lunes, julio 31, 2017

¿Cuántas veces muere un cadáver?

Como si de una función continuada se tratase, los venezolanos asistimos a la repetición de una película vieja, que no conoce los beneficios tecnológicos de la «remasterización». Esta cinta añeja bien pudiese llamarse «El fin de la República»  o «El fin de la democracia», porque tales son las expresiones pronunciadas o escritas por la más reciente promoción de egresados de la escuela del «Ahora sí», hermanas de Facultad de las venerables escuelas cognoscitivas del «Trapo Rojo» y el «Pote de humo».
Miembros ilustres de la cohorte del «Ahora sí» son, qué duda cabe, los expertos y académicos obsesionados por mirar el mundo únicamente con el enfoque económico de las decisiones racionales, la  teoría de juegos, las estructuras de incentivos, los análisis costo-beneficio y las estrategias de salida. También figuran los «civilistas de la hora undécima», un grupo  formado por aquellos disidentes del chavismo militarista y caudillista, que sienten que no tienen culpas que expiar ni despropósitos que aclarar a nadie, por hallarse bendecidos y afortunados por el «eterno e incuestionable prestigio moral» de la militancia en las filas de la izquierda rebelde y antiimperialista. El cuadro lo completan aquellos líderes de opinión reacios hasta ayer a mencionar categorías políticas cuyo origen y significación desconocen (tiranía, dictadura, totalitarismo); sujetos que en su fuero interno, y al mejor estilo de la humorada de Oscar Wilde, no desean educarse, sino ser tenidos por educados…
Pregunto: ¿cuántas veces muere un cadáver? Infinitas, a juzgar por el empeño de ciertos opositores de matar y resucitar a la «república» y la «democracia» con cada nueva tropelía del poder dictatorial y neototalitario. De modo que la «democracia» y la «república» terminan por parecer la encarnación en la Tierra de los míticos hímenes de las huríes coránicas, cuyos tejidos son capaces de regenerarse una vez culminada la penetración del yihadista premiado con el Paraíso.
Pero un cadáver no puede morir dos veces. En Venezuela no hay república ni democracia desde 1999. Ese año el chavismo, los notables y los magistrados de la Sala Político Administrativa de la extinta Corte Suprema de Justicia se las echaron al pico. Sin embargo, comprendo que es humano, demasiado humano, que dirigentes tránsfugas ―o destetados bruscamente del erario―, así como electores refractarios a asumir las consecuencias políticas de su irresponsabilidad ciudadana, hagan coincidir el fin de la república con la fecha siguiente al día de su deserción de las filas revolucionarias.
Como el diabético que subestima su condición, se come todos los dulces de la pastelería y abre las puertas con sus excesos al coma diabético, las amputaciones o incluso la misma muerte, ayer el gobierno decidió empacharse de un poder que no está en capacidad de digerir. Lo lamentable no será su previsible deceso, sino la cauda de muerte y dolor que traerá a miles de familias venezolanas.
Que esta tragedia nacional sirva para hacer un mejor diseño institucional para la Venezuela del futuro, cuyo advenimiento no se halla tan lejano como piensan los pesimistas de la oposición y los optimistas del gobierno. Ojalá se consiga conjurar el demonio de la reelección ―origen de todas las guerras venezolanas―, se establezca el balotaje o segunda vuelta, se recorte el período de gobierno, se suprima el engañoso e incumplible «referendo revocatorio» ―excusa para la colusión de los poderes públicos y fuente de ingobernabilidad, se impida a los magistrados de la Sala Constitucional fungir como poder constituyente de facto ―hasta el punto de desfigurar y hacer irreconocible con sus sentencias el régimen de libertades, prohíba la actividad proselitista de doctrinas antidemocráticas, antirrepublicanas y cainitas, se elimine el fuero militar y se consagre la eliminación de los derechos políticos a los participantes en golpes y asonadas. Aunque lo más importante será, a mi juicio, infundir en la sociedad venezolana una conciencia cabal de las implicaciones del sufragio, porque como señala el escritor español Javier Marías: «un voto acarrea consecuencias colectivas e irremediables, a lo largo de cuatro años o más. No sólo hay un “día siguiente” tras unas elecciones o un referéndum, sino que hay decenas de interminables meses siguientes, durante los cuales a los elegidos les da tiempo a propugnar nuevas leyes y liquidar las existentes, a suprimir derechos, a disolver el Parlamento y controlar la prensa y a los jueces, a decidir que ya no habrá separación de poderes; en el peor de los casos que ya no se podrá volver a votar; y que todos los disidentes serán declarados traidores y subversivos. En unas elecciones se otorga poder real, y justamente en ellas es donde menos se puede sucumbir al cabreo, a la impulsividad, al mero afán de “desalojar”. Porque siempre se “aloja” a otro, quizá aún peor».
Juzgo importante aclarar en estas líneas que no estoy a favor de la violencia. Respeto la vida humana. No veo nada glorioso en la muerte. No preciso de mártires ni tampoco de existencias malogradas cuyo sacrificio sea menester honrar. Pero mi apego a estos principios no me impide observar los riesgos de la ingenuidad, de la insensatez de negar que en el mundo existe la maldad, las ideologías con vocación de dominio perenne, los sujetos con naturaleza de esbirro y comisario, los especialistas en inducción de psicosis colectivas, los mandones con ganas de ver arder «la ciudad eterna». El gobierno debe frenar su orientación tanática, porque al comportarse como todos los sistemas totalitarios, contribuye a la concientización de una verdad histórica: Hitler, al burlarse continuamente del pacifismo y la política de pactos de Chamberlain, dio legitimidad absoluta al uso de la violencia... Ojalá los mandamases puestos en Venezuela por la Cuba castrista reflexionen, aunque a decir verdad no me hago esperanzas: los arrastra la misma mentalidad fanática, de ciega inmolación, que precipitó el  final de los «davidianos» del rancho de Waco.

PD1: Dice el líder a sus seguidores: «Cuando digo “soy”, quiero decir “somos”» y al escucharlo me siento como un espíritu antiguo, uno proveniente de un mundo poblado por hombres y mujeres que cuando querían decir «somos» decían «somos», y no pretendían ocultar su egoísmo con frases de supuesto brillo intelectual.


PD2: Una duda: ¿Y cuándo ese mismo líder, sentado frente a un copioso banquete en Miraflores, dice  «como» querrá decir «comemos»? En fin, es tan falso que ni el código QR del carnet de la patria lo reconoce…

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