miércoles, agosto 21, 2013

Los hipocondríacos salvajes

No hay ser más feliz en el mundo que un hipocondríaco con una póliza de seguro (sobre todo cuando goza de una amplia cobertura y disfruta las mieles de un bajo deducible). Es como un titán siempre convaleciente, que se adentra en los bosques embrujados del sistema de salud para allí encarar, en consultorios médicos y salas de emergencia, las emboscadas tendidas por la muerte.
Obsesionado con el tránsito hacia el más allá, el hipocondríaco es un perseguidor de padecimientos crónicos, de enfermedades mortales. También, por supuesto, un erudito; uno que no pisa bibliotecas ni se sienta en aulas universitarias, sino que frecuenta los cálidos espacios de las salas de espera para compartir, con sus colegas pacientes, los avances encontrados durante su navegación por internet. Porque sabido es que una segunda opinión siempre es buena, así sea la de un tuitero identificado con el sugestivo usuario de @brujodecarayaca…
La medicina es un asunto muy serio como para dejarlo únicamente en manos de los médicos. De allí que el hipocondríaco, acicateado por la indiscutible autoridad moral que le brinda su íntimo conocimiento del propio cuerpo («Este ruidito no lo tenía ayer», «La acidez me comenzó a golpe de mediodía», «Siento una bolita que me sube y me baja»), no vacila ni por un segundo en echar mano de su mejor aliado tecnológico: el motor de búsqueda de Google. El torrente de páginas encontradas le permite deleitarse con la lectura de archivos PDF en los que se resumen abstrusas ponencias académicas acerca de enfermedades extrañas. De igual modo, consigue inusitada fruición en la consulta de portales de divulgación científica, con artículos y reportajes interactivos sobre síntomas, síndromes, etiologías y posibles complicaciones en los resultados de las pruebas hematológicas. Ebrio de enrevesados términos de la jerga médica, nuestro sufrido amigo concluye invariablemente: «¡Ay Diosito! Ahora sí es verdad que no la cuento»).
Si el escritor Víctor Hugo lleva razón y la felicidad del malvado es una felicidad negra, entonces, por analogía, la felicidad del hipocondríaco es una felicidad ocre, cetrina, amarillenta (como ese color que delata las fallas hepáticas). Un sentimiento de intensa alegría que se alimenta de la contradicción interna que consume al sujeto que, aunque anda, come y duerme como todas las personas saludables, sin embargo, se halla muy mal.
No hay peor avilantez que contradecir el testimonio autobiográfico de un hipocondríaco. Entonces el indiscreto opinante pasa a ser objeto, inmediatamente, de todo tipo de imputaciones. Se le acusa de no valorar la existencia humana, de desdeñar el dolor ajeno, de carecer de sentimientos empáticos, de querer apropiarse de los bienes del difunto (a pesar de que quizás ni haya bienes ni tampoco difunto). La consecuencia lógica de tan paroxística escalada es la denominada «maldición gitana»; un ardid truculento mediante el cual el enfermo imaginario condena a sus descendientes a repetir su trágica suerte (no olvidemos que la única herencia que reciben los pobres son las taras genéticas): «¡Mírense en este espejo, infelices! ¡Dejen de burlarse! ¡Lo que les va a pasar a ustedes ya está escrito: por sus venas corre mi adn piche…».
Este demoníaco maleficio del «adn piche» pone en evidencia la relación enfermiza que mantiene el hipocondríaco con la ciencia genética. Mientras muchas personas nacidas en las amplias riberas del tercermundismo escarban alrededor de su árbol genealógico para sacar de las raíces algún antepasado (aunque haya sido un facineroso) de origen europeo o estadounidense que abra la senda de la ansiada nacionalización, el hipocondríaco menea frenéticamente el follaje genético para procurar tumbar el fruto podrido de una enfermedad hereditaria incurable: epilepsia, diabetes, glaucoma… cualquier vaina es buena a la hora de meterle ese coñazo al seguro e iniciar, así, el excitante ritual burocrático del escaneo de exámenes (¿cuál será el peor de los suplicios: mirar las fotos vacacionales de un turista u observar al trasluz las radiografías de un hipocondríaco?), el envío de facturas farmacéuticas, la rellenadera de planillas, la consignación de documentos, la entrega de cartas avales y la autorización  de la bendita «clave», sin la cual no hay atención ni hospitalización en las clínicas caraqueñas. El único escollo verdaderamente infranqueable viene dado por el ominoso listado de clínicas y de médicos tratantes, figura contractual esgrimida por las empresas aseguradoras para yugular gran parte de las iniciativas de libre emprendimiento patológico acometidas por el sedicente valetudinario.
Por supuesto que hay hipocondríacos que no joden tanto y salen baratos: son aquellos que durante toda su vida no pasan de un catarro o de una vulgar diarrea. Sin embargo, es preciso aclarar que la experiencia cotidiana nos demuestra que son la excepción. La tendencia es clara: los hipocondríacos de raza, los químicamente puros, no se amilanan ante la guadaña de la muerte y actúan con vocación de grandeza. Son espíritus visionarios que siempre están en procura de virus desconocidos, de nuevos cuadros mórbidos, de cepas bacteriológicas de reciente mutación, de enfermedades cuyos nombres impronunciables sólo aparecen en crucigramas de oscuros periódicos. Un complejo cúmulo de desafíos nosológicos que ponen a prueba a las mentes más agudas de la medicina moderna. Porque una cosa debe ser proclamada: han sido los batallones de incansables hipocondríacos los verdaderos padres materiales de las especializaciones y los postgrados médicos (Nota: abundan los hipocondriacos que, gracias a sus sistemáticas lecturas científicas, han logrado tal grado de familiarización con las voces antiguas, contenidas en los orígenes etimológicos de los vocablos médicos, que ya saben latín y griego y son capaces de leer las obras de Galeno e Hipócrates en su lengua original).
Y aunque dicen desconfiar del otro, por considerarlo fuente permanente de enfermedades, lo cierto es que los hipocondríacos mantienen una relación de dependencia morbosa (no podía ser de otra forma) con sus semejantes. En esencia, el hipocondríaco es un ser social, porque necesita trabar contacto con otros sujetos para poder enfermarse. Podemos afirmar que, en el controvertido campo de la psicología de masas, las dos únicas vivencias que un hipocondríaco estaría dispuesto a padecer, para así luego poder decir que se va a morir, son la epidemia y la cuarentena. Tanto en la epidemia (alegría contagiosa) como en la cuarentena (encierro vip), el hipocondríaco puede desfogar, por fin, su reprimido sentido de pertenencia a un grupo: nosotros los hipertensos, nosotros los bulímicos, nosotros los herniados…
Así como el maestro ruso Konstantín Stanislavski reveló a la humanidad el truismo aquel de que el actor se prepara; parientes y amigos pueden y deben llevar agua al molino de las perogrulladas y testimoniar, de este modo, las muchas maneras como un hipocondríaco se prepara para salir a escena en el teatro de la vida. Para ello apela a técnicas básicas de histrionismo que apuntalen su marcada tendencia psicológica al victimismo. He allí, pues, un axioma irrefragable: sin drama no hay hipocondría. Ya lo demostró el sabio Moliere cuando perfiló las características psicológicas de uno de sus personajes más famosos, Argan, el enfermo imaginario, quien, campanilla en mano, se regodea en reclamar a los suyos una supuesta maldad e indiferencia: «¡Tilín, tilín, tilín! ¡Pícaros de todos los diablos! ¿Es posible que abandonen de este modo a un pobre enfermo? ¡Tilín, tilín, tilín! ... ¡Cabe nada más lastimoso! ¡Tilín, tilín, tilín! ¡Dios mío me dejan morir solo! ¡Tilín, tilín, tilín!».
¿Pero cuándo se cura un enfermo imaginario? Mi experiencia me dice que los tales malestares terminan luego de asestarle un duro golpe a la economía familiar, cuando se compran  un viaje de medicinas que nunca serán tomadas porque siempre, a última hora, es preferible probar suerte con los «milagrosos» mejunjes de la medicina naturista, cuyos extractos de zábila jamás pegan en el estómago. Los hipocondríacos son longevos. Quienes sí mueren jóvenes son los integrantes del entorno familiar, esos pobres sujetos que cuando no fueron elenco fueron público.
Llega el fin de semana. Visito la casa de mi tío hipocondríaco y presencio su dramatismo doméstico. Escucho con desgano las interminables jeremiadas de este hombre que nació muriéndose. Al ver su teatro de corte callejero, confieso que no me sorprendería que un día de estos le cuente a la familia que le detectaron un cáncer en la trompas de Falopio (esa como caramera interna) con metástasis en el útero. Total, dicen que la mente lo puede todo. Y visto bien, qué carajo pueden los cromosomas XY ante la imaginación calenturienta de un obsesionado con la muerte.

