miércoles, agosto 05, 2015

Por las ramas

Tenía pensado escribir una reseña acerca de la novela El barón rampante del fallecido escritor Ítalo Calvino. Exponer aquí su trama y concatenar algunas reflexiones acerca del personaje principal, Cosimo Piovasco di Rondò, cuya existencia estuvo determinada por una decisión a un mismo tiempo alocada y radical: subir a los árboles para no descender jamás.
Sin embargo, al empezar la primera versión de esta columna semanal, me asaltó una duda muy frecuente: ¿cómo interpretarán los lectores mi reseña? ¿Verán en ella la oportunidad de recordar, o enterarse, de los rasgos principales de un relato de entidad dentro de la literaria fantástica del siglo XX? O, por el contrario, ¿tomarán mi recensión como un banal intento de evadir el drama que atraviesa el país?
No faltará quien piense: este  escribidor habla de Cosimo Piovasco de Rondò para no hacerlo de Nicolás Maduro o de Diosdado Cabello, siniestro tándem cívico militar que martiriza a Venezuela. O peor aún: este escribidor, puesto a escoger, prefiere compartir los árboles con el Barón Rampante que los sótanos de la tumba con un estudiante torturado.
¿Qué busca un lector cuando abre las páginas de la sección de Opinión de un diario? ¿La sensación de participar del mundo de las ideas? ¿La lectura de artículos cuyos postulados principales confirmen sus pensamientos y prejuicios? ¿La frecuentación de personas con cierta gracia y agudeza para escribir historias o dilucidar conceptos? ¿El hallazgo de textos desvinculados con la cotidianidad que lo asfixia? ¿Chismes? ¿Chistes?
Me gusta pensar que el lector que acude a estas páginas lo hace para no sentirse íngrimo; solitario en el estruendo y la escabechina de la lucha que le da sentido a sus días, aunque también los consume. ¿Cuál lucha? «La lucha de todos los hombres esencialmente honrados por ganarse la vida con decencia en una sociedad corrupta» (John Banville).
La actual polarización política tiene graves consecuencias que se manifiestan en el aspecto psicológico del lenguaje. Simplifica conceptos y modelos teóricos, hasta el grado de vaciarlos de contenido; alimenta la angustia, por presentir en cualquier discusión una ruptura; festina consensos inestables, como ilusorio mecanismo de anticipación de enfrentamientos; endiosa eslóganes transmutados en premisas ideológicas; y despoja al silencio de todo simbolismo filosófico.
En Venezuela, a los ojos de los dos bandos en liza (pero también del tan mentado tercer sector no politizado) el callar es una de las tantas formas de opinar. Acaso la más ladina.
La semilla de la polarización (pudiésemos sustituir esta palabra por el término «caricaturización» y nada perdería sentido, ni en la frase ni en la realidad) germina en la mente del fanático bajo la forma de una trampa intelectual muy sencilla de explicar, porque se resume en dos expresiones populares: «El que se pica es porque ají come» y «El que calla otorga». Si hablas estás fuñido. Si callas también.
Ora picado, ora callado, el venezolano presencia la decadencia de la política nacional. El foco de putrefacción es evidente: una facción que, a despecho de los lineamientos republicanos y democráticos, se rehúsa a entregar el poder, incluso en las más insignificantes instancias del Estado (porque en un sistema presidencialista el Poder Legislativo es una fruslería).
Lo único que supera la astronómica devaluación del bolívar fuerte es la devaluación moral del gobierno y de sus personeros. A medida que se acerca la elección parlamentaria del 6 de diciembre se agudiza el envilecimiento de los otrora idealistas. Hasta la fecha han apelado a estratagemas tan innobles y farisaicas como la igualdad de género, la inhabilitación electoral o el reemplazo de directivas de partidos políticos.

¿Cuántas toneladas más de estiércol y detritus tendremos que ver y respirar los venezolanos en los próximos días? Bienaventurado el Barón Rampante porque, al habitar entre ramas, está a salvo de la riada creciente de materia fecal.

