domingo, octubre 31, 2010

Guía práctica para organizar talleres y conversatorios

Una avalancha de programas de formación personal y profesional, de pocas horas de «estudio» y escaso rigor intelectual, amenaza con tapiar a los apesadumbrados hijos de la sociedad del conocimiento. El deterioro de los sistemas públicos de enseñanza, la pérdida de prestigio de los grados académicos (los universitarios de hogaño equivalen a los bachilleres de antaño), el incremento en el número de especialistas por cuenta propia y la necesidad imperiosa de aumentar el grosor de las hojas de vida («ya que no tuve infancia, al menos déjenme tener currículo» ironizaba el gran Carlos Monsiváis) son los factores que determinan este aluvión de charlas, talleres y seminarios. El que menos puja, puja un conversatorio.
Liderazgo, valoración de empresas, gerencia del tiempo, coaching ontológico, programación neurolingüística, búsqueda efectiva de empleo, diseñador de páginas web, manejo de redes sociales, corte y costura, maquillaje, repostería, elaboración de cartas astrales, redacción de guiones, stand up comedy, aromaterapia y feng shui: no hay disciplina, moda u oficio que no pueda ser enseñado o «replicado». El cielo y el monto crediticio de la tarjeta son los límites. Sin embargo, tampoco es que da igual cualquier cosa. El mundo de los negocios nunca ha sido tan sencillo. Debemos reconocer que no es lo mismo surfear en la cresta de la ola que sobrevivir a duras penas al impacto y las secuelas de inundación que siguen al tsunami. Resulta pues de suma urgencia asumir un papel protagónico y satisfacer, con presteza y entereza, las necesidades de formación del mercado. He aquí algunas modestas recomendaciones para montar y dictar, de un modo exitoso, sus propios talleres y conversatorios. Recuerde, en este sentido, las palabras de Santa Teresa de Jesús: «Lee y conducirás; no leas y serás conducido».

Seleccione un tema con «punch»Aunque algunos literatos insisten en afirmar, de manera tremendista, que las personas no son quienes seleccionan los temas, sino que son los temas los que escogen a las personas, lo cierto es que para un organizador efectivo de talleres y conversatorios resulta un deber insoslayable parir el título milagroso que alumbrará el camino a la prosperidad financiera. Lo importante siempre será divagar sobre un asunto nebuloso y que tenga múltiples implicaciones, más que emocionales, sensibleras. Se trata de un error harto frecuente emperrarse con temas especializados, que incluso llegan a tener, ora en su praxis, ora en su corpus teórico, axiomas y leyes (así sean las de Murphy) incuestionables. Este vano empeño sólo puede entenderse a luz de la incapacidad genética que tienen algunos seres humanos para obtener lucro y beneficio, no digamos de una iniciativa empresarial no tradicional sino incluso de la venta de petróleo y sus derivados. Nunca, pero nunca, hay que perder de vista que el objetivo principal es que se inscriba la mayor cantidad de participantes. Proponemos, entonces, la escogencia de títulos que remitan a la superación de un desafío o de una situación indeseada, todo ello trufado convenientemente con pronombres personales y signos ortográficos. Ejemplos: «El éxito está en ti», «Pobre: ¡Salte de esa redoma!», «Gerencia de uno mismo»…