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miércoles, marzo 21, 2012

Breve guía para montar sus propias misiones

¿Preocupado por rodar y rodar en las encuestas? ¿Temeroso de las historias de «maleteo»? ¿Urgido de apuntarse unos puntos con su pareja? ¿Frustrado porque, cual Chavo del ocho, siente que ya no le tienen paciencia? ¡Tranquilo! ¡No se angustie más! ¡La izquierda progresista y viva la pepa le ofrece la respuesta a todos sus problemas! ¡Una mágica solución que le permitirá mantener vivito y coleando su hiperliderazgo! Ahora con ustedes el mejor invento del siglo XXI e incluso del tercer milenio: las misiones. ¡No pierda esta oportunidad histórica de disfrutar de un producto populista de calidad garantizada! (Dictador facultativo: Fidel Castro). Si no gana diez elecciones consecutivas le devolvemos su dinero, sin hacer preguntas. Llame ya a los números que aparecen en pantalla. Nuestras operadoras lo están esperando…






Diez minutos después:






¡Felicitaciones amigo (a)! Usted ha comprado un producto de vanguardia y de reconocido prestigio en el mundillo de la demagogia internacional. Prepárese pues para mandar hasta que se le pudra la vesícula. Pero eso sí: antes sírvase de leer detenidamente las instrucciones del siguiente manual de instalación de misiones:

MANUAL DE INSTALACIÓN

Paso 1: Identifique la existencia de un día «D»

Si algo nos han enseñado los grandes maestros del populismo reeleccionista latinoamericano es que la única razón para anunciar el lanzamiento de una nueva misión es la posibilidad real de perder, como diría un abogado, el «usufructo de la cosa». Por tanto, deje de lado el bienestar colectivo, la suprema felicidad de los pueblos y otras zarandajas sentimentales, y revise detenidamente la presencia en el calendario de fechas decisivas para la continuidad de su gestión como el chivo que más micciona, ya sea en el ámbito familiar, ya sea en el micromundo laboral (aniversario de matrimonio, cumpleaños de la pareja, visita de la suegra, ascenso laboral, plan de reestructuración). Cuando no haya eventos institucionales que pongan en peligro su permanencia en «el coroto», lo más recomendable es hacerse el loco y entonar viejos pasajes llaneros («Linda Barinas, tierra llanera / caminos de palma y sol / cuando se pone más bella/ siempre la tarde / cuando matiza el paisaje / pinceles de un arrebol»). También ayuda relatar jocosas anécdotas acerca del silbón o los espíritus de la sabana.

Paso 2: Seleccione su bandera social

Es el paso más fácil de ejecutar para todo aquel personaje ladino e incompetente, dado que lo desastroso de su desempeño profesional convierte prácticamente cualquier aspecto de la actividad humana en una causa reivindicativa que merece el respaldo de una nueva misión. Llegados a este punto, lo importante es saber «leer» las encuestas, los estudios demoscópicos e incluso los chismes de pasillo, para identificar los asuntos que más angustian a las personas que dizque se beneficiarán con la medida populista.

Paso 3: Prohíbase fallar

Haga un mea culpa público. Reconozca con humildad que, en su afán de garantizar la paz en todos los planetas de la Vía Láctea, quizás descuidó ligeramente sus responsabilidades ordinarias (hacer el mercado, llevar los niños al colegio, dar de comer al loro). No vacile en regañar por tarados e indolentes a sus colaboradores más directos. Finalmente, con los ojos inyectados de pasión mesiánica, lance una declaratoria de guerra a los enemigos del proceso (las viejas chismosas de la junta de condominio, los exmaridos de su pareja o el imperio norteamericano y sus lacayos escuálidos).

