jueves, febrero 19, 2009

Ya somos cinco millones



Como eterno militante de sueños imposibles debo admitir que siempre he deseado determinar el instante preciso en que la victoria altera su fisonomía para convertirse en una derrota; fenómeno muy parecido, creo yo, al justo momento en que el honroso revés cambia su condición para transmutarse en la semilla de un triunfo imponente.
La eterna feminista Simone de Beauvoir tuvo la agudeza de advertirnos que si llegamos a vivir lo suficiente podremos constatar, más temprano que tarde, que toda victoria se convierte en derrota. Reflexión muy parecida a la realizada por su compañero sentimental, el premio Nobel Jean-Paul Sartre: “Una vez que escuchas los detalles de la victoria es difícil distinguirla de la derrota”.
El pasado 15 de diciembre los venezolanos fuimos nuevamente emplazados a acudir a las urnas comiciales para sancionar una enmienda constitucional que legitima la reelección indefinida de los funcionarios públicos de elección popular. Concluida la jornada, pudimos conocer que la mayoría de los votantes -6.319.636 ciudadanos, según datos oficiales del CNE (organismo que todavía guarda un sospechoso silencio sobre el destino de un millón ochocientos sufragios emitidos en el referendo del 2 de diciembre de 2007)- decidió apoyar la propuesta formulada por el presidente Hugo Rafael Chávez Frías.
No hizo falta la cadena de radio y televisión de la rectora Tibisay Lucena para enterarnos del resultado refrendario, debido a que la televisora del Estado venezolano tuvo a bien facilitar sus cámaras y micrófonos a conocidos dirigentes de la revolución bolivariana para que violasen por enésima vez la normativa electoral. Fue así como, minutos después, la figura del líder supremo se apoderó de las pantallas para vanagloriarse de su victoria. Tras la patriotera y maquinal cantaleta del himno nacional, Chávez, el perpetuo, pronunció las palabras que hacía tiempo le quemaban la boca -no olviden ese viejo refrán húngaro que alerta que «el hambre entra comiendo»-: “Hemos abierto de par en par las puertas del futuro. Ustedes han escrito hoy mi destino político, el destino de mi vida y yo quiero decirles que lo asumo con plenitud”. Declaración verdaderamente curiosa; sobre todo porque de seguro no faltaba el ingenuo que estuviese convencido de que más bien era el pueblo el que había decidido en las urnas su destino político...
Paralelo al triunfalismo continuista y militarista surgió el derrotismo de ciertos sectores de la oposición, que, como indignados comentaristas de transmisiones deportivas, se afanaban en determinar los culpables de la goleada. Y fue allí cuando hubo lugar para todo tipo de análisis y explicaciones: que si la oposición perdió el juego porque Ramos Allup salió en una rueda de prensa con la bragueta abierta, que si el NO se cayó de un cocotero porque no supo expresar su posición en un reggaeton contundente y pegajoso, que si el SI ganó porque medio país está comprado y se encuentra metido en la lista de las misiones gubernamentales.
Por supuesto que es muy fácil achacar el supuesto estropicio a la ignorancia del populacho, o a la inexorabilidad de su naturaleza venal. Sin embargo, todos sabemos que resulta muy complicado que el insulto soltado a bocajarro no se devuelva contra quién lo arrojó. ¿Y es qué si esta gente es verdaderamente tan básica, ingenua y manipulable, como supuestamente es, por qué demonios los estrategas de la oposición no han conseguido persuadirla a través de técnicas populistas y de mercadeo político? ¿No será que la cosa no sólo la explica la falta de conocimientos o de valores?
Pienso que como sociedad somos simples en las respuestas y complejos en los enfoques. Nos sentimos modernos cuando alabamos el sistema democrático pero reaccionamos como fundamentalistas de antaño cuando topamos con sus clásicos defectos (la tiranía de la mayoría, el clientelismo y el secuestro del mando por parte de sicofantes y demagogos). Palabras más, palabras menos, repetimos el razonamiento del sabio persa Megabiyzo (siglo VI AC) citado por Heródoto en su libro Historias: “Conferir el poder al pueblo siempre se ha apartado de la mejor opinión, pues nada hay más obtuso y prepotente que una multitud inepta. Y ciertamente de ninguna manera es aceptable que unos hombres, huyendo de la insolencia de un tirano, caigan en la insolencia de un irresponsable populacho”. Presuntuosa diatriba contra los más humildes, esgrimida por parte de la élite intelectual, en un intento postrero de crear un colectivo cargo de conciencia: “Hágannos el favor y no chillen más, ya que tienen el gobierno que se merecen”. Sin embargo, este comportamiento se revela infantil y poco práctico. De nada sirve dicha condena moral, puesto que como dijo el afamado escritor Sándor Márai: “Los pueblos nunca se muestran dispuestos a demostrar un sentimiento de culpa: eso es algo que sólo puede ocurrir en el ámbito de cada individuo”. Y en todo caso, puestos en ese trance ¿no tendrían también las élites desplazadas de los centros de poder político y gerencial que hacer un sincero y descarnado mea culpa? Los chavistas no son marcianos, no llegaron a Venezuela en un desembarco masivo de naves espaciales. Más que un ADN alienígena presentan un comportamiento similar al observado por los miembros más conspicuos de la clase dirigente que rigió la dominación adecocopeyana en su período decadente; una actitud sectaria que nos recuerda a aquellos ejecutivos petroleros que permitieron la conversión del modelo meritocrático en dinastías familiares “expertas” en el negocio de los hidrocarburos.
