miércoles, abril 21, 2010

De autor

Los préstamos lingüísticos no sólo tienen lugar entre dos o más idiomas. A menudo ocurren también entre dos o más jergas; es lo que pasa cuando una pléyade de profesionales asume el desafío de rellenar la incómoda ausencia de un término, o tal vez un giro expresivo, que designe con propiedad algún novedoso fenómeno registrado dentro del área de su conocimiento o —como gustan decir algunos visionarios del castellano— «experticia».
Asistimos, de este modo, al intento rocambolesco de legitimar el uso de determinadas palabras en contextos semánticos verdaderamente impensables, dada la particularidad de cada acepción. Una tendencia de índole contemporánea que puede ser ejemplificada tan sólo con analizar el empleo, cada vez más creciente en conversaciones y escritos, de la frase adjetiva «de autor».
La expresión «de autor» fue acuñada por un grupo de creadores audiovisuales interesados en singularizar aquellos productos cinematográficos —de carácter artesanal y bajo presupuesto— filmados a contrapelo de las faraónicas disposiciones logísticas y tecnológicas de las grandes productoras de la industria hollywoodense. En este sentido, la pieza «de autor» se contrapone a la noción de pieza «comercial»; entre otras razones, porque, en teoría, no representa un producto genérico para el consumo de masas ignaras, bullangueras y «comecotufas», sino más bien simboliza una obra de arte, elaborada para el exclusivo disfrute estético de una vanguardia iluminada. En tiempos recientes, hemos visto como la frase «de autor» ha conseguido un feliz sinónimo en el adjetivo «independiente». De hecho, cine de «autor» y cine «independiente» son equivalentes.
En el mundillo progre constituye un crimen de lesa cultura el andar usurpando por ahí la condición de creador para filmar cintas con orientación mercantil. En opinión de estos exigentes talibanes de la pureza espiritual y el savoir faire, una película únicamente puede calificarse como «de autor» —y no como otro asqueroso y protervo producto comercial— si, y sólo si, cumple con los siguientes criterios: 1) es vista por menos de cuarenta espectadores (es decir, ni una persona adicional a la lista de invitados al estreno, en función privada, de la película); 2) consigue una recaudación inferior a los mil dólares por concepto de taquilla; 3) no está grabada en sonido Dolby Digital ni ha sido llevada al mefistofélico formato de 3-D; 4) su permanencia en cartelera no supera el lapso de dos semanas; 5) es proyectada en salas de cine ayunas de asientos reclinables y puestos de venta de caramelos; 6) los personajes centrales de la trama no son entregados posteriormente, en figuras de miniatura, en las cajitas felices de McDonald’s; y 7) su banda sonora no se encuentra disponible en YouTube o ningunas otra de las plataformas digitales de búsqueda y descarga de contenidos audiovisuales.
Lo bueno de contar con el certificado de realizador de piezas «de autor» es que el creador tiene acceso a los fondos gubernamentales de financiamiento, sin tener que renunciar por ello a las melifluas glorias del farandulerismo mediático. Y es que los prohombres del cine de autor o independiente han sabido dotarse de un circuito de premios y festivales —situados convenientemente en paraísos turísticos—, al mejor estilo de las grandes industrias del espectáculo. No será pues por «anticomercial» que un histrión o un director dejará de caminar por la codiciada alfombra roja ataviado con un traje de marca.
Es tal el irresistible perfume que prestigia a la frase adjetiva «de autor» que más de un profesional no ha resistido la tentación de trasladarla, no importa si de manera chambona y oportunista, a su respectivo campo de influencia. Lo extendido de esta práctica de apropiación semántica ha hecho que la frase «de autor» devenga sinónimo culto de la palabra «artesanal»; esto es, un eufemismo utilísimo a la hora de librar a la élite creativa del bochorno que supone ser adocenada junto a los humildes menestrales que, al frente de un tenderete, y rodeados de una atmósfera pintoresca y provinciana, venden sus tallas y figurillas a una compulsiva horda de turistas. ¡Tá' barato! ¡Dame dos!
Dijo el francés Víctor Hugo que todo hombre es discípulo de alguna palabra profunda (libertad, igualdad, solidaridad). Nosotros agregamos, desde esta atalaya bloguera, que todo necio políticamente correcto —aquel oscuro individuo que en la plaza proclama una cosa, pero en la intimidad hace otra— es siervo solícito de algún eufemismo, perífrasis o frase hecha. De allí, que ya no sólo observemos entre nosotros a un pretencioso cine «de autor» sino también presenciemos curiosidades culturales como, por ejemplo, la cocina «de autor», el reportaje «de autor», el chiste «de autor», el diseño «de autor» y hasta, no faltaba más, la lipoescultura «de autor».
Mientras el pueblo inconducente se limita a hacer («hoy cocinaré un pabellón»), la élite predestinada se concentra en proponer («mi propuesta culinaria de hoy será un pabellón»). Y aquel que no propone, apuesta. Apuesta a la alegría. Apuesta al futuro. Apuesta a la otredad; feliz ludopatía que no va en desmedro del peculio del jugador. Mientras tanto yo, humilde brizna de paja remecida por la brisa caraqueña, sólo me atrevo a apostar por la adopción popular del adjetivo «de autor». Ya es hora de romper su uso monopólico por parte de los creadores. Ya es hora de escuchar a mi inquieta vecina murmurarme al oído: «Vampiro, te tengo un chisme «de autor», para diferenciar, de este modo, la información ciudadana de la vulgar anécdota que repiten los ociosos y maledicientes del barrio. Ya es hora de oír a uno de mis compañeros de trabajo advertirme: «Vampiro, ten cuidado. No te me acerques mucho: Tengo una gripe «de autor», para diferenciar, de esta manera, su particularísimo quebranto de aquella virosis adquirida masivamente por un vulgar estornudo en un sitio concurrido o la peste cultivada industrialmente en un ambiente laboral con aire acondicionado. Parafraseada así, la gripe «de autor» resuena como la versión bacterial de un escocés de 12 años, pacientemente destilado por un profundo conocedor de las afecciones pulmonares.
En fin, queridos lectores, ¡cuánto daría yo por entregarles a ustedes un blog «de autor»! Pero como diría el doloroso verso vallejiano: «¡Tanto amor, y no poder nada contra la muerte!».

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3 Comments:

Blogger Andrés D' Francisco said...

Excelente. Saludos

5:42 a.m.  
Blogger Desde La Barra said...

una belleza broder!!!!

1:42 p.m.  
Blogger Señorita Cometa said...

wow! te sirve un alabo "de autora"? que rico leerte!

6:42 p.m.  

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