Paso 4: Cante el himno nacional

En el pomposo mundo del fariseísmo y la hipocresía sólo existe un modo de refrendar el compromiso con las causas más sagradas de la patria: entonar las gloriosas notas del himno nacional, en compañía de las desafinadas voces de los jalabolas de ocasión. Así que empiece: «Gloria al bravo pueblo…».

Paso 5: Lance la misión

Luego en cadena de Radio Bemba (pero también con oportunos tips informativos en Facebook y Twitter) comunique al «pueblo mesmo» la creación de una nueva misión demagógica, cuyo título no debe superar, por razones nemotécnicas, las dos palabras. Ejemplos: Misión Silicona (para atender a la pareja embaucada por los fabricantes franceses de implantes mamarios), Misión Escape (para revivir la pasión perdida con sorpresivas citas románticas), Misión Gourmet (para relevar a la esposa de la tarea de cocinar los fines de semana), Misión Cochina (para retomar los juegos de dominó con otros esposos sometidos), Misión Panamericana (para compartir hotel y mullido tálamo con fembra placentera) y Misión Chuchería (para llevar a los más pequeños a pasear los domingos).

Paso 6: Meta a sus compinches en la jugada

Aproveche el lanzamiento de la misión para anunciar el apoyo solidario de sus amigotes (cubanos, iraníes, bielorrusos, azotes de barrio, borrachitos o compañeros del softball), quienes, a cambio de un pago meramente simbólico (unos cien millones de barriles de petróleo por día, en el caso de los cubanos), se comprometen a brindar labores de asesoría técnica en el marco de la idea de la patria (y la rapiña) grande.

Paso 7: Active la fase uno

Con auténtica «cara de piedra» anuncie el comienzo de la primera etapa de su misión, a saber: la realización de un censo. Y puesto a ser cínico, aproveche la oportunidad y diga también que «dicha fase» tendrá una duración aproximada de seis meses (no importa que al final piense favorecer a cuatro gatos). Aproveche su carisma de comunicador social nato para dejar bien en claro que a usted sólo lo mueve el legítimo deseo de conocer la realidad (familiar, empresarial, venezolana) en su total y dramática dimensión. En resumen, usted sólo es un soldado.

Paso 8: Proceda al bembeo y al bombardeo mediático

Ha llegado la hora de la llamada «batalla de las ideas», también conocida como «guerrilla comunicacional», la cual, a efectos de esta modesta guía, debe interpretarse como una simple batalla de eslóganes demagógicos del tipo «conmigo manda mi esposa», «todo el poder para los suegros» y «soy una brizna de paja». La idea es desarrollar una campaña de mercadeo viral que permita la transmisión reiterada de mensajes propagandísticos que proclamen, en ritmo de salsa, tambores y reguetón, los logros reales e imaginarios de la nueva misión. Las piezas comunicacionales tienen que responder a la estética del videoclip y la lógica del testimonial (una pequeña alusión a una «historia de vida»). Lo importante es que la gente se aprenda la cancioncita e inconscientemente la tararee. No olvide la siguiente máxima: Donde hay repetición no hay pensamiento y en ausencia de pensamiento no puede darse una rebelión…

Paso 9: Divulgue los resultados del censo

Luego de seis meses de su declaración solemne de guerra a muerte, no faltará quien ose tildarlo de embustero. En este sentido, se hace imperativo acallar las voces de la jauría mediática. Para ello es menester revelar los datos definitivos del censo. Si durante estas jornadas de divulgación usted no se siente cómodo en el papel de «vocero», le recomendamos solicitar ayuda profesional a cualquiera de los milagrosos maquilladores de la plantilla del Instituto Nacional de Estadísticas. Lo importante es que usted pueda disfrutar del frenesí heurístico de descubrir el agua tibia.

Paso 10: Active la fase dos

Con el mismo cinismo que hizo posible cada uno de los pasos anteriores, proceda a autorizar el inicio de la segunda fase de la nueva misión, a saber: el inicio del registro nacional de «vencedores» y «vencedoras». Aproveche para aclarar, como quien no quiere la cosa, que esta fase «apenitas» durará otros seis meses.

Paso 11: Alimente la ilusión: apele a la lista de espera

La esperanza tiene su lado macabro, por algo era uno de los males apiñados en el mítico baúl de Pandora. Eche mano de este expediente, y como si se tratase de un operativo de trasplante de órganos o de uno de los sorteos del Kino Táchira, aliente a los preteridos de siempre con la hipotética existencia de una lista de espera. En este sentido, es imperativo transmitir testimoniales de supuestos triunfadores para que los perdedores alimenten sus sueños de gloria. Sólo en casos de extrema necesidad apele a recursos tan crueles como la presentación de maquetas o la inauguración de piedras fundacionales.

Paso 12: Celebre el aniversario de la misión

Aproveche la llegada del primer aniversario de la medida para anunciar con bombos y platillos el relanzamiento de la misión; una movida geoestratégica que consiste, en esencia, en utilizar el siempre efectivo ardid semántico de anteponer el adjetivo «gran» a un nombre ya desacreditado (verbigracia: Gran Misión Maqueta Venezuela). Finalmente, para que la cosa sea digna de figurar en los anales republicanos, sírvase retomar estas modestas recomendaciones desde el paso cuatro.

¡Gloria al bravo pueblo….! Bis.

