miércoles, octubre 27, 2010

Sociología de la hora loca

La clase media venezolana ha sabido dotarse de un complejo y variopinto entramado de prácticas culturales. Manías, hábitos y costumbres que buscan ser respuestas creativas a problemas acuciantes del país. La garita de vigilancia, con el guachimán muchas veces achispado que anota pacientemente el nombre de los visitantes de la urbanización, y la hilera espaciada de «policías acostados», jurados enemigos de amortiguadores y trenes delanteros, constituyen dos intentos desesperados por acabar con la inseguridad que limita la vida en común.
Pero sería un error renunciar a la diversión. El ocio y el entretenimiento son compensaciones justas ante lo fatigoso del trabajo y el estrés. La clase media consigue recuperar las energías pérdidas en los relajantes espacios de los cafés lounch, entre catas gastronómicas y acordes de chill out; sin embargo, también se ha animado a crear ritos de carácter familiar y colectivo, como los baby shower y los open house, concebidos como mecanismos de conservación de su identidad como estrato social. En este contexto sociológico, es donde centraremos nuestro análisis de la práctica festiva conocida como la hora loca.
¿Quién de nosotros no ha terminado enredado en un trencito, de lenta y zigzagueante trayectoria, tan pronto se dejan escuchar los acordes de «Vamos pa’la conga» de Ricardo Montaner? ¿Quién de nosotros no ha girado con rapidez y entrecruzado brazos para así seguir el ritmo de la mediterránea tarantela? ¿Quién de nosotros no ha participado en un corro de tambores que imita una noche en Choroní en el centro de la pista? En verdad os digo, que aquel que esté libre de barrancos que tire la primera piedra…
La hora loca es legítima representante de la globalización. En su disposición musical, hecha de cortos y entreverados ritmos, se funden la cumbia, la polka, la changa, la samba, la lambada, el calipso, la ranchera, el merengue ripiao y la música electrónica. Lo más parecido a este crisol de nacionalidades es un elenco de una telenovela mayamera, donde en un mismo techo conviven un papá cubano, una mamá colombiana, un hijo mexicano, una hija argentina, una suegra venezolana y un nieto portorro.
Puede que a los ojos de las autoridades oficiales y vaticanas la ceremonia de la boda sea interpretada como una legítima unión conyugal, pero sin la celebración mundana de la hora loca el matrimonio carece de validez para amigos, familiares y jodedores. Y no se trata de una actitud que pueda explicarse por una afición disfuncional por el caos y el despelote, ya que en la vida pocas cosas entrañan más seriedad que la organización de la parte estelar del entretenimiento. Cuando analizamos a profundidad el fenómeno de la hora loca llegamos a la conclusión de que, más que un hábito social, parece una franquicia. De hecho, sabemos del surgimiento de una nueva profesión: el «horalocólogo», sin duda un desprendimiento del oficio chic de organizador de bodas.
El horalocólogo se esfuerza por garantizar una pulcra y armónica puesta en escena. Su método de trabajo consta de varias fases. La primera de ellas es la realización de una estricta auditoría de los ritmos incorporados al listado de temas de la hora loca. El objetivo es lograr un producto equilibrado: un exceso de reggaetón, de cumbia o de tambores puede desbordar las bajas pasiones de los participantes, y devenir en la antesala de un episodio orgiástico y barriobajero («Échale carne pa’los perros, échale carne pa’los perros, échale carne»). La segunda etapa pone especial cuidado en la correcta conformación del cotillón, el cual debe incluir: máscaras y antifaces, cintillos con estrellas y sombreros estrafalarios, collares florales y lentes con nariz y bigotes (también son válidos los del tipo Poncharelo), y un ruidoso kit de pitos, matracas y claqueadores. La última y más riesgosa fase es fiscalizar que el trencito borrachístico, inducido pavlovianamente por la conga de Montaner, no descarrile y termine por causar una colisión que dé al traste con los centros de mesas y las botellas de güisqui que los invitados cleptómanos y marginales pensaban llevarse «encaletados». Nunca falta el horalocólogo que sueñe con convertirse en el Joaquín Riviera de fiestas y guateques, y ensaye una megaproducción hollywoodense con zanqueros, escupefuegos, lanzacuchillos y titiriteros (sólo hacen falta orfebres, artesanos, estudiantes de letras y un aviso herrumbroso del Centro Simón Bolívar para que aquello parezca la plaza Morelos).
Los participantes del jaleo viven una sensación catártica y un goce carnavalesco. Tal como el antruejo se erige como una reacción profana ante el predominio y la solemnidad del rito religioso, un contrapunto medieval a la cuaresma cristiana, la hora loca, babel musical, constituye un guiño desacralizador de esa atmósfera hierática propia del matrimonio consumado en el altar eclesiástico. Durante la hora loca se suspende el principio de autoridad, pero también se experimenta la intermitencia de los duros requerimientos estéticos de la sociedad moderna. Entre antifaces y máscaras de rostros contrahechos, la ausencia de belleza no supone una desgracia. Llegados a este punto, echamos de menos al cronista que relate este encuentro de los feos con su patria.
Dice Mijaíl Bajtin, en su estudio clásico La cultura popular en la Edad Media y el Renacimiento: «El carnaval es la segunda vida del pueblo, basada en el principio de la risa (…) Las festividades siempre han tenido un contenido esencial, un sentido profundo, han expresado siempre una concepción del mundo. Los “ejercicios” de reglamentación y perfeccionamiento del proceso del trabajo colectivo, el “juego del trabajo”, el descanso o la tregua en el trabajo nunca han llegado a ser verdaderas fiestas. Para que lo sean hace falta un elemento más, proveniente del mundo del espíritu y de las ideas. Su sanción debe emanar no del mundo de los medios y condiciones indispensables, sino del mundo de los objetivos superiores de la existencia humana, es decir, del mundo de los ideales. Sin esto, no existe un clima de fiesta».
En tiempos recientes hemos presenciado un fenómeno curioso: el salto al mundo cotidiano de la hora loca, o mejor dicho, del concepto caricaturizado de la hora loca. No hablamos ya de la moda gimnástica de la bailoterapia, con su cauda de viejitos moviéndose de un lado para el otro, sino de algo de mayor densidad, que se expresa en Caracas, por ejemplo, en un paisaje urbano grotesco, producto de una arquitectura de estilo hora loca, que junta moles inmensas con pequeños edificios. Aunque también pudiésemos referirnos a la esperpéntica hora loca —y, de paso, nona— que deben encarar a diario los usuarios del Metro de Caracas, degradados en su condición de usuarios y seres humanos. Todo esto por no mencionar las mentalidades estructuradas al ritmo trunco y entremezclado de una hora loca ideológica que une, en apelmazada e indigesta melcocha, al Oráculo del Guerrero, Marx, Lenin, Meszaros, Laclau, Galeano, Samuel Robinson, Guevara, Chomsky, Zamora, Dussel, Kléber Ramírez, Fanon, Zizek, Ceresole y Bolívar (el trencito de la hora loca ideológica es pariente cercano del trencito beodo de bodas y bautizos; no en balde tiene como combustible la concupiscente borrachera de petrodólares).
Afirma Milan Kundera, en su libro Los testamentos traicionados, que en la niebla se puede ser libre, para, acto seguido, aclarar: «Pero eso sí: siempre será la libertad de alguien que está entre tinieblas».

