miércoles, diciembre 26, 2007

De jeque a piquetero

¿Cómo que no juega el Boca?

El Ché Jiménez: ¡Hasta la victoria siempre!

Nunca había salido del país en estado consciente. Digo lo anterior porque, según cuentan mis familiares, tuve la oportunidad de visitar la costa colombiana cuando apenas tenía diez meses de edad; temprano desplazamiento fronterizo que no consiguió fijarse en mi memoria. Un brumoso episodio infantil que se ha tornado mucho más oscuro gracias a las incoherentes anécdotas aportadas por mis padres; imprecisiones narrativas que me han llevado a sospechar un tormentoso pasado como precoz narcomula.
Sin embargo, mi historia sedentaria cambió en las postrimerías del 31 de diciembre de 2006. Fue en esos segundos finales cuando me animé a celebrar, por primera vez en mi vida, dos de los tantos rituales de fin de año: empuñar unos cuantos billetes en moneda extranjera (no digo aquí su denominación de origen no vaya a ser cosa que se encuentre tipificado como delito en la Ley de Ilícitos Cambiarios, y termine yo en San Francisco pero de Yare), y salir del apartamento con una maleta repleta de ropa. El resultado de tan esotérica ginkana me tocó apreciarlo el domingo 18 de febrero de 2007 con mi viaje, en compañía de dos entrañables amigos, a Buenos Aires.
Luego de un viaje de siete horas, por fin pudimos llegar al aeropuerto internacional Ministro Pistarini, en la cercana localidad de Ezeiza. Un taxista, con innegable facilidad para el análisis macroeconómico y la diplomacia antiimperialista, se encargó de llevarnos rumbo al apartamento que habíamos alquilado previamente en la famosa avenida Corrientes.
Una vez dejado el equipaje, nos echamos a recorrer la ciudad y los tres convenimos en tomarnos el primer cortado en los espacios del Paseo Florida. Confieso que no pude evitar caer en el impepinable defecto de todo venezolano recién salido al exterior: cebarse en los defectos de la vida caraqueña y ensalzar, acríticamente, las bondades del nuevo suelo. Desde un principio Buenos Aires me pareció un homenaje para el viandante; una ciudad con multitud de cafés, todos ideados para un pueblo que privilegia el diálogo fraternal al tumulto y la gritería improductivos. Mi asombro se haría mayor al notar la profusión de teatros y locales de espectáculos, una inequívoca señal de una rica y diversa vida nocturna.
A mis amigos y a mí no nos tomaría mucho tiempo comprender los efectos prácticos de la tan cacareada y abstrusa apreciación del bolívar. En intenso arrebato consumista nos abalanzamos sobre tiendas y establecimientos del Boulevard Lavalle, Palermo, San Telmo y Puerto Madero. Nuestra presencia fue siempre celebrada por los caballerosos comerciantes porteños, quienes nos recibían con los honores protocolares reservados a los jeques petroleros. No obstante, para aminorar la mala conciencia nuevorriquista, nos fuimos de librerías con la misión de cultivar nuestros espíritus con lo mejor de las letras argentinas. Aproveché entonces la oportunidad para comprar algunas novelas de Ricardo Piglia, Juan José Saer, Rodrigo Fresán, Alan Pauls y Roberto Arlt.
Sin embargo, al cuarto día, cuales chespiritianos perros arrepentidos, volvimos a recaer. Nos dirigimos al Centro Comercial Abasto, y desde sus instalaciones seguimos profundizando el proverbial déficit en cuenta corriente de nuestra balanza de pagos. Sería en ese instante de loco boom petrolero cuando el destino traidor me aplicaría su vil celada, al quedárseme olvidada en un taxi mi cartera con gran parte de mi efectivo de viajero. Sólo pude atenuar mi creciente rabia en una de las salas del Paseo La Plaza tras observar la magistral actuación de la señora Cecilia Roth en la obra Días Contados.
Al otro día, muy a mi pesar, era otro de los cartoneros que menudeaban en el paisaje bonaerense; el único que no llevaba la tradicional casaca albiceleste, sino una sudada franela vinotinto. Mi primer reflejo como piquetero, como pelotudo sin guita, fue llegarme casi descarnado a la histórica Plaza de Mayo. Allí, sin cosa alguna que pudiese perturbar mi espíritu, recuerdo que intenté conversar con la empañuelada Hebe de Bonafini, a fin de lograr su apoyo moral ante mi inminente default financiero -banqueros sicarios, del Fondo Monetario-. Pero no la conseguí. Fijé la vista en la restaurada Casa Rosada, y en ese momento sonreí pensando que, al igual que el Nóbel Gabriel García Márquez, yo también me encontraba en una gran urbe suramericana en la doble condición de periodista e indocumentado.
Fue entonces cuando pensé que este 31 de diciembre bien valdría la pena tentar a la caprichosa suerte trasponiendo el umbral de mi apartamento con unos pocos dólares en la mano, mi maleta viajera (qué jamás será comparable a la de Antonini Wilson) y un ejemplar aniversario de Cien años de Soledad. Quién quita y algún día se nos da la fortuna de escribir algo memorable.
PS: ¡Feliz año 2008 para todos los lectores! Mucha salud y éxitos. En verdad, gracias por venir a estos transilvánicos parajes, que, a no dudarlo, también lo son de amistad.

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