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jueves, febrero 09, 2012

Breviario de campaña electoral

El año 64 a. C., Marco Tulio Cicerón propone su candidatura como cónsul. Entre los seis adversarios que debe vencer destaca Lucio Sergio Catilina, un golpista impenitente que se vale de las reglas políticas tradicionales para conspirar contra la república romana.
En un sistema social basado en la nobleza, la falta de antepasados ilustres en el Ejército y en el Senado constituye un lastre. Sin embargo, Marco Tulio ha conseguido ser el primer miembro de la familia Cicerón en ocupar una alta magistratura; lo hace tras ejercer el cargo de cuestor en la provincia de Sicilia. A los ojos de los votantes representa un homo novus. Un hombre nuevo que tiene que superar las viejas emboscadas de la lucha política.
Marco Tulio no baja solo al centro de la arena. Lo acompaña su hermano menor, Quinto Lucio, quien se ha animado a redactar un pequeño manual de instrucciones para el candidato de la casa. El resultado de estas reflexiones se conoce como el Breviario de campaña electoral, y constituye uno de los documentos más antiguos de lo que hoy se conoce como mercadeo político. Los lectores en español pueden consultarlo gracias a la editorial Acantilado, que publicó el pequeño estudio en 2003
El Breviario se inicia con una observación que no deja lugar a idealismos: durante el breve lapso de una campaña electoral valen más las apariencias que las cualidades naturales del líder, porque «los hombres se dejan cautivar por el aspecto y las palabras antes que por la realidad de su propio beneficio».
El candidato (etimológicamente, aquel que porta la toga blanca, toga candida en latín, para ser fácilmente identificado) más que empecinarse en transmitir la pureza de su trayectoria política, debe concentrarse en captar el apoyo de los grandes financistas; los empresarios llamados a patrocinar las actividades de proselitismo político necesarias para el contacto cara a cara con los votantes. «Procura, además, que todos aquellos que te deben algo y aquellos que desean debértelo se den cuenta de que no van a tener más oportunidad que ésta, los unos, de demostrarte su agradecimiento, y, los otros, de convertirse en deudores tuyos», aconseja Quinto Lucio.
La campaña electoral no es una campaña militar ni tampoco una guerra de guerrillas, por lo tanto se recomienda no abrir más campos de batalla que los estrictamente necesarios. Lo verdaderamente importante es sumar voluntades, juntar todos los apoyos posibles. «La palabra “amigo”, cuando eres candidato, tiene un significado más amplio que en tu vida corriente», señala el autor del Breviario, «de hecho, todo el que te demuestre alguna simpatía, que te trate con deferencia y que vaya a menudo a tu casa, ha de ser incluido en el círculo de amistades. Es necesario crearse amistades de cada una de estas clases: para las apariencias, hombre de familia y cargo ilustre que, aunque no se esfuercen en hacerle propaganda, al menos aumentan la dignidad del candidato; amigos para garantizarse la protección de la ley, los magistrados; y amigos para conseguir el voto de las centurias, hombres que gocen de una influencia muy particular. Pon especial insistencia en procurarte y asegurarte el apoyo de quienes tienen, o esperan tener, gracias a ti, el dominio de una tribu, una centuria o cualquier otro beneficio».
La palabra «traidor» mantiene su especificidad semántica, pero en tiempos de campaña electoral no conviene alborotar el cotarro con peanes y repiques de tambores. La mejor estrategia es, por mucho, la simulación: «Si oyeras decir o te dieras cuenta de que uno que se ha comprometido contigo te está haciendo, por así decirlo, el doble-juego, procura hacer ver que ni has oído ni sabes nada del asunto; si alguien, creyéndose sospechoso, quiere justificarse ante ti, sostendrás que nunca has dudado de sus intenciones ni crees tener motivo para ello (…) De todas maneras, conviene conocer los propósitos de todos para saber qué grado de confianza se puede depositar en cada uno de ellos».
Hay tres factores que conducen a un hombre a mostrar una buena disposición y a brindar su apoyo en unas elecciones: los beneficios, las expectativas y la simpatía sincera. Y en cuanto al secreto para ganarse el afecto de las muchedumbres, el autor propone la más clásica de las máximas: prometer, prometer y prometer. Un candidato jamás debe negarse a los pedimentos populares, porque, aunque muchos insistan en la supuesta naturaleza olvidadiza de las masas, lo cierto es que tanto el pobre como el rico atesoran en su memoria los nombres de aquellos que un día les dijeron que «no». Una aguda observación que viene a ser corroborada en nuestro país, más de dos milenios después, con los estudios de la Sociedad Venezolana de Psicología Positiva y el Departamento de Ciencias de Comportamiento de la Universidad Metropolitana, cuyas conclusiones revelan que el venezolano es un ser dado a la gratitud y la amabilidad, pero también es una persona contraria a perdonar.
Ahora bien, lo del resentimiento no es exclusivo de esta tierra y de estos tiempos. Seguimos con Quinto Lucio: «Todos son así: prefieren una mentira a una negativa. Gayo Aurelio Cota, un maestro en estrategia electoral, solía decir que tenía por costumbre prometer a todo el mundo sus servicios, a no ser que le pidieran algo en contra de su deber, y que se los ofrecía a aquellos a cuya disposición juzgaba muy conveniente estar. No decía que no a nadie, porque a menudo surgía algún imprevisto que impedía a cuantos había hecho una promesa que la aprovecharan, de manera que frecuentemente tenía menos exigencias de las que se había imaginado. Asimismo, aseguraba que no podía tener la casa llena de gente quien sólo acepta los compromisos que se ve capaz de honrar, que el azar ocasiona que vaya bien un asunto con el que no contabas, y, en cambio, que vaya mal otro que creías tener por la mano; por lo tanto, decía, lo último que se debe temer es que se enfade la persona a la que se la ha mentido. Las promesas quedan en el aire, ni tienen un plazo determinado de tiempo y afectan a un número limitado de gente; por el contrario, las negativas te granjean, indudable e inmediatamente, muchas enemistades; y es que son más las personas que piden poder disfrutar de los servicios de uno que las que, de hecho, acaban disfrutando de ellos».
Quinto Tulio Cicerón no dejó nada escrito sobre cómo atemperar el ánimo de aquellos sujetos que insisten en soliviantarse y escalar las acciones de protesta, cansados ya de tantas promesas incumplidas. Para este caso en particular, toca echar mano de los métodos, truquitos y lanzamientos «rabo e'cochino» de un connotado experto en comicios quien, puesto a censurar la protesta de un damnificado inexplicablemente molesto por no tener casa y vivir en un refugio desde hace dos años (¡hay gente delicada, en verdad!), tronó: «¡No permitas que el desespero te convierta en un contrarrevolucionario!». Lo que faltó fue agregar: «¡Hermanito, por el amor de Dioxxx, reflexiona, reflexiona!».

