martes, agosto 30, 2016

Y seré millones... Las estratemas del poder



Ilustración: Gabriella Di Stefano

«La masa quiere siempre ser dominada por un poder ilimitado»
Sigmund Freud


En el idealizado mundo primitivo, que los filósofos políticos denominaban «estado de la naturaleza», primero fue el caos: un enfrentamiento de todos contra todos en el cual el ser humano se convirtió, según una famosa frase de Thomas Hobbes, en «lobo del hombre». El combate por los recursos escasos culminó en la supremacía del más fuerte, quien perdonó la vida de los derrotados a condición de que aceptasen integrar colectivos sometidos a un mando basado en la violencia, como principio de autoridad. Sin embargo, con el paso del tiempo, el dueño absoluto del poder, el más fuerte, echó de menos su naturaleza humana y deseó, más que ser temido, ser apreciado y respetado.
Este relato semeja una fábula, pero refleja una circunstancia sociológica con muchos elementos verosímiles. El mayor de ellos es la tensión que ha determinado el vínculo gobernante-gobernado a lo largo de la historia. Tal como lo describe el filósofo español José Antonio Marina (2008: 138):

La violencia se enmascara al legitimarse, pero lo importante es que, una vez admitida la necesidad de justificar el poder, se ha abierto una vía de agua que ya no podrá cerrarse, y que impulsará al sometido a criticar la legitimación que lo somete y a proponer otra. El poder fáctico quiere hacer racional su existencia para reforzarse, y acaba dando luz a un «vástago parricida» —la apelación a una legitimidad— que lo desestabiliza para siempre. La historia del poder se convierte así en una fascinante lucha de legitimidades, en la que los combatientes han utilizado todas las sutiles armas de la dialéctica, y todas las broncas armas de la violencia.

La conversión del miedo en prestigio precisa someter a los gobernados a tácticas de manipulación psicológica que despierten un sentimiento masivo de adhesión profunda, mediante el fenómeno de la persuasión. Se requiere, en esencia, la aplicación sistemática de las reglas de la propaganda: una disciplina comunicacional estructurada plenamente en el siglo XX.
Esta observación seguramente invitará al lector a preguntarse: ¿y cómo fue posible entonces que aquellos antiguos «lobos» consiguieran eliminar o apaciguar en sus gobernados cualquier atisbo de rechazo o rebeldía? La respuesta: emplearon de manera intuitiva estrategias de sugestión colectiva que con el paso de los años integrarían el acervo propagandístico de los poderosos. Por ejemplo, en el Medio Oriente, cuna de la alta cultura, el déspota (rey, faraón, emperador) apeló a la fuerza legitimadora de una variedad poderosa del mito: el mitolegema que ―como advierte Manuel García Pelayo― no es un simple relato o cuento, sino una trama de mitos continuamente revisada y reorganizada, que responde a diversas inquietudes espirituales (actualmente atendidas por las religiones) y establece un conjunto de normas de comportamiento (hoy fijadas por la moral y el derecho):

… todo acontecimiento terrestre importante y, sobre todo, innovador, había de justificarse en función de una referencia mítica, lo que implicaba un cambio en las imágenes componentes del mito, del mismo modo que, dentro de la unidad de nuestra cultura, cada época histórica o cada cambio político fundamental y significativo conlleva un cambio ideológico. Así, pues, si en teoría los acontecimientos terrestres habían de estructurarse según las formas del mito, en la praxis son las formas del mito las que se estructuran en función de los acontecimientos terrestres. O dicho de otro modo, el hombre proyecta sus propias experiencias a la construcción del mundo de los dioses que, a su vez, se retroproyecta sobre la experiencia humana (García Pelayo, 1969: 46-47).

En las civilizaciones sumeria, babilónica, asiria e hitita, así como en los imperios egipcio y aqueménida, el ejercicio del poder estaba justificado por una estructura mitológica que dotaba a la vida del individuo de un sentido espiritual, y le aportaba al sistema político una ideología propicia para la identificación de un destino común o de grandeza colectiva. Tanto en Egipto como en Irán, las figuras de poder tuvieron su segunda mejor baza en el prestigio, arma propagandista que ostentaban en exclusiva: el faraón en el ka (fuerza vital que mueve al mundo natural en favor de la comunidad) y el maat (don de la verdad y la justicia, que hace posible el orden eterno), y el emperador aqueménida en el arta (capacidad para asegurar la convivencia justa, pacífica y laboriosa).

Propaganda de clámide y toga

A pesar de ser considerado un fenómeno del mundo moderno, las primeras manifestaciones de la propaganda política pueden encontrarse en las antiguas Atenas y Roma, según el sociólogo Jacques Ellul (1969). Con agudeza de buen observador logró reconocer las técnicas persuasivas empleadas por los primeros interesados en influir psicológica e ideológicamente en sus semejantes: tiranos, oradores democráticos, generales de legiones y emperadores romanos.
Ellul encontró que la mayoría de los tiranos demagogos que surgieron en casi todas las ciudades griegas entre los siglos VIII y VI a.C. echaron mano sistemáticamente de técnicas y estrategias de efectos propagandísticos, con el propósito de incrementar el apoyo popular a sus gobiernos ilegítimos, nacidos de la violencia o la tergiversación de los principios tradicionales de la transmisión de mando. Estas modalidades primigenias de la propaganda política se nutrían, fundamentalmente, de tres elementos asociados con el ejercicio del poder: apelación a la emocionalidad en los discursos (potenciados con las figuras retóricas de la oratoria clásica), adopción de medidas administrativas de naturaleza populista (entre ellas, la confiscación de heredades o la distribución de dinero) y embellecimiento de la ciudad mediante la edificación de obras de majestuosidad arquitectónica:

Sin embargo, es necesario hacer hincapié en un hecho general: la construcción de monumentos se había ya utilizado periódicamente como propaganda, pero a partir de este momento histórico se convierte en el distintivo de un poder autoritario recién instalado. La propaganda monumental se halla, pues, siempre unida a lo que hoy denominaríamos como dictaduras (Ellul, 1969: 15).

Entre todos los tiranos griegos considerados precursores de la persuasión colectiva con fines proselitistas el nombre más sobresaliente es el del político ateniense Pisístrato (600-527 a.C.), quien logró alzarse con el dominio total de la ciudad-estado gracias a sus habilidades para la creación de sofisticadas técnicas propagandísticas. La más famosa de ellas era el amedrentamiento de la población con la amenaza permanente de un enemigo público, interno o externo (en su gobierno, atizaba el miedo popular con la conspiración de los eupátridas, el nombre griego para los aristócratas).
La inquieta mente de Pisístrato no se detuvo allí. Inventó, o quizá perfeccionó, un repertorio de estrategias para sugestionar a una colectividad necesitada de creer:

·         Adulteración del mito fundacional de la sociedad, para legitimar su presencia indefinida en el poder (se apropió de la leyenda del héroe Teseo).
·         Modificación de textos literarios de la cultura clásica, para apuntalar su reputación de líder guerrero (mandó a modificar a su favor varios cantos de la Odisea).
·         Fomento de campañas filantrópicas con poblaciones vecinas, para mejorar la imagen extramuros de su gobierno y ampliar la base de aliados diplomáticos.
·         Transformación de fiestas populares en celebraciones gubernamentales, para incrementar la percepción de una creciente adhesión de la gente a su gestión (no vaciló en desvirtuar el sentido religioso de las jornadas de las panateneas y las dionisíacas).
·         Concepción del acto público como la puesta en escena callejera de una representación teatral para acentuar la magnificencia del poder (su entrada a Atenas, en 556, bajo la protección de la diosa Atenea, quien —gracias a una recreación dramática— descendió entre los hombres para recibirlo).

Con la muerte de Pisístrato las técnicas de persuasión a gran escala experimentaron un retroceso. No apareció otro sistema de propaganda complejo hasta después del siglo IV, con la supremacía de Tebas y el posterior ascenso de Macedonia. Filipo, padre de Alejandro Magno, adoptó principalmente dos estrategias para incidir en el ánimo del pueblo: el soborno de políticos, con el propósito de orientar favorablemente la opinión popular con respecto al reino de Macedonia, y el diseño de una estrategia del miedo, para atemorizar a los ejércitos y facilitar la conquista de las ciudades:

En suma, en las democracias griegas la propaganda fue un hecho excepcional debido a ciertas causas generales: cierta armonía y cierto sentido de la medida, y la existencia de una cohesión social a pesar de las facciones que limitaron el uso de la propaganda. Por otra parte, hay que añadir otro factor muy importante: las sociedades eran muy reducidas y estaban compuestas por un número reducido de ciudadanos. Esta ausencia de masas es desfavorable para la propaganda (Ellul, 1969: 23-24).

