martes, octubre 06, 2015

Las vacas de Stalin

Juan González Calderón comentó una vez, en tono zumbón, que entre las muchas carencias de los demócratas podía mencionarse el desconocimiento de los saberes matemáticos, y para respaldar su afirmación identificó las dos falsas ecuaciones empleadas por los políticos a la hora de interpretar los resultados de una elección: 50% + 1%= 100% y 50% - 1%= 0%.
Sería una injusticia aseverar que los demócratas constituyen los únicos especímenes políticos reñidos con las ciencias exactas, porque los líderes revolucionarios también cojean de esta pata. Permítanos el lector citar un ejemplo: en 1903, en la ciudad de Londres, un pequeño grupo de exiliados rusos se reunió para determinar la plataforma de actividades políticas clandestinas que debía seguir el Partido Socialdemócrata del Trabajo Ruso en su lucha contra el zarismo. Los asistentes al encuentro se debatieron entre dos opciones bien diferenciadas: liderazgo centralizado versus dirección colectiva. Culminada la votación, se procedió al conteo final donde se proclamó la victoria, por la estrecha diferencia de un voto, de Vladimir Lenin y la facción radical, conocida a partir de ese día como «bolchevique» (palabra rusa que significa «mayoría»), ante Julius Martov y el bando moderado, motejado luego de «menchevique» («minoría»). Sin embargo, la mayoría no tardó mucho tiempo en apropiarse, mediante el miedo, el engaño y la sevicia, de la representación exclusiva del espíritu de la totalidad.
La labor destructiva del padre de la Revolución Rusa, Vladimir Lenin, fue profundizada por Josef Stalin. En los primeros años de su tiranía, disfrazada de dictadura del proletariado, Stalin se ocupó de poner en cintura a los campesinos rusos (85% de la población), quienes al poseer tierras eran, a la luz de la interpretación de la teoría marxista, considerados como burgueses y capitalistas.
Martin Amis, en su ensayo Koba el Temible. La risa y los Veinte Millones, resume el ambiente de miedo, acoso y delación: «Para que las cosas funcionaran [Stalin] necesitaba un enemigo y una urgencia. La urgencia fue una “crisis cerealística”, declarada a raíz de la decepcionante pero no desastrosa cosecha de 1927. El enemigo fue el kulak rural. Los kulaki (kulak significa “tacaño”) eran un estrato prerrevolucionario de agricultores ricos; eran usureros, prestamistas y “explotadores de los braceros”; y casi todo desaparecieron durante el terror rural del Comunismo de Guerra (…) El 21 de diciembre de 1929 Stalin cumplió cincuenta años y se echaron las campanas al vuelo; esta fecha señaló también el comienzo del “culto a la personalidad”, un fenómeno que le pasaría factura psiquiátrica. Ocho días después hizo pública su política de eliminar a los kulaki como clase (…) Al parecer había tres clases de agricultores (pobres, medianos y kulaki) y tres clases de kulaki (numéricamente hinchadas por diversos “subkulaki”, o “cuasikulaki”, o podkulakniki, que significa “prokulaki”). Un plan aprobado en 1930 contemplaba, en relación con los kulaki de la primera clase (los más ricos), “detenerlos o fusilarlos o encarcelarlos” y a las familias “desterrarlas”; y a los de la segunda clase “desterrarlos”; mientras que los de la tercera clase, los “no hostiles”, podían ponerse a prueba en “las granjas colectivas”. A los campesinos más pobres (que no tienen buena prensa en la historiografía: “borrachos”, “vagos”, “charlatanes”, “inaprovechables”, etc.) se les animaba a denunciar a los más ricos y se les pagaba por ello. Una vez más vemos la extraordinaria persistencia de este tema: que un régimen basado en la perfectibilidad humana, recompense, glorifique, estimule y desde luego necesite todo lo humanamente vil. En el contexto de la “hipocresía sin precedente” (Nadiezhda Mandelstam) de los bolcheviques, tenemos aquí que mientras se llamaba a la