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lunes, noviembre 25, 2013

La boca que abandona la verdad

Cuando en el año 2006 logré colarme en las páginas de opinión del diario El Tiempo de Puerto La Cruz prometí a mis editores limitarme a escribir textos humorísticos, primero como colaborador quincenal, después hebdomadario. Durante tres años conseguí mantenerme firme en este empeño, siempre dificultado por la negativa de ensalzar con mi pluma los vectores más venerados de la jodienda popular, a saber: la cuaima, la suegra, el borracho, el homosexual o el malandro.
Muchas de estas piezas humorísticas, publicadas posteriormente en el blog La hora del Vampiro, sirvieron de materia prima para mis monólogos humorísticos en las denominadas noches de stand up comedy de Caracas. Los correos electrónicos de decenas de amables lectores me sirvieron, en más de una ocasión, como una guía para identificar las situaciones hilarantes que debían ser planteadas en la tarima, pero también, quién lo diría, como un inesperado mecanismo para seleccionar los mejores remates de los chistes.
Si alguno de ustedes me interrogase acerca de los principios de mi credo humorístico no dudaría en citar las definiciones de tres maestros esclarecidos: «El humor es una manera de hacer pensar sin que el que piensa se dé cuenta de que está pensando» (Aquiles Nazoa), «El humor es inevitablemente otra manera de amar, de pedir calma, de evadir el grito, el insulto, soslayar la furia estúpida y ciega. Y esa es la definición más acertada que se le pueda conceder al humorismo: la de un raro, aunque extraordinario, acto de amor» (José Ignacio Cabrujas) y «El humor es la inteligencia indignada» (Robert McKee).
Debido quizás a mi creencia profunda en las verdades encerradas en esas tres definiciones, un día comprendí que la búsqueda incesante de la risa no puede erigirse en el altar profano donde el humorista muere como hombre de pensamiento: si el primer deber de un humorista es hacer reír, el segundo deber no puede ser otro que hacer reír llamando a las cosas por su nombre. Un humorista no sería tal si avala con su silencio el declive de un país y la conversión de un pueblo en una masa amorfa y primitiva. No es justo que la risa de los hombres y mujeres libres y honrados se confunda con la carcajada de los delincuentes y su claque de cómplices.
Asumir estos principios a plenitud ha supuesto el incumplimiento de la promesa hecha a mis editores. Mi espacio semanal hace ya tiempo que dejó de ser una sucesión de textos humorísticos para convertirse en una columna de difícil clasificación (menos mal que está mi vecino de página, el eminente cazador de moscas, Jesús Millán), porque un viernes reseño un libro cuya lectura me parece imprescindible y otro viernes intento demostrar, con evidencias cotidianas y citas bibliográficas, la transformación de la revolución bolivariana en un régimen neototalitario y antidemocrático. A veces cansado vuelvo al redil y sorprendo a los incautos con una nueva entrega de mis escritos mentepollísticos, los cuales siempre imagino como breves ensayos de sociología menor.
¿Pero por qué me opongo a un gobierno que millones de venezolanos identifican con las nociones de justicia e igualdad social? ¿Por qué adverso a un gobierno que supuestamente mejoró la distribución del ingreso, gracias a un sistema de becas directas a la población y subsidio de los servicios públicos? ¿Por qué combato a un gobierno que dizque acabó con el analfabetismo (lo que supone reconocer que mi abuelastra materna no existe, a pesar de que la pobre aún respira en el pueblo de Pariaguán), recuperó el manejo soberano de la industria petrolera y sembró las bases de la independencia económica? Porque en su esencia todo está trufado de mentiras, silencios y análisis de conveniencia. Porque lo único cierto en medio de esta gran farsa de aparente democracia, defendida por izquierdistas y nacionalistas, ha sido la dominación absoluta del petrodictador Hugo Chávez Frías, quien  se atornilló en el poder durante catorce años y derrochó una fortuna quince veces superior al dinero empleado para la reconstrucción de Europa después de la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, hay quien todavía finge desconocer la cuantía del daño, la magnitud de la tragedia, lo nauseabundo de la degradación. Todavía hay quien, al despecho de la realidad, se anima a hablar de elecciones ganadas sucesivamente y alude a una irrestricta libertad de expresión.