La democracia nunca ha sido una forma perfecta de gobierno. De hecho, muchos de los grandes filósofos la han tenido por negativa. Temerosos de tan antigua demonología los padres fundadores de los Estados Unidos optaron por definir su sistema político como una república (división de poderes y sujeción a los mandatos constitucionales) y no como una democracia. Cicerón, el reputado senador romano, escribió: “El imperio de la multitud no es menos tiránico que el de un hombre solo, y esa tiranía es tanto más cruel cuanto que no hay monstruo más terrible que esa fiera que toma la forma y nombre de pueblo”. Immanuel Kant llegó a decir: “La democracia constituye necesariamente un despotismo, por cuanto establece un poder contrario a la voluntad general. Siendo posible que todos decidan contra uno cuya opinión pueda diferir, la voluntad de todos no es por tanto la de todos, lo cual es contradictorio y opuesto a la verdad”. Benjamín Constant señaló: “Los ciudadanos poseen derechos individuales independientes de toda autoridad social o política y toda autoridad que viole esos derechos se hace ilegítima (...) la voluntad de todo un pueblo no puede hacer justo lo que es injusto”. Mientras que Giovanni Sartori, en su obra ¿Qué es la democracia?, nos entrega esta valiosa reflexión sobre el discurso pronunciado por Abraham Lincoln en Gettysburg en 1863: “Lincoln caracterizó la democracia con un aforismo que pareció expresar, mejor que cualquier otro, el espíritu del gobierno democrático: ‘government of the people, by the people, for the people’. Es sintomático que este aforismo no se deje nunca aprehender con precisión. En castellano, la fórmula de Lincoln se puede transcribir así: “gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo. ¿Queda claro? A primera vista sí, pero sólo a primera vista. Del pueblo puede significar que el pueblo se gobierna a sí mismo, pero también significa lo contrario, que el pueblo es objeto de gobierno y, por lo tanto, es un gobierno sobre el pueblo, por encima del pueblo. Pasando a by the people, la expresión es ciertamente oscura: ¿por el pueblo en qué sentido? ¿En el sentido de mediante el pueblo? ¿En el sentido de parte del pueblo? ¿O bien en el sentido de con el pueblo? Finalmente, ¿para el pueblo? Aquí es claro que se entiende en el interés del pueblo, en su beneficio. Pero, ¿quién declara que gobierna en perjuicio del pueblo? La expresión es clara, pero no así la idea de “democracia” y el tirano es el primero en aprovecharse de esto. La verdad es que el aforismo de Lincoln significa democracia porque lo dijo Lincoln. Pero, pongámoslo, hipotéticamente, en manos de Stalin. ¿Hipótesis absurda? No, Stalin no hubiera tenido dificultad en firmarlo, entendiendo al gobierno del pueblo en el sentido de que el proletariado era el objeto de su gobierno, y que él gobernaba mediante el pueblo en el interés del proletariado, para el pueblo. En consecuencia, la fórmula de Lincoln se recomienda por su espíritu estilista, por su mensaje práctico. Pero el aforismo nunca se deja aprehender con precisión, no concluye”.
Los plumarios de Chávez enfilan sus baterías contra los baluartes de la democracia liberal y se mofan de los desarrollos doctrinarios modernos como, por ejemplo, la teoría de la legitimidad de origen y la legitimidad de ejercicio. Se colocan las clámides de los helenos y aseveran que Chávez ha hecho de Venezuela una ágora rediviva gracias a sus repetidas elecciones. Pero la democracia no es solamente consultar al pueblo cada tres semanas. Ni siquiera lo fue en la más vieja y primitiva de las democracias. Para los antiguos ciudadanos griegos también tenía una suprema importancia la alternabilidad en el poder, un principio constitucional que más de seis millones de venezolanos, por distintas razones (ideológicas, afectivas, psicológicas, venales, estomacales, etc.) se pasaron por el forro en connivencia con los abstencionistas. En este sentido, es bueno recordar las palabras de Aristóteles en su obra Política: “El fundamento del régimen democrático es la libertad. Una característica de la libertad es el ser gobernado y gobernar por turno (...) Otra es vivir como se quiere, pues dicen que esto es resultado de la libertad, puesto que lo propio del esclavo es vivir como no quiere. Este es el segundo rasgo esencial de la democracia, y de aquí vino el no ser gobernado, si es posible por nadie, y si no, por turno. Esta característica contribuye a la libertad fundada en la igualdad (...) Ninguna magistratura democrática debe ser vitalicia, y si alguna sobrevive de un cambio antiguo debe despojársele de tal fuerza”.