guerra contra la “explotación de los braceros” se reimponía la servidumbre no sólo a los kulaki, sino a todo el campesinado  (…) el 7 de agosto de 1932, Stalin promulgó una de las leyes más salvajes de toda la historia. Los campesinos la llamaron “la ley de los cinco tallos” o, simplemente, “ley de la espiga”. “Todo robo o daño contra la propiedad socialista” podría castigarse con diez años o, como rezaba el dicho, con nueve gramos (de plomo). Por llevarse un puñado podía aniquilarse a una familia entera. Entre agosto de 1932 y diciembre de 1933 llegaron a dictarse 125.000 sentencias y hubo 5.400 ejecuciones. ¿Qué más pedía la cólera de Stalin? ¿Cómo podía ampliarse e intensificarse? A una mujer cuyo marido había muerto de inanición aquel mes le caen diez meses de gulag por robar unas cuantas patatas. Empieza a ser una costumbre fusilar en masa a los niños huérfanos. La Checa ejecuta a veterinarios y meteorólogos. De súbito se detienen a veinte mil militantes y cuadros comunistas (por “complacencia criminal” en la represión), para aterrorizar a los aterrorizadores, para añadir terror al terror, y a continuación más terror, y luego más, hasta que Stalin, el gradualista, recurre a un terror atípico o nuclear: el hambre. Conforme caían las cosechas, aumentaban las cuotas de requisa, con sólo un resultado posible. Stalin siguió hostigando a los campesinos hasta que no quedó nadie para sembrar la siguiente cosecha»
La política exterior de Josep Stalin no fue menos cruenta. En el breve lapso de dos años envió a la comunidad mundial un mensaje inequívoco acerca de su voluntad de ampliar las fronteras del imperio rojo. En septiembre de 1939: invade y se reparte Polonia con los nazis. En noviembre de 1939: conquista Ucrania occidental y Bielorrusia occidental, y se embarca en una campaña militar frustrada en Finlandia. En junio de 1940: suma a la dominación rusa los territorios de Moldavia y Bucovina. En agosto de 1940: somete a los países bálticos Lituania, Letonia y Estonia.
Lo descrito con anterioridad tiene la frialdad del recuento, de la totalización. No en balde quienes cuestionan la Historia y su naturaleza científica suelen despacharla como una simple cronología de acontecimientos; una cronología forjada a partir de conjeturas, ora de encumbramiento, ora de difamación, pensadas para  legitimar la fuerza política en el poder.
Piensan que la reproducción de la vida cotidiana se hallaría en otra parte: en las páginas de los libros de memorias o en las crónicas periodísticas; modalidades de documentación que, al estar soportadas a veces en las técnicas narrativas y de investigación del reportaje, conseguirían retratar con verosimilitud la manera en la que hombres y mujeres experimentan las circunstancias que determinan su tiempo. Jamás en la literatura, esa sierva de la ficción, desterrada de las ciencias exactas.
¿Pero puede alguien afirmar categóricamente que la vida y sus verdades jamás podrán encontrarse en las páginas de un cuento o de una novela, por no mencionar los versos de un poema, los diálogos de una obra teatral o las escenas de una película? Yo pienso que Juan José Saer tiene toda la razón cuando califica de simplificación el hecho de considerar a la invención literaria como lo contrario de la verdad. «La ficción no es una claudicación ante tal o cual ética de la verdad, sino la búsqueda de una menos rudimentaria (…) La paradoja propia de la ficción  en que, si recurre a lo falso, es para aumentar su credibilidad», dice. Una visión repleta de sabiduría, que puede darnos una idea cierta de la profundidad y veracidad contenida en la frase del crítico literario James Wood: «La literatura hace que nos fijemos más en la vida; practicamos en la propia vida, que a su vez nos hace mejores lectores de los detalles en la literatura, que a su vez nos hace mejores lectores de la vida».