Cuando escucho a estas personas defender rabiosamente su objetividad e imparcialidad —tan limpias del polvo y la paja de la polarización política y la disociación psicótica inducida por la canalla mediática— recuerdo el cuento La gabardina, del escritor rumano Norman Manea, cuyo personaje principal, «el chico, el niño, el inocente, el sabio», se esfuerza todo el día por mantener el antifaz de la candidez: «Ali Stoian se detuvo, las explicaciones no le parecían suficientes ni bastante claras para la mente compleja e infantil del Sabio, que no renunciaba a la máscara de la inocencia y a las preguntas insistentes e ingenuas, de una insistencia e ingenuidad sospechosas, como si, en realidad, supiese desde hace mucho todo cuanto se había dicho, incluso más todavía, y preguntase simplemente para ajustarse al guion  porque no se fiaba de su amigo Ali ni de nadie, era amigo sólo de la verdad, ¿no es cierto?, sólo de la verdad, ¿cuál será esa verdad?».
Una pista: «La memoria no abandona la verdad. Sólo puede abandonar la verdad la boca, en el cálculo del engaño» (El tic-tac de la norma, Herta Müller).
Y esa boca que, en el cálculo del engaño, abandona la verdad no merece ser asociada con el humorismo.

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sábado, septiembre 05, 2009

Di al menos tu verdad


A los enemigos de los hombres y mujeres libres a menudo les gusta impostar el discurso de la libertad, un recurso dialéctico de tanta antigüedad que ya no puede resultar sorpresivo. Comienzan por proclamar, mediante palabras e imágenes que se pretenden de alta retórica y compromiso social, una total devoción por las nociones de autonomía e independencia, para luego concluir invariablemente en llamados de alerta acerca del enemigo más acérrimo de nuestra libertad: el libertinaje.
Ante el crucifijo inquisitorial, juran que su mayor ambición es asistir al advenimiento del reino de la libertad. Pero una vez hecha esta revelación, los buenos censores también nos confiesan el temor que les invade de que tan noble aspiración sea liquidada, una vez más, por los protervos personajes que buscan desgarrar el peplo de la libertad en la oscura noche de la traición y la anarquía. Y serían entonces estos infatigables seres cainitas -de hecho, lo han sido siempre- los señalados a legitimar ante los ojos de la opinión pública el frenesí sangriento y purificador de la guillotina revolucionaria. Porque, aunque algunos sujetos de buena conciencia no terminen de entenderlo, Hegel llevaba razón cuando afirmaba que “la gangrena no se cura con agua de lavanda”.
Por eso aquí en Venezuela, país setenado donde los haya, el jefe que se imagina eterno sabe muy bien cómo curar las gangrenas del terrorismo y el latifundismo mediático (no en balde fue el creador de semejantes despropósitos). Supremo designio que consigue explicar el cierre inmediato de 34 radioemisoras AM y FM, por orden del alabardero de los ojos bellos –si tomamos por bueno un testimonio marcial de dudosa virilidad-. Se trata pues de un abusivo precedente que deja entrever la partida de defunción que se cierne sobre otras 199 emisoras de radio (124 en frecuencia modulada y 75 en amplitud modulada) y 43 estaciones regionales de televisión.
Han sido dos los argumentos leguleyos para justificar la revocatoria de las referidas concesiones de operación. El primero de ellos, coyuntural, guarda relación con la negativa de los radiodifusores nacionales y regionales a consignar los registros de datos actualizados. El segundo, pretendidamente más estructural, más de fondo, tiene que ver con la imperiosa necesidad de «democratizar el espacio radioeléctrico y garantizar la tranquilidad y la salud mental de las audiencias venezolanas». Sin embargo, lamentablemente, la promesa de democratizar el espacio radioeléctrico no luce creíble. El caso de la Televisora Venezolana Social (Teves) es demasiado reciente como para dejar pasar, así como así, una mentira tan gruesa. A la vista de la nación está la gran estafa representada por el medio que dizque iba a convertirse en el modelo más vanguardista de la comunicación pública; un canal que devino otra más de las pantallas repetidoras de la propaganda oficial.
Chávez, consumado maestro del diferimiento y la manipulación emocional, se ha erigido ante la impotencia ciudadana en un una suerte de gran hermano orwelliano. De llegar a contar, en 1998, con dos emisoras de radio y un canal de televisión; pasó a tener, una década más tarde, cinco televisoras nacionales e internacionales ideológicamente sincronizadas, 25 televisoras comunales con orientación progubernamental, dos circuitos radiales de cobertura nacional, 146 estaciones de radio comunales con orientación progubernamental, una agencia nacional de noticias, 72 periódicos vecinales con orientación progubernamental, 24 sitios web y 66 portales de comunicación bolivariana alternativa.
