lunes, julio 31, 2017

¿Cuántas veces muere un cadáver?

Como si de una función continuada se tratase, los venezolanos asistimos a la repetición de una película vieja, que no conoce los beneficios tecnológicos de la «remasterización». Esta cinta añeja bien pudiese llamarse «El fin de la República»  o «El fin de la democracia», porque tales son las expresiones pronunciadas o escritas por la más reciente promoción de egresados de la escuela del «Ahora sí», hermanas de Facultad de las venerables escuelas cognoscitivas del «Trapo Rojo» y el «Pote de humo».
Miembros ilustres de la cohorte del «Ahora sí» son, qué duda cabe, los expertos y académicos obsesionados por mirar el mundo únicamente con el enfoque económico de las decisiones racionales, la  teoría de juegos, las estructuras de incentivos, los análisis costo-beneficio y las estrategias de salida. También figuran los «civilistas de la hora undécima», un grupo  formado por aquellos disidentes del chavismo militarista y caudillista, que sienten que no tienen culpas que expiar ni despropósitos que aclarar a nadie, por hallarse bendecidos y afortunados por el «eterno e incuestionable prestigio moral» de la militancia en las filas de la izquierda rebelde y antiimperialista. El cuadro lo completan aquellos líderes de opinión reacios hasta ayer a mencionar categorías políticas cuyo origen y significación desconocen (tiranía, dictadura, totalitarismo); sujetos que en su fuero interno, y al mejor estilo de la humorada de Oscar Wilde, no desean educarse, sino ser tenidos por educados…
Pregunto: ¿cuántas veces muere un cadáver? Infinitas, a juzgar por el empeño de ciertos opositores de matar y resucitar a la «república» y la «democracia» con cada nueva tropelía del poder dictatorial y neototalitario. De modo que la «democracia» y la «república» terminan por parecer la encarnación en la Tierra de los míticos hímenes de las huríes coránicas, cuyos tejidos son capaces de regenerarse una vez culminada la penetración del yihadista premiado con el Paraíso.
Pero un cadáver no puede morir dos veces. En Venezuela no hay república ni democracia desde 1999. Ese año el chavismo, los notables y los magistrados de la Sala Político Administrativa de la extinta Corte Suprema de Justicia se las echaron al pico. Sin embargo, comprendo que es humano, demasiado humano, que dirigentes tránsfugas ―o destetados bruscamente del erario―, así como electores refractarios a asumir las consecuencias políticas de su irresponsabilidad ciudadana, hagan coincidir el fin de la república con la fecha siguiente al día de su deserción de las filas revolucionarias.
Como el diabético que subestima su condición, se come todos los dulces de la pastelería y abre las puertas con sus excesos al coma diabético, las amputaciones o incluso la misma muerte, ayer el gobierno decidió empacharse de un poder que no está en capacidad de digerir. Lo lamentable no será su previsible deceso, sino la cauda de muerte y dolor que traerá a miles de familias venezolanas.
Que esta tragedia nacional sirva para hacer un mejor diseño institucional para la Venezuela del futuro, cuyo advenimiento no se halla tan lejano como piensan los pesimistas de la oposición y los optimistas del gobierno. Ojalá se consiga conjurar el demonio de la reelección ―origen de todas las guerras venezolanas―, se establezca el balotaje o segunda vuelta, se recorte el período de gobierno, se suprima el engañoso e incumplible «referendo revocatorio» ―excusa para la colusión de los poderes públicos y fuente de ingobernabilidad―, se impida a los magistrados de la Sala Constitucional fungir como poder constituyente de facto ―hasta el punto de desfigurar y hacer irreconocible con sus sentencias el régimen de libertades―, prohíba la actividad proselitista de doctrinas antidemocráticas, antirrepublicanas y cainitas, se elimine el fuero militar y se consagre la eliminación de los derechos políticos a los participantes en golpes y asonadas. Aunque lo más importante será, a mi juicio, infundir en la sociedad venezolana una conciencia cabal de las implicaciones del sufragio, porque como señala el escritor español Javier Marías: «un voto acarrea consecuencias colectivas e irremediables, a lo largo de cuatro años o más. No sólo hay un “día siguiente” tras unas elecciones o un referéndum, sino que hay decenas de interminables meses siguientes, durante los cuales a los elegidos les da tiempo a propugnar nuevas leyes y liquidar las existentes, a suprimir derechos, a disolver el Parlamento y controlar la prensa y a los jueces, a decidir que ya no habrá separación de poderes; en el peor de los casos que ya no se podrá volver a votar; y que todos los disidentes serán declarados traidores y subversivos. En unas elecciones se otorga poder real, y justamente en ellas es donde menos se puede sucumbir al cabreo, a la impulsividad, al mero afán de “desalojar”. Porque siempre se “aloja” a otro, quizá aún peor».
Juzgo importante aclarar en estas líneas que no estoy a favor de la violencia. Respeto la vida humana. No veo nada glorioso en la muerte. No preciso de mártires ni tampoco de existencias malogradas cuyo sacrificio sea menester honrar. Pero mi apego a estos principios no me impide observar los riesgos de la ingenuidad, de la insensatez de negar que en el mundo existe la maldad, las ideologías con vocación de dominio perenne, los sujetos con naturaleza de esbirro y comisario, los especialistas en inducción de psicosis colectivas, los mandones con ganas de ver arder «la ciudad eterna». El gobierno debe frenar su orientación tanática, porque al comportarse como todos los sistemas totalitarios, contribuye a la concientización de una verdad histórica: Hitler, al burlarse continuamente del pacifismo y la política de pactos de Chamberlain, dio legitimidad absoluta al uso de la violencia... Ojalá los mandamases puestos en Venezuela por la Cuba castrista reflexionen, aunque a decir verdad no me hago esperanzas: los arrastra la misma mentalidad fanática, de ciega inmolación, que precipitó el  final de los «davidianos» del rancho de Waco.

PD1: Dice el líder a sus seguidores: «Cuando digo “soy”, quiero decir “somos”» y al escucharlo me siento como un espíritu antiguo, uno proveniente de un mundo poblado por hombres y mujeres que cuando querían decir «somos» decían «somos», y no pretendían ocultar su egoísmo con frases de supuesto brillo intelectual.


PD2: Una duda: ¿Y cuándo ese mismo líder, sentado frente a un copioso banquete en Miraflores, dice  «como» querrá decir «comemos»? En fin, es tan falso que ni el código QR del carnet de la patria lo reconoce…

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sábado, abril 22, 2017

Frente a la tanqueta. Frente a la Medusa

Estos días han sido muy duros, pero dentro de lo malo se respira una convicción indeclinable de poner coto a la dictadura. El miedo sólo disuade a los «indignados» o a los viudos de los subsidios, pero refuerza el ímpetu de lucha de las personas comprometidas con el ideal de la libertad y también con el destino de sus almas afines (padres, hijos, hermanos, amigos). El gobierno yerra en muchos de sus cálculos. Cada equivocación supone derramamiento de sangre inocente, pero también introduce una ligera modificación en el estado de las cosas; estado de las cosas que, en su deslizamiento lento y doloroso, se aleja del punto donde el gobierno es el más poderoso. 
Stefan Zweig, fino intérprete de la psicología humana, en su libro de memorias El mundo de ayer dijo con no poca desilusión: «Había estudiado demasiada historia, y escrito sobre ella, como para no saber que la gran masa siempre se inclina hacia el lado donde se halla el centro de gravedad en cada momento».
En el campo simbólico, el de las percepciones e intuiciones, el centro de gravedad se está rodando. Estoy consciente de que algunos «expertos» pueden argumentar que mientras se mantenga incólume la asimetría de armas y pertrechos el gobierno tiene todo para imponerse. A ellos les interpongo un nuevo pensamiento, esta vez del poeta Paúl Valery: «La era del orden es el imperio de la ficción. Ningún poder es capaz de sostenerse con la sola opresión de los cuerpos. Se necesitan fuerzas ficticias». El chavismo-madurismo no puede buscar tales fuerzas ficticias en cualquier parte: tiene que remitirse a su fuente primera, ese relato original de la supremacía del soberano, el cual en el plano sociológico pudiera ser etéreo e incorpóreo en su integridad, pero en el plano físico tiene la encarnación de los votantes convocados a unos comicios. Paradojas de la voluntad humana: Hugo Chávez al atar la noción de democracia a elecciones no sólo caricaturizó y simplificó la esencia del llamado gobierno del pueblo, sino que ató ―atado y bien atado (como diría otro de los gorilones que pueblan la noche de los tiempos)― la legitimidad de su sistema político a la celebración de comicios, que otra cosa no es la supuesta democracia directa, protagónica y participativa.
Muerto el líder carismático se rompe la operación de alquimia emocional que fusionaba a caudillo, pueblo y ejército. En la actualidad del chavismo el jefe del Estado no es el pueblo, ni el pueblo se siente Jefe del Estado. La ecuación de Ceresole se rompió. El sociólogo estadounidense Daniel Bell, en su libro Las contradicciones culturales del capitalismo, advierte que «no puede haber una sociedad que funcione con una cultura opuesta a su sistema de legitimidad». El haber suspendido dos elecciones (referendo revocatorio y votaciones regionales) representa mucho más que el desconocimiento del régimen democrático (que en Venezuela no existe desde 1999, al igual que la República). Con tales decisiones se materializó la ruptura de un pacto simbólico suscrito entre un líder y sus seguidores: el pueblo ya sabe que no es soberano, porque no puede ser soberano de nada aquel que no decide sino únicamente padece (Chiste malo: «Padece un soberano pendejo»). 
En el momento crucial, el espíritu totalitario siempre arroja los tanques. Es una verdad. En Rusia Boris Yeltsin se montó sobre ellos; en China un valiente y solitario manifestante cayó entre sus ruedas oruga. En Alemania, nos dicen, se derribó el muro sin un tiro. Lo que callan es que fue gracias a que al frente de la URSS estaba Gorbachov y no Brezhnev u otro dirigente coaccionado por un Kremlin de línea dura.
La suerte de Venezuela puede ser distinta a las sociedades oprimidas por el socialismo (el comunismo es el cielo que llegará con la abolición del Estado: por tanto es detestable como utopía, nunca como gobierno porque no ha sido ni será; y la socialdemocracia no es socialismo). Hay tres factores que ayudan al pueblo venezolano en su dispareja lucha. Dos tienen un carácter desafortunado; uno tiene el perfume de los tiempos modernos: 1) la imposibilidad de que el precio del petróleo suba a los 100 dólares (posibilidad que reactivaría la capacidad del aparato burocrático de la dictadura para acompañar el bombardeo propagandístico con programas sociales que en la práctica son coimas); 2) la proximidad de la hiperinflación (no hay gobiernos que aguanten esta mecha ni el descontento popular que produce, porque este monstruo termina por afectar incluso la efectividad del gasto público, eje de la ilusión del crecimiento revolucionario); y 3) la existencia de las redes sociales (ningún gobierno totalitario había lidiado con un enemigo de tal talla, capaz de desmontar propagandas y desinformaciones con un torrente de fotos y videos), que muta su principal virtud en principal debilidad: el mensaje único no aguanta la cayapa instantánea y viral de múltiples mensajes multimedia. 
¿Ganarán los demócratas en esta oportunidad? ¿Su triunfo será en paz? Shakespeare escribió: «So foul a sky clear not without a storm» [«Un cielo tan cargado no se despeja sino con tormentas»]. Por los momentos no vemos rayos ni centellas. Sí percibimos una densa nube de gases tóxicos que enrarecen el aire ―así como los eufemismos enrarecen el idioma y matan la verdad―. Yo sólo sé esto: Hoy en Venezuela, y como si se tratase de un niño que nace a la vida entre lágrimas y llantos, la bella libertad busca un lugar en el mundo. En lo hondo de nuestros corazones ya lo tiene.