Un libro de historia puede informarnos sobre la fecha de la invasión rusa a los países bálticos y también dar cuenta del uso del hambre como mecanismo de sometimiento e intimidación. Sin embargo, en raras ocasiones este tipo de obra consigue reproducir las tensiones psicológicas nacidas del miedo y la desesperanza, del empeño de obtener provecho en medio de la degradación de la convivencia social, también de la vileza y la nobleza entreveradas en el alma de una persona.
Allí donde la historia pierde fuelle, acude la narrativa literaria para completar la tarea de desnudar el absurdo de las utopías redentoras o de dotar de sentido a la experiencia humana. Desde tal perspectiva, La vacas de Stalin (451 Editores, 2008), de la escritora finlandesa Sofi Oksanen, constituye un texto recomendable.
Las vacas de Stalin no es una novela de fácil lectura. A las complicaciones introducidas por las rupturas temporales que jalonan la narración, se añade las dificultades de imbricar las historias de tres mujeres de distintas generaciones: Sofia, la abuela (campesina de Estonia); Katariina, la madre (ingeniera casada con un extranjero y afincada en Finlandia) y Anna, hija nacida en una sociedad libre (desertora universitaria con trastornos alimenticios).
En las páginas de la novela se reflexiona acerca del hambre y de sus terribles consecuencias psicológicas y corporales, ya sea en las sociedades bestializadas por las carencias o en las sociedades frivolizadas por los excesos («¿Qué importa donde vive uno cuando está en las garras del hambre?, ¿o cuándo? De todas formas es hambre. El hambre hace que el ser humano actúe siempre de la misma manera […] El mundo de una persona hambrienta tiene siempre el tamaño de un plato, sea cuál sea su sexo, su edad, su país, su color de piel, su lengua, su fecha de nacimiento, lo que sea»). Se muestra además la singladura incierta de las vidas baldadas por el miedo y la paranoia promovidos por un régimen totalitario («Todo el mundo tenía tantos seres queridos por lo que temer…», «Los huidos de Siberia cuentan como son las cosas allí, nadie quiere creerlo, no puede ser cierto. La versión de los agitadores es bien distinta. A los funcionarios que han visitado Rusia se les prohíbe contar lo que han visto. Quien abre la boca desaparece. Aunque sólo sea para decir que allí hay una raza autóctona de vacas: las vacas de Stalin. Las vacas de Stalin son chivos»). Igualmente, se subraya lo cuesta arriba de mantener un comportamiento ético en un ambiente de creciente permisividad moral, donde proliferan las oportunidades para que los sujetos poderosos se aprovechen de las necesidades de los más débiles. Abundan los episodios donde la escritora denuncia la actitud de los hombres finlandeses, sus compatriotas, nacidos en democracia, quienes visitaban Estonia no para minar con mensajes y acciones libertarias a la sociedad comunista, sino más bien para cometer con tranquilidad los abusos prohibidos por el draconiano ordenamiento legal de Finlandia («Todos los finlandeses venían a hacer turismo para ponerse hasta arriba de vodka o irse de putas. Al menos, los que no se dedicaban a esto no se dejaban ver. ¿Habría alguno?», «Allí donde hubiera putas la atención era mejor. Mientras que donde sólo había lugareños y colas estaba lo peor»).