En una década, la revolución bolivariana se ha convertido en el primer comunicador mediático del país, gracias al efecto consolidado del parque propio, el para-estatal y los 180 mil minutos gastados por Chávez en más de 1.800 cadenas televisivas, a un promedio de 46 minutos diarios los 365 días del año; una actitud abusiva con la que el epígono castrista desoye el consejo que el escritor Manuel Vicent hiciera a los egos desorbitados: “Los ídolos no hablan. El silencio es el tesoro más valioso de cualquier tabernáculo. Si su imagen puede expresarlo todo, es sencillamente porque calla (…) Ni los ídolos que imprimen carácter a las religiones animistas ni los tres dioses monoteístas que gobiernan nuestra vida mediante el Libro Sagrado se han ido nunca de la lengua. Su poder deriva de su silencio, pero su ejemplo no lo siguen los grandes sacerdotes ni los políticos, que los representan en la tierra. Ahora parece que a los políticos y a los obispos, antes tan sobrios, la lengua les llega a los pies y se la van a pisar un día. Dicen una cosa por la mañana y la desdicen por la tarde, mienten en la prensa y se desmienten en la radio, no paran de soltar aire por la boca, como si tuvieran el cuerpo lleno de flato que necesitan liberar a toda costa para no reventar. Nadie puede ser temido o admirado si no se protege con la coraza impenetrable del silencio. Los políticos que dejan una huella más profunda en la historia son aquellos cuyo hermetismo se parece al que proyectan las máscaras”.
Para mal disimular su asfixiante peso en la vida nacional, el líder continuo ha echado mano de un expediente clásico de la propaganda política contemporánea: la victimización del victimario; esto es, un original mecanismo de conversión de los hechos, que permite a los violentos legitimar el terrorismo institucional con tan sólo declararse víctimas de poderes mayores -ora de carácter nacional, ora de naturaleza mundial-, como por ejemplo los conocidos estafermos del imperio yanqui, las oligarquías apátridas, la banca multilateral y las empresas transnacionales.
En este sentido, la lucha mortal que la siempre incipiente revolución bolivariana libra, supuestamente, contra las corrompidas y multimillonarias fuerzas del poder mediático se limita a reproducir, en su caricaturesca simplicidad, el mito bíblico de David contra Goliat, pero complementado en esta ocasión con los productivos aportes efectistas de la Teoría de la Conspiración, siempre tan del gusto del retroprogresismo («la creación más asombrosa de la nueva izquierda», en palabras del escritor Ray Loriga). De suerte que el mensaje a comunicar, frases más, frases menos, reza: “Queridos compatriotas, todo lo malo que ocurre en Venezuela –la inseguridad, la inflación, el desempleo, la epidemia de AH1N1, la eliminación de la selección de fútbol, el accidente automovilístico de Felipe Masa, la separación momentánea de los protagonistas de la novela de las nueve de la noche, la eyaculación precoz, la caída del cabello- es resultado directo de los designios del imperio, las oligarquías regionales y mundiales, y, por supuesto, los dueños de los medios de comunicación”.
Fernando Savater ha sido uno de los intelectuales que más insistentemente ha denunciado el simplismo de la Teoría de la Conspiración, birria intelectualosa según la cual todo lo que ocurre en un país o en un sistema político lo ha sido siempre por el interés de aquellos que se benefician de los acontecimientos. Se trata pues de una de las manifestaciones más clásicas de la sempiterna «conciencia fiscal» del poderoso, que es definida por el filósofo español como la necesidad, no tanto (individual) como colectiva (institucional), de hallar responsables personales y voluntarios de todos los sucesos negativos que afectan a la comunidad. La conciencia fiscal suele expresarse en dos planos: “Primero, en la creencia animista o religiosa («nada ocurre en vano, todo responde a un plan providencial»); y segundo, en la falacia post hoc ergo propter hoc que lleva a suponer que los beneficiarios o interesados en un acontecimiento social son directa o indirectamente sus causantes. De la fe, sin pruebas objetivas, de que todo lo que sucede ha sido planeado, y de que quien se aprovecha de un suceso debe ser su causante, es de donde se deriva directamente la versión policial de la historia: ante cada catástrofe colectiva, busquemos el motivo y hallaremos a los imprescindibles culpables”.