NOTA: Quien esto escribe es un hombre amante de la libertad y renuente a sacrificarla por engañifas tales como igualdad, soberanía y demás conceptos rimbombantes y supuestamente incuestionables empleados frecuentemente por quienes sólo desean eternizarse en el mando. Esta aclaratoria la hago para que el lector sepa quién escribe, y además porque comparto el juicio del historiador y periodista inglés Timothy Garton Ash cuando expone: «A veces aclararle al lector el punto de vista propio, lo que cabría denominar parcialidad transparente, puede ser más honrado que una imparcialidad fingida. El ejemplo clásico es Homenaje a Cataluña, de George Orwell, una de las mejores obras de periodismo político moderno. En el último capítulo, Orwell escribe: “Por si no lo he dicho antes en algún sitio del libro, lo diré ahora: desconfíen de mi parcialidad, de mis errores de hecho y de la distorsión inevitablemente provocada por haber visto solo un ángulo de los acontecimientos”. En la práctica, dice “¡No me crean!”, y por eso le creemos».

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domingo, septiembre 27, 2015

Dadnos al hombre

En un curioso ataque de pudor, el poder total se abstuvo de agregar a la condena una precisión de horas, minutos y segundos. Se limitó a fijar el castigo en términos de años, meses y días. Treces años, nueves meses y siete días, para ser exactos.
La jueza provisional, con empeño idéntico al exhibido por un pasante en trance de quedar fijo en una empresa, dio lectura a la sentencia de Leopoldo López. Acaso también lo hizo con la serenidad con la que, en diciembre de 2010, ordenó la liberación del reo Arné Chacón (hermano del superministro Jesse Chacón), señalado paladinamente de corrupción por el fenecido presidente Hugo Chávez y sometido a juicio por aprovechamiento indebido de recursos públicos y aprobación indebida de créditos bancarios. Un caso más, pues, de conversión de un militar bolivariano en magnate.
La jueza 28 de Juicio de Caracas sigue aún sin publicar el contenido de su sentencia. Por tanto, no sabemos los razonamientos jurídicos que llevaron a Susana Barreiros a dar por efectivamente cometidos los delitos de asociación para delinquir, instigación pública y factor determinador de incendio y daños. En cambio, sí conocemos las irregularidades que han desvirtuado y adulterado el proceso legal incoado contra Leopoldo López: orden de aprehensión sin investigación policial previa (puesto que no fue capturado en situación de flagrancia), presentación inapropiada de la causa judicial (en el interior de un autobús estacionado a las puertas de la cárcel de Ramo Verde, sita en la jurisdicción del estado Miranda), rechazo reiterado de las pruebas consignadas por los abogados de la defensa, asimetría en la comparecencia de testigos (108 a favor de los argumentos de la Fiscalía General de la República, 1 a favor del fundador del partido Voluntad Popular) y desconocimiento del carácter público de las audiencias tribunalicias.
Hemos podido apreciar una foto donde aparecen muy sonreídos, al mejor estilo de los socialités de revistas de alta sociedad, la jueza Susana Barreiros con el presidente de la Asamblea Nacional —un hombre de mazazos y fogonazos creativos (no en balde es el autor del remoquete «monstruo de Ramo verde»)—. Sin embargo, aún no hemos dado con fotos y videos en lo que se vea y se oiga a Leopoldo López azuzando a los manifestantes del 12 de febrero de 2014 para demoler la fachada de la Fiscalía y disparar a quemarropa a cuanto sujeto estuviese por las calles. Ocurre más bien lo opuesto: las grabaciones difundidas por distintos medios de comunicación muestran a un dirigente sosegado que, tras agradecer el amplio apoyo, exhorta a los asistentes a retornar a sus hogares de manera pacífica. Minutos más tarde, y ya con Leopoldo López alejado del lugar, se ordenó el retiro de los piquetes de la Guardia Nacional apostados en Parque Carabobo. Los hechos sangrientos registrados a continuación están documentados debidamente en un trabajo multimedia (curaduría de fotos y videos) elaborado por los reporteros de la Unidad de Investigación del diario Últimas Noticias y laureado con el premio internacional de periodismo Gabriel García Márquez. Allí se aprecia la muerte de Bassil Da Costa a manos de funcionarios, unos uniformados, otros no, pertenecientes al Servicio Bolivariano de Inteligencia Militar (al momento de caer el cuerpo del estudiante al menos siete agentes del Sebín accionan sus armas).
¿Cuándo nació la mala estrella de López? En los albores de la Venezuela chavista y revolucionaria. Fue cuando le recordó a Chávez y a sus secuaces que el poder presidencial debe morigerar sus acciones y abstenerse de actuar como si el mandato obtenido en una elección tuviese carácter eterno.
El primer expediente empleado por el gobierno fue la inhabilitación. La Contraloría General de la República señaló dos causales para la medida. La primera: un donativo recibido en 1998 por la Asociación Civil Primero Justicia, por la cantidad de sesenta millones de bolívares (sesenta mil bolívares fuertes actuales), a manos de la gerencia de Asuntos Públicos de la División de Servicios de Pdvsa, a la sazón dirigida por Antonietta Mendoza de López, madre de Leopoldo López (ese año Leopoldo fungía como analista de entorno en la oficina del economista jefe de Pdvsa). La segunda: el traslado de fondos presupuestarios de una partida administrativa a otra durante la gestión de Leopoldo López en la Alcaldía de Chacao en el 2002.
Se decidió inhabilitarlo por seis años por el donativo de Pdvsa a la oenegé Primero Justicia. Acerca de la vigencia de la medida administrativa, el Tribunal Supremo de Justicia estableció que se iniciaría el martes 9 de diciembre de 2008, día posterior al cese de López en el cargo de alcalde, y culminaría el 9 de diciembre de 2014. Cuando el primero de septiembre de 2001 la Corte Interamericana de Derechos Humanos ordenó la anulación de esta inhabilitación administrativa, el Tribunal Supremo de Justicia optó por desacatar la sentencia y ratificó su postura en pronunciamiento del 17 de octubre de 2011: «Vencido el período de la sanción (López) podrá optar a otros cargos. En el 2014 concluyen las sanciones que le fueron impuestas». Este criterio fue secundado por Adelina González, a la sazón encargada de la Contraloría General de la República, a raíz de la muerte en funciones de Clodosbaldo Russián.
La persecución política quedó confirmada cuando el gobierno, por intermedio de sus apéndices judiciales, prolongó la medida de inhabilitación más allá de 2014. Para ello violó el principio del derecho que sostiene que a una persona condenada por varios delitos no se le pueden sumar varias penas. He aquí el modus operandi: se desempolvó la causa del traslado de partidas presupuestarias y se ordenó una nueva inhabilitación por tres años, con inicio de la suspensión el 10 de diciembre de 2014 y término el 10 de diciembre de 2017. El alegato jurídico fue aportado por la señora Adelina González el sábado 13 de diciembre de 2014 en una nota de prensa enviada a la redacción del diario El Universal. Allí González señaló, en abierta inobservancia de las razones expuestas por el TSJ, pero también en infructuosa villanía (pues la rábula de marras no fue confirmada como contralora general, a pesar de tanta obsecuencia y degradación), lo siguiente: «Las inhabilitaciones para el ejercicio de cargos públicos dictadas por la Contraloría General de la República se suman en casos de reincidencia; es decir, una vez cumplida la primera se cumplirá la segunda».
La decisión de activar la segunda inhabilitación guarda relación, sin duda alguna, con el ascenso en las encuestas políticas de Leopoldo López y la caída en la popularidad del mandatario Nicolás Maduro, pero también con la publicación del documento «La salida», un texto en cuyas líneas más polémicas el coordinador nacional de Voluntad Popular escribe: «¿Y qué debe pasar con el gobierno?, vuelvo a preguntar. La respuesta es rápida e igual en todos lados: "CAMBIO. Hay que salir de este gobierno. Hay que votar por la Unidad”. Es reveladora la claridad con la que el pueblo está interpretando la crisis y la unidad de criterio que veo desde Cunaviche en Apure hasta Pampanito en Trujillo. El gobierno es un desastre, es antidemocrático, corrupto e ineficiente. Maduro es un incapaz que no manda y es el rostro vivo de la crisis. La foto de Maduro representa escasez, inflación, inseguridad y colapso de los servicios públicos. No podemos quedarnos de brazos cruzados frente a esta opinión mayoritaria. ¿Qué hacer? Por ahora, profundizar la organización, votar el 8D por los candidatos de la Unidad y castigar al gobierno con nuestro voto. ¿Es eso suficiente? No, no lo es. Debemos asumir el voto, pero también la calle, la protesta. Como lo hizo ejemplarmente el pueblo de Cariaco, el cual logró exitosamente su objetivo. ¿Y después del 8D qué?  En nuestra opinión, no tenemos otra opción que asumir clara y abiertamente salir de este gobierno con el alzamiento de la conciencia y el pueblo en la calle.  La Constitución ofrece varios vehículos: constituyente, enmienda, revocatorio o renuncia, pero todos ellos requieren de lo más importante: la determinación firme del pueblo, de salir de este desastre ya. ¡Fuerza y fe Venezuela!».
Este anuncio de Leopoldo López de recorrer toda Venezuela en procura de hacer del malestar colectivo el pilar fundamental de la expansión de la base de apoyo del proyecto de unidad democrática exacerbó la paranoia de los revolucionarios enquistados en el poder. Baste un dato para entender el miedo de Maduro y su claque: según el Observatorio Venezolano de Conflictividad Social durante el primer semestre de 2015 se produjeron al menos 2.836 protestas, entre ellas 56 saqueos y 72 intentos de saqueos a escala nacional.
Así como no hay evidencias de que Leopoldo López haya llamado a vandalizar la sede del Ministerio Público, incendiar cinco patrullas del Cuerpo de Investigaciones Científicas, Penales y Criminalísticas (Cicpc) y cometer hechos de violencia contra la gente situada en las adyacencias de Parque Carabobo, tampoco existen evidencias de que el documento intitulado «La salida» contenga una convocatoria manifiesta de desconocer al gobierno de Nicolás Maduro o sea una exhortación al sector militar para que derroque las autoridades constituidas. Para cualquier persona sin problemas de comprensión lectora es punto menos que imposible encontrar una prueba delictiva en el escrito de López. Lo que ocurre, tristemente, es que en nuestro país resulta ya subversivo recordar a quienes ejercen el mando dos truismos de filosofía política: que en una república el mandato de gobierno es finito, y que en una democracia el poder conferido en una elección puede arrebatarse en otra, dado que la soberanía radica en la voluntad popular y no en el designio del tirano o del partido, por más que ambos usurpadores se empeñen en afirmar que representan la quintaesencia del pueblo.
Ante la falta de declaraciones explícitas el gobierno, mediante su sicario institucional, el Ministerio Público, procedió a torturar las palabras para que dijeran lo que nunca fue expresado. Se pidió al exviceministro de Comunicación, Alí Paredes, efectuar un análisis semiológico de los mensajes enviados por Leopoldo López desde su cuenta de Twitter. También se acudió al juicio informado de Rosa Amelia Asuaje, doctora en Lingüística, profesora de la Universidad de Los Andes y columnista del portal web Aporrea, para que corroborase la presencia de contenidos subliminales en el manifiesto titulado «La salida» y en una muestra de 31 videos publicados en Youtube contentivos de discursos e intervenciones públicas del coordinador de Voluntad Popular. Ninguno de los dos avaló las tesis de los representantes de la Fiscalía General de la República. Y mal podían hacerlo, porque como advierten Ludovic Ferrand y Juan Segui, en su obra La percepción subliminal, estudios recientes en el área de la psicología experimental demuestran que la percepción se borra en algunos centenares de milisegundos, de tal forma que «el consumidor o el elector deberían precipitarse en menos de 150 milisegundos hacia las estanterías, o hacia una cabina electoral, para que el efecto del mensaje subliminal pueda actuar. Las manipulaciones mentales por medio de mensajes subliminales en la práctica son imposibles».