A Sofia, protagonista de la primera generación de mujeres de Las vacas de Stalin, le toca experimentar el dolor de la invasión soviética en Estonia en 1940. Es dueña de una pequeña finca en Haapsalu y hermana del perseguido político Elmer Kender, integrante de «Mano negra», un grupo clandestino que combate contra el gobierno invasor. Al esposo de Sofia, Arnold, aún no lo buscan, pero de vez en cuando lo intimidan al recordarle la comisión de un delito sin prescripción: el asesinato de un soldado del Ejército Rojo. Los venelased —los rusos— le hacen saber que pueden imponerle un castigo justo: veinticinco años en un campo de trabajo en Siberia y cinco años más de destierro. Lo peor es el procedimiento: el trasladado debe firmar un documento donde declara que su marcha es «voluntaria». Los agitadores hablan del paraíso, pero los hechos hablan del infierno. La gente se niega a confiar en los testimonios de los prófugos del Gulag. Ellos hablan de doce horas de trabajo a la intemperie, en condiciones inhumanas, y una mísera ración de 300 gramos de pan como alimento diario. Los funcionarios estonios que han visitado Rusia tienen prohibido contar lo que han visto en la sede del imperio. Quien abre la boca desaparece. Mientras tanto, la población civil, sometida al yugo comunista, distrae sus días con sueños de rebelión: «1947. Algo va a pasar. Nadie sabe con exactitud qué ni cuándo, pero algo va a pasar. Ese algo está flotando en el aire y hace que cualquier ruido o movimiento repentino nos sobresalte». Efectivamente algo pasó: la consolidación del coloniaje. En 1949 Arnold y Sofia quiebran su resistencia: firman un documento por el que entregan «voluntariamente» sus propiedades a la Asociación Agraria Común, transformada en koljós en 1954. Bajo la nueva modalidad cada familia tiene que alcanzar una producción anual de cereales, carne, leche, huevos y lana de oveja.
«Sofia dice que para ella comer no es lo todo y reparte la leche entre Arnold y sus hijas como también hace con la carne y la mantequilla. Sus hijas necesitan leche. Y su marido necesita más carne y leche que ella. Sofia no: ella ya encontrará alguna otra cosa, seguro. Sofia tiene que ser hospitalizada y le inyectan glucosa en vena. La comisión médica la libera de los trabajos más duros del koljós, pero sí la consideran apta para aquellas tareas que exijan menos esfuerzo. Esa liberación no es positiva para Sofia porque ya no tiene dónde robar. Remendando los sacos de cereales no encuentra la posibilidad de meterse algo debajo de la camisa. Por fortuna eligen a Arnold para cargar sacos y así puede encontrar harina para su familia dentro de las botas. La ventaja es que Sofia no necesita dejar a sus hijas solas como sucedía antes: cuando en su momento dijo que no podía trabajar al bosque porque no tenía a nadie que se ocupara de sus hijas, el organizador del partido le contestó que las atara a la pata de la mesa durante toda la jornada. Otra ventaja es que así Sofia también tiene tiempo para buscar comida con que alimentar a la vaca, lo que fácilmente puede llevarle todo el día. Necesita alimentarla bien para que sobre leche de la cuota exigida para su propio consumo. Si el forraje fuera mejor, la vaca daría más leche. Uno puede comprar forraje si lleva leche a la lechería, pero apenas te dan nada. Aplican el mismo método en todas partes. Si incumples una cuota, te castigan bajándote las raciones de alimentos que te corresponden y después ni siquiera es posible volver al punto de partida. Y, si se cumplen las cuotas, van subiéndotelas hasta que resulta imposible cumplirlas (…) Revisan el número de reses a intervalos regulares. El organizador del partido, Alfret Silm, va de finca en finca y anota las cifras: una oveja, una vaca, un cerdo. Esos días Katariina y Linda esconden el otro cerdo en el cuarto trasero y lo vigilan, le dan de comer y le rascan la barriga para que no se mueva mientras dura la visita de Alfret Silm», relata la narradora de Las vacas de Stalin.
Katariina, una de las dos hijas de Sofia, la otra se llama Linda, es la segunda protagonista de Las vacas de Stalin. Al graduarse de ingeniera técnica busca empleo en una modesta fábrica. En la entrevista de trabajo los futuros jefes se preocupan más por garantizar su actitud colaboradora que por verificar su solvencia profesional o conocer sus ideas y propuestas en torno al proceso productivo. La verdad es que no puede aspirar a un gran empresa y a un gran cargo porque jamás participó en las actividades del Partido Comunista ni prestó servicio a los órganos de inteligencia como koputtajia (delatora). En uno de sus primeros encargos recibe al equipo de comisarios políticos para la inspección anual de las máquinas de escribir; ellos se encargan de examinar la tipografía de cada artefacto y establecer un mapa de ubicación por usuario y departamento.