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jueves, febrero 02, 2012

Guevara, Ernesto, el guerrillero alucinado

Me imagino al camarada Valentín Santana, cada vez más solicitado (al menos por los cuerpos policiales), improvisando una pausa en su ajetreada agenda de terrorista impune, con el propósito de organizar, como otrora lo hiciera Francisco Mier, ilustre miembro de la junta directiva de la Sociedad Pasteur para el Fomento de las Artes, las Ciencias y las Industrias de San Rafael de Ejido (antes Sociedad Heredia), una representación teatral que lleve por título: «Guevara, Ernesto, el guerrillero alucinado».
Como ocurre siempre a la hora de echar a andar cualquier modesta iniciativa cultural, la gente de la comarca confía en que el promotor cultural sepa apañárselas para obtener la venia y la subvención de las instituciones del Estado. Es por esta razón que no resulta extraña la presencia, en medio de los ensayos de la obra, del rábula Robert Serra, diputado con habilidad para la oratoria estridente y la jaladera de bolas en modo «rodilla en tierra». Escena espartana completada por una pléyade de núbiles actrices que con la mano derecha empuñan un Kalashnikov y con la izquierda campanean, sin rubor alguno, un palito de ron; valquirias ilusionadas con la posibilidad de colgar, en sus respectivos perfiles de Facebook y Twitter, «unas cuantas fotiviris burda de cartelúas y criminales».
Todo era pura cultura. Todo era Shakespeare y Lope de Vega. En verdad había fuego en el veintitrés («Hay fuego en el veintitrés / en el veintitrés»); pero ni las llamas ni las pavesas tenían nada que ver con la ordinaria premura de un incendio. Aquello era el fogonazo enceguecedor del intelecto humano. Santana, ese como chamán del fuego, ofrecía a los asistentes al teatro de la vida momentos de plenitud espiritual. Lamentablemente, en hora aciaga, la felicidad nubló la mirada de los asistentes y no pudieron ver la llegada de la canalla apátrida. Una jauría de lacayos imperialistas que hábilmente disfrazados de paradisleros lograron capturar variadas imágenes del festín dramático, para luego, en la oscuridad de sus madrigueras mediáticas, trucar cada una de las fotos (montaje digital mata montaje escénico) y denunciar como una burda violación de la Lopna el trabajo abnegado de la Compañía Teatral La Piedrita. Entonces el drama se convirtió en astracanada y el telón se vino abajo...
«Estos menores (¿Qué pasó menol? ¿Pendiente de un beta? ¡No te pongas feo pa'la foto!) estaban haciendo una obra de teatro sobre la guerrilla de los años sesenta y cargaban con facsímiles (sic) de armas; esos niños son de la Brigada Ambientalista Guardianes de la Tierra. La contrarrevolución ha lanzado una campaña de criminalización de nuestros niños. Han manipulado irresponsablemente las imágenes. Pedimos a los funcionarios públicos más análisis de la situación y menos desespero (…) Reprochamos que la Conferencia Episcopal Venezolana nos condene, mientras que guarda silencio acerca de los numerosos casos de pedofilia que violentan a los niños y menoscaban la credibilidad de la Iglesia», puede leerse en un comunicado público del Grupo de Trabajo La Piedrita.
Estas acusaciones son, pues, una ofensa al reconocido dramaturgo popular Valentín Santana y a sus preocupaciones de promotor cultural. Preocupaciones que, seguramente, debieron haber transcurridos con estas aladas palabras: «Miren güones, ayer tuve una ráfaga de burdas de ideas. Por ejemplo, vacílense ésta: ¿qué les parece si montamos una obra de teatro con los carajitos de la Brigada Ambientalista Guardianes de la Tierra? La vaina sería en honor del camarada Ché y se llamaría «Guevara, Ernesto, el guerrillero arrebatado». ¿Qué dicen los panas revolucionarios mismos? ¿Qué? ¿Qué suena mejor «alucinado»? Sí va. De pana que el conocimiento es una construcción endógena y colectiva. Entonces, decidido: ¡Que la obra se llame «Guevara, Ernesto, el guerrillero alucinado»! ¡Más nada papá! ¡Media lata de yukerí por el chiquinais a los oligarcas del veintitrés de enero! Esta obra va a ser un tiro. Qué se los digo yo, ¡qué he echado unos cuantos…! ¡Hay fuego en el veintitrés, en el veintitrés…!»
Y es que ahora resulta que el colectivo La Piedrita es una compañía teatral y sus numerosos actos de violencia constituyen estéticas puestas en escena. Ahora resulta que los niños, fotografiados con armamento de guerra en las manos, participaban en un casting para seleccionar el elenco infantil de un proyecto dramático pendiente de estreno. Ahora resulta que el mural blasfemo, en el que puede verse a un cristo guerrillero, tan sólo es la pieza central de un decorado volandero. Ahora resulta, en fin, que en Venezuela «titirimundachi» es pendejo.
«No hay nadie, Amadeo. ¿No te das cuenta? No hay nadie… Nunca hubo nadie» gritó, fuera de sí, Cosme Paraima, vicepresidente de la Sociedad Pasteur para el Fomento de las Artes, las Ciencias y las Industrias de San Rafael de Ejido (antes Sociedad Heredia). Fue el modo de decirle a su viejo amigo que la representación del drama «Colón, Cristóbal, el genovés alucinado» había transcurrido sin público, porque todos los asistentes, menos uno ―uno que permanecía dormido―, se habían ido de la sala.
Ojalá que en la Venezuela de nuestros días las autoridades bolivarianas no se retiren de la sala inmensa que simboliza este país asombrado e indignado. Ojalá no se hagan los locos con quienes colocan ametralladoras y no libros en las manos de los niños, de nuestros niños. Ojalá no profundicen más, ―háganse ustedes ese favor― en la lamentable y costosa mojiganga que durante catorce años llevan siendo.