En Roma, durante la República, las acciones propagandísticas se dejaron sentir en dos frentes: 1) al exterior de la ciudad, la promoción del orden jurídico romano como prenda de civilización, la concesión de privilegios a los habitantes más obsecuentes de los territorios anexados (el uso de la diplomacia en lugar de la violencia, la concesión de la ciudadanía) y la constante apelación al mito fundacional de Rómulo y Remo, y la vinculación de la ciudad con el linaje del héroe troyano Eneas, uno de los protagonistas de la Ilíada; y 2) al interior de Roma, la asignación de magistraturas por el método electoral y el surgimiento de dos corrientes partidarias (la senatorial y la demócrata) coadyuvaron a la conversión del discurso público en un elemento propagandístico, cuyo empleo se complementaba con estrategias de impacto psicológico como la fijación de carteles alusivos a los candidatos, la difusión de rumores o noticias falsas de los contendores en los comicios, reuniones sociales para fomentar el compromiso ideológico y la adopción de medidas de corte demagógico (reducción o control de precios) o clientelares (sutiles presiones para inducir la toma de conciencia sobre determinado voto).
Durante el Imperio los romanos experimentaron el culto a la personalidad con Julio César y luego con Octavio Augusto. Julio César creó la Acta Diurna, carteles que presentaban informaciones de interés para el emperador (noticias políticas, resúmenes de leyes, discursos, reseñas de debates en el Senado). Tito, por su parte, utilizó la estratagema de «pan y circo» y agasajó a los ciudadanos romanos con cien días de fiesta continua por la inauguración del Coliseo. Nerón transformó las aclamaciones espontáneas en aclamaciones rítmicas y disciplinadas, que la masa debía repetir como un coro. La humanidad deberá esperar hasta la época de las monarquías absolutistas europeas para presenciar el resurgimiento de las consignas y lemas como herramienta de propaganda, con los brocardos acuñados por los legistas para reafirmar la soberanía del rey en desmedro de la del papa.

En el nombre del Señor

La causa religiosa encabezada por la volcánica personalidad de Martín Lutero se benefició de la aparición de la imprenta. La Reforma mostró que las técnicas propagandistas también podían potenciar el alcance público de movimientos nucleados alrededor de ideas, sin el apoyo logístico de una institucionalidad con años de tradición. Según Ellul (1969), las estrategias luteranas se convirtieron en el primer modelo de propaganda de oposición y agitación. Se caracterizó por sus mensajes de contenido ideológico, la apelación constante a la razón y no a la emoción (el terror sacro), el alcance popular de sus iniciativas y el predominio de materiales impresos como libelos, folletos y octavillas.
La reacción de la Iglesia romana —la Contrarreforma— constituye un hito en la cronología de la propaganda: entre 1572 y 1585, el papa Gregorio XIII se entrevista, con cierta frecuencia, con tres cardenales de su entera confianza, con el interés de discutir los mecanismos óptimos para combatir los avances de la Reforma. A estos encuentros se les da el nombre de Sacra Congregatio de Propaganda Fide.
En el papado de Clemente VIII la Congregación para la Propagación de la Fe se convierte en una instancia consultiva permanente, con una organización administrativa propia, y el número de sus integrantes se amplía a 29. La Congregatio examina y regula la propagación de la doctrina cristiana, identifica y pone en vigor nuevas técnicas para la difusión del evangelio, acopia y procesa información acerca del activismo protestante, censura publicaciones reñidas con los principios eclesiásticos y traduce y publica en diferentes lenguas materiales divulgativos de la Iglesia romana.

Los héroes peinados

«Todo discurso es una campaña y allí entronca con lo militar. La campaña publicitaria, la discursiva y la militar se unen y se entrelazan como los hilos de una soga. Las tres responden a algo así como una cadena de mando», sentencia el ensayista chileno-austríaco Adan Kovacsics (2007: 114).
La guerra civil, «orgía de muerte» y «torrente de palabras», signó el perfeccionamiento de las tácticas propagandistas en la Revolución Francesa: la identificación del enemigo común, la caracterización de la vestimenta revolucionaria, la uniformidad de las consignas de los representantes políticos, el fomento del terror. Con Bonaparte, y la edificación del Imperio Napoleónico, se inaugura la etapa de la explotación del elemento carismático por parte de los propagandistas.
Casi dos siglos después de la muerte del corso, la metralla incesante de la ofensiva verbal y armamentista sonará con mayor estrépito en la Primera Guerra Mundial:

La guerra era un producto, que no sólo necesitaba operarios en las fábricas o soldados en el frente o directivos en los pisos superiores o mandos en los cuarteles generales, sino también publicistas. Era la primera gran guerra moderna en todos los sentidos. Un artículo, una mercancía; de hecho, la preferente. Tenía, como producto, la prioridad. Todo se volcaba en su elaboración (Kovacsics, 2007: 94).

Escritores como Rainer Maria Rilke, Stefan Zweig, Franz Theodor Czokor, Albert Ehrenstein, Viktor Hueber, Hans Müller, Alfred Polgar, Felix Salten, Géza Silberer y Leopold Schönthal, entre otros, fueron reclutados para cumplir el servicio literario en el grupo austro-húngaro adscrito al Archivo de Guerra, dirigido por el barón Emil Woinovich von Belobreska. En las oficinas de la Stiftgasse de Viena, entre las nueve de la mañana y las tres de la tarde, cada escritor se dedicaba a redactar tres historias heroicas por día, misión ultrasecreta conocida también bajo la curiosa denominación «peinar a los héroes». Además de las labores de alta peluquería, el recluta literario debía ocuparse de vitalizar sus relatos con detalles imaginarios que proyectasen la ilusión de fidelidad a los sucesos históricos. Compartían oficina con el Grupo de Guías de Campos de Batalla, encargado de la elaboración de quince guías turísticas, en alemán y en húngaro, para facilitar a los visitantes del futuro la contemplación detallada e informada de los escenarios bélicos.
Otro importante actor en el campo propagandístico fue el llamado Cuartel de la Prensa de Guerra: periodistas con veleidades literarias redactaban entretenidas crónicas a partir de los informes diarios remitidos por el Alto Mando del Ejército. Fue creado en 1909 en el marco del proyecto «Instrucción para la movilización Imperial y Real Ejército», que en un documento anejo regulaba la actividad periodística en situaciones bélicas. La perversión del idioma por parte de los uniformados, su uso como herramienta de guerra —tan cara al pretorianismo, al militarismo— desembocó, en la sociedad, en la entronización de un lenguaje marcial con resonancias chauvinistas, y, en el periodismo, en la masificación de la jerga castrense y la estetización de los hechos de batalla.

Y a la mentira le crecieron las piernas

Exiliado en Francia, el escritor Joseph Roth entrega al periódico vocero de la comunidad alemana de París, el Pariser Tageszeitung, un artículo donde analiza el alcance y los efectos nefastos de las técnicas comunicativas de Joseph Goebbels al frente del Ministerio de Propaganda del régimen nacionalsocialista. La pieza, publicada el 20 de marzo de 1938, lleva por título «El orador apocalíptico»:

Desde la irrupción del Tercer Reich, a la mentira, contradiciendo el refrán, le han crecido las piernas. Ya no sigue a la verdad pisándole los talones, sino que corre por delante de ella. Si hay que reconocer a Goebbels alguna obra genial, sería haber sido capaz de lograr que la verdad oficial cojeara tanto como él. Ha prestado su propio pie equinovaro a la verdad oficial alemana. El hecho que el primer ministro de la Propaganda cojee, no es una casualidad, sino una broma consciente de la historia… (Roth, 2004: 40).