Llegados a este punto es digno de resaltar lo incoherente de la jurisprudencia chavista, cuyas decisiones no obedecen a una idea concreta del derecho, sino más bien a la necesidad de parir razonamientos y criterios, con visos de legalidad, que sirvan para convalidar las alcaldadas del presidente y sus funcionarios de confianza. El mismo engranaje judicial que hoy busca prestigiar la tesis de los mensajes subliminales, instigadores de la violencia y la anomia, fue el mismo que el 11 de noviembre de 2009, mediante intervención del Tribunal Supremo de Justicia, exoneró al fallecido Hugo Chávez Frías de los cargos interpuestos por Hermann Escarrá. Según el constituyentista el jefe de Estado incurrió en los crímenes de apología del delito e incitación al odio cuando en una intervención pública dijo, con hipotética carga subliminal, que su gobierno le iba entrar a «batasos» (acrónimo que hace alusión a la Unidades de Batalla Socialistas) a la gente de la oposición. En aquella oportunidad los magistrados del TSJ explicaron en su fallo que las palabras de Chávez no podían tomarse literalmente y que formaban parte del debate político. En resumen, se reconoció la presunción de buena voluntad del hablante; un supuesto que en la actualidad se niega a Leopoldo López.
En el campo lingüístico, tan caro a la profesora Rosa Amelia Asuaje, la decisión del TSJ nos remite a la noción de pragmática, disciplina que indaga cómo los significados adquieren sentido según la situación. Estudiosos de la comunicación han planteado una circunstancia presente en toda conversación: «El emisor quiere decir más de lo que dice, y el receptor interpreta más de lo que se le dice». ¿Cómo hacer para que las tendencias propias del emisor y el receptor no redunden en suspicacias mutuas que den al traste con el proceso comunicativo? En el terreno de la pragmática la respuesta la aporta el principio de cooperación de Paul Grice. Grice especificó los cuatro principios necesarios para establecer una comunicación basada en la verdad y en la cooperación de los interlocutores: cantidad, calidad, relevancia y claridad. Las denominadas «implicaturas» serían las deducciones que hacen de buena voluntad los receptores ante los mensajes pragmáticos, porque suponen que el emisor se ajusta a las cuatro máximas cooperativas (Semántica y pragmática del texto común. Rafael Núñez y Enrique del Teso. Editorial Cátedra, 1996). En palabras del español Álex Grijelmo, en su obra La información del silencio (Taurus, 2012): «Los hablantes confían en que los escuchantes elaboran inferencias adecuadas, y éstos suelen confiar en las inferencias producto de las declaraciones de los hablantes. El destinatario de un mensaje supone de oficio —intuitivamente— que su interlocutor respeta esas máximas enunciadas por Grice. Si el emisor no corresponde a tal confianza, engaña. Pero si los hablantes asumen implícitamente esas máximas, garantizan el éxito de la comunicación».
Los pragmáticos Dan Sperber y Deirdre Wilson redujeron las cuatro máximas de Paul Grice a un único criterio y factor básico de la comunicación: el principio de relevancia. Según ambos autores, la noción de relevancia es eminentemente relativa, nunca unánime, porque los hablantes seleccionan una parte del mensaje y desechan otra, «el emisor transmite lo que considera relevante, y si algo está presente en el discurso el receptor entiende que ello se debe a que el emisor lo ha considerado relevante». Tanto el principio de cooperación de Paul Grice como el principio de relevancia de Dan Sperber y Deirdre Wilson parten de la presunción de la buena fe del emisor. Supuesto que subyace en la decisión del TSJ. Nada de lo anterior puede ser desconocido por un experto en Lingüística y Teoría del discurso. Aunque sí, obviamente, por una jurista del horror en trance de defender su plaza como jueza provisional y de salvar, en última instancia, su pellejo vestido con toga.
Quien sí violó el principio de cooperación de Paul Grice fue, quién lo diría, la profesora Rosa Amelia Asuaje, quien acudió al tribunal 28 de Juicio de Caracas a fuer de autoridad académica irrecusable en la causa incoada contra Leopoldo López. El hecho de haberse abstenido de señalar al acusado como emisor de mensajes subliminales (aunque en un momento del juicio manifestó no estar suficientemente clara de que «La salida» fuese constitucional) no la exime de haber incurrido en la irregularidad deontológica de fungir de experta imparcial ante un juzgado de la República, a pesar de que casi un año antes, el martes 11 de febrero de 2014, había revelado su tendencia política en un artículo publicado en el portal Aporrea, con el título «Guarimbas en Mérida aupada por una sociedad cómplice» (nota del cronista: el contexto lingüístico en el que la voz «guarimbas» es empleada implica la aceptación por parte de la autora del framing o marco mental propuesto por los comunicadores del régimen). En ese texto Asuaje escribió: «En los últimos días, Mérida ha sido el escenario de una violencia callejera inusitada debido a las estrategias que se introducen en el juego bélico por darle al país “una salida rápida para acabar con Maduro y su gobierno”. Quienes hacemos vida en esta ciudad, pequeña comarca que acoge en su seno un crisol de personalidades, ideologías y contradicciones, hemos podido observar, semejante a espectadores de un film en tercera dimensión, como surgen del pavimento decenas de merideños que, con cacerola en mano, aúpan, celebran y enaltecen la conducta de desadaptados sociales que, bajo la capa impoluta de su condición de estudiantes, han destrozado calles, semáforos y postes; “estudiantes” que, alejados de su misión principal, se han dado a la tarea de trancar avenidas, cobrar peajes a los que transitamos con nuestros vehículos por zonas aledañas al campus universitario y quemar basura, sabiendo la toxicidad que esta acción trae consigo (…) ¿qué quieren los merideños de la oposición? ¿Cuántos muertos necesitan para contabilizar su pírrica victoria? Y termino haciéndoles estas preguntas: ¿es que acaso creen que porque en Mérida se multipliquen los guarimberos, el gobierno actual va a caer o el presidente Maduro va a renunciar? ¿Acaso creen, como en el este de Caracas, de donde provengo y sector al que conozco perfectamente bien, que con quemar doscientos cauchos este gobierno va a caer? Esperen sentados en sus cómodos sofás y tómense un Martini seco mientras siguen “tuitiando” desaforadamente que los chavistas tenemos los días contados».
Conviene detenerse en este chavismo que Rosa Amelia Asuaje tiene a bien «encaletarse» para mejor pasar por desapasionada autoridad académica en las audiencias del juicio político de Leopoldo López. Es justo afirmar que la relación de la doctora en Lingüística con la revolución bolivariana va mucho más allá de la simpatía ideológica. Es una furibunda admiradora de la figura de Hugo Chávez, tal como puede corroborarse al leer el artículo «Hugo Chávez: el parresiasta latinoamericano del siglo XXI», publicado el jueves 6 de marzo de 2014 en el portal Aporrea. En este texto, redactado a un año de la desaparición física (o «siembra», en la neolengua neototalitaria) del «comandante supremo», la autora echa mano de las investigaciones que el intelectual Michel Foucault hizo de la civilización griega, en particular de la ciudad estado de Atenas. Del conjunto de hallazgos del francés, a Asuaje le interesa las implicaciones del concepto griego de parresía (por favor no confundir con la voz parresia, figura retórica que el periodista Miguel Salazar transformó en técnica de adulación para ganar puntos con Chávez y su gobierno) que significa, según Foucault, 1) decir la verdad, 2) decirla francamente y 3) decirla toda. A partir de este punto la doctora en Lingüística reflexiona: «Un sujeto se convertía en un parresiasta si hacía buen uso de la parresía al decir siempre la verdad de manera clara y franca y sin guardarse nada en su corazón. Ahora bien, para ser un buen parresiasta o parresiastés, había que estar consciente de que el decir la verdad siempre implicaba un riesgo, pues el otro a quien se le dice una verdad no siempre está preparado para escucharla, especialmente si es un poderoso que puede atacar al parresiasta por incomodarlo con su confesión. De tal manera que quien hacía uso de la parresía debía tener el suficiente coraje para decir todo lo que era necesario que se supiera, aunque en el tránsito de esa develación, podía, el parresiasta, ser amenazado de muerte por sus palabras. La valentía en el decir era, entonces, una condición sine qua non para poder erigirse como un sujeto de verdad, tomando como principio de acción la parresía».
Acto seguido, Rosa Amelia Asuaje emprende el apasionante desafío de identificar en nuestros tiempos al hombre que, de un modo deliberado y consciente, hizo mejor uso de la parresía. No tarda mucho en compartir con los lectores el nombre de su candidato: «Sin lugar a dudas, Hugo Chávez, hombre que no sólo se erigió como sujeto de su verdad ante el imperialismo norteamericano y la vieja Europa, sino que nos enseñó el valor de decir la verdad, decirla toda y decirla francamente (las tres condiciones del parresiasta). Un presidente que se atrevió a decir lo que otros gobernantes nunca dijeron, un hombre que lideró la desarticulación del ALCA en Mar del Plata con la valentía del guerrero que se enfrenta al Dios del Capital. ¿Quién olvida a nuestro Chávez cuando se atrevió a decir en la Conferencia de la Naciones Unidas: Huele a azufre, refiriéndose a su homólogo George Bush quien el día anterior había hecho su intervención ante ese organismo internacional, justificándose como el protector de la paz mundial que se ingeniaba guerras para garantizar lo primero? (…) Si tuviésemos que identificar a un verdadero parresiasta de nuestros tiempos y en nuestra América, tendríamos que evocar un nombre: Chávez, un hombre que era todos los hombres de Venezuela al evocar al zambo, al mestizo, al criollo y al negro en una sola corporeidad. Había llegado el emisor de las sombras ocultadas por la historia de los vencedores en nuestro país. Con él, las demandas de los que menos tuvieron alguna vez se hacían palabra y acción, coherencia discursiva: parresía. Tal vez por ese atrevimiento, por ese arrojo irreverente y peligroso, nuestro Chávez fue tan odiado por quienes lo adversaron, no sólo porque sus ideas eran libertarias (sic) para un importante sector de nuestro país, sino porque develaba esa venezolanidad endoracista (sic) que la pequeña burguesía, afecta al blanqueamiento europeísta, había desterrado de su vientre, mucho antes de nacer en esta tierra de gracia».
La prosa de Rosa Amelia Asuaje es una muestra más, si acaso hacía falta, del empeño de los intelectuales de tendencia posmoderna y posmarxista de emplear en sus desarrollos teóricos un lenguaje abstruso, con abundantes archisílabos y oraciones subordinadas (acaso con la intención de disolver el sujeto de la oración principal y la acción que ejecuta), a guisa de mecanismo psicológico para proyectar un rigor científico propio de las ciencias exactas, pero imposible de alcanzar en las ciencias sociales. Asuaje alerta a los lectores de los peligros de «la venezolanidad endoracista», pero si en verdad existe un fenómeno al que se pudiera anteponer el prefijo «endo» (dentro, en el interior) éste no sería otro que el hábito de los intelectuales posmodernos y posmarxistas de leer únicamente textos de científicos posmodernos y posmarxistas. Sus referentes teóricos siempre son los mismos: Foucault, Lyotard, Baudrillard, Derrida, Deleuze, Agamben, Bourdieu, Bauman, Vattimo, Negri, Žižek. No salen de allí, del coto aislado, amurallado, de las «endolecturas» (disculpen el guiño posmo).
Sólo en la interpretación de Foucault la parresía tiene tres requisitos para ser plena, y sólo en la revisitación foucaultiana (disculpen los archisílabos) acometida por Asuaje Hugo Chávez puede erigirse como parresiasta (categoría conceptual, por cierto, salida del magín del intelectual francés). Para darse cuenta de ello, basta únicamente tener la voluntad de encontrar el conocimiento más allá de los límites de los pensadores afines. Por ejemplo, en las páginas del excelente ensayo Demokratía. Orígenes de una idea (Alianza Editorial, 2000), del historiador clásico Doménico Musti.