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lunes, junio 20, 2011

La enfermedad

El bochornoso hecho de que el presidente venezolano gobierne y apruebe leyes desde La Habana viene a confirmar la curiosa frase propagandística que nos alerta que, doscientos años después, la lucha por nuestra independencia continúa.
Seguramente abundará quien piense que, desde el punto de vista jurídico, no existe problema alguno, porque la soberana e independiente Asamblea Nacional autorizó la permanencia indefinida del jefe del Estado en Cuba, y ratificó, de paso, el carácter constitucional de los actos de gobierno consumados por Chávez en el exterior, a pesar del detalle, si se quiere anecdótico, de que el texto promulgado —el de la Ley Especial de Endeudamiento Complementario para el Ejercicio Fiscal 2001— no viene acompañado de las firmas de los miembros del gabinete ministerial, tal como lo exige la tan venerada Carta Magna.
No puede uno dejar de preguntarse cómo reaccionarían los parlamentarios chavistas si quien debiera gobernar a Venezuela desde el extranjero —por ejemplo, desde la ciudad de Washington— fuese un presidente o presidenta de signo político opositor. Entonces quizás abandonarían su relajada hermenéutica constitucional para plantear las implicaciones geopolíticas y militares de la ausencia indefinida del primer mandatario, e incluso alertarían acerca del peligroso carácter extraterritorial de las decisiones gubernamentales. Se trataría, qué duda cabe, de una nueva reedición de la jurisprudencia bolivariana de criterio sui generis: el golpe de Estado es bueno cuando lo da Chávez, pero criminal y violatorio de los derechos humanos cuando lo ejecuta otro factor de la política nacional.
Mucho lamentamos que el absceso pélvico, curado ya por milagrosos médicos antillanos, haya hecho metástasis en el tejido institucional venezolano. La muerte de treinta reclusos del recinto penitenciario El Rodeo, la oscurana de fin semana que afectó la vida productiva de los zulianos y las denuncias acerca de 178 ejecuciones policiales y secuestros en Barinas, nos hablan de un país asolado por la indolencia y la corrupción, de una nación enferma y sin dolientes…
Suerte muy contraria a la del revolucionario convaleciente en La Habana. Allí la salud de Chávez es cuidada con esmero, dado que es el hombre que pone a disposición de Cuba cien mil barriles de petróleo diarios para que los hermanos Castro puedan revenderlos en el exterior y quedarse, para decirlo con un arcaico malandrismo caraqueño, con algo de fuerza. Pero Chávez es también la figura providencial que promueve la firma de un convenio binacional que sienta las bases de una peculiar «relación comercial» por 1.300 millones de dólares.
En tres palabras: un amigo poderoso, como bien lo define la bloguera Yoani Sánchez en un artículo publicado en el diario madrileño El País: «Una vez instalado el teniente coronel en el palacio de Miraflores y con el sustento material que comenzó a enviar hacia esta isla, el gobernante Fidel Castro encontró un modo más centralizado y menos peligroso de aliviar las arcas nacionales (…) Chávez no sólo pasó a ser el más fuerte aliado político en la región, sino que apoyados en sus petrodólares los dirigentes cubanos dieron otra vuelta de tuerca al rigor ideológico. Los vimos renacer de sus cenizas, literalmente, volver a la carga con convocatorias multitudinarias en todas las provincias y con costoso actos de reafirmación revolucionaria».
Nada distinto a lo vivido en la tierra de Bolívar, donde, en el año 2010, según la memoria y cuenta del Ministerio de Comunicación e Información (Minci), los venezolanos tuvieron que calarse, en vivo y directo, un promedio de tres apariciones diarias del caudillo iluminado en la red de medios del Estado. Un afán propagandístico, un malsano endiosamiento de la personalidad del líder, que costó la bicoca de 35 millones 223 mil 274 bolívares (no son millardos de bolívares gracias a la pícara y caribeña corrección monetaria de tres ceros aplicada por el Banco Central de Venezuela); cifra que debe sumarse a los 27 millones 143 mil 200 bolívares gastados por concepto de «socialización comunicacional de la gestión presidencial». Adicionalmente, el Ministerio para las Comunas y Protección Social menciona en su informe anual 2010 una erogación de 8 millones 227 mil 232 bolívares para financiar la formación socialista (adoctrinamiento) en el marco del programa «Escuelas del Poder Popular», con la participación estratégica de profesores cubanos.
El pasado 5 de junio, en medio del boato revolucionario, Chávez y una comitiva de 150 acompañantes emprendieron una gira de ocho días por tres países aliados (Brasil, Ecuador y Cuba). Según cifras reveladas por el diputado Carlos Berrizbeitia, este viaje de «negocios» le costó al Estado venezolano 1.400.00 dólares. El 8 de junio, en medio de la visita número 57 a La Habana, el presidente fue operado de emergencia de un absceso pélvico (semanas atrás el primer mandatario debió suspender una gira diplomática por problemas en una de las rodillas). El canciller Nicolás Maduro se limitó a informar que Hugo Chávez había presentado «una dolencia de salud» y, que luego «de exámenes diagnósticos», había sido «sometido de manera inmediata a un procedimiento quirúrgico correctivo».
Luego de este primer anuncio, la enfermedad y la convalecencia de Chávez han transcurrido en absoluto misterio. El vicepresidente Elías Jaua sólo ha considerado conveniente reafirmar ante la opinión pública su absoluta fidelidad, no al sistema democrático venezolano (con esas fastidiosas leyes e instituciones que siempre pueden burlarse), sino al líder máximo (cuya presencia física encarna y determina la revolución bolivariana). Un razonamiento que viene a corroborar el hecho de que en Venezuela hace años que pereció la democracia, porque, en estos casi trece años de oscuridad y autoritarismo fascista, el país ha retomado la antigua noción del gobernante como personaje escindido: hombre y semidiós; cuerpo e institución; esa ficción medieval de los dos cuerpos del rey, estudiada a fondo por el erudito Ernst Kantorowicz (existe una versión española del libro, publicada por Alianza).
En el ensayo La imagen del cuerpo y el totalitarismo, publicado en la revista mexicana Letras Libres, el filósofo francés Claude Lefort reflexiona: «Lo que más me importa es poner en evidencia, someter a la interrogación de ustedes la imagen del cuerpo político en el totalitarismo. Esta imagen que, por una parte, exige la exclusión del otro maléfico (el extraño, el enemigo, el traidor) y simultáneamente, se descompone en la de un todo y en la de una parte que va en lugar del todo, de una parte que reintroduce paradójicamente la figura del otro, del otro omnisciente, todopoderoso, benéfico: el militante, el dirigente, el Ególatra. Este otro, ofrece él mismo, su cuerpo individual, mortal, ataviado con todas las virtudes, cuando se llama Stalin o Mao o Fidel. Se trata de un cuerpo mortal que es percibido como invulnerable, que condensa en él todas las fuerzas, todos los talentos, desafía las leyes de la naturaleza por su energía de supermacho (…) La mejor manera que tenemos de reconocer la revolución democrática moderna es una mutación: nada de poder ligado al cuerpo. El poder aparece como un lugar vacío y aquellos que lo ejercen como simples mortales que no lo ocupan sino temporalmente».
Pero alguien tiene muy claro la necesidad de desacralizar el cuerpo de Hugo Chávez Frías: su amigo personal Raúl Castro. Para entender el fenómeno volvemos a la prosa de Yoani Sánchez: «Muchos analistas coinciden en que la nueva apertura al trabajo por cuenta propia en Cuba está dada en parte por la convicción de Raúl Castro de que Chávez no permanecerá mucho tiempo más en el poder. Pero mientras esté sentado en la silla presidencial le colgará —como peso casi muerto— una nación de once millones de habitantes y una sola ideología permitida (…) El riesgo de despertar un día y comprobar que Chávez no está, como una vez le ocurrió al Muro de Berlín, flota como una sombra sobre esta nueva dependencia. Pero el temor inmediato parte de algo que ya vivimos, un déjà vu que por estos días nos alarma. Mientras el socio poderoso y externo nos sostenga, cuán poco podrán desarrollarse nuestras frágiles piernas de nación, cuánto más se retrasará la necesaria independencia».
Vivimos tiempos oscuros...