A pesar de su corta extensión, y de carecer de intenciones académicas, el texto de Joseph Roth consiguió dar buena cuenta de la metodología empleada por el jefe de la propaganda nazi. Goebbels, en su deseo de influenciar la opinión internacional, echó mano de tres estrategias: el soborno de líderes e intelectuales extranjeros, la negociación de acuerdos diplomáticos favorables para la contraparte, y la promoción de acuerdos de supuesto  intercambio cultural y humanitario (operativos médicos, ciclos de cine, festivales de música típica, jornadas de actualización académica, torneos deportivos, entre otras iniciativas). En cambio, dentro de Alemania, las manipulaciones del ministro tuvieron otro cariz y estuvieron concebidas, en su mayoría, en función de la dinámica de comparecencia de los funcionarios nazis ante los medios de comunicación de masas. El catálogo de posturas públicas constaba de cuatro modalidades: el encubrimiento, la negación, la falsa indignación y la exageración.
No todos aprecian la elevada talla técnica e intelectual que Roth le reconoce a Joseph Goebbels. El biógrafo inglés Peter Longerich (2012) define al ministro de Propaganda de Hitler como un intelectual frustrado, necesitado de un propósito trascendental, un ser alterado por un trastorno narcisista de la personalidad, un mediocre funcionario del régimen nazi frecuentemente ignorado en las grandes decisiones. Sin embargo, Ellul (1969) apunta que las autoridades propagandísticas nacionalsocialistas eran estudiosos profundos de las técnicas introducidas por los bolcheviques a partir de 1916 con la creación del Departamento Especial de Propaganda y Agitación (OSVAG). Este ministerio soviético de la propaganda identifica tres formas de intervención en el debate público: información, agitación y propaganda. Las autoridades del partido comunista precisan claramente las responsabilidades de los encargados de aplicar cada técnica: el informador tiene que alejarse de la noción burguesa de la objetividad y servir a los intereses de la revolución socialista, el propagandista debe concentrarse en inculcar muchas ideas a una o varias personas y el agitador se ocupa de imbuir pocas ideas a una masa de personas.
La influencia rusa es confirmada por el sociólogo Serge Tchakhotine (1985: 156):

Ya sabemos que nada había de místico o extraordinario en el hecho del conformismo constatado en Alemania; esto pertenece al ámbito de la ciencia positiva moderna, que lo explica sin dificultad. Para quienes han podido seguir la evolución del movimiento nazi, los métodos de su propaganda y sus efectos y al mismo tiempo están informados respecto a la doctrina de Pavlov, no puede haber lugar a dudas: nos hallamos en presencia de hechos, basados precisamente en leyes, que rigen las actividades nerviosas superiores del hombre, los reflejos condicionados.

Si es verdad, como afirman numerosos polemólogos, que la Primera Guerra Mundial arrojó como saldo el surgimiento de un nuevo tipo de guerra tecnificada e industrial, no es menos cierto que en el campo de las ciencias sociales la dinámica bélica hizo posible la aparición de la propaganda política como una disciplina moderna; una disciplina caracterizada, esencialmente, por cuatro factores: doctrina central, organización, acceso a los medios de comunicación de masas y uniformidad de criterios entre los seguidores.
Tal hipótesis histórica quedó confirmada en 1945 con el hallazgo en Berlín, por las fuerzas aliadas, de un manuscrito de 6.800 páginas dictado por Goebbels y escrito en forma de diario que abarca, en diversos lapsos, el período entre el 21 de enero de 1942 y el 9 de diciembre de 1943. El manuscrito se encuentra resguardado en el Instituto Hoover de la Universidad de Stanford. Al estudiar el manuscrito, el profesor de psicología de la Universidad Yale, Leonard Doob (1985), identificó 19 principios propagandísticos en la gestión de Goebbels:

1.      Los propagandistas deben tener acceso a la información referida a los acontecimientos y a la opinión pública.
2.      La propaganda debe ser planeada y ejecutada por una sola autoridad.
3.      Las consecuencias propagandísticas de una acción deben ser consideradas al planificar esta acción.
4.      La propaganda debe afectar a la política y a la acción del enemigo.
5.      Debe haber una información no clasificada y operacional preparada para complementar una campaña propagandística.
6.      La propaganda, para ser percibida, debe suscitar el interés de la audiencia y ser transmitida a través de un medio de comunicación que llame poderosamente la atención.
7.      Solo la credibilidad debe determinar si los materiales de la propaganda han de ser ciertos o falsos.
8.      El propósito, el contenido y la efectividad de la propaganda enemiga, la fuerza y los efectos de una refutación, y la naturaleza de las actuales campañas propagandísticas determinan si la propaganda enemiga debe ser ignorada o refutada.
9.      La credibilidad, la inteligencia y los posibles efectos de la comunicación determinan si los materiales propagandísticos deben ser censurados.
10.  El material de la propaganda enemiga puede ser utilizado en operaciones cuando ayude a disminuir el prestigio de ese enemigo, o preste apoyo al objetivo del propagandista.
11.  La propaganda «negra» ―aquella cuya fuente queda oculta para la audiencia― debe ser empleada con preferencia a la «blanca» cuando esta última sea menos creíble o produzca efectos indeseables.
12.  La propaganda puede ser anunciada por líderes prestigiosos o figuras populares.
13.  La propaganda debe estar cuidadosamente sincronizada.
14.  La propaganda debe etiquetar los acontecimientos y las personas con frases o consignas distintas.
15.  La propaganda dirigida al pueblo llano debe evitar el suscitar esperanzas que puedan quedar frustradas por acontecimientos futuros.
16.  La propaganda debe crear en el pueblo fanatizado un nivel óptimo de ansiedad con respecto a las consecuencias de la derrota de la «causa justa».
17.  La propaganda debe facilitar el desplazamiento de la agresión, al especificar los objetivos para el odio.
18.  La propaganda no debe perseguir respuestas inmediatas; más bien debe ofrecer alguna forma de acción o diversión, o ambas cosas.
19.  La propaganda dirigida al pueblo llano debe disminuir el impacto de la frustración.

Estas diecinueve reglas, en cuyos enunciados se deja entrever el tono cientificista de los sujetos convencidos de la naturaleza ineluctable de «las leyes de la historia», se mostraron efectivas al principio de la Segunda Guerra Mundial; sin embargo, a medida que Alemania empeoraba su desempeño bélico y económico, las tácticas propagandísticas iban desnudando sus limitaciones en aquellos momentos de mayor apremio. Tal como apunta el propio profesor Doob (1985:152):

Goebbels reconocía claramente la impotencia de su propaganda en seis situaciones. Los impulsos básicos del sexo y el hambre no eran afectados apreciablemente por la propaganda. Las incursiones aéreas de los enemigos creaban problemas que iban desde la incomodidad hasta la muerte y que no podían ser soslayados. La propaganda no podía aumentar significativamente la producción industrial. Los impulsos religiosos de la población no podían ser alterados, al menos durante el choque físico de fuerzas. La oposición abierta de algunos alemanes y de las poblaciones en los países ocupados requería una acción vigorosa, no palabras ingeniosas. Finalmente, la desfavorable situación militar de Alemania se convertía en un hecho constatable por las personas comunes.

El gran olvidado

En la Italia de la segunda década del siglo veinte, transcurridos nueve años del ascenso del fascismo al poder, el talento propagandístico comisionado para rebajar a toda una nación a la efervescencia ululante de la masa primitiva, infantilmente dependiente de un caudillo, fue el exhéroe de guerra Achille Starace, secretario general del Partido Nacional Fascista entre 1931 y 1939. El historiador Robert Hughes describe a Starace en los siguientes términos:

Starace fue a Il Duce lo que Goebbels fue a Hitler, y resultó igual de activo que él en cuanto a la invención de un estilo de gobierno. Fue él quien concibió y organizó las manifestaciones «oceánicas» de decenas de miles de romanos en la plaza de Venecia, bajo el balcón desde el que hablaba Il Duce, con su podio oculto; él, quien instituyó «el saludo a Il Duce» en todas las reuniones fascistas, grandes o pequeñas, tanto si Mussolini estaba presente como si no; él, quien abolió el «insalubre» apretón de manos a favor de la «higiénica» rigidez del saludo fascista basado en el romano, que se hacía alzando el brazo. Se colocaba rígidamente en posición de firme, haciendo tocar los talones entre sí, incluso cuando hablaba con su líder por teléfono. Y se aseguró de que los orquestados vítores de la muchedumbre se dirigieran sólo a Mussolini, ya que «a un hombre, y sólo a un hombre, se le ha de permitir que domine las noticias todos los días, y los otros deben enorgullecerse de servirle en silencio» (Hughes, 2011: 468).