En esta menguada hora de la república, no son pocas las personas que han tenido a bien comprarle al teniente coronel las especiosas teorías de magnicidios y conspiraciones. Y es así como, sorpresivamente, más de un periodista y más de un humorista han suscrito la tesis falsaria de que el cierre de medios de comunicación no conlleva lesiones considerables a los derechos ciudadanos. Estos intelectuales que «aman a la humanidad pero desprecian al hombre» afirman que en Venezuela se disfruta de una absoluta libertad de expresión, dado que cualquier persona puede insultar al presidente sin temor a represalias ulteriores; una situación absolutamente impensable en otros parajes del universo mundo, según denuncian estos acuciosos exégetas de la legalidad. Lo lamentable de tan peregrino argumento es que, en su festinada fabricación, no logra ocultar los 129 procesos judiciales abiertos entre 2002 y 2008 contra periodistas; la mayoría de estas causas relacionadas con delitos de desacato (vilipendio), difamación e injuria, de acuerdo con una investigación adelantada por la organización no gubernamental Espacio Público.
Limitar la libertad de expresión a la posibilidad de hablar o gritar en un sitio o en una circunstancia determinada equivale, en la práctica, a señalar que hasta en el ensangrentado espacio de un patíbulo podemos encontrar fehacientes testimonios de libertad de expresión (¿qué víctima no ha dirigido un postrero insulto a su verdugo antes de la ejecución de la pena de muerte?). En todo caso, parece contener mayor hondura humana y legal que el principio de libertad de expresión, en su manifestación más libertina e insultante, guarde estrecha relación, no con la posibilidad de que alguien le recuerde la madre a Fidel Castro en la Plaza de la Revolución, sino con la certeza de que luego del desahogo verbal el protestante no vaya a ser reprimido. ¿O es qué acaso los únicos que tienen derecho a apelar a un léxico airado y pendenciero son los poderosos de uniforme? ¿El pueblo pendejo no? Sin embargo, para alivio de puritanos y gazmoños, en el fondo no se trata de un problema de tacos y groserías, ya que resulta obvio que los cagatintas del régimen aluden a la obscenidad inaceptable para, por carambola, cerrarle el paso a las ideas y críticas razonables que utilizan el mismo canal –la voz, el micrófono, la cámara, la hoja impresa- para exteriorizarse. Se penaliza el grito para acallar el tono directo, sincero y sereno.
Ya es tiempo de que al socialismo del siglo XXI (¿?) se le anteponga una concepción de la libertad de expresión del siglo XXI. Por ello, resulta impostergable poner en vigor la recomendación formulada por el eminente comunicólogo venezolano Antonio Pasquali: “Con la venia del purismo jurídico, es el momento de relativizar las vetustas definiciones de «libertad de expresión» heredadas de épocas cuyo menguado horizonte comunicacional era el ‘parler, écrire et imprimer libtrement’ (1789). Las tecnologías las han envejecido, desplazando la frontera de la libertad de «expresión» a la de la «comunicación». Llevamos dos siglos totemizando el anglosajón ‘freedom of speech and of the press’ norteamericanos de 1776 y 1791, y la ‘libertad de opinión y expresión’ de la ONU de 1948 (…) La diferencia entre mi libertad de expresarme con un artículo al mes en un solo periódico y la del autócrata que se expresa en cadenas multimediales ante el país entero y cuando le viene en gana, indica a las claras que lo sustantivo del artículo 19 de la Declaración Universal es su nunca citada parte segunda, la que garantiza a todos una idéntica libertad de comunicarse ‘sin limitación de fronteras, por cualquier medio de difusión’. Donde veamos «libertad de expresión» hemos pues de leer «libertad de comunicar»”.