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domingo, marzo 27, 2011

¿Y ese es tu líder?

Entre nosotros, ya no existen modos de invocar la ingenuidad. En Venezuela, transcurridos doce años de concentración de atribuciones legales y extraconstitucionales, no hay un solo resquicio de la vida institucional que pueda ser interpretado como un terreno baldío, sometido a las fuerzas del azar y el interés privado. Pillajes, traiciones y disparates alimentan una atmósfera pestilente difícil de disimular, dado que el egocentrismo jamás será grandeza, el expolio nunca será justicia y la sumisión no dejará, en nuestros labios, algo parecido al sabor de la dignidad.
Hubo un tiempo en la historia reciente del país en que los llamados bolivarianos no desaprovechaban una oportunidad para ensalzar la talla moral e intelectual de su líder fundamental. Afirmaban, orgullosos, que era el padre de la democracia verdadera. Un hombre de corazón puro, un predestinado, una suerte de titán, que deslumbraba por su asombrosa capacidad intelectual. Todos los chavistas se esmeraban en reproducir, cuando conversaban con familiares o desconocidos, los neologismos más rutilantes de la germanía presidencial, acaso porque pensaban que con cada sílaba pronunciada se fundían con el mito —con el juramento del Samán de Güere, con el escapulario de Maisanta—. Experimentaban la atávica fascinación por el lenguaje del vencedor.
Y entonces, envalentonados, embestían contra el ciudadano opositor, que era minoría, y criticaban lo precario de sus líderes. Se burlaban, por enésima vez, del filósofo del Zulia y su frase culmen («Si me matan y yo me muero»); ironizaban sobre la recién formada mesa de la unidad democrática y motejaban sus estrategias de lucha de protestas guarimberas, entre otras razones, porque ése era el discurso puesto a circular por Mario Silva y Alberto Nolia en los albañales mediáticos desde los cuales aún pretenden disfrazar de periodismo sus respectivas miserias.
Es pertinente acotar que al principio esta ardorosa defensa del líder no comportaba mayores complicaciones. El teniente coronel parecía desarrollar una agenda social y tenía billete para apuntalar su credibilidad. Además, cantaba y echaba chistes, una cosa que siempre agradecen los hombres y mujeres de vidas aburridas. Pero un día, que cuesta precisarlo en el calendario, la cosa cambió, porque el líder, otrora desprendido, comenzó a pedir mucho más que un sentimiento de afinidad política. Manifestó, explícitamente, su deseo de permanecer en el poder. Luego optó por el desatino de encadenarse en los medios de comunicación y dejar constancia, en horas y horas de grabación, de su naturaleza ramplona y primitiva. Fue así como los ingenuos se enteraron de que las misiones no eran de gratis y que ser chavista implicaba requisitos: inscribirse en el partido único, caletrearse los cánticos y eslóganes (el más tenebroso: «¡Con hambre y desempleo, con Chávez me resteo!»), fundar un consejo comunal, marchar a diestra y siniestra, defender la gestión —es un decir— de ministros ineficientes y negar la realidad cuando los hechos entraran en conflicto con el país perfilado en las interminables peroratas del comandante presidente.
Quizás tenga razón el tratadista español José Antonio Marina al afirmar, en su libro Las culturas fracasadas, que en el ser humano yace un oculto deseo de ser timado. De lo contrario, cuesta mucho explicar por qué el pueblo chavista, en teoría heredero de la rebeldía de los libertadores, cohonestó con sospechosa «candidez» ardides tan desgatados como la realización de censos, la colocación de piedras fundacionales (de puentes, de escuelas, de hospitales, de urbanizaciones residenciales), la presentación pública de maquetas, la inauguración supuestamente simultánea de múltiples obras (de las cuales sólo una se televisa), el manejo turbio y arbitrario de los recursos de la factura petrolera, la entrega de certificados en lugar de la propiedad física y el anuncio rimbombante de etapas, siglas para la autocrítica (las famosas tres erres) y motores revolucionarios.
Estas son las horas en la que los pobres chavistas tienen que fingir no haber escuchado nunca ningún insulto acerca de Juan Manuel Santos, el nuevo mejor amigo de Venezuela al comprometerse a entregar al pajarraco canoro de Walid Makled. También deben hacerse los locos ante la profanación, en circunstancias extrañas, de la tumba del Libertador Simón Bolívar y la compra de considerables lotes de comida cercana al vencimiento, por parte de autoridades del gobierno cubano. Ya sin dignidad nacionalista, ya sin respeto patriótico, ya sin soberanía alimentaria, los chavistas deben refrendar (como lo hicieron, en su tiempo, muchos de los permisivos seguidores del nazismo) que la vida humana no vale nada y que la permanencia del caudillo bien vale un genocidio. Porque algo oscuro debe haber en la psique y en el alma de alguien que dice que no le consta que Gaddafi lleva a cabo una matanza de opositores en Libia, a pesar de que el autor del Libro Verde señaló previamente en una declaración televisiva, desde Trípoli, que su ejército exterminaría a todas las ratas que se levantasen contra el gobierno popular y socialista de cuatro décadas, conocido como la Jamahiriya.
Parece que ninguna villanía causa mella en el ánimo de quien renunció a la razón y decidió refugiarse en la creencia fanática, tal como nos lo recuerda Victor Klemperer, en uno de los capítulos más impactantes de su obra La lengua del tercer reich. El filólogo relata en sus anotaciones como un cabo del ejército se resiste a admitir el indetenible avance de las fuerzas aliadas en territorio alemán, y sólo atina a responder: «Yo soy un simple cabo; no entiendo suficiente de estrategia para poder juzgarlo. Pero el Führer declaró el otro día que íbamos a ganar con toda seguridad. Y él no ha mentido nunca. Yo creo en Hitler. No, Dios no lo abandonará. Yo creo en Hitler». Después, una vez concluida la guerra, Klemperer se reencuentra con uno de sus antiguos alumnos, L, quien para su sorpresa no se muestra interesado en participar en la política de rehabilitación de los antiguos nazis. Al ser interrogado sobre los motivos de su proceder, más inexplicable todavía a la luz de la divulgación de los espeluznantes crímenes del régimen, L confiesa en voz muy baja: «No he solicitado la rehabilitación ni puedo solicitarla. No puedo negarlo: yo creía en él. Lo admito todo. Los otros lo interpretaron mal, lo traicionaron. Pero en él, en ÉL sigo creyendo».
En Venezuela, años después, otros siguen creyendo. Y el amo supremo premia su devoción con el bochorno y el ridículo de obligarlos a justificar la demencial declaración de que el capitalismo acabó con la vida en el planeta Marte. No falta quien insulte a las personas que se ocupen de zurcir, con críticas y reacciones airadas, los jirones que el poder pretende hacer pasar como trapo rojo a los ojos de la opinión pública, pero pienso, con Javier Marías, que «hay cortinas de humo que no deben pasarse por alto por lo que delatan o implican». En este caso: la convicción absoluta de que se lidera a un hatajo de débiles mentales...
No existe inocencia entre nosotros. Ninguno puede hacerse pasar por teletubi. Sólo los versos del poema Nocturno de San Ildefonso, del gran Octavio Paz, pueden aspirar a ceñirse el ropaje de la verdad: «Enredo circular / todos hemos sido / en el Gran Teatro del Inmundo / jueces, verdugos, víctimas, testigos / todos / hemos levantado falso testimonio / contra los otros / y contra nosotros mismos / y lo más vil: fuimos / el público que aplaude o bosteza en su butaca. / La culpa que no se sabe culpa / la inocencia, fue la culpa mayor».