Starace fue el artífice de la «fascistización» de la sociedad italiana. Mitificó el origen del movimiento y denominó de manera pomposa «La marcha sobre Roma» al viaje en tren que, desde Florencia, hicieron supuestamente «300 mil golpistas armados» del Partido Nacional Fascista (¡vaya que los vagones eran espaciosos!) rumbo al Parlamento para deponer al primer ministro Luigi Facta. Se erigió en el primer sacerdote del culto oficial a la personalidad y en 1932, a propósito del décimo aniversario de la llegada de Mussolini al poder, convocó la Mostra della Rivoluzione Fascista, celebrada en el Palacio de las Exposiciones, cuya fachada principal fue adornada con cuatro columnas de aluminio de treinta metros de altura con la forma de las fasces. Dos años después, en 1934, se apuntó otro éxito propagandístico al presidir el Campeonato Mundial de Fútbol organizado y ganado por Italia. El día del juego final casi llenó las tribunas con funcionarios del partido fascista que, astutamente, gritaban más por Mussolini que por la selección azzurri. Ese año también se apropió de las celebraciones callejeras por el premio Nobel de Literatura otorgado al dramaturgo Luigi Pirandello. Otro dato: en 1938, al saberse la llegada del Führer a la estación Ostiense de Roma, coordinó y supervisó la cobertura «periodística» de la visita histórica. La pluma de Hughes (2011: 492) recrea el momento:

Incluso se habían cuidado de que los últimos kilómetros de ferrocarril que llevaban a la estación estuvieran bordeados, a ambos lado, por un «pueblo Potemkin», de decorados orientados hacia adentro, mirando hacia el tren, en cuyas falsas ventanas se asomaban cientos de romanos que vitoreaban con entusiasmo.

En fin, ante lo refinado del genio propagandístico solo resta decir, junto con la escritora rumana Herta Müller: «Hay personas a las que creo aunque no tengan pruebas. Hay personas a las que no creo aunque tengan pruebas. Y hay personas a las que no creo precisamente porque tienen pruebas».

Referencias

·         Doob, L. W. (1985): «Goebbels y sus principios propagandísticos». En M. de Moragas (ed.): Sociología de la comunicación de masas. Vol. III. Barcelona: Gustavo Gili.
·         Ellul, J. (1969): Historia de la propaganda. Caracas: Monte Ávila.
·         García Pelayo, M. (1969): Las formas políticas en el Antiguo Oriente. Caracas: Monte Ávila.
·         Hughes, R. (2011): Roma: una historia cultural. Barcelona: Crítica.
·         Kovacsics, A. (2007): Guerra y lenguaje. Barcelona: Acantilado.
·         Longerich, P. (2012): Goebbels: una biografía. Barcelona: RBA.
·         Marina, J. A. (2008): La pasión del poder: teoría y práctica de la dominación. Barcelona: Anagrama.
·         Müller, H. (2001): Hambre y seda. Madrid: Siruela.
·         Roth, J. (2004): La filial del infierno en la tierra. Barcelona: Acantilado.
·         Tchakhotine, S. (1985): «El secreto del éxito de Hitler: La violencia psíquica». En M. de Moragas (ed.): Sociología de la comunicación de masas. Vol. III. Barcelona: Gustavo Gili.

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lunes, agosto 29, 2016

La mayoría: ¿una ficción?



La generalidad de los historiadores de los sistemas de gobierno fija el nacimiento de la democracia en el año 508 A.C., como consecuencia de las reformas políticas de Clístenes. Pero lo cierto es que nunca se sabrá con exactitud la fecha y el lugar en los que la primera agrupación humana convino en regir su destino según un modelo basado en la voluntad colectiva.
Numerosos hallazgos de la antropología y la arqueología han corroborado, en distintos puntos geográficos, la existencia de prácticas culturales que pudiesen ser resultados de una inspiración democrática (Dahl, 2006). Las condiciones favorables para el surgimiento de una sociedad democrática guardan relación con la lógica de la igualdad. La forma popular de mando, principio de la democracia, nació espontáneamente en tribus independientes de control externo, con cohesión social, distribución armónica del trabajo individual y de las responsabilidades comunes, profundo sentido de pertenencia a la comunidad y un sector mayoritario de la población interesado en participar en el gobierno del grupo.
Quizá por la necesidad de mitigar el malestar de los sectores más humildes de la tribu, o por la urgencia de formar una alianza política con clanes vecinos, las novedosas jerarquías de mando no tardaron en comprender la importancia de fortalecer su dominio social con el uso conveniente y controlado de algunos mecanismos de los gobiernos populares primigenios (por ejemplo, la asamblea o el consejo de ancianos). De este modo, los reyes y los jefes militares lograron proyectar un cariz popular, e incluso cierta resonancia épica, alrededor de medidas basadas en intereses individuales. La unanimidad y la aclamación pasaron a ser, por la fuerza de los hechos, el remedo histórico del espíritu de grupo, la materialización vicaria del antiguo todo. Como plantea Pierre Rosanvallon (2010: 42-43):

En el mundo antiguo, la realización de una sociedad unida y pacificada definía el ideal político. Homonoia, la diosa de la concordia, era celebrada en las ciudades griegas, y en el mundo latino se erigían templos a la diosa Concordia. En esos diferentes universos, participar es, ante todo, afirmarse como miembro de una comunidad… Sólo se puede participar de un conjunto, de una totalidad. No hay, por lo tanto, ninguna técnica política admitida que lleve a manifestar la existencia de una división. De ahí el papel central desempeñado por la aclamación popular.

Al volver la mirada a la antigua Grecia se advierte que no existían categorías políticas tales como «mayoría» y «minoría», en los debates asamblearios recreados por Homero en el texto fundamental de la cultura helénica: Ilíada. La facultad de cualquier persona para participar en un debate de alcance general, así como la posibilidad de expresar su posición política, dependían exclusivamente de la venia del rey. Este gobernante único se reservaba el derecho de consultar la opinión del consejo de generales o de ancianos.

Del ágora al claustro

Con la desaparición de la monarquía aristocrática y su sustitución por la aristocracia republicana, el poder perdió parcialmente su carácter personalista. La voluntad política no dependía de la imposición de un sujeto, sino que surgía de la sumatoria de los pareceres de los integrantes de las asambleas nobiliarias: juicios expresados y recogidos mediante un proceso de votación. De acuerdo con el helenista Domenico Musti (2000: 54):

En un estudio reciente, F. Ruzé analiza el concepto de plêthos (totalidad). Su tesis es que la historia de la expresión de la voluntad política en Grecia se presenta como el paso de la idea de la unanimidad, que encontramos en las asambleas homéricas como única posibilidad de expresión, al principio de la mayoría… Pero en realidad, más que el descubrimiento de la idea de la mayoría, que es un punto de vista formal, lo que se descubre son los derechos de la asamblea, que aumentan continuamente.

La votación a mano alzada (cheirotonía) fue el primer mecanismo de decisión instituido en la democracia griega, como sistema de autogobierno nacido de la ampliación de derechos de los ciudadanos y de la asamblea popular. Presentaba la ventaja de permitir un conteo rápido de los votos.
Los atenienses advirtieron que, cuando tomaban las decisiones a cara limpia y a mano alzada, corrían el riesgo de perder autonomía, en los casos más polémicos. La fuerza numérica de la mayoría, la manipulación emocional ejercida por los amigos presentes en la votación, la posibilidad de represalias posteriores o la presión psicológica del público funcionaban, en la práctica, como formas de intimidación en la mente del votante. Quedaba comprobado que la democracia asamblearia, al igual que la tiranía, podía avanzar gracias al miedo.
La necesidad de librar a los votantes de influencias, presiones o extorsiones condujo a una segunda modalidad de agregación de votos: la votación secreta (psephophoría). Gracias a ella, el ciudadano manifestaba su opinión depositando una piedra (psêphos) en un ánfora (hydría). Al final de la consulta, un funcionario seleccionado para tal fin, el kêryx (el que proclama), comunicaba al colectivo el resultado final. Cuando el enjuiciamiento popular de un ciudadano de la polis culminaba con igualdad de votos (isopsephía), la asamblea no procedía a organizar rondas de desempate, sino que aplicaba directamente el llamado «voto de Atenea» (prenda de humanismo de la cultura helénica): un recurso extraordinario de absolución penal o de reivindicación moral. Como explica Musti (2000: 56):

Los griegos distinguieron rápidamente el voto secreto del voto público, y analizaron el problema y la oportunidad de tal distinción. En cuanto al carácter abierto o secreto del voto, observamos cómo los procedimientos más «garantistas» (voto secreto, pero también cómputo minucioso y puntual, cuando es secreto, y en cualquier caso, también cuando es abierto) no se adoptan por un criterio formalista, sino cuando están en juego las delicadas cuestiones que afectan al estatus y a los derechos de las personas. Estos mecanismos de garantía que se adoptan, según los casos, completos o en parte, en los tribunales y en la asamblea cuando funciona como órgano jurídico, sirven para asegurar la imparcialidad de los jueces populares defendiéndolos de influencias, presiones o retorsiones, ese reconocido derecho al miedo, por así decirlo, que comporta la democracia y, en general, cualquier régimen político.