Etiquetas: , ,

miércoles, abril 28, 2010

Marginalidad Hig Tech

El doctor Jaime Berumen Campos fue el encargado de dar la noticia: cerca del ochenta por ciento de las pruebas de ADN aplicadas por los especialistas en Medicina Genómica del Hospital General de México fueron ordenadas por hombres atormentados por la supuesta infidelidad de sus esposas.
«Cuando comenzamos a utilizar la tecnología del ADN, en 1985, la mayoría de los casos guardaban relación con el reconocimiento de cadáveres o con la identificación de criminales con alteraciones de fenotipo, debido a la realización de cirugías plásticas. Sin embargo, en los últimos años esta tendencia se ha revertido, y hemos visto crecer en 500 por ciento las solicitudes para pruebas de paternidad por parte de hombres que acuden con sus hijos a los laboratorios privados, generalmente a escondidas de sus parejas», explica Berumen Campos.
La autoridad médica señala que de cada cien sujetos que ordenan la prueba de paternidad sólo cinco logran corroborar sus funestas sospechas. Los otros noventa y cinco comprueban, a un alto precio (500 dólares por el pecho), la siempre jurada virtuosidad de sus amadas.
Pero la inseguridad masculina no es un fenómeno exclusivo de la sociedad mexicana. Y es que gracias a la prensa sensacionalista brasileña podemos enterarnos del escándalo surgido en la modesta crujía del Hospital Azevedo Lima, de Río de Janeiro, donde una pareja de negros (o «afroprogenitores») tuvo un bebé blanco, de pelo lacio y ojos azules. La madre, Alexsandra Santos de Oliveira, alarmada por las dudas que ensombrecen su reputación de consorte amantísima, solicitó rápidamente a los técnicos del centro hospitalario la realización de una prueba de ADN, a fin de descartar la hipótesis amarillista y sensacionalista del intercambio de criaturas. El resultado fue positivo.
«Estoy alegre por la noticia, pero triste por los rumores que han empezado a circular sobre la paternidad de mi hijo. En verdad, no sé lo que ha pasado. Mis otros seis hijos son todos negros. Pienso que la genética me ha jugado una mala pasada. Por eso, pediré a los doctores la realización de otro test que sirva de contraprueba más detallada, porque para mí es muy importante desmentir a todos aquellos chismosos que andan diciendo que mi marido no es el papá. Ellos sólo desean perjudicar mi imagen en el barrio”, comentó la airada mamá.
Lo que aún no sabe la acontecida Alexsandra Santos de Oliveira es que su cuñada, la joven Mónica Assunçao Maciel, fue la instigadora de las maledicencias mediáticas. Fue ella, quien al ser consultada por los reporteros, dijo cosas así: «A pesar de que nosotros en la familia somos de la opinión de que mi hermano no debe apresurarse a reconocer al pequeño, lo cierto es que a éste no se le ocurrió otra idea que llamar a mi mamá para decirle que se encargue del bebé, sin importar el resultado del examen de ADN. Sin embargo, en este punto yo he sido muy clara: Si el hijo es de otro, no le brindaré ayuda para criarlo».
Esta especie de culebrón latinoamericano, arrancado de la vida misma —como rezaría la letra de una promoción del bloque romántico de Venevisión—, nos ilustra claramente como los increíbles avances científicos y tecnológicos conquistados por la raza humana, en años recientes, no sólo han servido para mejorar de manera sostenida los índices de calidad de vida de la población, sino también para incrementar —como una suerte de efecto no deseado—la marginalidad de amplios estratos sociales, dado que multiplican por mil los medios y recursos existentes para la práctica del chisme, el cachondeo y la intriga ociosa. Es, sin duda, el imaginario telenovelero, fuertemente afianzado en las fibras más íntimas del ser latinoamericano, lo que consigue explicar, en términos sociológicos, la lamentable conversión del hallazgo biológico de Watson y Crick en una especie de test antidumping de la fidelidad sexual, en una vulgar prueba de despistaje de cachos.