Fije un precio que «descreme» (y despelleje) al mercado

El precio es un adelanto de lo que viene. Si cobra muy barato usted le estará diciendo a su «público-meta» que el conocimiento que pretende inculcarle carece de valor y entidad, que no constituye un verdadero elemento ganador, estratégico y diferenciador a la hora de «las chiquitas». Por tanto, apunte su mirilla bien alto, deje la marginalidad y la cortedad de propósitos aunque sea por un periquete.
Jamás incurra en la imprudencia de hablar de precio o costo; erradique ambas palabras de su léxico forjador de bonanza. Utilice, en su lugar, el término «inversión». De hecho, proceda a anunciar una inversión elevada, cuantiosa, bajo la excusa de que su taller académico —pero sobre todo vivencial— está destinado solamente para veinte personas (o, en su defecto, la cantidad promedio de inscritos en sus cursos). Lo importante es alimentar la ilusión de exclusividad, tan cara a la naturaleza humana; pero, eso sí, sin abusar, ya que estas dos docenas de personas que supuestamente asistirán no serán, en ningún caso, Diego Cisneros, Carlos Slim, Bill Gate, Steve Job, Mark Zuckerberg, Cristiano Ronaldo u Oprah Winfrey.
Eche mano de la noción mercadotécnica de la preventa, e informe de la existencia de una primera, segunda y hasta tercera etapa de venta de boletos (la primera ronda es la más asequible, porque es la encargada de levantar el flujo de caja que cubrirá los costos). Finalmente, estipule entradas a precios más económicos para estudiantes y afiliados gremiales, como una medida de responsabilidad social empresarial o una graciosa concesión a los miembros de la pobrecía.

Active el mercadeo viralSu evento tiene que ser como la gripe: estar en todos lados y ser de fácil transmisión. Bajo el cumplimiento de esta ambiciosa —y contagiosa— premisa, organice una tourné por los distintos medios de comunicación (radio, televisión, prensa escrita y medios alternativos en internet), y si puede también incluya en el cronograma de visitas a diferentes consejos comunales (deseche los tiquismiquis pequeñoburgueses, esa gente tiene plata). En los programas de mayor sintonía deje algunos «cupos» para sortear entre los tuiteros que integran la audiencia. No olvide crear un perfil de su evento en Facebook, y enviárselo, a guisa de spam, a todos sus contactos. Los pobrecitos tendrán la obligación, por temor a ofender su sensibilidad de entrepreneur, de hacerse fans de su último invento para salir de abajo...

Sepulte al público en material de apoyo
Esta es la parte donde usted colabora, lamentablemente, con el calentamiento global, dado que deberá legitimar la eliminación de, al menos, medio bosque para obtener el papel suficiente para fotocopiar las tres resmas del material de apoyo que integrarán su carpeta de lecturas. Tenga en cuenta que, según la extraña mentalidad del asistente a charlas y talleres, el conocimiento se encuentra asociado al grosor de la carpeta. Mientras más páginas posea el material de apoyo mayor seriedad proyectará su conversatorio. Por oposición, folletos de pocas páginas, como esos que son entregados en las reuniones domésticas de Tuperware, delatan la presencia de pacotilla intelectual.
Finalmente, no olvide disponer, bajo la excusa de la toma de notas y apuntes, unas diez páginas en blanco para que los participantes aburridos puedan jugar stop, la vieja, el ahocardo o, simplemente, escriba el número de teléfono de la chica sentada al lado, justo al lado (Carlos Alfredo dixit).

Preséntese como facilitador
Aclare desde el principio que usted es un facilitador, una brizna de paja remecida por el huracán educativo, inclusive un soldado, pero jamás se presente como un profesor. Eso no lo perdona el pueblo.
Este primer baño de humildad fijará el tono de sus futuras intervenciones. Hable siempre como un maestro budista o un guerrero de luz escapado de las páginas de la última novela de Paulo Coelho. No critique ni niegue; mucho menos, afirme o sugiera. Regurgite, en cambio, todo su repertorio de citas célebres de filósofos orientales, así como también las frases más logradas de los libros de autoayuda en boga. No olvide referirse, particularmente, a la moraleja del pescado y de la necesidad de enseñar a pescar. Nunca pase por alto tampoco que el liderazgo es situacional, lo único constante es el cambio y el capital más importante es el capital humano.
Mientras pronuncia sus palabras iniciales, proceda a elaborar mentalmente un primer perfil psicológico de su audiencia. Piense en cuál de las siguientes categorías consigue encuadrar a cada persona: el fugado de la oficina, el coleccionista de diplomas, el intenso metafísico, el saboteador, el que firma y se va, el asistente logístico, el que se cree facilitador, el galán de taller o el que siempre se inscribe en el conversatorio.
Con el grupo debidamente escaneado, comienza la diversión…