Los temores eran justificados. Los políticos con mayor habilidad oratoria no pocas veces aprovechaban el escenario asambleario para agitar las pasiones de los asistentes y torcer el sano desenvolvimiento de la discusión pública. Ocurría entonces el enfrentamiento entre grupos con líderes rivales, la aparición de redes informales de comunicación e intriga, la formación de facciones hostiles deseosas de medidas parcializadas y la adopción de decisiones escasamente razonadas.
Otro factor de decadencia institucional era el carácter belicoso y expansionista de la democracia ateniense, que reclamaba constantemente el incremento de las tropas de infantería y las unidades de marina. Debido a la escasez de hombres libres disponibles para participar en la guerra se hizo necesario reclutar a libertos y metecos, a quienes se otorgaba la ciudadanía. La administración de Pericles fue mucho más allá de lo prudente y multiplicó la cantidad de cargos públicos. Su movimiento reformista más osado fue la autorización del ejercicio de las magistraturas por parte de varones sin propiedades.
Las consecuencias de la ampliación de la ciudadanía y la proliferación de magistraturas son explicadas por Domenico Fisichella (2002: 62-65):

Si los ciudadanos que no son propietarios son excluidos del Consejo de los quinientos, de los tribunales y de las funciones públicas, ¿cómo distinguir entonces entre democracia y oligarquía? A estas preguntas Pericles contesta con la decisión de atribuir, a cargo del erario, una compensación (mistos) a los ciudadanos, a cambio de su renuncia a la actividad laboral… La consecuencia es que el pobre posee la igualdad de los derechos políticos, pero carece de la igualdad de las fortunas económicas (…) La institucionalización del salario eclesiástico ha hecho que el ciudadano tome conciencia de que el voto tiene un precio y que éste puede incrementarse, hasta el punto que resulta más conveniente vivir vendiendo el voto o la sentencia.

El voto también fue vaciado de su simbolismo ciudadano institucional en los años finales de la república romana. En aquella época el consulado, la máxima autoridad civil y militar, era la magistratura más preciada. Se elegían dos cónsules, con un mandato de un año de duración, que debían turnarse mensualmente en el ejercicio de sus funciones. La elección de los cónsules tenía lugar en los Campos de Marte en el marco de la celebración de los comicios de las centurias, agrupaciones formadas por ciudadanos en edad militar. El día de la votación cada centuria proponía un nombre entre todos los candidatos existentes; quienes obtenían la mayoría de las postulaciones eran sometidos después a una votación general en la que resultaban seleccionados dos cónsules. El voto era secreto y cada elector lo emitía escribiendo el nombre del candidato preferido en una tablilla. Las centurias se dividían en cinco clases, según su riqueza. La primera clase, la de aquellos con mayores fortunas, constituía 88 de 193 centurias. Esta desproporción determinaba que los comicios fuesen un instrumento electoral en manos de los más ricos y allanaba el camino para el empleo perverso del derecho del voto.
Atenas y Roma son ejemplos de antiguos modelos de autogobierno basados en la participación ciudadana en asambleas populares. Pero no son los únicos. Dahl (2006) menciona los avances políticos de las sociedades vikingas cuando, a partir del año 600, decidieron congregarse en una asamblea cuyo nombre en noruego era Ting. En estas reuniones, los hombres libres discutían y votaban acerca de una variedad de asuntos: disputas entre miembros de la comunidad, aprobación de leyes, declaraciones de guerra, elección de nuevos reyes e incluso el cambio de religión del pueblo escandinavo (lo que hicieron cuando se convirtieron en masa al cristianismo). Tan temprano como el año 930, las sociedades vikingas se adelantaron a la formación de los parlamentos nacionales, cuando fundaron el Alting, confederación de las asambleas populares de Noruega, Dinamarca, Suecia e Islandia.
Otra valiosa experiencia de autogobierno ocurrió en el Renacimiento: las ciudades-repúblicas del norte de Italia (Held, 2002). Asentamientos urbanos como Florencia, Padua, Pisa, Milán y Siena establecieron «cónsules» o «administradores» para gestionar sus asuntos judiciales, en abierto desafío a los derechos papales e imperiales de control legal. A finales del siglo XII, estos sistemas consulares fueron reemplazados por un sistema de mando político, que incluía consejos de gobierno dirigidos por funcionarios conocidos como podestà con poder supremo en materia ejecutiva y judicial. «Los podestà eran cargos electos, ocupados durante períodos de tiempo estrictamente limitados (1 año), con responsabilidad ante los consejos y, en última instancia, ante los ciudadanos (los hombres varones con propiedades inmobiliarias sujetas a impuestos, nacidos o residentes en la ciudad)» (Held, 2002: 59).
Las complicaciones institucionales de las ciudades-repúblicas renacentistas se derivaron principalmente del origen nobiliario de los podestà, elegidos en su mayoría con el voto asambleario entendido como aclamación, como mecanismo natural de expresión del sentimiento común. El dominio abierto de una clase de ciudadanos —la nobleza— terminó por incentivar el malestar social y la inestabilidad civil dirigida por los grupos excluidos, los cuales apelaron, en más de una ocasión, a medidas violentas y caóticas para formar sus consejos de gobierno. Todas estas comunidades fueron finalmente aherrojadas por modalidades hereditarias de transmisión del poder.
Uno de los principales ideólogos del llamado «republicanismo desarrollista», Marsilio de Padua, no pudo ver consolidada la herramienta del voto como mecanismo de designación de los gobernantes (siempre acompañado del sorteo, que sellaba la preeminencia de los intereses difusos de la colectividad por encima de los deseos individuales) y principal recurso del pueblo legislador.

La autoridad para hacer leyes no puede residir en unos pocos, ya que ellos también podrían pecar de hacer la ley en beneficio de unos cuantos y no en beneficio de todos, como puede verse en las oligarquías. La autoridad para hacer leyes pertenece, por tanto, al conjunto de los ciudadanos o a la mayor parte de ellos, debido precisamente a la razón contraria, porque dado que todos los ciudadanos deben ser tratados por la ley de acuerdo con la debida proporción, y nadie se daña a sí mismo a sabiendas o desea para sí la injusticia, todos o la mayoría desean una ley que lleve al beneficio común de los ciudadanos (Held, 2002: 67-68).

Pero ese novedoso método de decisión que representa la mayoría, mencionado de pasada en la ardiente defensa del autogobierno popular ensayada por Marsilio de Padua, únicamente funcionaba entre las murallas de los monasterios. Desde sus orígenes clandestinos, la Iglesia confía la determinación de sus asuntos terrenales a las decisiones aprobadas en asambleas nacidas del seno de las primeras comunidades cristianas. La tradición católica cimentará sus primeros logros en la antigua tradición de la participación como mecanismo de obtención del sagrado bien de la unanimidad.
Rosanvallon (2010), estudioso de la legitimidad como categoría política fundamental, destaca el papel del mundo eclesiástico en la creación de un vocabulario relacionado con las virtudes ciudadanas de la participación y la deliberación. Recuerda que fue un hombre de iglesia (Cipriano, obispo de Cartago en el siglo III) quien acuñó la expresión «sufragio universal». También fueron hombres de iglesia los cristianos primitivos que masificaron el uso de la voz latina unanimitas, para manifestar la aspiración compartida de ver consolidada en la tierra una verdadera comunión entre los fieles. La regla de decisión adoptada en el siglo V por el papa Celestino I, según la cual ningún religioso podía ser nombrado obispo sin contar previamente con la aprobación del pueblo, consagra en los hechos la elección plebe praesente, en la que se solicita al religioso postulado y a la grey católica formar parte de un ritual de aclamación.
Giovanni Sartori (2003: 137) resume la experiencia del voto en las órdenes religiosas medievales del siguiente modo: reglas mayoritarias, sí; derecho de la mayoría, no. Habría que esperar los desarrollos teóricos de filósofos políticos del siglo XVIII, para que la noción de unanimidad fuera reemplazada por la regla de la mayoría como principio de legitimación. John Locke inserta el derecho de la mayoría en un sistema constitucional que lo disciplina y lo controla, aunque en algunos pasajes de su obra confiesa sus dudas acerca de que una sociedad políticamente organizada pudiese sustentarse en la confrontación dinámica y positiva de una minoría y una mayoría.