En Estonia, mundo de silencio y vergüenza («silencio por la vergüenza y vergüenza por el silencio»), las jóvenes sólo desean casarse con un extranjero. Es la manera más expedita de obtener un salvoconducto a la libertad. Katariina encuentra un novio finlandés: Papuchi. Deciden casarse y mudarse a Helsinki. La noticia del matrimonio amerita un interrogatorio por parte de los compañeros del Partido Comunista: ¿A qué edad se unió a los pioneros? ¿Y a los komsomoles? Ah, ¿usted no fue pionera? ¿Está segura? ¿Tampoco komsomol? ¿O sea que usted no perteneció al partido? ¿Nunca quiso afiliarse? ¿Cómo se lo tomaron en el trabajo? ¿Qué opina usted de las actividades de su padre? ¿Quiénes son sus amigos más cercanos? Denos sus nombres. ¿Por qué rompió con su anterior novio? ¿Qué la ha contado a la gente que ha ido conociendo sobre la Unión Soviética? ¿Qué opinan sus padres de su futuro matrimonio?
«Para obtener un permiso para salir del país se necesita un certificado por escrito del marido donde afirme que se va a hacer cargo de su mujer; también, una declaración de los parientes cercanos que viven en el extranjero, así como una prueba del lugar de trabajo indicando que el empleado que sale no se lleva nada que no le corresponda, ni herramientas ni libros ni cosas así. Y, por último, una descripción de su carácter, que tiene que redactar el secretario del partido de la empresa. Esa descripción tiene que ser ratificada además por el administrador principal y por el director del centro de trabajo», se informa al lector. La asamblea del partido de la empresa discute la salida de Kateriina. Obtiene el aval. Antes de marcharse la ataja el exjefe para decirle: «No tengas contacto con nuestros compatriotas en el extranjero».
En la casa de Finlandia, Kateriina cuida a su hija Anna, la narradora de esta historia de tres generaciones. Papuchi viaja a Estonia a trabajar por temporadas. Aprovecha su libertad para disfrutar del turismo sexual, industria floreciente en todo país asolado por el comunismo. Katariina odia el rojo, no lo soporta ni siquiera en Navidad. Escribe cartas. También las recibe. No hay mensajes políticos directos. Pero en el totalitarismo cualquier descripción de la vida diaria tiene latente un efecto subversivo. Busca saltarse las líneas con comentarios sobre la escasez, el racionamiento de comida y el empleo de cupones para regular la compra de carne, harina, macarrón, mantequilla. El periódico Pravda, cortado en cuadrados de diez centímetros por diez, al menos sirve de papel higiénico
«Mi madre insultaba a la gente, los llamaba borregos, le escandalizaba que fueran de una cola a otra sin protestar, que permanecieran de pie y se quedaran mirando, de una cola a otra, como si aquello fuera tan normal, todos mansos y sin hacer preguntas. Una auténtica panda de zopencos. Mi madre no lo aguantó. Por eso salió de ese jodido país, del país de los borregos, del país transformado en borrego», dice Anna.
Kateriina le pide a Anna que no divulgue sus orígenes, que no le confíe a nadie que tiene sangre estonia. Se lo pide en lengua finlandesa. Ella no desea que los hombres empiecen a tratar a su hija como una putita comunista. Evita también que frecuente el hogar de finlandeses de orientación marxista, porque al estar intoxicados de propagandas no comprenden la desilusión de los expatriados. ¿Quién puede estar disconforme en medio del paraíso proletario?
«Yo sé que si descubrieran que tengo sangre mestiza me querrían sólo por eso, por ser una puta rusa, y si no me querían iba a ser precisamente por eso también, por ser una puta rusa, una húmeda rajita rusa. Así me lo dijo mi madre. Que si lo supiera, la gente tendría hacía mí una actitud diferente, que me tratarían de otra manera, que me hablarían de otras cosas, que me harían preguntas diferentes. “Nadie te querrá de verdad”. Meterán la mano entre tus muslos, porque, al fin y al cabo, no serás más que una puta estonia, la cría de una puta estonia», piensa Anna.
