Estas son las horas en la que los pobres chavistas tienen que fingir no haber escuchado nunca ningún insulto acerca de Juan Manuel Santos, el nuevo mejor amigo de Venezuela al comprometerse a entregar al pajarraco canoro de Walid Makled. También deben hacerse los locos ante la profanación, en circunstancias extrañas, de la tumba del Libertador Simón Bolívar y la compra de considerables lotes de comida cercana al vencimiento, por parte de autoridades del gobierno cubano. Ya sin dignidad nacionalista, ya sin respeto patriótico, ya sin soberanía alimentaria, los chavistas deben refrendar (como lo hicieron, en su tiempo, muchos de los permisivos seguidores del nazismo) que la vida humana no vale nada y que la permanencia del caudillo bien vale un genocidio. Porque algo oscuro debe haber en la psique y en el alma de alguien que dice que no le consta que Gaddafi lleva a cabo una matanza de opositores en Libia, a pesar de que el autor del
señaló previamente en una declaración televisiva, desde Trípoli, que su ejército exterminaría a todas las ratas que se levantasen contra el gobierno popular y socialista de cuatro décadas, conocido como la
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Parece que ninguna villanía causa mella en el ánimo de quien renunció a la razón y decidió refugiarse en la creencia fanática, tal como nos lo recuerda Victor Klemperer, en uno de los capítulos más impactantes de su obra
La lengua del tercer reich. El filólogo relata en sus anotaciones como un cabo del ejército se resiste a admitir el indetenible avance de las fuerzas aliadas en territorio alemán, y sólo atina a responder: «Yo soy un simple cabo; no entiendo suficiente de estrategia para poder juzgarlo. Pero el
Führer declaró el otro día que íbamos a ganar con toda seguridad. Y él no ha mentido nunca. Yo creo en Hitler. No, Dios no lo abandonará. Yo creo en Hitler». Después, una vez concluida la guerra, Klemperer se reencuentra con uno de sus antiguos alumnos, L, quien para su sorpresa no se muestra interesado en participar en la política de rehabilitación de los antiguos nazis. Al ser interrogado sobre los motivos de su proceder, más inexplicable todavía a la luz de la divulgación de los espeluznantes crímenes del régimen, L confiesa en voz muy baja: «No he solicitado la rehabilitación ni puedo solicitarla. No puedo negarlo: yo creía en él. Lo admito todo. Los otros lo interpretaron mal, lo traicionaron. Pero en él, en ÉL sigo creyendo».
En Venezuela, años después, otros siguen creyendo. Y el amo supremo premia su devoción con el bochorno y el ridículo de obligarlos a justificar la demencial declaración de que el capitalismo acabó con la vida en el planeta Marte. No falta quien insulte a las personas que se ocupen de zurcir, con críticas y reacciones airadas, los jirones que el poder pretende hacer pasar como trapo rojo a los ojos de la opinión pública, pero pienso, con Javier Marías, que «hay cortinas de humo que no deben pasarse por alto por lo que delatan o implican». En este caso: la convicción absoluta de que se lidera a un hatajo de débiles mentales...
No existe inocencia entre nosotros. Ninguno puede hacerse pasar por teletubi. Sólo los versos del poema Nocturno de San Ildefonso, del gran Octavio Paz, pueden aspirar a ceñirse el ropaje de la verdad: «Enredo circular / todos hemos sido / en el Gran Teatro del Inmundo / jueces, verdugos, víctimas, testigos / todos / hemos levantado falso testimonio / contra los otros / y contra nosotros mismos / y lo más vil: fuimos / el público que aplaude o bosteza en su butaca. / La culpa que no se sabe culpa / la inocencia, fue la culpa mayor».
A doce años de oscuridad, tragedia y ruina, Chávez ya no tiene seguidores. Sólo tiene complices.
1 Comments:
ay Vampi, parecieran tan pocos los lúcidos como tú...Los únicos que sufren mientras la dignidad se extingue...Para mí es mas fácil desde la distancia...No puedo dejar de pensar: si, es es su líder..."porque cada pueblo escoge al líder que se merece" sniff, sniff :(
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