De cómo las nuevas tecnologías nos están haciendo más marginales pueden darnos buena cuenta también las cámaras de videos de los teléfonos celulares, las cuales han hecho de cada usuario un potencial paparazzi. Sobran episodios reales y virtuales en los que estos aparatos han sido utilizados para filmar pornografía amateur o capturar gráficas comprometedoras de parejas sospechosas de traición conyugal. En el mejor de los casos, son empleados para captar instantáneas picantes tomadas para «envenenar» el perfil, bien de un desconocido, bien de una celebridad, en el portal digital de una red social.
El Facebook, nacido con la intención de convertirse en una útil red de trabajo y contactos profesionales, en nuestras tierras sólo consiguió otorgar a la marginalidad un irrebatible carácter regional, al hacer del chisme un fenómeno multimedia, un hipertexto ampliado en progresión geométrica por contenidos wiki construidos en línea por cibernautas provenientes de todo el continente.
Los foros de discusión, que en algún momento fueron concebidos como un conjunto de modernas ágoras, han devenido cotarro y sentina; muladar cuyas excrecencias no dejan de recordarnos lo pernicioso de estimular una deliberación pública que no se encuentre fundada en el estudio y el conocimiento. La mayoría de los envalentonados foristas, presentes en Internet, abraza el anonimato como patente de corso para arremeter contra el otro, y de paso despacharse a gusto contra la ortografía (esa forma sutil del alma, según Ángeles Mastretta). Tan desconsolador intercambio de prejuicios, groserías y eslóganes propagandísticos, de llegar a parecerse a una tribuna, ésta no sería otra que la del estadio Universitario.
Todos hemos sido testigo de cómo, en más de una ocasión, los denominados walk and talkie, confiados al personal de seguridad, no pasan de ser una plataforma tecnológica para la charla y la joda; una apropiación grupal de la frecuencia radial para compartir entre panas los datos de loterías, los resultados de los eventos deportivos o los seguimientos estratégicos de las mujeres «buenotas» que se desplazan por los espacios bajo supuesta vigilancia.
Hiela la sangre, pues, conjeturar la utilización última que hará la marginalidad desbordada de las conclusiones del proyecto genoma y los proyectos de células madre. De no controlar estos instintos propios de personajes deliafiallescos, no tengo la menor duda de que pronto se empleará el dispositivo GPS (Global Positioning System) para ubicar en un radar a los amantes promiscuos, para corroborar de modo convincente si la esposa casquivana o el esposo mujeriego se encuentran efectivamente donde dicen estar.
Lo único positivo de tan apocalíptico panorama es que cuando se invente una tal cosa como la teletransportación, de seguro las muchedumbres, que entorpecen el tránsito ciudadano en las vías públicas, trasladarán su hacinamiento al gimnasio de Brad Pitt o a la sala de baño de Megan Fox. Entonces el morbo habrá realizado su primera gran contribución a la paz de las ciudades.