Kateriina, siempre Kateriina. La madre experta en putas, a pesar de que en Estonia no existen las putas. Bueno… al menos en las declaraciones del Partido Comunista: «Oficialmente no había prostitución en la Unión Soviética, ni organizada ni desorganizada. Los ciudadanos soviéticos no podían prostituirse, ni ser yobaris, cambistas, proxenetas ni ladrones, porque los ciudadanos soviéticos estaban orgullosos de serlo y su moral soviética no les permitía semejantes comportamientos. Igual que ningún ciudadano soviético quería abandonar la Unión, desertar a Occidente y participar en la conspiración capitalista, en el adoctrinamiento occidental para la opresión de la clase obrera que ejercían los burgueses. Por supuesto que no. En los soleados países soviéticos no había ni escasez ni corrupción ni criminalidad, ni mucho menos asesinos en serie ―para investigar esas ridiculeces ningún funcionario podía malgastar tiempo, papel ni espacio en los archivos―. ¿Y qué era eso de que se encontraban cuerpos desangrados por las esquinas? Propaganda occidental con la que se intentaba arrastrar por el barro el honor soviético (…) ¿Un estonio demasiado blanco, los presos políticos? Espera, no, ¡en la Unión Soviética no hay presos políticos! Díganme, ¿quién propagaba esas mentiras? Nos gustaría charlar con él tranquilamente, mientras tomamos un café».
Anna es finlandesa. Lo confirma su despreocupación por la política. No la consume la paranoia. No ve espías en todos lados. No recela de quien se le acerca. Su pensamiento se concentra en mantener su figura de modelo. Cree que «los centímetros del cuerpo de una mujer  son tan importantes como los límites de los Estados». Sólo le teme a la celulitis, horror del cuerpo que puede terminar por desterrarla de los territorios del deseo.  «Toda mujer, en cierta manera, es una puta. Pero unas son más putas que otras. Unas lo llevan en la sangre, otras lo han aprendido o lo han mamado de su entorno, algunas lo son por naturaleza (…) Sólo con el sexo se consiguen las cosas, que no vale la pena decir tonterías sobre el amor, lo que hay que hacer es comprobar siempre los recursos y el pasado del hombre, que al final terminará engañándote, aunque sea de pensamiento», filosofa Anna.
Anna odia las preguntas. Siente que entorpecen la unión de los cuerpos, desvían la atención de la piel. La imaginación desanda las fantasías para ocuparse de dar con respuestas creíbles («Puedo irme a la cama sin estar enamorada y estar enamorada sin irme a la cama, pero nunca amar e irme a la cama»). También detesta la gordura; un fantasma que cree adivinar en cualquier alimento de sabor adictivo. Cree que cuando una mujer cede ante un instinto está perdida. Su obsesión por la figura esbelta —raquítica para los demás— determina su servidumbre a un oscuro señor: el vómito,
«Me había acostumbrado a que mi actitud hacia todas las cosas y las personas derivara de mi relación con la comida. Yo no tenía corazón. Tenía comida. No tenía amor. Tenía comida. No tenía miedo, sólo me quedaba de una pieza y tenía comida. No tenía odio, sólo un estómago que llenar hasta los topes. Aparentemente no tenía vergüenza, pero no había tenido otra cosa nunca que vergüenza y había intentado eliminarla comiendo. No tenía alma. Tenía comida. No tenía cuerpo. Ya no tenía siquiera a Esa Gatita (…) Muy pronto me convertí en una profesional del vómito. Casi que se podría decir que tenía un don natural que hasta entonces no había logrado sacar a la superficie. Vomitar sin hacer ruido es una tarea sencilla y, si lo haces lo suficientemente rápido, después de comer, la vomitona ni siquiera huele. Puedo hacerlo sin problemas incluso en público. Tampoco es tan raro, en los bares por ejemplo los borrachos siempre vomitan (…) El único problema fue controlar a mi Señor en los lugares públicos. Se volvió totalmente inaguantable. Indisciplinado. Un jefe despótico. Todo el tiempo tentándome, cuchicheándome, llevándome a situaciones imposibles. Haciéndome cosquillas con la lengua en el bajo vientre. Ven, amor mío, ven…», confiesa Anna.
