héroe militar, como Julio César y Alejandro Magno. Ésta fue otra fantasía porque Mahoma no fue un deísta, pero al menos constituía un intento de ver al Profeta desde una perspectiva positiva. A finales de siglo, en el quincuagésimo capítulo de Historia de la decadencia y caída del Imperio romano, Edward Gibbon alabó el elevado monoteísmo del islam y demostró que la aventura musulmana merecía ocupar un lugar en la historia de la civilización mundial. Pero los antiguos prejuicios estaban tan arraigados que muchos de estos escritores no pudieron resistirse a atacar ocasionalmente al Profeta de forma gratuita, demostrando que la imagen tradicional seguía vigente. Así, Simon Ockley describió a Mahoma como “un hombre muy hábil y astuto, que aparentaba sólo aquellas cualidades, mientras que los principios de su alma eran la ambición y la lujuria”. George Sale admitió en la introducción a su traducción que “es ciertamente una de las pruebas más convincentes de que el mahometanismo no era sino una invención humana, que debe su progreso y establecimiento casi enteramente a la espada”. Al final de Las costumbres, Voltaire concluyó su descripción positiva del islam con la observación de que Mahoma había sido “considerado como un gran hombre incluso por aquellos que sabían que era un impostor, y venerado como profeta por todos los demás”. En 1741, en su tragedia Mahoma o el fanatismo, Voltaire se aprovechó de los prejuicios vigentes para poner a Mahoma como paradigma de todos los charlatanes que han sometido a su pueblo a la religión mediante engaños y mentiras: al considerar que algunas de las viejas leyendas no eran lo bastante difamatorias, Voltaire se inventó alegremente algunas más».
Puede cuestionarse que una persona abulte o deforme los rasgos de una personalidad pública. Sin embargo, es sabido que la caricaturización, como variante del humor político, se basa en el recurso de la exageración. La sátira («el género de los hombres libres», en opinión del poeta latino Persio) nace de dos impulsos humanos: la risa y la protesta. Siempre dirige sus dardos contra el pensamiento único, la rigidez de la existencia, el culto acrítico del pasado, la estupidez institucionalizada y el envanecimiento de los poderosos. No puede ser discursiva ni dialéctica; y siempre deberá abstenerse de argumentar las razones por las que se considera pernicioso algo o alguien.
Para el estudioso Mathew Hodgart existen cuatro condiciones que favorecen el surgimiento de la sátira en una sociedad: 1) cierto grado de libertad de palabra; 2) una disposición de las clases educadas para intervenir en los asuntos de la comunidad; 3) la convicción de los autores de influir efectivamente en el debate político o la discusión religiosa; y 4) la existencia de un público deseoso de disfrutar de la imaginación y el ingenio artísticos. No basta que el mensaje satírico contenga un núcleo de carga ofensiva. Se requiere, además, de un elemento imaginativo, una recreación de la realidad existente, que trastoque los códigos sociales o religiosos y divierta al público. «En la farsa transgresora se enmarca el empleo de la blasfemia, la obscenidad y la escatología, tan propio de la  tradición satírica», explica Eduardo Moga en Los versos satíricos.
Aparte de los expedientes de la exageración y la obscenidad, la sátira se vale de medios como la ironía (dar a entender lo contrario de lo que se dice), la caricatura (deformación humorística de los rasgos de una persona, ridiculización de una situación), el aforismo (sentencia que recoge un principio o juicio moral), el epigrama (composición poética breve que transmite un pensamiento festivo), el libelo (escrito con intención ofensiva), la farsa (visión fantástica), la invectiva, la alegoría (sucesión de metáforas e imágenes simbólicas), la fábula (narración breve, protagonizada por animales, en la que se denuncian los vicios y errores humanos), el viaje imaginario, la utopía y la reducción de la víctima. Acerca de esta última modalidad, Eduardo Moga señala: «Hay, en fin, otras formas de reducción: la parodia, que recae especialmente en la propia literatura, y que consiste en la imitación burlesca del estilo o los temas de otro escritor —algo que nuestros poetas del Siglo de Oro hicieron con fruición—, y la destrucción del símbolo, en virtud de la cual se despoja a éste de su significación colectiva y trascendente, y se lo presenta como lo que es, en su más estricta y vulgar materialidad, por ejemplo, una cruz como un pedazo de madera. Las iglesias y los ejércitos son los grupos más sensibles a este tipo de sátira, y los librepensadores de todas las épocas —la sátira siempre hurga en lo que más duele— la han practicado abundantemente».