Una insoportable mentira

El advenimiento del derecho al sufragio universal y la adopción de la mayoría como regla de oro, al menos en términos procedimentales, obligaron a una elaboración filosófica y argumentativa de filigrana, dado que la razón democrática debe aportar criterios lógicos para que el principio jurídico de la voluntad mayoritaria quede imantado del prestigio de las antiguas nociones totalitarias de la unanimidad popular y la voluntad general.
Los sectores refractarios al derecho de la mayoría se preguntan, por su parte, por qué razón una cantidad determinada, ciertamente mayor que una minoría pero menor que la totalidad de los sufragios, le otorga a un sector de la población el dominio político pleno y el disfrute absoluto de los privilegios asociados con el mando; por qué razón un fenómeno numérico, como lo es en esencia la victoria en una consulta electoral, constituye per se un valor moral sustancialmente incuestionable.
En la Francia revolucionaria el abate Sieyès, padre de la constitución francesa, recoge el guante del complejo debate. Desecha la perspectiva estrictamente colectivista del binomio «sociedad-comunidad», para emplear utilitariamente el concepto liberal del «individuo» y definir la voluntad general como la suma de las voluntades personales. El ideal de la unanimidad adquiere, así, un cariz aritmético al concebirse la mayoría como un equivalente de la aclamación asamblearia. Escribe el abate Sieyès: «Una asociación política es la obra de la voluntad unánime de los asociados… Se puede sentir que la unanimidad es algo muy difícil de lograr en un conjunto de hombres, por poco numeroso que sea, pero se vuelve imposible en una sociedad de millones de individuos… Es preciso, pues, conformarse con la pluralidad» (Rosanvallon, 2010: 50). Según Sieyès existen dos razones para identificar la mayoría con la unanimidad: (1) la concreción de un consenso social similar a una «unanimidad mediata», dado que los integrantes de la sociedad comprenden la conveniencia de una identificación de ambas nociones; y (2) la obtención de importantes beneficios prácticos, en términos de gobernabilidad política, a raíz del reconocimiento de todos los caracteres de la voluntad común en la expresión final de un electorado plural.
En 1801, en su primera comunicación oficial como presidente de Estados Unidos, Thomas Jefferson apela a la razón como mecanismo para dotar de legitimidad política y social a cada uno de los dictados emanados del derecho de la mayoría: «Aunque la voluntad de la mayoría debe prevalecer en todos los casos, para ser justa debe ser "razonable"» (Sartori, 2003: 138). Sin embargo, la realidad política de las democracias modernas ha sido otra.
Las elecciones han dejado de ser un instrumento cuantitativo, adoptado para una selección cualitativa (la elección de las mejores opciones), para convertirse en un mecanismo degenerativo de la calidad gubernamental, al prescindir de la elección como hecho racional para prestigiar políticamente la fuerza numérica de ideologías extremistas, bien en su demagogia, bien en su ideología. He ahí la amenaza que muchas sociedades, entre ellas la venezolana, no han logrado disipar: el riesgo de confundir la democracia (un sistema de gobierno) con la simple organización de elecciones (un método de selección). El criterio informado de Pierre Rosanvallon (2010: 22) puede ayudar a dilucidar este nuevo mecanismo de secuestro de las libertades ciudadanas por líderes autoritarios y caudillos totalitarios:

En la elección democrática se mezclan un principio de justificación y una técnica de decisión. Su rutinaria asimilación terminó por encubrir la contradicción latente que los sustentaba. En efecto, ambos elementos, no son de la misma naturaleza... Sin embargo, el razonamiento popular actúa como si la mayor cantidad valiera por la totalidad, como si fuera una manera aceptable de acercarse a una exigencia más intensa. Esta primera asimilación se desdobla en una segunda: la identificación de la naturaleza de un régimen con sus condiciones de establecimiento. La parte valía por el todo y el momento electoral valía por la duración del mandato: tales fueron los dos supuestos sobre los que se asentó la legitimidad de un régimen democrático. El problema es que, progresivamente, esta doble ficción fundadora se fue mostrando como la expresión de una insoportable mentira.

Referencias

·Dahl, R. (2006): La democracia: una guía para los ciudadanos. México: Taurus.

·Fisichella, D. (2002): Dinero y democracia: de la antigua Grecia a la economía global. Barcelona: Tusquets.

·Held, D. (2002): Modelos de democracia. Madrid: Alianza.

·Musti, D. (2000): Demokratía: orígenes de una idea. Madrid: Alianza.

·Rosanvallon, P. (2010): La legitimidad democrática: imparcialidad, reflexividad y proximidad. Barcelona: Paidós.


·Sartori, G. (2003): ¿Qué es la democracia? Madrid: Taurus.

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miércoles, marzo 21, 2012

Breve guía para montar sus propias misiones

¿Preocupado por rodar y rodar en las encuestas? ¿Temeroso de las historias de «maleteo»? ¿Urgido de apuntarse unos puntos con su pareja? ¿Frustrado porque, cual Chavo del ocho, siente que ya no le tienen paciencia? ¡Tranquilo! ¡No se angustie más! ¡La izquierda progresista y viva la pepa le ofrece la respuesta a todos sus problemas! ¡Una mágica solución que le permitirá mantener vivito y coleando su hiperliderazgo! Ahora con ustedes el mejor invento del siglo XXI e incluso del tercer milenio: las misiones. ¡No pierda esta oportunidad histórica de disfrutar de un producto populista de calidad garantizada! (Dictador facultativo: Fidel Castro). Si no gana diez elecciones consecutivas le devolvemos su dinero, sin hacer preguntas. Llame ya a los números que aparecen en pantalla. Nuestras operadoras lo están esperando…






Diez minutos después:






¡Felicitaciones amigo (a)! Usted ha comprado un producto de vanguardia y de reconocido prestigio en el mundillo de la demagogia internacional. Prepárese pues para mandar hasta que se le pudra la vesícula. Pero eso sí: antes sírvase de leer detenidamente las instrucciones del siguiente manual de instalación de misiones:

MANUAL DE INSTALACIÓN

Paso 1: Identifique la existencia de un día «D»

Si algo nos han enseñado los grandes maestros del populismo reeleccionista latinoamericano es que la única razón para anunciar el lanzamiento de una nueva misión es la posibilidad real de perder, como diría un abogado, el «usufructo de la cosa». Por tanto, deje de lado el bienestar colectivo, la suprema felicidad de los pueblos y otras zarandajas sentimentales, y revise detenidamente la presencia en el calendario de fechas decisivas para la continuidad de su gestión como el chivo que más micciona, ya sea en el ámbito familiar, ya sea en el micromundo laboral (aniversario de matrimonio, cumpleaños de la pareja, visita de la suegra, ascenso laboral, plan de reestructuración). Cuando no haya eventos institucionales que pongan en peligro su permanencia en «el coroto», lo más recomendable es hacerse el loco y entonar viejos pasajes llaneros («Linda Barinas, tierra llanera / caminos de palma y sol / cuando se pone más bella/ siempre la tarde / cuando matiza el paisaje / pinceles de un arrebol»). También ayuda relatar jocosas anécdotas acerca del silbón o los espíritus de la sabana.

Paso 2: Seleccione su bandera social

Es el paso más fácil de ejecutar para todo aquel personaje ladino e incompetente, dado que lo desastroso de su desempeño profesional convierte prácticamente cualquier aspecto de la actividad humana en una causa reivindicativa que merece el respaldo de una nueva misión. Llegados a este punto, lo importante es saber «leer» las encuestas, los estudios demoscópicos e incluso los chismes de pasillo, para identificar los asuntos que más angustian a las personas que dizque se beneficiarán con la medida populista.