El sexo también es otra variante del hambre. Un hambre que comparte con Hukka, su novio: «El deseo para aquel día de amor era que yo me hiciera pasar por una prostituta. Él quería darme dinero de verdad y quería que yo lo aceptara de verdad, que me lo metiera en el sostén y le preguntara que quería que le hiciera. Tendría que decirle mis tarifas y después haría lo que el cliente me hubiera exigido. Tenía que impostar un acento, intentar hablar con un ligero dejo extranjero, a él eso le excitaría mucho, una forma de hablar barriobajera, de puta de la calle, seguro que yo sabía hacerlo. Él incluso podía recogerme en la calle, yo estaría por allí como esperando un cliente, resultaría más verosímil si él aparecía en el coche, se paraba junto a mí, bajaba la ventanilla y cerrábamos el trato antes de subirme. Una extranjera prostituida. Le pregunté si quería que fuera tailandesa, sueca, rusa, estonia, negra o blanca. Hukka  sólo quería que pareciera verídico. Y para él eso era meterme el dinero en el sostén. Ay, Hukka, tú no sabes que para resultar verosímil tendrías que darme panties o filtros de café o desodorantes. Entonces sí sería verosímil».
La prosa de Sofi Oksanen es directa. Rehúye el eufemismo que sirve de burladero a los totalitarios. Rompe el hilo narrativo, acaso para que los lectores disfruten de un adelanto del destino fatídico de algunos personajes aferrados a creencias o movidos por miedo.
Sofia, la matriarca, muere a los dos meses de declararse la independencia de los países bálticos. Kateriina emprende el último viaje a la tierra de su niñez, acompañada con Anna, quien a pesar de ser finlandesa también se siente estonia: «Compro en la puerta del Viru un ramo de tulipanes. Tiene colgado el precio: diez coronas. Le pregunto a la vendedora si sólo venden lo tulipanes en ramos. Me dirijo a ella en mi estonio con un fuerte acento finés. La vendedora contesta que sí. Le doy un billete de cien coronas y, después de esperar de pie un buen rato, entiendo que no tiene ni la más remota intención de darme el cambio. En el ramo hay diez tulipanes. Me voy. No sé qué decir. Mi país me engaña, mi país me roba, mi país me tima. Eso me duele. Me da asco. Me da vergüenza ajena. Muchísima vergüenza. Genera en mí algo difícil de explicar. Me avergüenzo de la misma manera que se avergüenza una mujer a quien su marido golpea constantemente y que no reúne el valor de contárselo a nadie».
En la actualidad, el ganado de Stalin está disperso, fuera del corral. El excomisario Vladimir Putin sueña con reagruparlo, mediante dos vías: la reivindicación de la figura histórica del sanguinario Koba y la anexión paulatina de territorios de la antigua Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (invasión de Crimea y parte de Osetia del Sur). La Fiscalía General de Rusia, el lunes 29 de junio de 2015, reveló que, a petición de unos diputados de la Duma, estudia la legalidad del procedimiento empleado para reconocer la independencia de las tres antiguas repúblicas soviéticas del Báltico: Estonia, Lituania y Letonia, de la Unión Soviética.
«Jurídicamente, la decisión de reconocer la independencia de los países bálticos tiene fallos debido a que fue tomada por un órgano no constitucional", explicó un portavoz de la Fiscalía en un despacho noticioso de la agencia rusa Interfax citado por EFE.
En fin, como advierte la recelosa Sofi Oksanen: «Cuanto más oficial sea el asunto, mayor será la mentira».

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