Etiquetas: , ,

miércoles, abril 21, 2010

De autor

Los préstamos lingüísticos no sólo tienen lugar entre dos o más idiomas. A menudo ocurren también entre dos o más jergas; es lo que pasa cuando una pléyade de profesionales asume el desafío de rellenar la incómoda ausencia de un término, o tal vez un giro expresivo, que designe con propiedad algún novedoso fenómeno registrado dentro del área de su conocimiento o —como gustan decir algunos visionarios del castellano— «experticia».
Asistimos, de este modo, al intento rocambolesco de legitimar el uso de determinadas palabras en contextos semánticos verdaderamente impensables, dada la particularidad de cada acepción. Una tendencia de índole contemporánea que puede ser ejemplificada tan sólo con analizar el empleo, cada vez más creciente en conversaciones y escritos, de la frase adjetiva «de autor».
La expresión «de autor» fue acuñada por un grupo de creadores audiovisuales interesados en singularizar aquellos productos cinematográficos —de carácter artesanal y bajo presupuesto— filmados a contrapelo de las faraónicas disposiciones logísticas y tecnológicas de las grandes productoras de la industria hollywoodense. En este sentido, la pieza «de autor» se contrapone a la noción de pieza «comercial»; entre otras razones, porque, en teoría, no representa un producto genérico para el consumo de masas ignaras, bullangueras y «comecotufas», sino más bien simboliza una obra de arte, elaborada para el exclusivo disfrute estético de una vanguardia iluminada. En tiempos recientes, hemos visto como la frase «de autor» ha conseguido un feliz sinónimo en el adjetivo «independiente». De hecho, cine de «autor» y cine «independiente» son equivalentes.
En el mundillo progre constituye un crimen de lesa cultura el andar usurpando por ahí la condición de creador para filmar cintas con orientación mercantil. En opinión de estos exigentes talibanes de la pureza espiritual y el savoir faire, una película únicamente puede calificarse como «de autor» —y no como otro asqueroso y protervo producto comercial— si, y sólo si, cumple con los siguientes criterios: 1) es vista por menos de cuarenta espectadores (es decir, ni una persona adicional a la lista de invitados al estreno, en función privada, de la película); 2) consigue una recaudación inferior a los mil dólares por concepto de taquilla; 3) no está grabada en sonido Dolby Digital ni ha sido llevada al mefistofélico formato de 3-D; 4) su permanencia en cartelera no supera el lapso de dos semanas; 5) es proyectada en salas de cine ayunas de asientos reclinables y puestos de venta de caramelos; 6) los personajes centrales de la trama no son entregados posteriormente, en figuras de miniatura, en las cajitas felices de McDonald’s; y 7) su banda sonora no se encuentra disponible en YouTube o ningunas otra de las plataformas digitales de búsqueda y descarga de contenidos audiovisuales.
Lo bueno de contar con el certificado de realizador de piezas «de autor» es que el creador tiene acceso a los fondos gubernamentales de financiamiento, sin tener que renunciar por ello a las melifluas glorias del farandulerismo mediático. Y es que los prohombres del cine de autor o independiente han sabido dotarse de un circuito de premios y festivales —situados convenientemente en paraísos turísticos—, al mejor estilo de las grandes industrias del espectáculo. No será pues por «anticomercial» que un histrión o un director dejará de caminar por la codiciada alfombra roja ataviado con un traje de marca.
Es tal el irresistible perfume que prestigia a la frase adjetiva «de autor» que más de un profesional no ha resistido la tentación de trasladarla, no importa si de manera chambona y oportunista, a su respectivo campo de influencia. Lo extendido de esta práctica de apropiación semántica ha hecho que la frase «de autor» devenga sinónimo culto de la palabra «artesanal»; esto es, un eufemismo utilísimo a la hora de librar a la élite creativa del bochorno que supone ser adocenada junto a los humildes menestrales que, al frente de un tenderete, y rodeados de una atmósfera pintoresca y provinciana, venden sus tallas y figurillas a una compulsiva horda de turistas. ¡Tá' barato! ¡Dame dos!
Dijo el francés Víctor Hugo que todo hombre es discípulo de alguna palabra profunda (libertad, igualdad, solidaridad). Nosotros agregamos, desde esta atalaya bloguera, que todo necio políticamente correcto —aquel oscuro individuo que en la plaza proclama una cosa, pero en la intimidad hace otra— es siervo solícito de algún eufemismo, perífrasis o frase hecha. De allí, que ya no sólo observemos entre nosotros a un pretencioso cine «de autor» sino también presenciemos curiosidades culturales como, por ejemplo, la cocina «de autor», el reportaje «de autor», el chiste «de autor», el diseño «de autor» y hasta, no faltaba más, la lipoescultura «de autor».
Mientras el pueblo inconducente se limita a hacer («hoy cocinaré un pabellón»), la élite predestinada se concentra en proponer («mi propuesta culinaria de hoy será un pabellón»). Y aquel que no propone, apuesta. Apuesta a la alegría. Apuesta al futuro. Apuesta a la otredad; feliz ludopatía que no va en desmedro del peculio del jugador. Mientras tanto yo, humilde brizna de paja remecida por la brisa caraqueña, sólo me atrevo a apostar por la adopción popular del adjetivo «de autor». Ya es hora de romper su uso monopólico por parte de los creadores. Ya es hora de escuchar a mi inquieta vecina murmurarme al oído: «Vampiro, te tengo un chisme «de autor», para diferenciar, de este modo, la información ciudadana de la vulgar anécdota que repiten los ociosos y maledicientes del barrio. Ya es hora de oír a uno de mis compañeros de trabajo advertirme: «Vampiro, ten cuidado. No te me acerques mucho: Tengo una gripe «de autor», para diferenciar, de esta manera, su particularísimo quebranto de aquella virosis adquirida masivamente por un vulgar estornudo en un sitio concurrido o la peste cultivada industrialmente en un ambiente laboral con aire acondicionado. Parafraseada así, la gripe «de autor» resuena como la versión bacterial de un escocés de 12 años, pacientemente destilado por un profundo conocedor de las afecciones pulmonares.
En fin, queridos lectores, ¡cuánto daría yo por entregarles a ustedes un blog «de autor»! Pero como diría el doloroso verso vallejiano: «¡Tanto amor, y no poder nada contra la muerte!».

