
Si alguien ha sufrido en carne viva las ochenta
y seis horas de cadenas de radio y televisión acumuladas por Nicolás Maduro
desde el pasado 5 de marzo (por no hablar de las 1.464 horas contadas al
difunto Chávez entre 1999 y 2010 por la firma consultora AGB Nielsen) ha sido el
vilipendiado público de las telenovelas.
Sólo un ser desprovisto de sensibilidad y
humanitarismo puede desdeñar el sufrimiento que carcome al espectador que ve
frustrada su cita diaria con la pequeña pantalla o el gran plasma (que todo
depende del estrato socioeconómico del telecubrero: no nos olvidemos que los
ricos también lloran con su novelita y de algún asunto tienen que hablar al día
siguiente con sus cachifas). Un aplazamiento arbitrario, sine díe, del sufrimiento que martiriza a la psique familiarizada
con los altibajos de los seriados melodramáticos: ¿Quién diablos será el
asesino de la última producción dramática del serial killer Martin Hahn?, ¿Cómo ocultará la villana su falso
embarazo? ¿Dónde el abuelo multimillonario de la protagonista pelabola guardó
el testamento en que la declara como su heredera universal? Estas, y no otras, son,
qué duda cabe, las verdaderas y más acuciantes preguntas de la vida (sin oficio)…
Aunque muchos no lo recuerden, en nuestro país
hubo una época desbordada de romanticismo, un tiempo en cuyas noches el
sabotaje de telenovelas no dependía de la voluntad del caudillo de turno, sino
que era un arte pacientemente cultivado por ilustres varones deseosos de sacar
de sí a sus queridas espositas. La mayoría de estas técnicas han desaparecido. Las que han sobrevivido son usadas maquiavélicamente por las mujeres para importunar las transmisiones de los grandes eventos deportivos
(los cuales, según el entendimiento de los machos de la casa, son todos,
inclusive las fastidiosas partidas de póker de ESPN).
Dicen los entendidos que hay dos tipos de
producciones dramáticas televisivas: las «novelas rosa», que se caracterizan
por presentar personajes muy planos, que no suelen experimentar cambios en su
carácter (en cierto sentido, son personajes que rezuman más alma que cuerpo); y
la «novelas de autor», consideradas como más realistas, porque el comportamiento
de los personajes suele retratar el carácter contradictorio del ser humano en
sus circunstancias diarias. Obviamente, desde el punto de vista intelectual las
novelas rosa son más fáciles de sabotear. Pero importunar el disfrute de una novela
de ruptura tampoco es que sea imposible. Sólo se requiere conocer el estilo del
escritor y sus obsesiones creativas.
Con el objetivo de brindarle a esta pieza de
sociología menor un cariz más práctico que teórico, procedo a listar las técnicas más efectivas para
amargar la vida de los adictos a los teleculebrones (únicamente existen dos
criterios incontrovertibles de calidad: el ser mandado a callar o el ser
invitado a desalojar el dormitorio). Como siempre, de nada:
1.- El grito: De origen polémico (algunos
autores identifican su origen en el famoso cuadro surrealista del pintor Eduard
Munch; otros, en cambio, piensan más bien en un oscuro sketch de cámara
indiscreta), esta técnica consiste en pegar un sorpresivo leco (o alarido) al
oído del teleadicto en el preciso instante en que vaya a ser revelado un
secreto fundamental para la trama novelesca. Otra variante pudiese ser el uso,
a manera de interjección, de la frase «Diceselo, diceselo» cuando un actor
tarda más de lo debido en pronunciar su parlamento.
2.- El interrogatorio: Con la habilidad
propia de la fingidora de orgasmos, el saboteador televisivo debe simular un
interés patológico por el nombre del personaje que caracteriza cada uno de los
actores que conforman el elenco de la novela, así como también su importancia
en la trama. ¿Y Fulano quién es? ¿Y ahora cómo llaman a Mengano? ¿Pero, por
Dios, quién dijo que Zutano sirve para hacer de policía? Nota: También
se vale preguntar por las cosas que pasaron en el capítulo anterior, aunque
siempre se corre el riesgo de que le contesten: «¿Pero qué voy a saber yo,
imbécil, si no me lo dejaste ver? ¡Ay, pero cómo te odio!».
3.- La respuesta: Técnica de antelación
estratégica gracias a la cual el saboteador telenovelero adelanta una respuesta
sarcástica o desquiciada a la pregunta planteada por un actor de la novela. Por
ejemplo, si un personaje de una novela de Venevisión pregunta
abiertamente sobre quién es el asesino de Marta Mónica, el saboteador debe
apresurarse a decir: Gustavo Cisneros. Nota: Si la producción dramática
es de Televisa entonces el nombre del asesino será, sin lugar a duda, el de
Carlos Slim.