Paso 3: Prohíbase fallar

Haga un mea culpa público. Reconozca con humildad que, en su afán de garantizar la paz en todos los planetas de la Vía Láctea, quizás descuidó ligeramente sus responsabilidades ordinarias (hacer el mercado, llevar los niños al colegio, dar de comer al loro). No vacile en regañar por tarados e indolentes a sus colaboradores más directos. Finalmente, con los ojos inyectados de pasión mesiánica, lance una declaratoria de guerra a los enemigos del proceso (las viejas chismosas de la junta de condominio, los exmaridos de su pareja o el imperio norteamericano y sus lacayos escuálidos).

Paso 4: Cante el himno nacional

En el pomposo mundo del fariseísmo y la hipocresía sólo existe un modo de refrendar el compromiso con las causas más sagradas de la patria: entonar las gloriosas notas del himno nacional, en compañía de las desafinadas voces de los jalabolas de ocasión. Así que empiece: «Gloria al bravo pueblo…».

Paso 5: Lance la misión

Luego en cadena de Radio Bemba (pero también con oportunos tips informativos en Facebook y Twitter) comunique al «pueblo mesmo» la creación de una nueva misión demagógica, cuyo título no debe superar, por razones nemotécnicas, las dos palabras. Ejemplos: Misión Silicona (para atender a la pareja embaucada por los fabricantes franceses de implantes mamarios), Misión Escape (para revivir la pasión perdida con sorpresivas citas románticas), Misión Gourmet (para relevar a la esposa de la tarea de cocinar los fines de semana), Misión Cochina (para retomar los juegos de dominó con otros esposos sometidos), Misión Panamericana (para compartir hotel y mullido tálamo con fembra placentera) y Misión Chuchería (para llevar a los más pequeños a pasear los domingos).

Paso 6: Meta a sus compinches en la jugada

Aproveche el lanzamiento de la misión para anunciar el apoyo solidario de sus amigotes (cubanos, iraníes, bielorrusos, azotes de barrio, borrachitos o compañeros del softball), quienes, a cambio de un pago meramente simbólico (unos cien millones de barriles de petróleo por día, en el caso de los cubanos), se comprometen a brindar labores de asesoría técnica en el marco de la idea de la patria (y la rapiña) grande.

Paso 7: Active la fase uno

Con auténtica «cara de piedra» anuncie el comienzo de la primera etapa de su misión, a saber: la realización de un censo. Y puesto a ser cínico, aproveche la oportunidad y diga también que «dicha fase» tendrá una duración aproximada de seis meses (no importa que al final piense favorecer a cuatro gatos). Aproveche su carisma de comunicador social nato para dejar bien en claro que a usted sólo lo mueve el legítimo deseo de conocer la realidad (familiar, empresarial, venezolana) en su total y dramática dimensión. En resumen, usted sólo es un soldado.

Paso 8: Proceda al bembeo y al bombardeo mediático

Ha llegado la hora de la llamada «batalla de las ideas», también conocida como «guerrilla comunicacional», la cual, a efectos de esta modesta guía, debe interpretarse como una simple batalla de eslóganes demagógicos del tipo «conmigo manda mi esposa», «todo el poder para los suegros» y «soy una brizna de paja». La idea es desarrollar una campaña de mercadeo viral que permita la transmisión reiterada de mensajes propagandísticos que proclamen, en ritmo de salsa, tambores y reguetón, los logros reales e imaginarios de la nueva misión. Las piezas comunicacionales tienen que responder a la estética del videoclip y la lógica del testimonial (una pequeña alusión a una «historia de vida»). Lo importante es que la gente se aprenda la cancioncita e inconscientemente la tararee. No olvide la siguiente máxima: Donde hay repetición no hay pensamiento y en ausencia de pensamiento no puede darse una rebelión…

Paso 9: Divulgue los resultados del censo

Luego de seis meses de su declaración solemne de guerra a muerte, no faltará quien ose tildarlo de embustero. En este sentido, se hace imperativo acallar las voces de la jauría mediática. Para ello es menester revelar los datos definitivos del censo. Si durante estas jornadas de divulgación usted no se siente cómodo en el papel de «vocero», le recomendamos solicitar ayuda profesional a cualquiera de los milagrosos maquilladores de la plantilla del Instituto Nacional de Estadísticas. Lo importante es que usted pueda disfrutar del frenesí heurístico de descubrir el agua tibia.

Paso 10: Active la fase dos

Con el mismo cinismo que hizo posible cada uno de los pasos anteriores, proceda a autorizar el inicio de la segunda fase de la nueva misión, a saber: el inicio del registro nacional de «vencedores» y «vencedoras». Aproveche para aclarar, como quien no quiere la cosa, que esta fase «apenitas» durará otros seis meses.

Paso 11: Alimente la ilusión: apele a la lista de espera

La esperanza tiene su lado macabro, por algo era uno de los males apiñados en el mítico baúl de Pandora. Eche mano de este expediente, y como si se tratase de un operativo de trasplante de órganos o de uno de los sorteos del Kino Táchira, aliente a los preteridos de siempre con la hipotética existencia de una lista de espera. En este sentido, es imperativo transmitir testimoniales de supuestos triunfadores para que los perdedores alimenten sus sueños de gloria. Sólo en casos de extrema necesidad apele a recursos tan crueles como la presentación de maquetas o la inauguración de piedras fundacionales.

Paso 12: Celebre el aniversario de la misión

Aproveche la llegada del primer aniversario de la medida para anunciar con bombos y platillos el relanzamiento de la misión; una movida geoestratégica que consiste, en esencia, en utilizar el siempre efectivo ardid semántico de anteponer el adjetivo «gran» a un nombre ya desacreditado (verbigracia: Gran Misión Maqueta Venezuela). Finalmente, para que la cosa sea digna de figurar en los anales republicanos, sírvase retomar estas modestas recomendaciones desde el paso cuatro.

¡Gloria al bravo pueblo….! Bis.