Las obras teatrales de Aristófanes son quizás los documentos satíricos más antiguos. Los historiadores destacan las piezas Los acarnienses y Los caballeros como ejemplos de desafío frontal al poder constituido, dado que en ambas piezas la figura ridiculizada es el demagogo Cleón. La tradición oral recuerda que debido al fuerte contenido crítico de Los caballeros, los fabricantes de máscaras se negaron a reproducir el rostro del personaje de Cleón, que debió ser interpretado por el propio autor. En la cultura latina la sátira tiene sus mayores exponentes en Ennio, Lucilio, Horacio, Persio, Marcial y Juvenal.
En un plano menos artístico, conviene mencionar en este breve resumen la costumbre militar denominada carmina triumphalia (poemas triunfales), consistente en cantos de burla, más o menos improvisados por la tropa, para mofarse de los vicios y defectos de los generales romanos. Un ejemplo rescatado de la época es la estrofa dedicada al emperador Julio César, famoso por su calvicie y su furor sexual: «A casa traemos al calvo follador / doncellas romanas, atrancad vuestras puertas / pues el oro romano que le enviasteis / se fue en pagar a sus putas galas».
Vista bien, la sátira es como ese esclavo, trepado a la cuadriga del poder, que mientras acompaña al general victorioso en su marcha rumbo al Capitolio le susurra al oído la frase «memento mori» (recuerda que eres mortal).
«La sátira vuelve frágiles a sus destinatarios y, al hacerlo, contribuye a quitarles algo fundamental para seguir en el poder: el respeto de los miembros de su comunidad. Por ello —porque los poderosos saben lo dañina que es— nunca ha sido fácil ejercerla. Matthew Hodgart opina que “los enemigos de la sátira son la tiranía y la intolerancia” y que “la sátira política necesita cierta dosis de libertad, el ambiente de las grandes ciudades y cierta sofisticación…”. Discrepo parcialmente de esta opinión: la sátira puede practicarse, y de hecho se ha practicado, en cualquier circunstancia, aun bajo la opresión más insoportable. Adoptará entonces formas más sutiles, se cargará de anonimia o de clandestinidad, se limitará a aguijonazos fugaces, y sufrirá, con todo, crueles contragolpes, pero se dará (…) Es preciso señalar, por último, que no toda la sátira política se ejerce contra el poder, también se práctica desde el poder, contra quienes quieren suplantarlo, La sátira defiende siempre un ideal, y también los poderosos —sus gabelas bien valen el esfuerzo— construyen modelos de pensamiento, abrevaderos ideológicos, justificaciones, utopías. El conservadurismo se ha valido de la sátira para protegerse de la expugnación, y como arma de contraataque», reflexiona Eduardo Moga en Los versos satíricos.
Es comprensible el interés de diferentes sectores de la sociedad por apropiarse del humor como herramienta discursiva. En su obra De institutione oratoria el rétor Quintiliano sostiene que en los debates serios el humor siempre es necesario. El estallido de la risa funciona como un arma letal, porque revela que se ha logrado ridiculizar los argumentos del oponente, se los ha tornado absurdos e irrelevantes. Adelino Cattani, en su libro Los usos de la retórica, señala que una réplica ingeniosa rinde múltiples beneficios para el polemista: tranquiliza el ambiente y reduce las tensiones, reaviva el interés, atestigua el ingenio de quien sabe emplearla, funciona como mecanismo de promoción personal, produce en el auditorio una corriente de simpatía y establece una relación de complicidad y connivencia, entretiene e incluso divierte, y contribuye a rebajar al adversario, incluso dejarlo en ridículo.
«La persuasión que se logra —cuando se logra— con el humor es muy rápida, pero en esta materia el humor debe cogerse con pinzas. Para convertirse en argucia argumentativa o en argumento agudo el humor ha de ser pertinente y expresivo y cuidarse mucho de parecer intempestivo y superficial», advierte Cattani.