Musti se propone documentar la aparición en la sociedad ateniense de la voz demokratía, la palabra que la tradición griega usó para designar la forma de gobierno instituida por las reformas de Clístenes en el 508-7 a.C. No se conforma con la tradicional apelación a las partículas «demos» (pueblo) y «kratos» (poder, gobierno), y enuncia los rasgos fundacionales de la demokratía, que, a contrapelo de lo que suele pensarse, no se limitan al rito de la votación (cheirotonía / psephophoría) y la supeditación servil de la minoría a la mayoría (despotiké). Es así como habla de la igualdad ante la ley (isonomía), de los períodos acotados de mando para gobernar por turnos (archein en merei), de la sustitución del poder depositado en un solo hombre (en henì andrí) por el poder distribuido en varias magistraturas, de la rendición de cuentas de los gobernantes (lógon didónai, euthýnas didónai), de la participación libre y activa del ciudadano (eleuthería) en el manejo de lo público (koinón), y de la preocupación permanente por el respeto de los valores de la igualdad (isótes) y la libertad (eluthería). «La propia historia política griega es un esfuerzo por crear formas de contrapeso y equilibrios de poder», afirma Musti.
Uno de los fragmentos más importantes del libro es cuando el historiador se refiere a los dos conceptos antiguos que mayor relación guardan con el moderno principio de la libertad de expresión: la isegoría y la parrhesía: «La democracia nació en Grecia, concretamente en Atenas, en el año 508-7. En tanto que régimen nuevo aparece atestiguada como fruto de la obra del reformador Clístenes, para cuya innovación política la tradición historiográfica utiliza el término demokratía (Heródoto), como dos sinónimos parciales y potentes: isegoría e isonomía, pero la tradición es posterior a Clístenes y lo interpreta; por tanto queda por ver si el término ya estaba en circulación en su época, lo cual resulta dudoso (…) La democracia tiene para los griegos un sinónimo inmediato en isegoría o parrhesía. La libertad absoluta de palabra como principio es para un griego la sustancia institucional de la libertad (...) Isegoría y parrhesía son términos que se identifican con el de demokratía aún más que el de isonomía».
Páginas más adelante, al analizar las características de las comedias escritas por Aristófanes, Musti precisa: «Ante todo, la vis comica  es crítica y desacralizadora por naturaleza, tanto más en un clima democrático, de libertad de palabra que, según la definición ática, es isegoría, es decir, “igualdad de palabra”, igual derecho de palabra en cuanto al derecho formal, y parrhesía, esto es, “libertad de decir todo y de todo” en cuanto al contenido».
Las excavaciones arqueológicas organizadas en la colina del Pnix dieron cuenta de un primitivo foro asambleario con capacidad para seis mil personas, cantidad que corresponde al quince por ciento del total de ciudadanos de Atenas (calculados en cuarenta mil para la época por el helenista M. H. Hansen). El hábito del debate y la deliberación cultivado por los asistentes al agorá consolidó entre los griegos una cultura política basada en la oralidad, cuyo ejercicio comprendía la igualdad en el uso de la palabra (isegoría) y la libertad para decirlo todo (parrhesía), principios materializados en la demegoría o «discurso que se pronuncia para el pueblo».
La isegoría y la parrhesía, instituciones que allanaron el camino para la demokratía, comenzaron a declinar con el surgimiento en Atenas de la efebía, o alistamiento militar de los jóvenes entre 18 y 20 años. Volvemos a la obra de Musti: «El problema del origen de la efebía se abordó a partir del descubrimiento de la inscripción de Acarnes que contiene el juramento de los efebos. ¿Cuál es la relación de este amplio período de adiestramiento militar con la democracia? “La efebía —escribía  U. von Wilamovitz— se opone al espíritu democrático de Atenas. Esta institución prescinde totalmente de la parrhesía, de la libertad de palabra, del ‘vivir cada cual como quiera’” —expresión que contiene la concepción de la vida del demócrata, claramente expresada por Pericles en el Epitafio—. Así pues, para Wilamovitz, la efebía no podía ejercerse en Atenas en el período más brillante de la democracia, y se trataría de una institución posterior».
Todo lo anterior ilustra la extralimitación de Foucault cuando afirma que la parrhesía se logra mediante el cumplimiento de tres condiciones: 1) decir la verdad, 2) decirla francamente y 3) decirla toda. Al margen de la contradicción encerrada en la segunda condición (travesura retórica: tratar de decir la verdad a través de la mentira, una jugada que hace que el «parresiasta» foucaultiano pierda en el acto su pretendida superioridad moral), lo importante es aclarar que la parrhesía se refiere al derecho de expresar cualquier opinión, sin que necesariamente esta opinión sea verdad o sea sentida como verdad por el sujeto que la pronuncia. De hecho, la aparición histórica de la figura nociva del sicofante (mezcla de sofista, calumniador y delator) se explica a partir de la corrupción de tres instituciones democráticas atenienses: la parrhesía, la lógon didónai (la rendición de cuentas) y la akribeía (ideal de leyes exactas y minuciosas).
Por las referencias ofrecidas por Rosa Amelia Asuaje, no sabemos si Foucault omitió en su análisis la noción de isegoría. De haberlo hecho, constituiría, en términos aristotélicos, una verdadera hamartia (hamártema), porque para que se materialice la libertad de palabra en términos socialmente significativos (de repercusión pública de la opinión emitida por el ciudadano), no sólo se requiere decir lo que se piensa, sino decirlo frente a los iguales o, en su defecto, ante aquellos que tienen el poder de llevar las ideas y propuestas al plano de los hechos.
En su contexto original la noción de parrhesía nos remite al ciudadano en la asamblea, donde su voz constituye un voto y nada más que uno. Este fenómeno ilustra la esencia dual de la parrhesía. Es absoluta, porque consagra la expresión sin reservas ni retaliaciones de todas las opiniones de una persona que se desenvuelve en un ámbito público. Pero es relativa, porque a pesar de su naturaleza radical y subversiva carece de fuerza para imponer una opinión en el mundo exterior por un acto de voluntad, y por tanto depende de la agregación de otras parrhesías para transmutarse en mayoría y ejecutar el mandato democrático.
La parrhesía no puede ser ejercida por un primus inter pares, porque esta figura de poder establece una asimetría que anula la noción melliza de isegoría, porque el uso de la propia parrhesía lleva implícita la obligación de escuchar, en condiciones de igualdad, e incluso en el mismo lugar físico, el ejercicio de la parrhesía ajena. Cuando un gobernante en un sistema presidencialista, como el sistema político venezolano y también como el sistema de integración americano, dice todo lo que quiere, como supuestamente lo hizo Chávez, no ejerce la parrhesía, como tanto quisiera la doctora en Lingüística, sino que manifiesta la lengua ágil (aútrochos) de un líder que aprovecha un discurso pronunciado para el pueblo (demegoría) o para la audiencia (versión del vulgo en los regímenes basados en el uso de los medios de comunicación de masas y ahora de las redes sociales) con el propósito de imponer su voluntad personal gracias a la impostación del tono desiderativo o reflexivo. Una sociedad jamás está tan cerca de ceder su libertad y su dignidad que cuando un sujeto que lo puede todo incurre en la impudicia de contarlo todo, porque jamás ese sujeto es uno solo: posee, como diría Etienne de la Boètie, los brazos y las piernas, también los empeños, de aquellos que le temen. 
Veamos. El jueves 10 de diciembre de 2009 el presidente Hugo Chávez, el parresiasta de Asuaje, dijo en cadena de radio y televisión: «Entonces viene una juez bandida, una bandida, y los alguaciles escuchan de los policías, que vienen trasladando al preso, que la juez lo llamó a declarar a la audiencia… Y todo estaba montado, según ahora me explican. Aquí tengo los informes. Ella misma se lleva al preso, violando la ley en primer lugar, porque hace la audiencia sin la presencia del Ministerio Público. Eso está prohibido. Ningún juez puede hacer ninguna audiencia sino está el fiscal del caso. Ella no le comunicó nada a ningún fiscal. Mandó por el preso, lo metió en el tribunal y lo sacó por la puerta de atrás. Se fugó. Bueno está presa. Y yo exijo dureza contra esa jueza. Yo incluso le dije a la presidenta del Tribunal Supremo: “Doctora”… y así le digo a la Asamblea Nacional habrá que hacer una ley, porque es mucho mucho mucho más grave un juez que libere a un bandido que el bandido mismo. Es infinitamente muy grave para una república, para un país, que un asesino quede libre porque pagó para que un juez lo liberara. Es más grave que un asesinato. Entonces habrá que meterle pena máxima a esta jueza y a lo que hagan eso. ¡Treinta años de prisión pido yo a nombre de la dignidad del país! Y no me vengan después con que la jueza, por ser jueza, debe estar en una oficina. No. ¡Debe estar en la cárcel!... con todos sus derechos… pero no que la jueza salió después a los tres meses. No. No. ¡Señora Fiscal no lo permita usted! ¡No lo permitamos! Esa jueza tiene que pagar con todo el rigor de la ley lo que ha hecho. Y cualquier otro juez que se le ocurra hacer algo así».
¿Constituye el anterior testimonio un ejemplo de parrhesía? Quizá para Rosa Amelia Asuaje sí. Pero para el resto de los mortales, no tan leídos ni escribidos, ayudaría mucho, antes de emitir un juicio definitivo, buscar las respuestas de ciertas preguntas: ¿Los venezolanos contamos con isegoría para ejercer la parrhesía en una cadena de radio y televisión sobre el caso de la jueza María Lourdes Afiuni? ¿Puede hacerlo la propia Afiuni? ¿Incluso la propia profesora Asuaje?
Aquí va mi respuesta: la  opinión de Chávez no puede tomarse como una simple opinión, dado que quien la emite está investido de poder y, por tanto, su parecer jamás estará exento de ser interpretado como una orden o instrucción, en este caso a quienes se encargan de llevar las causas judiciales. Un ucase que determina el rumbo de todos los juicios políticos por venir. No hay que ser doctor en Lingüística ni experto en «endolecturas» posmodernas para saber que la sedicente parrhesía (en verdad aútrochos) de Chávez tuvo influencia en el criterio de la jueza Susana Barreiros, quien se esforzó por no malquistarse con el régimen y terminar sepultada  en los calabozos del Instituto Nacional de Orientación Femenina (INOF).
La plena libertad de palabra acaba fagocitada cuando el pensamiento militar, tal como lo hizo en la antigua Atenas, permea las instituciones democráticas y desdibuja su origen civil. La parrhesía de la primigenia demokratía griega sólo tiene sentido cuando es ejercida por un ciudadano inerme, no un gobernante dueño de policías, ejércitos, jueces, parlamentarios, medios de comunicación y fondos públicos. Lo explica muy bien el sociólogo Zvetan Todorov: «En el momento en que se ejercen responsabilidades públicas ya no basta con invocar las propias convicciones y el derecho a expresarlas. A ello se añade la exigencia de hacerlo como un individuo responsable, que tiene en cuenta las previsibles consecuencias de sus actos. Esta responsabilidad no es la misma para todos, sino que aumenta a medida que lo hace el poder del que se dispone (…) El hombre de a pie goza de mayor libertad que el primer ministro; un periódico provocador que un periódico influyente; la universidad que las cadenas de televisión, porque la responsabilidad limita la libertad».
Un periódico tiene más libertad para ejercer su libertad de expresión que un alcalde, porque un periódico sólo tiene lectores mientras que un burgomaestre tiene una maquinaria burocrática. De allí que repugne a la razón las acusaciones de Jorge Rodríguez contra el diario estadounidense The Washington Post por la publicación de un editorial acerca de las irregularidades que caracterizaron al juicio político de Leopoldo López. Según el alcalde del Municipio Libertador el Washington Post ofendió al sistema judicial venezolano,  al poner en duda la imparcialidad de sus tribunales. Sin embargo, muchos aquí recordamos el testimonio de Eladio Aponte Aponte, exjuez del TSJ: «La justicia no vale. La justicia es una plastilina porque se puede modelar a favor o en contra (…) Yo era parte del Poder Judicial de una manera protagónica. Y quizás muchas de las cosas que suceden ahorita existieron bajo mi responsabilidad. Pero una vez que yo vi que me midieron con la misma vara y el mismo metro con el que miden a los demás, me dije: Esto no es la justicia que se proclama (…) Sé lo que me espera y lo que me espera no es nada bueno».
Lo más llamativo del episodio es que Jorge Rodríguez habla de castigos para instigadores de hechos violentos, y tiene a su lado al gobernador de Carabobo, Francisco Ameliach, quien el 16 de febrero de este año escribió un tuit llamando al «contraataque fulminante» a los miembros de las UBCh; tuit que antecedió los hechos acaecidos en Valencia al día siguiente cuando fue herida de muerte la exmiss Turismo 2013 Génesis Carmona.