La posibilidad de que una persona que ejerce el poder pueda reelegirse de manera continua o perpetua hiere de muerte al sistema democrático. Y pone de relieve, además, la grotesca pantomima igualitaria que el régimen exhibe como consigna ("todos somos iguales, pero unos más que otros"). Una nefasta noción de igualdad que nos recuerda la tesis expuesta por Roberto Calasso en su inclasificable libro Las bodas de Cadmo y Harmonía: “La igualdad es una cualidad producida por la iniciación. No se da en la naturaleza, y la sociedad no sabría concebirla sino estuviera nutrida por la iniciación (...) Fue Esparta el único lugar, tanto en Grecia como en la posterior historia europea, donde la totalidad de la ciudadanía -los hómoioi- constituye una secta iniciática”. En la Venezuela de nuestros días, ser un ciudadano efectivo de la República Bolivariana pasa por la aceptación sin objeciones del dominio continuo de Chávez. Aquel que se deje llevar por escrúpulos libertarios deberá prepararse para llevar la vida de un paria, para ser un nombre más en la oprobiosa lista de escuálidos elaborada por el diputado Luis Tascón. Que no goce de ninguna misión siempre será la misión...
De ahí, la enorme importancia histórica que supone el crecimiento constante, sostenido, del número de opositores a la presencia perpetua -aunque quizás no de la presencia limitada- del teniente coronel Hugo Chávez Frías en la presidencia de la República. Ya sumamos más de cinco millones los venezolanos que exigimos vivir en una república y no en una monarquía mal disimulada. Y en función de este inocultable logro debemos seguir luchando con el mismo arrojo. Resteados. Convencidos de que los civiles sólo conocen de métodos constitucionales. No de atajos ni soluciones insurgentes de medianoche, ya que, para bien o para mal (y yo creo personalmente que es para bien), como señala el escritor de Opiniones contundentes, el personaje central de la novela Diario de un mal año de JM Coetzee: “La democracia no permite una política fuera del sistema democrático. En este sentido, la democracia es totalitaria”.
Las armas que las empuñen quienes deseen y sepan empuñarlas. La tarea de los demócratas y republicanos es mucho más compleja y apasionante que apretar un gatillo: convencer a un sector importante de la población de que están siendo llevados por el camino equivocado. Que la trocha que actualmente transitan no los conducirá hacia una patria libre y soberana. Y es que sólo basta mirar con atención para darse cuenta de que el lema chavista no reza “patria y socialismo o muerte”, sino “patria, socialismo o muerte”. No se trata de tres opciones para escoger dos, sino de tres para seleccionar una. El lapsus del lenguaje oficialista, al seleccionar la conjunción disyuntiva “0” (que separa) en lugar de la conjunción copulativa “y” (que une) es, en este sentido, demasiado revelador. Pone al descubierto un socialismo que en su enunciación vital, en su génesis verbal, parida por su propio creador, niega de plano la existencia de la patria.
La oposición ha dado un paso importante, y no reconocerlo sería lamentable. Debemos seguir adelante. Por la oposición misma y por el país. Nos esperan jornadas de trabajo que se adivinan arduas y complejas, debido a que no sólo deberemos concentrarnos en hacernos de votos circunstanciales sino en cultivar convicciones ciudadanas duraderas. Pero ese, y no otro es el desafío que nos impone el presente venezolano. Ya lo dijo el periodista e historiador italiano Guglielmo Ferrero: “En las democracias la oposición es un órgano de la soberanía popular tan vital como el gobierno. Cancelar la oposición significa cancelar la soberanía del pueblo”.

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3 Comments:

Blogger Inos. said...

Dos cosas quedan claras en esta nueva entrega de don Vampiro: 1) la claridad de sus bien fundamentados análisis y 2) su admiración irrestricta por Sándor Marái... ;)

Un abrazo.

9:01 a.m.  
Blogger Luis Yslas said...

... y habría que añadir, estimado Inos, que también quedan claras las recientes y pertinentes buenas lecturas de don Felo, así como su optimismo númerico en el porvenir electoral presidencial, pese a todo, and by or for the people, de este village people con el que nos toca lidiar a diario, bachaco.

3:06 p.m.  
Blogger Desde La Barra said...

excelente texto broder

un abrazo

Joaquin

2:48 p.m.  

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