El empleo del humor caricaturesco, propio de la ridiculización como mecanismo de defensa, está descrito de un modo impecable en el siguiente pasaje de la novela Maestros antiguos, escrita por el novelista austríaco Thomas Bernhard: «Al fin y al cabo es también un método, dijo, convertirlo todo en caricatura. Un gran cuadro importante, dijo, sólo lo soportamos cuando lo hemos convertido en caricatura, a un gran hombre, a una, así llamada, personalidad importante, no lo aguantamos al primero como gran hombre, ni a la segunda como personalidad importante, dijo, tenemos que caricaturizarlos (…) La mayoría de los seres humanos, sin embargo, son incapaces de caricaturizar, lo contemplan todo hasta el final con terrible seriedad, dijo, y no se les ocurre la idea de hacer una caricatura (…) Uno tiene que tener la fuerza de convertir el mundo en caricatura, dijo, la enorme fuerza de espíritu, dijo, que hace falta para ello, esa única fuerza de supervivencia, dijo. Sólo lo que encontramos finalmente ridículo lo dominamos también, sólo cuando encontramos ridículo el mundo y la vida en él progresamos, no hay otro método, ninguno mejor. En un estado de admiración no aguantamos mucho tiempo y nos hundimos si no rompemos con ese estado a tiempo».
Para evitar el temido ridículo no hay mejor estrategia que ripostar con una réplica ingeniosa, rica en ironía, compuesta de finas e impensadas asociaciones mentales; una respuesta que consiga modificar el significado del razonamiento ajeno para convertirlo de manera sorpresiva en un bumerán para su propio autor. Pero tal posibilidad está negada de plano a un fanático, un ser desprovisto del sentido del humor. Por eso, la bomba y la metralla, la fatua y la excomunión…
«Jamás he visto en mi vida a un fanático con sentido del humor. Ni he visto que una persona con sentido del humor se convirtiera en un fanático, a menos que él o ella lo hubieran perdido. Con frecuencia, los fanáticos son muy sarcásticos y algunos tienen un sarcasmo muy sagaz, pero nada de humor. Es relativismo, es la habilidad de verse a sí mismo como los otros te ven, de caer en la cuenta de que, por muy cargado de razón que uno se sienta y por muy terriblemente equivocados que estén los demás sobre uno, hay cierto aspecto del asunto que siempre tiene su pizca de gracia. Cuanta más razón tiene uno, más gracioso se vuelve. Uno puede ser un israelí cargado de razón, un palestino cargado de razón o cualquier cosa cargada de razón. Con sentido del humor, puede que además uno sea más parcialmente inmune al fanatismo», reflexiona el escritor Amos Oz en su ensayo« Sobre la naturaleza del fanatismo».
El fanático no actúa solo ni lleva adelante su accionar intolerante en medio de la nada. Es el producto más acabado de un orden social, de carácter cerrado y jerárquico, cuyo principal objetivo es la eternización de una estructura de dominación. Es frecuente que la clase dirigente de un orden social cerrado muestre una obsesión por proyectar al mundo exterior una falsa imagen de funcionamiento democrático y de respeto a principios de raigambre moderna como la libertad de expresión. La adopción del disimulo como suerte de imperativo categórico presenta como consecuencia la imposibilidad por parte de cualquier autoridad (castrense, política o religiosa) de manifestar de manera abierta el malestar causado por los efectos desacralizadores de la sátira y otras expresiones humorísticas. Reacciones como la respuesta sincera, el comentario virulento o la acción intimidatoria únicamente pueden ser observadas por los sectores más fanatizados entre los miembros de la base de adeptos. 
La máxima autoridad se apresura a condenar, en términos inequívocos, cualquier apelación a la violencia, pero también a calificar de comprensible el sentimiento de rabia e indignación que oprime el alma del fanático y lo lleva a arremeter contra el infiel. Así vemos al Papa Francisco expresar su repudio al atentado en la sede de la revista Charlie Hebdo, para acto seguido deslizar el derecho a agredir a quienes insultan a nuestra madre (y no hay que olvidar que la Iglesia es la madre de los creyentes). También podemos apreciar como el cardenal Jorge Liberato Urosa Savino, arzobispo de Caracas, encuentra normales las alusiones divinas hechas por Nicolás Maduro en medio de una actividad política (la intervención anual ante la Asamblea Nacional), pero no oculta su desagrado por la licencia tomada por Laureano Márquez en un escrito de opinión de tono humorístico («Los venezolanos tenemos también derecho de opinar sobre el desempeño del presidente en cumplimiento de sus funciones, y sobre la significación de sus palabras referidas a la providencia divina. Muy bien, hagámoslo. Pero no hablemos o escribamos como si fuéramos Dios. Podemos opinar y criticar en uso de nuestra legítima libertad de expresión. Pero en nombre  propio, sin tomar ni siquiera en broma el puesto de Dios. Respetémoslo, por favor»), sostuvo en un breve comunicado.