En resumen: la captura y juicio de Leopoldo López sin la existencia de pruebas ni evidencias se aviene muy bien con la máxima acuñada, tan temprano como el año 1921, por los esbirros de la Cheka, policía política anterior a la KGB comunista: «Dadnos al hombre, que la acusación ya la encontraremos». Luego toca a los juristas del horror, sayones del régimen, impartir la sentencia.

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jueves, febrero 26, 2015

Habitamos un cementerio

Más que una revolución, el chavismo es una inmensa pira de sacrificios levantada a los pies de un tótem sangriento. Una divinidad insaciable, cuya protección exige como libamen la aniquilación del individuo y de su libertad. Una necrolatría que rebaja a la sociedad a tribu y eleva el eslogan a jaculatoria apotropaica. Una idea fija, y por tanto inanimada, cuyos defensores se afanan en hacer pasar por pensamiento rico, actual y diverso. Al final, una de las tantas máscaras que emplean el mal y la muerte para ocultar sus rostros.
El país del chavismo es un cementerio, lamentablemente no sólo de siglas y fracasos burocráticos. El martes 17 de febrero los estudiantes José Daniel Frías, de 20 años, y Julio Alejandro García, de 22 años, aparecieron muertos en Mérida, ambos con tiros en la cabeza. Dos días más tarde, en Táchira, tocó levantar el cadáver del estudiante John Barreto, de 21 años. En Caracas, el pasado fin de semana, en un recodo de la parroquia Catia se encontraron maniatados, amordazados y con múltiples disparos los cuerpos de Yamir Tovar, de 22 años, y Luis Fabián García, de 21 años. Para ratificar este ensañamiento contra la juventud venezolana, el martes 22 de febrero, en la ciudad de San Cristóbal, un niño de 14 años de edad, Kluiverth Roa Núñez, fue asesinado cuando regresaba a su hogar por un miembro de la Policía Nacional Bolivariana que portaba un arma de fuego para reprimir manifestaciones, en abierta violación al mandato constitucional.
De todos los homicidios, ha sido el asesinato del niño Kluiverth Roa Núñez el que ha despertado mayor indignación, entre otras razones por la abundancia de videos y fotografías que permiten reconstruir las circunstancias de sus últimas horas de vida. Gracias a las redes sociales y los esfuerzos titánicos de un grupo pequeño de medios de comunicación, negado a someterse al silencio informativo, los venezolanos pudimos darnos rápida y debida cuenta de la nueva mentira del dictador Nicolás Maduro, quien luego de extender su «sentido pésame» a la familia Roa Núñez, procedió a fabricarle al niño asesinado un prontuario de encapuchado y rebelde alienado por la derecha apátrida.
El defensor del pueblo, Tarek William Saab, experto en obtener de estudiantes encarcelados declaraciones escritas en las que se exime al Sebin de la acusación de tortura y tratos vejatorios (¡primer experto en derechos humanos que desconoce la existencia del testimonio forzado!), se apresuró a declarar que Kluiverth Roa Núñez murió por el impacto de un perdigón de plástico. Este sujeto, cuyo abyecto proceder no puede sorprender a nadie, confirma de este modo que su principal preocupación ha sido evitar que una indignada opinión pública volteara su mirada hacia la resolución 8.610, aprobada por el Ministerio del Poder Popular para la Defensa (y defendida en su valor literario por el afamado crítico Vladimir Padrino López), que extiende ilegalmente a todos los componentes de la Fuerza Armada Nacional Bolivariana funciones de conservación de orden interno y justifica el uso de armas de fuego en manifestaciones en razón de la necesidad y la proporcionalidad de los bandos en enfrentamiento.
Profesores universitarios de Derecho de todo el país denuncian, en un comunicado de prensa, que en los dos primeros meses del 2015 ya se han registrado más de tres mil detenciones en las manifestaciones de calle. El Foro Penal Venezolano es más exacto, habla de 3.686 personas detenidas (351 menores de edad), de las cuales 1.967 (195 menores de edad) han sido puestas en libertad, pero con medidas cautelares que condicionan sus derechos de reunión, libre movimiento y expresión de ideas. La estrategia de intimidación se complementa con la persecución implacable a la dirigencia de oposición, en particular a los promotores de «la salida».
Sin embargo, los dirigentes y los estudiantes opositores no son los únicos signados por la tragedia. Hay una sentencia de muerte sine die que se cierne sobre las personas con enfermedades crónicas, por la imposibilidad de comprar los medicamentos. La suerte no es distinta para todos aquellos que, víctimas del hampa o de la guillotina de carreteras y autopistas en mal estado, vayan a parar a los pabellones y salas de terapia intensiva de los hospitales de la red pública de salud.
¿Cuándo terminará esta dolorosa tragedia? Hay quienes ponen sus esperanzas en las elecciones parlamentarias; también quienes sueñan con una intervención militar, sin parar mientes en el origen castrense de la actual dictadura. Pretenden curar el veneno con el veneno, pero la violencia de un golpe de Estado es todo menos mitridatismo.
La hipocresía política de la revolución bolivariana, el cinismo de su plana mayor, la dependencia de los llamados poderes nacionales, el malhadado empeño en adulterar y sembrar de dudas los actos electorales confirman que esa entelequia llamada «soberanía», a contrapelo del mito republicano, no radica en el pueblo. Y aunque no lo digan abiertamente, los jerarcas chavistas con su andanada de abusos parecen secundar la afirmación luciferina de Carl Schmitt de que el soberano es aquel que puede decretar el estado de excepción.  En la Venezuela de la revolución bolivariana, no nos llamemos a engaño, el soberano es la fuerza armada, la misma que hoy, asesorada por una siniestra camarilla de fanatizados comunistas, ejerce el mando y las funciones de gobierno en este sistema corporativista de entraña neototalitaria. ¿Qué pueden los pobres venezolanos desarmados frente aquellos opresores legitimados por la metralla? En verdad, muy poco. A veces me descubro pensando que la respuesta pasa por el fin de la complicidad de los espectadores indiferentes; que la solución consiste en el íntimo y solitario gesto de valentía por el que una persona, hastiada de la corrupción y despotismo de su entorno familiar, decide retirarle el habla o alejarle la mirada a ese militar que, ora como amigo, ora como hijo, ora como pareja, ora como hermano, le tocó en suerte. Acaso sea la dignidad la única arma que puedan permitirse los seres desprovistos del poder de fuego.

