miércoles, agosto 13, 2008

Ser gobierno o ser revolución

La inseguridad se ha convertido en la principal preocupación de los ciudadanos. Sus terribles efectos se han distribuido democráticamente en los diferentes estratos de la población, de manera que resulta casi imposible encontrar a una persona que se haya librado de su trágico influjo.
Estadísticas oficiales demuestran que en apenas diez años nuestro país ha visto triplicar el número de muertes violentas, al pasar de 4.500 a 13.500 casos. La situación se torna mucho más complicada cuando tomamos nota de la tibia actitud exhibida por el gobierno bolivariano ante el auge delictivo. Mientras los venezolanos piden a gritos el lanzamiento de la Misión Seguridad, los funcionarios del gobierno se limitan a desarrollar una política de no represión que comporta graves efectos sociales y psicológicos.
“Las sociedades controlan la violencia a partir de regulaciones internas y externas. Las internas tienen que ver con la cultura y los valores; las externas, con la ley y los cuerpos represivos. Sin embargo, en algunas ocasiones estas regulaciones internas y externas no se cumplen, y se instala, para desgracia de un colectivo, un sistema de impunidad. Y en Venezuela, lamentablemente, los hechos nos dicen que la situación de inseguridad personal va para peor, porque no existe en la actualidad ningún componente de políticas públicas que avance con firmeza hacia la contención de los violentos”, señala el sociólogo Roberto Briceño León, director del Laboratorio de Ciencias Sociales de la Universidad Central de Venezuela (Lacso).
Atrás quedaron los días en que los venezolanos encontraban en el alza de los precios, la persistencia del desempleo, la escasez de viviendas o el colapso de la red hospitalaria el summun de sus preocupaciones. Hoy nos inquieta el incremento de los delitos; en particular, ese obsceno ensañamiento con el que los criminales someten a sus víctimas. Aunque duela reconocerlo nuestra sociedad está enferma; baldada por la angustia cotidiana de no superar un mal que tiene trazas de crónico.
La administración chavista no desea proyectar ante los sectores populares una imagen de gobierno represivo. En la escena mundial, tampoco le causa excitación ser apreciado por sus potenciales aliados tácticos y estratégicos como un régimen autoritario. La verdad monda y lironda es que el socialismo del siglo XXI no tiene un Plan B que salga al auxilio de los magros resultados de la no represión. Por ello, los ciudadanos se muestran recelosos ante cualquier iniciativa oficial que haya sido invocada para superar la dura crisis de inseguridad personal.
Para el año de 1997 Colombia tenía una tasa de homicidios de 67 por cada cien mil habitantes, mientras las de Venezuela era de 20. Once años después, en el 2007, la situación luce radicalmente distinta: Colombia presenta una tasa de 39; y Venezuela una de 49. En la actualidad, Bogotá es una ciudad muchísimo más segura que Caracas. La tasa de homicidios de Bogotá es de 26 por cada cien mil habitantes. La de nuestra capital es de 130.
“Hay un cortocircuito entre la idea revolucionaria, subversiva, y lo que significa una estrategia integral de lucha contra el delito. Sin lugar a dudas, la revolución no es orden. Por el contrario, es desorden. Al abandonar la oposición y asumir las riendas del poder, al presidente Chávez se le presentó un dilema político irreconciliable: ser revolución o ser gobierno. Cuando tú eres gobierno tienes que actuar en la dirección del orden: ofrecer y garantizar servicios de seguridad a la población. Pero cuando tú eres revolución debes quebrar las instituciones y generar una dinámica permanente de conflictividad y lucha social. Por eso, ser las dos cosas juntas -gobierno pero también revolución- es un propósito descomunal. Prácticamente antinatura", reflexiona, a modo de conclusión, el sociólogo Roberto Briceño León.

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1 Comments:

Blogger Inos. said...

El inefable Rodríguez Chacín diría que ya existe un Plan rápido y conciso: el de la "entropía express".

Con el moño suelto, pues.

10:17 a.m.  

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