Sostiene Pasquali que la «libertad de expresión del siglo XXI» debe abandonar la concepción lineal de tres siglos de antigüedad para sustituirla por un complejo prisma de cinco facetas indisociables, donde se incorporen las libertades no sólo de emisión sino también de recepción: 1) Libre selección del código expresivo (“Franco prohibió a los catalanes el uso de su propio idioma; lo mismo hizo Canadá con los inuit”); 2) Libre elección del medio para envío o recepción de mensajes (“limitar el uso de internet o cerrar por la fuerza un canal de televisión o una emisora de radio tipifican un doble cercenamiento de emisión/recepción”); 3) Libre acceso a fuentes informativas (“sus restricciones cercenan la libertad de recepción y generan un black-out o manipulación del mensaje”); 4) Libre escogencia de contenidos del mensaje (“cualquier tema no expresamente vetado por las legislaciones democráticas”); y 5) Libre selección de públicos receptores (“es el alcance del mensaje; la vieja noción de free low”). En palabras del académico: “La «libertad de expresión del siglo XVIII» se agota en el cuarto aspecto; hoy concebimos que la moderna libertad de expresión no se da sin su co-presencia balanceada en las cinco mencionadas áreas. Todo lo anterior evidencia que en Venezuela sí sufrimos un importante déficit de libertad comunicacional por graves limitaciones en los puntos 2, 3 y 5. De los dos contrincantes, es entonces el gobierno el que miente. En efecto, para demostrar que habría libertad de expresión, Chávez sólo puede apelar al debilitado argumento del siglo XVIII reduciéndola al cuarto aspecto, y fingiendo que los demás aspectos no existen”.
Afirmaba Umberto Eco, en una reciente columna periodística, que cuando alguien tiene que terciar en el debate público para defender la libertad de expresión corrobora, con su intervención, que la sociedad y los medios de comunicación están enfermos, ya que en una democracia vigorosa no hay necesidad de defender ni la libertad de expresión ni la libertad de prensa porque a nadie se le ocurriría limitarla o violentarla. De igual manera, se preguntaba el semiólogo italiano por qué hay que tomarla con caudillos como Chávez y Berlusconi, y no más bien con las sociedades que le han dado carta blanca para desfogar un anhelo de poder desmesurado e incontrolable.
“Entonces -reflexiona Eco-, ¿por qué escribir estas alarmas de violación de la libertad de expresión y la libertad de prensa a quienes ya están convencidos de estos riesgos para la democracia, si ni siquiera las leerán aquellos que están dispuestos a aceptar dichos riesgos con tal de que nos les falte su ración de Gran Hermano y que, además, saben poquísimo de muchos asuntos políticos por culpa de una información mayoritariamente bajo control? ¿Por qué hacerlo? En el caso de Italia, es muy sencillo: En 1931, el fascismo impuso a los profesores universitarios, que entonces eran 1.200, un juramento de fidelidad al régimen. Sólo 12 (1%) se negaron y perdieron la plaza. Algunos dicen que fueron 14, pero esto nos confirma hasta qué punto el fenómeno pasó inobservado por entonces, dejando recuerdos vagos. Muchos, que posteriormente serían personajes eminentes del antifascismo posbélico, juraron fidelidad para poder seguir difundiendo sus enseñanzas. Quizá los 1.188 que se quedaron tenían razón, por motivos diferentes y todos respetables. Ahora bien, aquellos 12 ó 14 que dijeron que no, salvaron el honor de la universidad y, en definitiva, el honor del país. Este es el motivo por el que a veces hay que decir que no aunque, con pesimismo, se sepa que no servirá de nada. Que por lo menos, algún día, se pueda decir que lo hemos dicho”.
En nuestro caso también son muy sencillas las razones para denunciar las abiertas violaciones a la libertad de expresión y la libertad de prensa: porque en Venezuela 2 millones 700 mil ciudadanos quedaron reducidos a parias en su propia tierra por estar sus nombres incluidos en la siniestra lista-sapo del diputado Luis Tascón, y porque además, en febrero de este año, 5 millones 193 mil compatriotas se enfrentaron valientemente a la gigantesca maquinaria propagandística y represora de las instituciones chavistas para expresar su repudio al poder absoluto y vitalicio cuya naturaleza contradice el espíritu republicano.