Etiquetas: , ,

jueves, noviembre 20, 2008

Anatomía del matatigrismo

Es el matatigre venezolano uno de los más ruinosos desterrados del paraíso proletario. Un sujeto impecune que no logra disfrutar de los múltiples beneficios laborales establecidos por el llamado Estado de Bienestar. Dolorosa historia personal que jamás conocerá la esperanza de un plan de jubilación, el alivio de una póliza de seguros, la certeza de un quince y un último.
El trabajador free lance, lamentablemente, no puede darse el lujo de rechazar una propuesta de negocios porque la tasa interna de retorno sea menor a treinta por ciento o el valor presente neto del proyecto sea negativo. La macroeconomía del hambre impone un particular análisis de factibilidad; una aproximación al pronóstico instrumental basado en un grupo de variables no tan numeroso como el utilizado por los tecnócratas de los organismos financieros internacionales.
Es pertinente aclarar que no existe tal cosa como un “matatigre ecológico”, esto es, un híbrido ideológico que propugne el respeto de los derechos esenciales de la fauna sin dejar de arremeter contra cualquier lance a destajo. En este sentido, el matatigre genéticamente puro considera como invalorable pieza de cacería cualquier especie que tenga cabida en el arco taxonómico de los felinos, bien sea un cunaguaro, bien sea un leopardo. Porque en el deprimido mundo de las finanzas personales, la labor de mantenimiento de una vieja cañería resulta tan importante y redentora como la glamorosa “creación y ejecución” de un plan de outsourcing para pequeñas y medianas empresas. El objetivo estratégico siempre será, en este sentido, sumar nuevos recursos para el pote.
Para satisfacer los variados requerimientos de los clientes potenciales, el matatigre venezolano tendrá que esmerarse en la definición de una estructura legal y organizacional lo suficientemente ambigua como para justificar cualquier incursión profesional (arreglo de aparatos electrodomésticos, confección de prendas íntimas, importación de perfumes de imitación, talleres de feng shui u organización de cocteles). Las tendencias recientes en el competitivo mercado de empresas unipersonales ponen de manifiesto la conveniencia de fundar “compañías asesoras” y “firmas de soluciones gerenciales”, todas ellas, demás está decirlo, con sonoros nombres en inglés.
La coherencia propagandística reclama que el solitario entrepreneur ordene la impresión de un mazo de tarjetas personales en las que se haga constar su condición de presidente, CEO o director principal del naciente emporio comercial. Y aunque en la soledad de su cuchitril el atribulado matatigre acepte que jamás ha tenido el dominio de ninguna de las circunstancias de su vida, comentará a los clientes que la firma consultora cuenta con una moderna página en internet, sólo que en estos momentos, ¡qué casualidad!, ¡no me lo van a creer!, “la misma” fue “jaqueada” y se halla en reconstrucción. Apelará entonces a la eficaz herramienta del correo electrónico, cuya denominación deberá encontrarse en sintonía con la solemnidad característica del mundo de los negocios. Es así como los emails del tipo rompecolchón@gmail.com o yosisoylocote@hotmail.com quedan completamente descartados.
La modesta habitación del matatigre servirá como sede principal de la pujante empresa de soluciones gerenciales. Luego tocará al viejo maletín y al teléfono celular de segunda generación hacer las veces de sucursales virtuales. La ausencia de músculo financiero otorgará a los servicios comunicacionales e informáticos de apoyo un carácter marcadamente “prepago” (las tarifas “habla pegao” o “feisbucea pegao” quedan relegadas para hipotéticas épocas de bonanza); mientras que la imposibilidad de contar con modernos equipos de identificación de llamadas telefónicas obligará al entrepreneur a perfeccionar todas sus capacidades histriónicas a fin de despistar a los integrantes más voraces de la jauría acreedora.
El hecho de que la empresa no cotice en los mercados bursátiles de Londres o de Shanghai no impide que el matatigre químicamente puro se esfuerce en reproducir las mejores prácticas del mundo corporativo en su tenderete ambulante. Por tanto, tendrá que desarrollar de manera apropiada los siguientes conceptos estratégicos: misión, visión, valores, objetivos generales y específicos, propuesta de valor, ventajas comparativas y competitivas, posicionamiento, mezcla de mercadeo, cultura corporativa y matrices multifactoriales del tipo Balance Scorecard. En fin, todo los “jugueticos gerenciales” menos la cadena de valor, la cual, por tratarse de un personaje de la economía (sin)real, seguramente se encontrará empeñada.
La política de comunicaciones externas del matatigrismo constituye un verdadero desafío. Los mensajes estratégicos de sus piezas divulgativas e iniciativas de relaciones públicas deben evitar la creación de una imagen comercial de prosperidad ilimitada, no vaya a ser cosa que ante tan exitoso desempeño operativo la directiva del SENIAT decida incorporar al pobre trabajador free lance en el rubro de contribuyentes especiales. Sin embargo, el comprensible temor a las fauces del monstruo tributario no justifica en modo alguno la proyección de un aura recogelatera y huelepeguística que termine por abortar cualquier posible negociación.
Llegados a este punto, es conveniente precisar que los trabajadores a destajo, como buenos descendientes del sistema capitalista, son susceptibles de experimentar los graves efectos de las crisis periódicas del libre mercado. Y es que no sólo existen la burbuja puntocom o la burbuja inmobiliaria; también podemos hablar de la burbuja matatigre, la cual surge de una ampliación de la base de clientes que no logra traducirse, simultáneamente, en un incremento de los flujos monetarios. Esta tensión financiera entre la partida de cuentas por cobrar y la partida de cuentas por pagar desemboca en la inviabilidad operativa del proyecto, ya que a diferencia de lo sostenido por el famoso teorema de Miller y Modigliani -la empresa endeudada vale más que la empresa sin empréstitos-, la persona “enmonada” vale mucho menos que el mortinato bolívar fuerte, que ya es mucho decir...
Luis XIV de los negocios, Flaubert de la literatura gerencial, el matatigre venezolano resume su especificidad ontológica en la altiva frase: La empresa soy yo (“L'Entreprise c'est moi”). Condición solitaria que parece vacunarle ante las nocivas amenazas sindicales de la huelga y la paralización hora cero. Sin embargo, debemos advertir que esta romántica independencia económica suele estar revestida de mucha mitología. De hecho, se suele inventariar como punto a favor la suposición de que un trabajador free lance está exento de los latigazos de superiores administrativos, cuando la triste cotidianidad nos revela que el esclavo supuestamente manumiso tiene tantos jefes como tigres consigue matar... ¡Bachaco!
En fin, como ya lo dijo el poeta italiano Cesare Pavese: “Hay algo aún más triste que perder un ideal: el haberlo realizado”.