 «Quiso hablar y vio rostros que lo habían consentido todo», así sintetizó W. Koeppen la multitudinaria soledad del ciudadano frente a la masa arremolinada en torno al mal tolerado y legitimado.

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miércoles, febrero 26, 2014

No entienden nada de nada

Al momento de escribir este artículo, el país registra 15 muertos, 149 heridos y 609 detenciones tras doce días de protestas callejeras. Los miembros del Foro Penal Venezolano confirman dieciocho casos de tortura en diferentes centros de reclusión. En cuanto al número de estudiantes desaparecidos, aún no existe una estadística que pueda ser considerada como creíble. Solo hay fotografías que se multiplican en las redes sociales.
¡Qué deplorable que el mundo precisara de tan copioso catálogo de víctimas para voltear sus ojos hacia nuestra tierra! ¡Qué lamentable que no le bastara con las pruebas de constantes violaciones a la constitución nacional, ni con las diarias evidencias de menosprecio a los principios de un sistema de libertades, ni con las demostraciones públicas de acoso y persecución a la disidencia ideológica! ¡Qué triste descubrir que la credibilidad internacional de los demócratas venezolanos siempre estuvo en función de la sangre derramada!
De la actual profusión de seres solidarios con la trágica suerte de Venezuela llama la atención la enorme cantidad de atletas y artistas que hacen un alto en sus trayectorias profesionales para exhibir un cartelito con la palabra «paz». Según muchos de ellos, si todos los manifestantes se retiraran a sus casas y aceptaran resignadamente los dictados del gobierno, nuestra nación volvería a transitar los caminos de la calma y la tranquilidad. No entienden nada de nada.
Al bloqueo informativo se une el efecto silenciador de los opinadores cautivos de eslóganes y consignas. Hablo de aquellos expertos mediáticos que, en vez de desarrollar interpretaciones novedosas para explicar circunstancias históricas inéditas, se conforman con recitar los lugares comunes difundidos por el sistema nacional de medios públicos. Los venezolanos reconocemos al voleo estas supuestas «verdades» de la propaganda oficial: el inequívoco carácter chavista de los sectores populares, la recurrente ubicación geográfica de las guarimbas burguesas (en los asentamientos urbanos donde habita la clase media), la ausencia de contenido reivindicativo de las protestas (sólo interesaría el «Maduro vete ya»), la naturaleza democrática de una revolución relegitimada en sucesivas elecciones y la vocación conspiradora de la oposición venezolana.
Ninguno de estos  sesudos analistas repara en lo variado del origen social de los estudiantes venezolanos ni reflexiona acerca de la total ausencia de manifestaciones espontaneas a favor del gobierno en las denominadas barriadas populares (todos los actos de apoyo a Maduro se han hecho en los espacios de Miraflores). Nada se dice de cómo el sadismo de las fuerzas represivas del Estado, sumado a los  «ataques fulminantes» de los colectivos armados, obliga a los estudiantes a cercar las zonas donde se desarrollan las protestas. Es obvio, para todo aquel que desee verlo, que no todas las barricadas pueden explicarse con el simplismo conceptual de las guarimbas, porque en la mayoría de los casos detrás de ella se esconde, más que una pulsión subversiva, un comprensible instinto de sobrevivencia. Una razón que pudiese resultar abstrusa a todo aquel «ciudadano» que clama por la lucha sin cuartel contra la dictadura pero vocifera su indignación tan pronto ve afectada, aunque sea ligeramente, la normalidad de su jornada cotidiana.
Me entristece mucho constatar cómo esta dramática realidad nacional no es percibida en toda su magnitud por los sectores fundamentalistas de la «construcción silente de una nueva mayoría». Una curiosa tesis científica, cuya adamantina consistencia ni siquiera aguantó un  «dakazo».
Lecturas de centro. Lecturas de derecha. Lecturas de izquierda. ¡Vaya que he podido analizar muchos textos en los últimos días!
Del variopinto maremágnum de páginas leídas, mi mente vuelve insistentemente a unas mismas líneas, inquietantes líneas, firmadas por el artista plástico y novelista venezolano Roberto Echeto: «Todos los caminos (todos, hasta los electorales) conducen a que nos apunten con escopetas y pistolas. Así que nuestro dilema trágico es muy simple: esclavitud o libertad».

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jueves, febrero 20, 2014

Noche de plomo

Escribo en la madrugada del jueves 20 de febrero. Lo hago a tres cuadras de donde cayera asesinado el joven Bassil Alejandro da Costa. Escucho detonaciones por los lados de la avenida Fuerzas Armadas y de la avenida Urdaneta. Reviso las redes sociales y constato que muchas urbanizaciones de la capital son escenarios de abusos policiales contra manifestantes desarmados. En Altamira los uniformados irrumpen en los edificios para llevarse detenidos a los estudiantes. La quema de basura y la colocación de obstáculos en las calles no justifican esta arremetida demencial de los organismos de seguridad y los facinerosos de los llamados colectivos chavistas. Pero así operan las dictaduras. Es una noche de muerte.
La represión comenzó simultáneamente con una cadena del señor Nicolás Maduro. Una lamentable aparición pública de un político que cree que con amenazas puede sortear el grave problema de gobernabilidad causado por el auge delictivo, la impunidad hamponil, la alta inflación, la escasez de productos básicos, el elevado desempleo, la criminalización de la disidencia ideológica y el desbordamiento de la violencia paramilitar (a esto se sumará, en breve, los efectos inflacionarios de la devaluación implícita en la creación del llamado Sicad 2). Al inaceptable bloqueo informativo que padece la sociedad venezolana se agregan dos ignominias: la negativa a autorizar divisas para la compra de papel periódico y la penosa circunstancia de contabilizar dieciocho reporteros agredidos, más doce detenidos, en ocho días de protestas callejeras.
El gobierno ordena el arresto de Leopoldo López y persigue a dos integrantes de la dirigencia del partido Voluntad Popular bajo la excusa de haber promovido actos de violencia y de incitación al odio social, pero nada dice de la convocatoria a la 
«ofensiva fulminante» por parte del gobernador militar del Estado Carabobo, Francisco Ameliach. Tampoco procede a arrestar a los pistoleros claramente identificados en el video presentado por el equipo de investigación del diario Últimas Noticias. En las páginas de opinión de este mismo tabloide, la Fiscal General de la República afirma que el pasado 12 de febrero siempre estuvo presta a recibir a una comisión de estudiantes en su despacho. Miente. Fue su negativa a cumplir con un acto meramente administrativo lo que terminó por precipitar los acontecimientos terribles ocurridos en las inmediaciones del Ministerio Público.
La noche de plomo que nos sacude está hecha de tantas imprudencias similares, de tantos desaires y atropellos cometidos por personas que olvidaron su condición de servidores públicos para adoptar, en mala hora para la democracia venezolana, una intransigente postura de verdugos e inquisidores, cuando no de proxenetas y traficantes. Se emplea mucho el símil de los hermanos que riñen entre sí. No es apropiado. Un país dividido se asemeja más a un siamés. La aniquilación de una parte de la población no equivaldrá, simbólicamente, a la muerte de uno de los gemelos. La separación de los siameses terminará con la vida de ambos. Esa es la verdad.