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sábado, marzo 19, 2011

De la conveniencia del enemigo

El Estado moderno es el dispositivo político más acabado de ordenamiento de la vida pública. Sus principios fundamentales resumen las experiencias de los distintos ensayos colectivos surgidos como respuesta a la disolución de la comunidad primitiva, aquella basada exclusivamente en los vínculos de parentesco. Factores como la explosión demográfica y la creciente intensidad de la lucha por la sobrevivencia interna (la sustentación) y externa (la defensa) condujeron a los hombres antiguos a integrarse en comunidades más amplias y heterogéneas.
La polis, la civitas, la res publica, los reinos y los imperios representan, en su conjunto, modos organizados de convivencia que lograron aminorar los niveles de inseguridad e incertidumbre social, pero hicieron más complejos la noción del poder, las formas de gobierno y las relaciones de dominación. Una lenta evolución histórica que, motorizada por la crisis del mundo feudal y la propagación del espíritu capitalista, desembocaría, a finales del siglo XV y comienzos del XVI, en el surgimiento en Europa de la figura del Estado, entendido éste «como un territorio comprendido dentro de fronteras ciertas (territorium clausum), en el que habita un pueblo concebido como conjunto de sujetos de derechos y deberes, sometido a un ordenamiento jurídico-político específico».
Sostiene el ilustre jurista Norberto Bobbio que la palabra «Estado» se impuso a otros términos de mayor abolengo político gracias a la difusión y prestigio alcanzado por la obra El Príncipe del florentino Nicolás Maquiavelo, cuyo texto se inicia con la frase: «Todos los Estados, todas las dominaciones que ejercieron y ejercen imperio sobre los hombres, fueron y son repúblicas o principados». A partir de este origen «maquiavélico» han sido muchos los autores que se han ocupado de esta famosa institución humana. Thomas Hobbes no vaciló en juzgarla odiosa pero necesaria, debido a su fortaleza para resguardar la propiedad privada y evitar la guerra civil. Hegel la definió, por su parte, como la mayor manifestación de la eticidad humana, la verdadera garantía de la emancipación ciudadana. Aún entre nosotros se recuerda la famosa postura marxista que despacha al Estado como mero instrumento de dominación de la clase burguesa contra el proletariado.
Pero fue Max Webber quien se animó a emprender un estudio más fenomenológico que valorativo, más explicativo que ideológico. Sería él quien definiría el Estado moderno a partir de dos elementos constitutivos: el monopolio legítimo de la fuerza y la presencia de un aparato administrativo que tiene la función de ocuparse de la prestación de los servicios públicos.
De acuerdo con el catedrático de la Universidad Autónoma de Madrid, Elías Díaz, ha habido cuatro tipos de Estado: el Estado absolutista, el Estado Liberal, el Estado Social y el Estado Social Democrático. Sin embargo, no todos ellos pueden considerarse como Estado de Derecho. En palabras del académico: «Un Estado con Derecho (todos o casi todos lo son) no es, sin más, un Estado de Derecho (sólo algunos cumplen sus requisitos). Éste implica -en términos no exhaustivos- sometimiento del Estado al Derecho, a su propio Derecho, separación y control de los poderes, y actuaciones todas del Estado por medio de leyes, creadas éstas además según determinados procedimientos de alguna abierta y libre participación popular, con respeto pues para derechos fundamentales concordes con tal organización institucional».
Sin embargo, no pocas veces tan importante salvedad jurídica ha sido puesta de lado por reputados estudiosos del Estado. Uno de ellos fue el alemán Carl Schmitt, quien nunca ocultó su menosprecio por los postulados de la doctrina liberal (con su diseño institucional de balances y contrapoderes), así como también por los modernos desarrollos teóricos de la Filosofía del Derecho. En una oportunidad llegó a opinar: «Es en las situaciones de guerra civil, como bien lo supo Thomas Hobbes, cuando quedan sepultadas todas esas ilusiones legitimistas y normativistas con las que, en tiempos de seguridad no estorbada, gustan los hombres de engañarse a sí mismos acerca de las realidades políticas».
Para este maestro del pragmatismo legal, la noción del Estado suponía el concepto de lo político. Aún retumba en el ámbito de las ideas la frase que insufló de vida al constitucionalismo nazifascita y que fue escrita, en un estilo directo y sencillo, en un famoso ensayo titulado El concepto de lo político: «El criterio que define a la política, aquel al que pueden reducirse todas las acciones y motivos políticos, es la distinción entre el amigo y el enemigo».
Para Carl Schmitt el estudio sereno de la historia pone de relieve que los pueblos interactúan a partir de relaciones de afinidad (que posibilitan los tiempos de entente) y de rivalidad bélica (que determinan los períodos de guerra). En su opinión, la adopción colectiva de posturas nobles e idealistas, como el pacifismo o la neutralidad, no traen aparejada la eliminación de los conflictos políticos, sino, por el contrario, la desaparición de las comunidades débiles, temerosas e irresolutas.
Lo inevitable, pero también lo necesario, de la existencia del enemigo, animan al jurista a esbozar las premisas básicas de una teoría polemológica. De este modo, adelanta una consideración básica: no cualquier presencia incómoda o ajena sirve para aglutinar políticamente a una sociedad. Sólo califica como enemigo aquella persona, etnia, agrupación o nación capaz de ser percibida como amenaza pública, capaz de representar un riesgo real de lucha, dominación y derramamiento de sangre. En sus propias palabras: «El enemigo político no necesita ser moralmente malo, ni estéticamente feo, no hace falta que se erija en competidor económico, e incluso puede tener sus ventajas hacer negocios con él. Simplemente es el otro, el extraño, y para determinar su esencia basta con que sea esencialmente distinto y extraño en un sentido particularmente intensivo».
Todos los ordenamientos constitucionales modernos encomiendan al Estado garantizar la paz, el orden público y la seguridad de los bienes patrimoniales. Sin embargo, no pocas veces este mandato legal ha servido de pretexto para que los principales funcionarios del Estado, en una calculada operación de manejo de la opinión pública, procedan a declarar la presencia de un enemigo interno (por ejemplo, «los escuálidos»); una presencia maligna y corruptora que pueda justificar la aplicación, en la política nacional, de los métodos y armamentos vedados por la ley, pero de uso tolerado y justificado en situaciones de emergencia o conflagración externa. Se trata de dar con ese Emmanuel Goldstein que justifique, como en 1984 la novela de George Orwell, la práctica de los dos minutos del odio.
Algunos estudios científicos han arrojado luces sobre la influencia que el binomio amigo-enemigo ejerce en la psique humana. En noviembre de 2007 la revista Nature publicó una investigación de Kiley Hamlin, profesora de la Universidad de Yale, donde se afirma que ya a los seis meses de edad los bebés dan muestras de evaluar el entorno social y creer distinguir entre amigos y enemigos.
«La capacidad de evaluar a otras personas es fundamental para convivir en el mundo social. Los seres humanos deben poder analizar las acciones o las intenciones de las personas que los rodean y tomar decisiones precisas sobre quién es amigo o enemigo. De hecho, todos los animales sociales se benefician de la capacidad de identificar características de los individuos que podrían ayudarlos y de distinguir entre esos individuos y otros que podrían dañarlos», explica Hamlin en la nota informativa.
El estudio consistió en presentar a un grupo de bebés, en edades comprendidas entre 6 y 10 meses, un video de dibujos animados donde el protagonista, un bloque de madera redondo y con ojos vivaces, intentaba infructuosamente subir una cumbre. Transcurrido unos segundos, aparecían en escena un personaje «bueno», que lo ayudaba a subir, y un personaje «malo», que lo empujaba hacia abajo. Luego de la proyección, los investigadores ofrecían a los bebés una representación de la caricatura buena y otra representación de la caricatura mala. La mayoría de los pequeños tomó de la bandeja al personaje bueno.
«Después hicimos un segundo experimento. Les mostramos otro video animado a los bebés. En esta ocasión, el protagonista trataba de hacerse amigo tanto del personaje bueno como del personaje malo. Esta situación de ambigüedad causó una notable sensación de incomodidad y extrañeza en los pequeños, la cual se evidenció en todo momento en sus rostros y reacciones», comentó Hamlin.
Los maestros de la manipulación a gran escala saben que la masa reproduce el comportamiento infantil. Ellos saben que, tal como advertía Elías Canetti, la masa siempre quiere creer y necesita contar con una clara dirección, aquella que le brinda el líder carismático y siempre esclarecido, quien tiene la virtud de conocer muy bien la identidad del enemigo.
La explotación política de la figura del enemigo desencadena muchos efectos perjudiciales para la vida cotidiana de hombres y mujeres. Uno de ellos es la deshumanización del otro. El psicólogo social Philip Zimbardo, en su imprescindible libro El efecto Lucifer, nos advierte que la deshumanización funciona como una catarata que empaña el cerebro, nubla el pensamiento y niega a otras personas su condición de seres humanos. «Esta táctica de manipulación hace que las otras personas lleguen a verse como enemigos merecedores de tormento, tortura y exterminio».
Esta especie de catarata, que produce la deshumanización, cubre la mente de Gabriela Ramírez, la denominada defensora del pueblo, cuando irrespeta la dignidad de los estudiantes y profesores declarados en huelga de hambre en el PNUD, al invitarlos a un amistoso desayuno. También se registra una peligrosa e impune deshumanización cuando Alberto Nolia, espoleado por la risita burlona de la periodista Tania Díaz, aprovecha su participación en el programa Dando y dando, transmitido en la televisión pública venezolana, para comparar con un despreciable cochino a un estudiante que, en un video nocturno, sale comiéndose un cachito detrás de una suerte de improvisado biombo. Dice que este estudiante no respeta la huelga de hambre y no tiene dignidad. Y entonces, al oír estas emponzoñadas palabras, todo cobra sentido. Se revela la lógica bastarda del entimema deshumanizador: el estudiante (el opositor, el escuálido, el cipayo, el contrarrevolucionario, el lacayo del imperio) es un cerdo, luego no tiene dignidad. Porque en esas andamos: La revolución, como la mítica Circe, convierte a los hombres en cerdos. Y como escribieron en un cartel los cerdos de Rebelión en la granja: «Todos los animales son iguales, pero algunos animales son más iguales que otros».
Nolia y Díaz se permiten ese tonito entre irónico y perdonavidas porque son fieles creyentes de la eternidad, porque piensan que el miedo que inocula aquel que todo lo puede y todo lo graba no desaparecerá jamás. Desconocen ambos lo vivido y lo sabido por el escritor checo Ivan Klima, sobreviviente del nazismo y el comunismo: «El miedo que descansa en las camas de los que no tienen poder da un fuerte ímpetu a sus sueños y a sus acciones. Una persona sin poder anhelando escapar de su ansiedad, usualmente encuentra dos caminos: escapar más allá del poder hostil o convertirse en poderoso él mismo. El miedo engendra sueños de grandeza».

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