Etiquetas: , ,

miércoles, octubre 22, 2008

Una especie en extinción

El buen conversador tiene todas las trazas de constituir una especie en extinción. Tan escasamente promisorio se nos antoja su futuro, que juzgamos por buena cosa la rápida conformación de una oenegé que propugne la utopía de su supervivencia.
A diario observamos como un vocinglero alud de combatientes se declara en permanente rebeldía frente a las tiránicas realidades de la fealdad, la gordura o la muerte; sin embargo, rara vez somos testigos de un pugilato cuerpo a cuerpo con las no menos nocivas huestes de la mediocridad y la ignorancia.
Ya ni siquiera podemos decir que la conversación de salón es tierra yerma donde campea el eco monocorde del discurso egocéntrico. La triste verdad es que el venezolano de nuestros días apenas habla de sí mismo. Sólo utiliza su voz para presentarnos el pormenorizado relato de todo aquello que le aconteció a su pareja, suerte de alfa y omega de un mundo microscópico.
Los ceremoniosos rapsodas de épicas y aretalogías de antaño han sido sustituidos por infatigables y acuciosos cronistas de vidas anodinas. “Al pícaro de mi Pepe le encanta ponerse interiores de cebra”, “Al loco de Manolo le fascina quedarse empelotado los sábados y los domingos” “A la amargada de Marisela le molesta que la llame mi cuaimita”. En fin, todo un temario estructurado al calor de la más ramplona intimidad; anécdotas insulsas que luego serán vertidas en los turbios sumideros de la discusión pública por voluntad expresa de una personalidad exhibicionista.
Yo me resisto a tan injusto destino. Me niego rotundamente a dialogar con mis amigas acerca de las virtudes y resabios de sus adorados novios o esposos. Tampoco me avengo a platicar con mis amigos sobre las pequeñas miserias de sus dulces tormentos. ¡Está bien, no hablemos, de pronto, de los laureados escritores de la generación Granta ni de los versos excelsos de Ana Ajmatova ni de las posibilidades de humanización de la economía de mercado; pero tampoco hablemos, os suplico en verdad queridos compañeros, de las marchas y contramarchas de sujetos que invariablemente serán imprecados en encarnizados procesos de divorcio! Renuncien al improductivo oficio de vicarios de lo ausente. Abandonen la cháchara fútil de los interiores de cebra y las pantaletas cuello de tortuga; confórmense, más bien, con saber aquello que un día escribió Enrique Vila-Matas, en su novela El viaje vertical: a los hombres y a las mujeres sólo los conocemos realmente cuando los tenemos en contra.
No puedo evitar relacionar la mengua que padece la conversación culta, graciosa e inteligente con el crónico declive del hábito de la lectura. Basta con revisar una revista de entretenimiento para tener noticias de insólitas declaraciones: un llevado y traído zar de la belleza nacional señala con orgullo que en la actualidad no lee ni un solo libro ni le interesa hacerlo; una exótica actriz, perteneciente al elenco de la versión televisiva de la famosa “La trepadora”, confiesa sin pudor que no piensa hojear el texto original de la novela galleguiana, dizque para no predisponerse en el plató; una carismática reportera multimedia, que aún mantiene la belleza de sus años mozos, hace pública su negativa a engolfarse en mamotretos superiores a doscientas páginas.
Cuesta reconocer que hoy las personas más eruditas son aquellas que observan por mayor cantidad de horas la televisión por cable. El constante avance de la cultura audiovisual por lo menos les garantiza un buen tema a desarrollar. El resto de la población se encuentra bastante satisfecha con esa modalidad de conversación que a ratos se asemeja a un chateo sin teclado ni messenger, pero, eso sí, con abundantes emoticones.
En cuanto a la lectura, me quedo con las palabras que Amos Oz expresó en su discurso de aceptación del premio Príncipe de Asturias de las Letras 2007: “Creo que la literatura es un puente entre los pueblos. Creo que la curiosidad puede ser una cualidad moral. Creo que imaginar al otro puede ser un antídoto contra el fanatismo. Imaginar al otro hará de ustedes no sólo mejores empresarios o mejores amantes, sino incluso mejores personas”.