4. El volumen bajo: El saboteador
telenovelero exterioriza su preocupación por el bajo volumen que obstaculiza a
los presentes la audición de los brillantes diálogos del bodrio con
aspiraciones de drama. Acto seguido, toma el control remoto para subsanar
tamaña injusticia. Pero ya con el poder en la mano, el saboteador telenovelero,
cual político de rancia estirpe, hace lo contrario a lo que dijo que iba a
hacer, esto es: no cambia la intensidad del volumen sino de canal (de
preferencia coloca uno deportivo para que la arrechera de la esposa sea
mayor). Una vez que haya pasado la parte
de la novela que el adicto deseaba ver, el saboteador vuelve a marcar el canal
del bodrio. Nota: En aquellos hogares afiliados a operadoras de
televisión satelital es igualmente válido mover la antena del Direct TV.
5.- El cuñero loco: Esta técnica
constituye un verdadero clásico para los amantes del telesaboteo. Se aprovecha
la interrupción comercial para cambiar el canal en procura de otra alternativa
temporal de entretenimiento. Una vez logrado el objetivo, usted procede a
hacerse el loco y sólo vuelve a sintonizar el canal de la novela una vez
robados preciosos minutos de la insoportable trama.
6.- La defensa de la castidad o «cuándo en
mis tiempos»: Esta técnica se activa justo en las escenas lascivas (una
ducha, un striptease, un encuentro sexual), cuando los actores reconocidos como
símbolos sexuales muestran en horario familiar más piel de lo debido. Entonces
el saboteador alza su voz en defensa de los valores éticos y morales pisoteados
canallescamente por el escritor de la novela. La idea es proclamar de manera
pública, y con voz estentórea, un necesario y profiláctico regreso a la era
victoriana.
7.- La distracción 2.0: El saboteador
interrumpe la transmisión del teleculebrón para llamar la atención de los
presentes acerca de un tuit supuestamente arrechísimo que dizque originó como
seis trendings topics a nivel mundial,
para luego con total descaro leer un mensaje zonzo y calichoso de cualquier
galápago del microblogging.
8.- La Steven Spielberg: No deja de ser
paradójico que un escritor de telenovelas latinoamericanas, que se supone
curtido en la tacañería de los directivos de televisión —unos sujetos capaces
de cuestionar la contratación de pasantes de producción, con tal de ahorrarse
unas pocas monedas— persista todavía en reproducir los grandes efectos
especiales de la industria hollywoodense (choques, incendios, persecuciones en
helicópteros). ¿Qué tiene qué ver Corazón
de gavilanes con Transfomers?
¡Por Dios! ¡Dejen la marginalidad! Las tomas que terminan viendo los pobres telespectadores
son tan patéticas, ridículas y tercermundistas que acometer cualquier labor de
saboteo telenovelero puede y debe considerarse como una variante del facilismo.
Ejemplo: En el guión se alude al hundimiento de un ferry pero lo que termina viendo la gente es el penoso zozobrar de
un peñero. En fin, como diría un abogado acusador tras conseguir el testimonio
más revelador del juicio: «No más pregunta Su Señoría».
9.- El erudito: El saboteador novelero
aprovecha la aparición de cualquier actor en escena, así sea un vulgar
figurante, para comentar el último chisme aparecido en los programas del
corazón o de cotilleo televisivo. No es preciso indicar aquí, por obvio, que tienen
preferencia, en el relato farandulero, las infidencias de naturaleza amarillista
o sensacionalista.
10.- El profeta: Como un epígono del
brasileño Reinaldo dos Santos, el saboteador telenovelero comienza a disparar a
diestra y siniestra predicciones acerca del futuro que aguarda a los personajes
protagonistas, así como también los incidentes que introducirán un giro
insospechado en la trama: «A Esther Sofía le van a llenar el ipod de música, mientras que a
Caralampio lo van a meter preso porque agarró unos dólares de Cadivi y luego se
hizo el sueco y no viajó. Eso por no mencionar a la desdichada de Teresita,
quien sufrirá un Alzheimer precoz y no sabrá cuál de sus muchos amantes es el padre de su muchacho»,
11.- El postrero: El objetivo es
ambicioso: impedir la comprensión de las acciones del último capítulo del
seriado dramático, de manera que el telespectador no pueda contar al día
siguiente a su grupo de amigos el modo como fueron castigados los villanos ni la recompensa que obtuvieron los protagonistas por su sufrimiento sin fin. De no existir esta maléfica técnica de saboteo, los gerentes de Dramáticos se quedarían sin excusas para justificar
la prolongación, en pantalla y en horario estelar, de su malhadado bodrio.
12.- El kamikaze: Sin el menor temor a la
muerte, el saboteador teleculebrero le confiesa a su consorte que la
protagonista de la novela es una diosa, un hembrón, una verdadera mujer. En ese
instante, ciertamente, se acaba cualquier expectativa por acción dramática
alguna. Incluso por las escenas anodinas
de esa otra novelucha que muchos llaman matrimonio.
Etiquetas: Abigail, farándula, Mentepollismo
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