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lunes, febrero 17, 2014

Los hijos de Chávez

No hace falta que se proclamen hijos de Chávez. Es un hecho paladino. Basta con observar la enfermiza devoción que sienten por la mentira y el ocultamiento para colegir la existencia de un genuino parentesco. También, por supuesto, por el descaro, ese otro rasgo prominente del golpismo sublime, eterno e invicto, que de modo tan nítido puede rastrearse en las palabras y actuaciones de los dirigentes del llamado proceso bolivariano.
Ningún venezolano puede asombrarse de la torpeza —tanto de gesto como de intelecto— con la que el señor Nicolás Maduro y su combo ministerial pretenden desviar las culpas y responsabilidades nacidas de quince años continuos de envilecimiento del alma colectiva, de pésimo manejo administrativo, de exterminio de la vida republicana, de corrupción insaciable.
La nefasta trilogía bolivariana de la mentira, el descaro y el ocultamiento la emprende nuevamente contra el mismo pueblo que dice amar y defender. En esta oportunidad lo acusa de ser responsable, junto con las telenovelas y las películas de acción y terror de Hollywood, del desmadre de la inseguridad personal.
A la revolución le disgusta la consigna popular «Mónica Spears somos todos». En cambio, le parece mejor, más precisa y ajustada a la realidad la expresión «Culpables somos todos»; porque a juicio de las autoridades gubernamentales cada uno de los venezolanos tiene una cuota de responsabilidad en el desmadre de la violencia, en el creciente mar de sangre que ahoga al país. Incluso ella: mi sobrinita de año y medio, que apenas hace un mes aprendió a caminar. ¡No se dejen engañar por su falso candor, por esas tiernas encías, escasas de dientes! ¡Ella también es culpable! Tan culpable como ese policía que desatiende sus obligaciones y participa activamente en las mafias de los secuestros expresos. Tan culpable como ese juez que olvida su compromiso con la justicia y deja en libertad a los delincuentes detenidos y llevados a su juzgado, o retarda con mañas de rábula el reconocimiento de beneficios procesales legítimamente merecidos por un preso. Tan culpable como esa ministra que renuncia a su responsabilidad de garantizar el orden en las cárceles y negocia las condiciones de presidio con los pranes. Tan culpable como ese ministro que hoy promete mano dura contra los asesinos pero que hace veintiún años estuvo involucrado en la muerte de cuatro venezolanos, el día en que rompió su juramento de honor militar, avanzó contra la residencia presidencial de La Casona y trató de someter a la familia del presidente Carlos Andrés Pérez; ese mismo ministro vinculado por organismos de inteligencia de los Estados Unidos de América con el narcotráfico y la guerrilla colombiana.
A esta rocambolesca responsabilidad por el auge de la criminalidad debemos ahora sumar, si tomamos por buena la denuncia del maquillador de cifras que preside el Instituto Nacional de Estadísticas, el denominado «acaparamiento doméstico», un delito cometido por amas de casas buchonas que, alienadas por «la guerra económica» incoada por la «oligarquía apátrida», abandonan sus extenuantes partidas de poker y bridge para derrochar sus fortunas burguesas en la compra nerviosa de quince kilos de azúcar, veinte kilos de harina precocida o treinta kilos leche en polvo. Lo curioso es que quien nos alerta acerca de la cacería malintencionada de productos de la cesta básica y la proliferación de colas de compradores nerviosos es el mismo personaje que, en  su frenesí mitómano, ha ubicado la tasa de desempleo alrededor del 7%, casi a dos puntos porcentuales del pleno empleo. Pero si esta cifra es verdadera, y si en efecto la casi totalidad de los venezolanos se encuentran ocupados en sus respectivos puestos de trabajo, en pleno disfrute del salario con mayor poder adquisitivo del mundo, ¿quiénes coño son esas personas que están todo el día en una cola o en el incansable correteo de productos escasos?  No cabe duda, pues, de que el cosmetólogo Elías Eljuri es otro miembro más de la extensa progenie política del gigante de la corrupción, el fallecido Hugo Chávez.
Otro de los hijos que no le perdió pisada al padre sabanetero es el titular de Pdvsa, y vicepresidente del área económica, Rafael Ramírez, quien se afana en ocultar a la opinión pública una nueva devaluación del bolívar. Para tal propósito echa mano de la engañifa de la adopción de un sistema cambiario de banda (curiosamente, sin flotación del valor de la divisa estadounidense), con un tope establecido por el monto fijado en la subasta del Sicad (curiosamente, un encante en donde no se le asignan divisas a los mejores postores).
Alto y delgado como el Caballero de la Triste Figura, el zar petrolero Rafael Ramírez, tras ser hostigado por la jauría mediática, no tuvo mejor idea que emular al cuadrúpedo Rocinante y mostrarse metafísico (¿acaso no habrá comido?). Con rostro compungido dejó sentir su babiecada, su relincho filosófico: «La gran discusión es la siguiente: le damos los dólares a los raspa-cupos o traemos los medicamentos, les damos los dólares a los viajeros o traemos alimentos». Con voz quebrada y ojos vidriosos, el líder de la banda —ésta sí— de los raspa-reservas y los raspa-dinero- del-banco-central-de-venezuela prosiguió su filípica en contra de los alegres viajeros: «Aquí nos hemos gastado 8.633 millones de dólares raspando el cupo de viajeros, remesas y líneas aéreas. Existen unas mafias que le han dado un uso atípico a las divisas preferenciales liquidadas por Cadivi a 6,30 bolívares por dólar (cotizadas en el mercado negro a 80 bolívares por dólar)». Su verbo desatado, henchido de patriotismo, sin embargo nada nos dijo acerca de las empresas fantasmas (el cuarenta por ciento del total de compañías favorecidas por Cadivi), las cuales sólo en el año 2012 recibieron veinte mil millones de dólares, según denuncia formulada en mayo de 2013 por la extitular del BCV, Edmée Betancourt. Tampoco habló Rafael Ramírez de la deuda de 42 mil millones de dólares que arrastra Pdvsa con el Banco Central de Venezuela, y cuya conversión en bolívares, sin respaldo en el aumento de productos manufacturados o importados, incrementó la cantidad de dinero circulante en la economía y llevó el índice de inflación anual, según el gobierno, a 56 por ciento para el año 2013. Donde el superministro chavista sí tuvo a bien despepitarse fue en el programa José Vicente Hoy del domingo 2 de febrero de 2014. Allí, en el estudio de Televén, dijo cosas así: «Creemos que nuestro país debe saber cuántas divisas y en qué cantidad y a quién se les han otorgado, ese es un tema, pero bueno nosotros no podemos permitir que se deteriore la economía, y hemos tomado un conjunto de decisiones para lograr el equilibrio en la administración de divisas, es una cuenta muy sencilla, nosotros tenemos que ver cuántas divisas tenemos y cómo las vamos a utilizar. Lo que estaba sucediendo antes es que veíamos cuántas divisas teníamos pero su utilización estaba sin una planificación, no quiero decir ni siquiera adecuada sino que no existía planificación».
Pero Hugo Chávez no sólo tuvo varones. Allí está el caso, por ejemplo, de una hembrita bastante traviesilla: la ministra Iris Varela. La popular «Fosforito» se declara en rebeldía contra la cotidianidad venezolana y sorprende a propios y extraños con declaraciones del más puro surrealismo. Según ella «se acabó el malandreo y los pactos con las mafias carcelarias» (¡quién lo diría!, con ese modo de expresarse cualquiera sostendría que más bien el malandreo recién comienza…). Puesta a delirar, lo hace a lo grande y afirma que «aquí no se maltrata a nadie, somos garantes de los derechos humanos (¿?), tenemos veintiséis penales con el nuevo régimen y sin hacinamiento (¿?), los privados de libertad deben cumplir las normas, aquí hay autoridad (¿?), todos deben hacer orden cerrado, a mí no me importan que estén mochos, si quieren respirar aire y salir de la celda, vayan a hacer orden cerrado, usen su uniforme, de lo contrario estarán en celdas de castigo, las cárceles del país mostraban (¿?) espectáculos dantescos, horribles, eran una vergüenza, seguimos avanzando para mejorar, todo eso trabajando en conjunto con los privados de libertad». Cuando el periodista interrumpe la ensoñación de la entrevistada para preguntarle sobre sus numerosas y polémicas fotos con pranes carcelarios (o «líderes negativos», según la neolengua chavista) recibe por respuesta una prenda de humildad: «Como te dije, yo no reconozco liderazgo en los penales. Me tomo foto con quien sea, con quien se me acerque y me lo pida. Si pudiera retratarme con el Papa lo haría, eso no tiene nada de malo». No hay vacilación posible: La «Fosforito» también es hija de Chávez, el hombre que hablaba con los pranes (quien no lo recuerde puede revisar por internet la noticia Presidente negoció por teléfono con “pranes” de La Planta, aparecida en la edición del martes 22 de mayo de 2012 del diario El Universal).
Otro inquieto vástago de Chávez es Diosdado Cabello quien, a pesar de ser el titular del Poder Legislativo, a menudo se conduce como jefe del Poder Ejecutivo, una  circunstancia que pone en entredicho la supuesta autonomía de Nicolás Maduro al frente de Miraflores. El 31 de enero, en Maracaibo, y el 1 de febrero, en San Cristóbal, el señor Diosdado Cabello, sin ser presidente de la República ni comandante en jefe de la Fuerza Armada Nacional Bolivariana, formalizó ante la opinión pública la sustitución de autoridades militares en la zona de la frontera colombovenezolana, en el marco del plan nacional de lucha contra el contrabando. En el Zulia, con la presencia silente de la vocera legítima del sector castrense, la ministra Carmen Meléndez, Diosdado Cabello informó: «Unos cuarenta y tres oficiales han sido sustituido del cargo, de comandante hacia arriba, y van hacia otros destinos, a otros cargos, porque no tenemos contra ellos ninguna denuncia. Ellos cumplieron su rol aquí y viene sangre fresca a agarrar el relevo. Ninguno de los nuevos comandantes podrá permanecer por más de un año en el mismo cargo». Días después, en el estreno mundial de Con el mazo dando (hijo de gato caza ratón e hijo de águila graba programa de televisión), Diosdado Cabello decretó que el socialismo es la única salida que tiene Venezuela, a la vez que dejaba en el ambiente, sin reparar mucho en minucias constitucionales ni consideraciones democráticas, una pregunta de intención retórica: «¿Será que los de la oposición creen que los dejáremos gobernar un solo día a Venezuela?».
Por su parte, Nicolás Maduro, fiel al espíritu de su padre galáctico, quien utilizaba cualquier tragedia natural para solicitar leyes habilitantes que lo ayudasen a disfrazar como actos legales sus variados atropellos tiránicos, aprovechó por estos días la tragedia humana de la familia Barry Spears para arremeter en contra de la escasa prensa que se mantiene firme en el país: «El Nacional, El Universal y la Cadena Bloque De Armas apuestan al fracaso del plan nacional de paz. ¡Les llegará su hora! Me llamarán dictador, no me importa. Voy a endurecer las normas para acabar con el amarillismo y la propaganda que alimentan la muerte. ¡O se montan o se encaraman! (sic)». En fin, otro hijo de Chávez.
Como dirían Chaparrón Bonaparte y Lucas Tañeda en su diálogo enloquecido:

―Oye, Diosdado.
―Dígame dictador.
―Dictador.
―Gracias, muchas gracias.