Etiquetas: , ,

viernes, enero 18, 2008

Háblame sucio



Tengo un amigo que ha jurado no tener más sexo con mujeres de clase media. De ahora en adelante se ocupará más bien de cortejar y horizontalizar a las abnegadas féminas provenientes de los estratos E y F de la población. Y es que su espíritu sencillo y campechano le hace preferir, por encima de cualquier cosa, esa variante del juego amatorio definido con maestría por el fallecido humorista José Luis Coll como copulacho, esto es, “unión sexual mantenida con una hija del populacho”.
Este fanatizado encono hunde sus raíces en la supuesta incapacidad de la burguesía criolla para apropiarse de las formas expresivas más cónsonas con los intensos momentos del apareamiento salvaje:

-¡Qué rico mamita! Ahora háblame sucio...
-¿Perdón? ¿O sea...?
-¡Qué me digas morbosidades! ¡Qué dejes aflorar esa bicha que hay en ti...!
-Pero papi, ¡si yo no soy bicha! ¿Qué te pasa? ¿Se te volaron los tapones? Me extraña que me propongas eso. ¿O es que acaso tú me conociste recostada en la rockola de un burdel? ¿Ah?
-Yo lo sé cariño. Por supuesto que tú no eres una cualquiera. Tú eres toda una santa, y aquí tengo tu velón...
-¡Vulgar!
-¡Mentira, preciosa! ¡Es echando vaina! Es que no ves que se trata de un juego. Tú sabes: algo como para preparar el ambiente. ¡Anda pues! ¡Échale bola a lo que te digo! ¡Háblame sucio!
-Está bien. Allá voy...
-Hummm. ¡Qué rico mamita!
-(Con la voz gangosa de una operadora del Metro de Caracas) Por favor, gentil caballero, su merced sería tan amable de introducir su falo erecto en mi humedecida vulva, y desprender de mis pulmones una respiración acezante que me haga desear prolongar el concúbito. Permítame experimentar su frenético vaivén y luego, en extático estremecimiento, derrámese en mí como río en agitada mar.
-¡Coño pero qué bolas tienes tú vale! ¡No ves que me lo tumbaste chica! ¿Y esa letra de cual himno es? Habrase visto, definitivamente no se puede contigo...
-Pero papi...
-¡Pero qué papi y que ocho cuartos carajo! ¿Qué te costaba hablar como una locutora interna del bingo, o como una recepcionista de línea caliente, o como una traductora panameña de películas porno, de esas que no se cansan de pronunciar la palabra panocha? ¿Acaso eso era tan difícil? ¿Era muy complicado decir: “Anda desgraciado, reviéntame ese...”?

Son muchos los hombres y mujeres que no se sienten cómodos con la retórica de catre, ya que a menudo sus piezas oratorias suelen traspasar los linderos de la coprolalia; cenagoso territorio que toda persona de buenas costumbres y rectos procederes debiese evitar hollar. Las figuras discursivas que con mayor frecuencia apuntalan estos mensajes jadeantes, inflados de deseo, son: interjecciones (“ay”, “oh”, “ah”, “hummm”), onomatopeyas (“tukiti”, “chupulún”, “chuquichuqui”), símiles de corto vuelo (“dos cerros”, “una cabilla”, “un pozo”), oxímoros (“mi bendito pecado”), metáforas (“el azote de ese barrio”, “el encapuchado que infiltró esa manifestación”, “la mantequilla de esa arepa”) e hipérboles (“¡cosa más grande!”). Mientras que el siempre efectivo sentido común recomienda descartar el uso de figuras discursivas como digresiones (“yo creo que sería bueno pintar la sala y la cocina”), apóstrofes (“¿qué dirían mis padres de todo esto?”), ironías (“acércate hombre trípode”), litotes (“el nada pequeño”) y antonomasias (“¡Oh mi Penélope!”, “¡Oh mi Ulises!” -los celópatas desconfían de cualquier nombre-).
Sobre la naturaleza histérica de la clase media mucho se ha escrito: un estamento social al que le cuesta horrores procesar el estrés derivado de su condición híbrida. Fenómeno humano cuya particularísima psiquis grupal logra la antihazaña de cuestionar la validez de aquel viejo teorema que señala que dos negaciones -no somos pobres, no somos ricos- afirman...
Ayuna de barrio, deficitaria de jet set, la clase media llega a la cama ataviada de un largo babydoll de dudas y angustias: Si se menea es puta, pero si se paraliza es frígida; si pide por esa boca es zorra, pero si se calla es polvo triste. Olvidan sus integrantes que el coito, más que una experiencia de movilidad social, de pertenencia social, es por sobre todo el goce recíproco de la movilidad sexual; una movilidad oportunamente estimulada por la química de los cuerpos o la identificación de las almas. Tierrúos o con clase, lo importante es disfrutar.
“¿Es sucio el sexo?”, se preguntó una vez el bueno de Woody Allen, para luego responderse: “Únicamente sí se hace bien”.

Etiquetas: , ,