jueves, noviembre 16, 2006

El infierno es retroactivo

Es poco improbable que incurra en una abominable exageración cuando afirmo, de manera tajante, que dudo que exista en Venezuela alguna persona que no haya padecido, a lo largo de su trayectoria laboral y profesional, la dolorosa experiencia asociada con el cobro de un pago de carácter reatroctivo. Un verdadero vía crucis que no se cansa de desmentir la lúcida frase según la cual “la hora más sombría no dura más de sesenta minutos”. Y es que, en algunas ocasiones, la pobreza se empeña en imponernos su propia cronología.
El maestro y el pensionado, el becario de Fundayacucho y el trabajador amparado por una contratación colectiva, todos ellos ven hermanados sus disímiles destinos en la subyugante pero esquiva promesa del retroactivo: un dinero que aunque supuestamente les pertenece, bien por derecho, bien por torcido, terminarán cobrando el famoso día de la mamá de Tarzán por la tarde.
Es el círculo del retroactivo una circunferencia viciosa. Su dinámica de ensueños y de engaños comienza muy temprano, con el rumor en los pasillos del trabajo (o en los runrrunes reseñados en la columna de chismes periodísticos) acerca de la aprobación de un pago retroactivo, único y extraordinario, como consecuencia de la firma de una nueva convención colectiva o la entrada en vigencia de un aumento salarial.
Rápidamente el iluso beneficiario activa sus redes informales en los departamentos de Finanzas o de Recursos Humanos, a fin de conocer con propiedad la cuantía y el día exacto de cancelación del inesperado desembolso monetario. Su contacto le responde que no maneja dicha información. Sin embargo, éste no le cree. El iluso beneficiario no lo sabe, pero inconscientemente precisa de una mentira para continuar viviendo, o, al menos, seguir laborando. Es tal vez por eso que su amigo se anima a mentirle y a susurrarle, con voz cómplice, la fecha en la cual su cuenta nómina superará el promedio mensual de seis cifras bajas (Nota del banco: incluye decimales).
Entonces el daño ya está hecho. Los más cautos empezarán a soñar con las cosas en las que invertirán el dinerillo extra, una vez lo tengan en la cartera. Los más arriesgados se irán de tiendas y comprarán, tarjetas de crédito en ristre, cuanto cachivache se les atraviese. Total, no importa. No hay por qué preocuparse. Dentro de dos semanas la empresa, el Estado, Fundayacucho… harán el súper depósito y los plásticos nuevamente estarán en cero.
Pero pasan los días, y el dinero nada. La cuenta se encuentra revolucionariamente roja rojita. La desesperación se acrecienta cuando los amigos de Finanzas y Recursos Humanos no atienden el teléfono. En los pasillos tampoco se encuentran respuestas. La página web del banco está colapsada debido a tantas personas que solicitan su saldo cada diez minutos.
Y lo peor no es eso. Lo peor es que el usurero, que como buen mafioso tiene línea directa con Tesorería, se niega a prestar, dateado como está, algo de fuerza, algo de muna. Será el infaltable jodedor de oficina el llamado a colocar la guinda de la torta al consolarnos: “Tranquilo panita, que la semana que viene pagan el preaño…”. En fin, qué lamentable es la suerte de aquel que teniendo no tiene, que pudiendo no puede.
Qué duda cabe: “El retroactivo”, la novela que a Kafka le faltó escribir. Quizás por eso, en un momento de su vida, el checo inmortal señaló: “Habrá esperanzas, pero no para nosotros”.

1 Comments:

Blogger Inos. said...

Entre el infierno retroactivo y el purgatorio de los bonos transcurre el tránsito vital de un funcionario, mi amigo... XD

Reciba un gran saludo, oh Cronista de lo Cotidiano.

10:16 a.m.  

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