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jueves, enero 09, 2014

A toda tumba Venezuela

La realidad es contrarrevolucionaria. No cae seducida por supuestos comandantes galácticos, eternos e invictos de cuyas manos brota lluvia de vida. Tampoco se inmuta ante imaginarias guerras económicas ni se deja domeñar por planes de la patria diseñados en Cuba. Apenas basta con una desgracia, como la sufrida por la familia Barry Spear, en el kilómetro 174 de la vía Puerto Cabello-Valencia, para que toda la campaña propagandística de la gran misión «A toda vida Venezuela» se torne absurda y ridícula.
Sujetos incapaces, como el siniestro tándem de Miguel Rodríguez Torres, ministro del Interior y Justicia, y José Gregorio Sierralta, director del Cuerpo de Investigaciones Científicas, Penales y Criminalísticas (CICPC), impostan el tono de la cordura y la solidaridad humana y recomiendan a los dirigentes de la oposición abstenerse de «politizar» el asesinato de la joven actriz y su marido. No están solos en tan seráfica empresa. En la salmodia los acompañan la morralla de golilleros y acobardados que hacen posible la revolución bolivariana; seres venales casi tentados a sugerir que resulta cosa de muy mal gusto ponerse a despotricar de un gobierno que acaba de subir el salario mínimo y, por ende, el monto de las pensiones de nuestros queridos viejitos. Toda una lección para aquellos que afirman, de manera irresponsable, que no existe moral en el burdel…
Lo curioso es que ninguno de estos paladines de la discreción y del silencio religioso, defensores a ultranza de la despolitización de la vida íntima, alzó su voz de protesta cuando la funcionaria Delcy Rodríguez utilizó ―con la misma elevada moral que observó su hermano Jorge Rodríguez en aquellos días en que ocultó su fanatismo chavista para hacerse pasar por rector independiente del CNE― sus influencias para divulgar el destino turístico de veintisiete personalidades y dirigentes políticos relacionados con la oposición a esta decadente dictadura militar con rostro civil.
Escribo «dictadura militar con rostro civil» porque diariamente menudean las pruebas que confirman el carácter ancilar del usurpador Nicolás Maduro, así como también abundan las tropelías y jaquetonerías del teniente Diosdado Cabello, cuyas declaraciones públicas no se hallan ajustadas al alcance propio de su posición institucional y ponen de relieve la existencia de un poder oculto detrás del solio miraflorino, un poder que deja ver su rostro en contadas ocasiones y siempre con el propósito de arredrar a la sociedad (lo anterior queda graficado cuando el jefe del  parlamento nacional declara que nunca será concedido un indulto al inspector Iván Simonovis, preso político del chavismo, a pesar de que todo el país sabe que esta medida administrativa es potestad exclusiva del presidente de la República). De allí que a nadie sorprenda las conclusiones de la reciente investigación del profesor Germán Pérez, especialista en historia de la Fuerza Armada y estudios del Estado Mayor, que demuestran como en los últimos quince años 1.614 militares de distintos rangos, entre activos y retirados, han ejercido cargos en la administración pública ―1.246 designados por Chávez y 368 por Maduro―. Entre los uniformados «enchufados» destacan aquellos que ocupan posiciones en alcaldías, gobernaciones, ministerios, viceministerios, la Asamblea Nacional, consulados y embajadas. En palabras del profesor Germán Pérez: «Nicolás Maduro es un instrumento del brazo armado del Estado, fundamentalmente del Ejército. Este mecanismo viene desde cuando Gómez tenía la prevalencia de la fuerza y a Chávez le tocó esa herencia perversa. Aquí se maneja la tesis del gendarme necesario, según la cual un militar es quien debe gobernar el país. Este compromiso del sector militar en la conducción del Estado lo hace partícipe de la corrupción; el gobierno está militarizado y ésta es la única forma de que se mantenga la revolución […] Con el exceso de militares en cargos públicos se evidencia que en el país no se cumple la subordinación de la Fuerza Armada Nacional Bolivariana al poder civil, porque de ésta existir implicaría la aplicación de controles sobre la institución».
Ni lo militares enchufados ni las vestales protectoras de la moral pública protestaron cuando la ministra Rodríguez «politizó» la tradición de los viajes familiares decembrinos para malsinar a los dirigentes de la oposición y  atizar la hoguera de odio que aviva los días y las noches de las huestes de acomplejados y  resentidos que, ora con su voto, ora con su connivencia, legitiman un gobierno que ha reducido al país a la ignominia de dos servidumbres: la mafia militar y la dictadura castrocomunista. El silencio oportunista de quienes tenían el deber de hablar le permitió al pueblo venezolano concentrar su atención en la respuesta altanera del malandraje que se sabe impune: «No todo lo personal es privado».  ¡Quien lo diría, ministra Rodríguez! ¡De esa turbia manera también pensaban los esbirros que torturaron y mataron a su padre!
¿Por qué en unos casos lo personal es estrictamente privado y en otros no? ¿Por qué el pueblo venezolano está en el deber de polemizar sobre las vacaciones de los dirigentes de la oposición pero no puede discutir públicamente sobre las causas sociales, económicas y políticas que determinaron las circunstancias absurdas del asesinato de una de sus más queridas reinas de belleza? (El autor del doble homicidio fue un joven de diecinueve años; dato biográfico que revela que el sujeto tenía cuatro años de edad cuando Hugo Chávez llegó a la jefatura del Estado y que, por tanto, se trata de un delincuente hecho en 
«socialismo»). ¿Por qué no se puede abrir un debate sobre el fracaso de la política de seguridad? (Diecinueve planes gubernamentales en quince años y todos ellos derrotados por el hampa) ¿Por qué los chavistas sí pueden quejarse e indignarse por las víctimas del 27 de febrero de 1989 (lo cual, según el argumento en boga, equivaldría a politizar sus muertes) y el resto de los venezolanos deben callar acerca de los muertos de hogaño? ¿Por qué no se puede revisar la permanencia al frente del Ministerio del Interior de un militar fracasado que arrastra señalamientos por narcotráfico por parte de organismos de inteligencia de EE.UU.? ¿Por qué hay que guardar silencio por las responsabilidades administrativas de los encargados del mantenimiento del trayecto vial? 
Aquellos que no se animan a pronunciar directamente la palabra «silencio» son los mismos que se apresuran a reproducir en el país los devastadores efectos del acallamiento forzado. Una operación de ocultamiento de la crisis. Una fina maniobra que pretende vestir a la impunidad con los albos ropajes del respeto humano, de la solidaridad ante el dolor, de la lucha contra el aprovechamiento político de los acontecimientos. Sin embargo, no se necesita mucho cacumen para saber que  lo que piden estas personas equivale a un segundo asesinato. Ellos quieren convertirnos en cómplices de un nuevo asesinato («Ver en calma un crimen es cometerlo», advirtió José Martí). Ellos desean que descerrajemos nuestras balas de indiferencia y olvido sobre las víctimas. Pero ni Mónica ni Thomas se lo merecen. Tampoco se lo merece ninguna de las 24.763 personas asesinadas durante el año 2013 (de acuerdo con las cifras del Observatorio Venezolano de Violencia) ni las 101 personas ingresadas en la morgue de Bello Monte en los primeros siete días del año. Porque sí, porque lamentablemente este 2014 desde ya se perfila como otro año rojo rojito. En apenas una semana las crónicas periodísticas nos relatan otras tragedias familiares: en Ocumare del Tuy masacran a siete jóvenes de entre 14 y 20 años;  en Mérida asesinan a un estudiante de la Universidad de Los Andes; en Caracas matan a tres mujeres en distintas circunstancias y dos jóvenes pierden la vida por balas perdidas. También en la capital, en el apartamento 502 del bloque 4 en Casalta III, Catia, encuentran los cadáveres de Guido Efraín Méndez Arellano, de 44 años, profesor de la Universidad Pedagógica Experimental Libertador, y de su madre Glory de Jesús Arellano, de 72 años. 
Tantos criminales sueltos, pero al gobierno «soberano» de la República Bolivariana de Venezuela sólo le interesa arrestar al cubano Luis Posada Carriles y al asesor político J. J. Rendón.
Cuenta Platón que los tiranos griegos se valían principalmente de tres estrategias para mantener a la sociedad bajo su poder: corromper el alma de los súbditos, porque un hombre sobornable es incapaz de conspirar; sembrar la desconfianza, porque una tiranía sólo es derrocada cuando algunos ciudadanos confían entre ellos; y empobrecer a las personas, porque esto impide que los ciudadanos, absorbidos por el trabajo, tengan tiempo para organizar una rebelión. El gobierno revolucionario, que no democrático, ha empobrecido económicamente y moralmente al pueblo venezolano y lo ha condenado a consumir sus fuerzas en la búsqueda desesperada de productos alimenticios y de higiene personal desaparecidos de los estantes de abastos y supermercados. El tiempo invertido en colas y correteos se traduce en numerosas horas robadas al estudio y análisis de la realidad nacional, al debate sobre las diversas manifestaciones de la decadencia nacional. Ante la disyuntiva de pelear por la verdad o hacerse trabajosamente de un pote de leche, la mayoría de los individuos han optado por la segunda opción.
Esta conformidad ciudadana de renunciar a la verdad y refugiarse en la mentira propagandística representa, en sí misma, una verdad irrebatible. Refleja de primera mano la incapacidad de un sistema socialista de cumplir con las elevadas expectativas sociales que despierta en la población; una población envilecida por prácticas asistencialistas e intoxicada por discursos ideológicos fraguados en los moldes del odio y el resentimiento.
Militares sin honor y dirigentes revolucionarios devenidos magnates («si eres igualitario, ¿cómo es que eres tan rico?», se preguntaría el fallecido politólogo y comediante G. A Cohen) ocultan sus latrocinios tras la fachada de un pasticho doctrinario denominado socialismo del siglo XXI. Estos señores, con los pies sólidamente plantados en la tierra arrasada del aparato productivo nacional, con el apoyo cómplice de una izquierda continental cínica y bellaca, son los mismos que alzan la voz para alertar a los ciudadanos, apiñados en la cola, acerca del estallido de una guerra económica. Pero la realidad venezolana, signada por la descomposición del tejido social, se empecina en desmentir a diario el paraíso de los propagandistas del Minci. Lo cierto es que la guerra económica chavista se parece más a la degradación humana de una guerra civil, fratricida.
Hace pocos meses, el 26 de septiembre del año pasado, en la población de San Mateo, estado Aragua, las hermanas Ninoska Gómez y Rosibel González Gómez libraron una guerra muy diferente a la guerra económica de Maduro y su combo. Fue una guerra por la sobrevivencia, de esas que, según los astutos tiranos de la antigüedad, impide a los ciudadanos buscar la verdad. En el fragor de la lucha por un paquete de harina de maíz, Ninoska golpeó la barriga de su hermana embarazada y causó la muerte del feto de seis meses de gestación…
En esa dura y fascinante novela llamada La piel, el escritor Curzio Malaparte pone en boca de su protagonista la siguiente reflexión: «No me gusta ver hasta qué punto es capaz de rebajarse el hombre con tal de vivir. Preferiría la guerra a aquella “peste” que, después de la liberación, nos había ensuciado, corrompido y humillado a todos, hombres, mujeres y niños. Antes de la liberación habíamos luchado y sufrido para no morir. Ahora luchábamos y sufríamos para vivir. Hay una profunda diferencia entre luchar para no morir y luchar para vivir. Los hombres que luchan para no morir conservan la dignidad, y todos, hombres, mujeres o niños, la defienden con celo, con feroz obstinación. Los hombres no agachaban la cabeza. Huían a las montañas, a los bosques, vivían en cuevas, luchaban como lobos contra los invasores. Luchaban para no morir. Era una lucha noble, digna, leal. Las mujeres no exponían su cuerpo en el mercado negro para comprarse barras de carmín, medias de seda, cigarrillos o pan. Sufrían el hambre, pero no se vendían. No vendían a sus maridos al enemigo. Preferían ver morir de hambre a sus propios hijos antes que venderse, antes que vender a sus maridos. Sólo las prostitutas se vendían al enemigo. Los pueblos de Europa, antes de la liberación, sufrían con una dignidad admirable. Luchaban con la cabeza bien alta. Luchaban para no morir. Y los hombres, cuando luchan para no morir, se aferran con la fuerza de la desesperación a todo cuanto constituye la parte viva, eterna, de la vida humana, la esencia, el elemento más noble y más puro de la vida: la dignidad, el orgullo, la libertad de conciencia. Luchan para salvar su alma. Sin embargo, después de la liberación, los hombres tuvieron que luchar para vivir. Luchar para vivir es algo humillante, horrible, una necesidad vergonzosa. Nada más que para vivir. Nada más que para salvar la piel. No se trata ya de la lucha contra la esclavitud, la lucha por la libertad, por la dignidad humana, por el honor. Es la lucha contra el hambre. Es la lucha por un pedazo de pan, por un poco de lumbre, por un trapo con el que tapar a los niños, por un poco de paja para tenderse. Cuando los hombres luchan para vivir, todo, hasta un frasco vacío, una colilla, una piel de naranja, una corteza de pan seco recogida entre la basura, un hueso descarnado, todo tiene para ellos un valor enorme, decisivo. Los hombres se vuelven capaces de cualquier bajeza con tal de vivir, de cualquier infamia, de cualquier delito, con tal de vivir. Por un mendrugo de pan cualquiera de nosotros sería capaz de vender a su mujer, a sus hijas, de deshonrar a su propia madre, de vender a hermanos y amigos, de prostituirse con otro hombre. Estaríamos dispuestos a arrodillarnos, a arrastrarnos por el suelo, a lamer los zapatos de quien pudiera saciar nuestra hambre, a doblegar la espalda bajo el látigo, a secarnos sonriendo la mejilla manchada de esputos; y todo ello con una sonrisa humilde, dulce, y una mirada cargada de una esperanza famélica, bestial, una esperanza maravillosa».
La misma sonrisa humilde y dulce, la misma esperanza famélica y bestial que riela en las miradas de las mujeres y los hombres que habitan en el paraíso propagandístico construido en la tierra por el Minci.

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