A doce años de oscuridad, tragedia y ruina, Chávez ya no tiene seguidores. Sólo tiene complices.

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jueves, enero 04, 2007

Año nuevo, vida nueva

La noticia nos ha llegado a través del diario sensacionalista Se & Hör: La cantante estadounidense Britney Spears, ha prometido, tras el sonido de las tradicionales doce campanadas del Año Nuevo, renunciar por completo al sexo durante los primeros seis meses del 2007.
La primera sorprendida por tan drástico anuncio ha sido, sin duda, la mismísima reina del pop, quien sufrió un desvanecimiento en pleno escenario, acaso tras analizar con mayor detenimiento las verdaderas implicaciones de su abstinencia sexual. Spears se encontraba trabajando como anfitriona de fin de año en el Ceasar Palace de Las Vegas.
Pero esta es apenas una de las muchas historias nacidas del empeño humano por plantearse metas extravagantes tan pronto se trasponen las primeras horas de un nuevo año. Buenos propósitos que, al carecer del combustible suficiente, están condenados a quedarse varados en medio del camino y fallecer allí, como simples amagos de rebeldía.
No bien termina de retumbar la duodécima campanada cuando el carismático sujeto con barriga de gaitero pregona a los cuatro vientos su decisión de adoptar una dieta estricta, que no conocerá ni de dulces ni de frituras. “Ya tú veras mi pana que del tiro saldré en las promociones de Out Fat y de la Medicina Sistémica. Además, me voy a meter en un gimnasio cartelúo y voy a sacar unos abdominales tan bien definidos que parecerán tabletas de chocolate”, afirma en medio de la incredulidad de su audiencia.
En una esquina del guateque, el borrachito fuerza su lengua estropajosa para invitar a todos a levantar su copa por un 2007 libre de alcohol: “Hermanos reflexionen, este camino no los llevará a ninguna parte ¡hip! Si ustedes no manejan la caña ¡hip!, la caña los manejará a ustedes ¡hip! Por eso les digo que este año nuevo a mí me conocerán como el dromedario, porque, lo que soy yo, lo único que beberé será agua. He dicho”.
Mientras tanto la fumadora compulsiva, dispuesta como está a forrar su cuerpo con parches antitabaco para recuperar su menguada salud, arrojará con cierta melancolía las volutas de su último cigarrillo; y el promiscuo renunciará al placer de la carne para adentrarse en las insondables profundidades del amor espiritual, con la fidelidad como pauta inconmovible de comportamiento sexual.
Toca el turno al mentiroso, quien no tendrá necesidad de ser citado por ningún juez para jurar, ¡oh sorpresa!, decir la verdad y nada más que la verdad. Enternecedor testimonio que servirá como acicate a uno de los miembros menores de la prolífica parentela del engaño: el famosísimo hombre impuntual, elemento que se fijará como objetivo para el nuevo año hacer acto de presencia sin mayores dilaciones en cada una de las citas que nutren su agenda social.
Y es que el catálogo de buenos propósitos raya en lo milagroso: el flojo buscará trabajo, el viejo rejuvenecerá a punta de cirugías, el desertor educativo retomará sus estudios, el aburrido emprenderá una vida extrema, el apostador se retirará del juego, el celópata confiará en su pareja y el manoseador de autobús respetará a las damas…
Ojalá Dios les conceda la voluntad necesaria para que puedan cumplir con sus ambiciosas empresas. O, en el peor de los casos, que Belcebú se apiade de sus adoloridas almas y les envíe sin más demoras un nuevo resabio. Porque ya lo dijo Bertolt Brecht: “Un hombre debe tener por lo menos dos vicios. Uno solo es demasiado”.

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