Rompa el hieloNo se encadene. Ponga a los muchachos a hablar. Para ello organice una dinámica que permita disipar el malhadado ambiente de claustro universitario. El manual clásico del facilitador recomienda que cada uno de los participantes diga su nombre en voz alta y, en lo posible, de un modo lúdico (¿por qué sus padres le pusieron ese nombre? ¿Qué película le gusta (por delante) y que cantante o actor le fascina (por detrás)? La idea es gastarse una hora del taller.
Haga circular luego una lista de asistencia, cuyo objetivo oculto será recaudar los correos electrónicos y los móviles de los participantes para incorporarlos a una base de datos que luego será vendida, por un precio módico, a un sitio de distribución de spam. Acto seguido, saque otra liebre más de la chistera de las tácticas dilatorias: Inicie un debate sobre las expectativas en torno al taller. Anote en la pizarra acrílica cada uno de los valiosos «insumos» aportados por los participantes. Una vez hecho el listado, camine lentamente hacia el computador y pulse la tecla «enter» para que el video beam proyecte la primera lámina de su presentación multimedia de Power Point. A estas alturas, ya estamos a media mañana. Lo conveniente es llamar al receso de coffe break.

Monte un talk showLa mayoría de la gente no se inscribe en charlas y asiste a talleres para aprender nuevas destrezas y conocimientos, sino para pasar un rato diferente y, al cabo de unas cuantas horas, obtener otro certificado de asistencia que adjuntar al currículo. Parafraseando a la famosa cantante Cyndi Lauper, los chicos sólo quieren divertirse. Por eso, acepte que el protagonismo no le pertenece. Ayude a esa gente a olvidar el estrés. Organicé dos o tres juegos de «intercambio de roles» y coloque música y contenidos multimedia. Ya en la tarde, anímese a proyectar una película y dar pie a una suerte de cine-foro. Pregúntele a todo el mundo, y no pierda la compostura. No salga de bocón a dar una clase magistral sobre el séptimo arte. Orson Welles ya murió. Más bien, anote en la pizarra acrílica cada una de las «valiosas aportaciones» de los participantes. A modo de conclusión, enuncie una frase hueca y rimbombante con las palabras más utilizadas por los alumnos durante sus intervenciones.

Incentive la participaciónLos buenos facilitadores se esfuerzan, en todo momento, en promover la intervención, sin ton ni son, de todos los presentes; saben que, al igual que cualquier animador de programas televisivos, el silencio es su enemigo. Por eso, siempre haga énfasis en la participación. Elogie todo lo que salga de la boca de los asistentes, incluso los eructos y bostezos. No olvide jamás la máxima de los negocios: los clientes siempre tienen la razón.

Despídase a lo grandeLa ceremonia de cierre del taller o conversatorio es muy especial. Es como la entrega del Oscar o, más patrióticamente, el Premio Ronda. No pase por alto el hecho de que los certificados de asistencia serán los únicos reconocimientos que algunos de los participantes recibirán en sus vidas. Esmérese por hacer algo emotivo, rico en anécdotas. Complemente el ambiente festivo con música, pasapalos y bebidas. Prometa, finalmente, que enviará a los correos personales de todos los presentes las fotos más picantes de la celebración y, por último, quiebre la voz cuando, embargado de emoción, se permita revelarles a sus amados discípulos lo mucho que aprendió de cada uno de ellos.

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2 Comments:

Blogger cleo gonzalez said...

Conseguí este blog porque quiero organizar unocnversatorio y amén de dolerse mi naturaleza docente...coinicdo en muchos puntos y me reí muco además.
CleoG

11:26 a. m.  
Blogger Federico Flores Cardozo said...

Real y divertido

8:15 a. m.  

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