En la vida existen batallas que el sólo librarlas constituye una victoria. Y la gloria obtenida por tal triunfo no puede ser arrebatada ni siquiera por el mezquino cuestionamiento de un resultado final. Ninguna consideración acomodaticia e interesada puede opacar la satisfacción de haber cumplido los mandatos de la conciencia cívica propia de los hombres y mujeres libres. Se trata del triunfo con honor que tanto ambicionaban los héroes clásicos y los caballeros medievales.
A todos los venezolanos que se resisten a cambiar sus sueños por una arepa rellena, a todos los compatriotas que alimentan con su coraje e hidalguía la tradición de un noble linaje, dejo, a manera de sentido reconocimiento, estos versos que escribió el poeta cubano Heberto Padilla un año antes de ser arrestado en La Habana, víctima de un célebre proceso político:

Di la verdad.
Di al menos tu verdad.
Y después
deja que cualquier cosa ocurra:
Que te rompan la página querida,
que te tumben a pedradas la puerta,
que la gente
se amontone delante de tu cuerpo
como si fueras
un prodigio o un muerto.

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miércoles, octubre 17, 2007

Caiga quien caiga

Algún día nuestra sociedad deberá animarse a evaluar el abultado registro de daños y perjuicios que, para la institucionalidad democrática venezolana, significó el apogeo mediático del denominado periodismo de denuncia. Un movimiento de linaje inquisitorial que, a través de columnas informativas semanales, jamás dudó en construir una profusión de piras y cadalsos donde ajusticiar a los individuos sospechosos de incurrir en el vil delito de traición a la patria.
Supuestos focos de resistencia ciudadana ante los abusos del sistema, estos ensoberbecidos plumarios no dudaron ni por un instante en erigirse en la conciencia moral de un país diezmado por la corrupción y la impunidad. Su inconfundible tono perdonavidas proyectaba paladinamente una íntima certeza: sólo bastaba mencionar el nombre de una persona en cualquiera de sus escritos acusatorios para arrumbarla, sin mayores trámites, en el apestado lodazal de la clase delincuente. Así de rápido funcionaba el ensalzado tribunal de la opinión pública.
Sin embargo, la posterior evolución de los acontecimientos políticos y sociales en mucho contribuiría a identificar las verdaderas intenciones de tan puras vestales (por favor no olvidar el certero aforismo de Karl Kraus: “El ideal de la virginidad es el de aquellos que quieren desvirgar”). En este sentido, uno de los episodios más reveladores resultó ser, sin duda, la milagrosa conversión acaecida en el alma de un connotado periodista dizque proveniente de las filas de la izquierda progresista, que pasó de enemigo acérrimo del poder a ser uno de los más cínicos y denodados cortesanos de la revolución bolivariana. Si su famoso confidente, de nombre Cicerón, hubiese sido realmente aquel noble senador romano, de seguro que éste, escandalizado, le hubiese interpelado: “¿Hasta cuándo JVR vas a abusar de nuestra paciencia?”. Pero -qué tiempo, qué costumbres-, a este moderno Catilina nadie lo apostrofó...
Hubo de ser el mismísimo mandón quien dispusiera su expulsión de la escena palaciega, cansado como estaba de lo empalagoso de su amor mercenario. Pasados varios días, y desechado cual preservativo usado (¡qué finos símiles pueden alumbrar la mente de un poeta cuando remonta las alturas del Parnaso!), nuestro ilustre desempleado no tuvo mejor ocurrencia que retomar su antiguo oficio de acuseta. Pero he aquí que debió encarar, en toda su magnitud, un drama shakesperiano: el tener que padecer la escindida existencia de un periodista de denuncia con miedo a enfurecer al poder totalitario. Optó entonces por aplicar una ingeniosa estrategia: convertirse en el primer opositor del gobierno corrupto de.... ¡Colombia! (bueno, aunque también se aceptan denuncias sobre atropellos en Bosnia, Tanzania y Australia).