Como toda variante de una secta religiosa («las religiones son cruzadas contra el humor», advirtió Ciorán), la revolución bolivariana tiene un amplio historial de persecución y hostigamiento a destacados humoristas, como el fallecido Pedro León Zapata, Rayma, Weil, Edo, Alejandra Otero, Gilberto González, Luis Chataing y Laureano Márquez. El actual enemigo de los hijos de Chávez es Vladdo, caricaturista de la revista colombiana Semana, quien publicó un dibujo satírico titulado «Reevolución bolivariana», donde el escudo venezolano presenta una alteración de sus partes y puede apreciarse un caballo desnutrido, cornucopias vacías, armas melladas y ramilletes secos.
En una carta donde se cita al Papa Francisco, la embajada de Venezuela en Bogotá oficializó su rechazo al dibujo de Vladdo. En esta misiva puede leerse: «Esa caricatura es un acto incivil, un profundo irrespeto, que no sólo demuestra desprecio por la venezolanidad, sino una intolerancia que se arropa en el derecho de la libre expresión (…) Esta ilustración irrespeta la memoria de nuestros antepasados, maltratando el patrimonio común que la historia nos ha regalado, del cual Colombia también forma parte en su simbología y alegoría como Estado-Nación. Nos preguntamos: ¿esta sátira ha sido realmente inocente? ¿No es esta una forma de hacerse eco de sectores malintencionados y tendenciosos que se han situado al margen de la ley, estimulando la desestabilización, alentando a una guerra económica y atentando contra la paz social de Venezuela?».
Llama la atención que aquellos que modificaron el nombre y el escudo del país exijan hoy respeto a los símbolos patrios. También que quienes, según la organización no gubernamental Espacio Público, el año pasado perpetraron 579 violaciones a la libertad de expresión (145 casos de censura, 93 agresiones, 88 intimidaciones, 71 descalificaciones verbales, 39 hostigamientos judiciales, 30 ataques, 26 restricciones administrativas y una muerte) se afanen por presentarse como exégetas del principio de la libre divulgación de las ideas y de las opiniones (en su informe, Espacio Público identifica tres patrones de censura: reducción en el espacio noticioso de denuncias hechas por fuentes de periodistas; invisibilidad de líderes políticos de la oposición y cambio de títulos y modificaciones en informaciones y reportajes). ¡Puro descaro!
La arremetida de Nicolás Maduro contra Vladdo, pero también la persecución de Rafael Correa contra Bonil, ponen de manifiesto que en el ámbito del «progresismo latinoamericano» los humoristas son personas no gratas. Un sentimiento compartido por los intelectuales comprometidos que brindan un soporte ideológico a los regímenes autoritarios. Entre estos «pensadores» abundan quienes sostienen, al igual que David Brooks, columnista conservador del diario The New York Times, que, en términos de simbolismo social, a individuos como los bufones, los excéntricos y los humoristas satíricos les corresponde sentarse en la mesa de los niños y su voz tiene que ser escuchada con un «semirrespeto desconcertado», porque todo aquel sujeto deseoso de ser escuchado con detenimiento debe ganarse ese privilegio con su conducta. El error de este razonamiento consiste en considerar el humor como la antítesis de lo serio, cuando un somero recorrido por la tradición humanista bastaría para corroborar que el humor sólo se opone a lo solemne como risible y envanecida escenificación de la teatralidad del poder absoluto.

En palabras de Laureano Márquez: «El humorismo es inapelable porque es manifestación pura del ingenio. Sólo puede ser combatido con una manifestación de ingenio superior a la recibida, cosa que —obviamente— le resulta imposible al poder. Cuando éste sólo cuenta con la fuerza bruta para aplacar la disidencia, cuando la intolerancia y la arbitrariedad se instalan, todo el mundo es perseguido, pero particularmente los humoristas, porque son los únicos que tienen herramientas para vencer las barreras de la censura. De hecho, el humor cuánto más se le persigue, mayor es su fuerza, cuánto más se le censura más cosas dice y cuánto más se le acorrala, más libres es, porque el ingenio no tiene fronteras, límites, ni barreras, no lo frenan los barrotes ni le hieren las balas. El humorismo es el último reducto de la libertad cuando ya se ha perdido en los demás espacios».

Etiquetas: , ,