Y si lo duda, basta con que sintonice su programa dominical, donde, además de la misma colección de desvaídos suéteres de hace una década, encontrará perlas como la siguiente: “La población ya no aguanta más la inseguridad, sobre todo en la región fronteriza. El narcotráfico ha carcomido las bases de las organizaciones políticas vinculadas con el oficialismo. Sin embargo, ante esta dolorosa tragedia, el gobierno nada dice. Sorprendentemente, permanece mudo. ¿Pero por qué calla el jefe de Estado? ¿Por qué no enfrenta con coraje los reclamos de su pueblo? ¿Olvida acaso este político que el silencio no es una alternativa? Por eso, desde aquí, desde esta tribuna, y si acaso le resta algo de hombría, lo emplazo públicamente a que hable presidente Uribe. Y ustedes amigos no se vayan, porque al regreso...”. En fin, ante tan lamentable espectáculo, pero también ante tan irrespetuoso desprecio por parte de su patrón, sólo me resta traer a colación las palabras del aquel escritor alemán que dijo: “Nada es más triste que una bajeza que no ha conseguido su premio”.
Mención aparte merece la innovación conseguida por un oscuro periodista del género de denuncias, quien siempre se precia de escribir incómodas verdades. El invento de marras no es otro que el ilógico arte de jalar bola en tono de camorra (de no mediar tanta zafiedad por parte del foliculario, hablaríamos aquí del uso de una figura retórica: el asteísmo). ¿Qué cómo es eso? Es algo muy fácil. Es como escribir o decir cosas así: “Sépalo señor presidente: no tengo miedo. Ni a usted ni a sus esbirros. Puede arrestarme en el más lúgubre y sucio calabozo de la DIM, y aún así no conseguirá silenciar mi voz. Me importa un bledo que domine todos los poderes, y que el Fiscal y el Contralor sean simples amanuenses de su voluntad suya de usted. Y es que nadie puede obligarme a callar la más profunda de mis convicciones: Que usted es un presidente muy bonito y que su verruga le queda morto chic. De hecho, es el punto final de ese poema sobre la belleza que es todo usted. Esta es la verdad, y alguien debía tener el valor para contársela”. ¡Pero qué bárbaro! ¡Botaste la bola negro, botaste la bola! Con especímenes de este jaez, luce más que sabia la admonición del profesor de Juan Villoro en la Universidad Autónoma Metropolitana: “¡Estudien muchachos o van a acabar de periodistas!”
Sin embargo, la existencia de estos sicarios de la palabra no es nada nuevo. Domenico Musti en su libro Demokratía, orígenes de una idea nos ilustra parte de los males que afectaron a la democracia ateniense del siglo V AC: “Las muchas leyes confusas y el excesivo control que caracterizan al sistema democrático produjeron un malévolo exceso de supervisión. Este hecho multiplicó las oportunidades de intervención de los sicofantes. El sicofante es el autor de una iniciativa de carácter judicial que presenta el aspecto del sofisma y de la denuncia calumniosa: en definitiva un sofista-calumniador-delator (...) un sicofante es aquel que denuncia un asunto baladí cargándolo de un perfil de delito que no le corresponde”.
Pido que no se confundan estas líneas con una apología del silencio. Nunca hemos sentido miedo del periodismo, ya que estamos convencidos de que sus nobles gestas jamás darán al traste con la democracia (según Polibio este sistema tiende a durar tres generaciones, es decir, como cincuenta años). Lo que sí nos causa pavor, y mucho, es el daño infligido por una gavilla de denunciadores de oficio, que, sin pruebas ni testimonios veraces en la mano, disparan a quemarropa sobre la reputación ajena.
El fallecido maestro Ryszard Kapuscinski, en su libro Los cinco sentidos del periodista, reflexiona ante sus estudiantes: “Conviene tener presente que trabajamos con la materia más delicada de este mundo: la gente. Con nuestras palabras, con lo que escribimos sobre ellos, podemos destruirles la vida (...) Por eso escribir periodismo es una actividad sumamente delicada. Hay que medir las palabras que usamos, porque cada una puede ser interpretada de manera viciosa por los enemigos de esa gente. Desde este punto de vista, nuestro criterio ético debe basarse en el respeto a la integridad y la imagen del otro. Porque, insisto, nosotros nos vamos y nunca más regresamos, pero lo que escribimos sobre las personas se queda con ellas por el resto de sus vidas. Nuestras palabras pueden destruirlos. Y en general se trata de gente que carece de recursos para defenderse, que no puede hacer nada”.
Ojalá que nunca vivamos tiempos terribles de descrédito periodístico que nos lleven a decir, con el español Manuel Vicent: “Soy periodista, pero prefiero que en casa sigan creyendo que toco piano en un burdel”.

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