domingo, julio 12, 2015

La ONG que faltaba

En las organizaciones no gubernamentales se encarnan dos viejas aspiraciones de la teoría política liberal: la cultura asociativa de la ciudadanía democrática y la vigilancia social de las actuaciones de gobiernos legitimados mediante sufragios populares. Sin embargo, como toda creación de la mente humana, las oenegés pueden ser desvirtuadas en su naturaleza y en sus fines.
En opinión del politólogo Josep Nye, las organizaciones no gubernamentales son, en su mayoría, instituciones de élite con reducidas base de afiliados y escasas instancias internas de vigilancia, las cuales, a pesar de sus falencias, tienden a pluralizar la política nacional e internacional, al actuar como grupos de presión transfronterizos y divulgadores de problemas que gobiernos y burócratas desean ocultar.
Existen las denominadas ONGO: organizaciones no gubernamentales controladas por el gobierno. Abundan especialmente en aquellos países con sistemas políticos menoscabados en sus orígenes democráticos por tropelías propias de autocracias y dictaduras. Muchas ONGO forman parte de la trama de instituciones propagandísticas e intimidatorias que sostienen a los neototalitarismos.
Algunas personas ven en las oenegés un mecanismo de recepción de financiamiento externo, así como también una plataforma para terciar en la agenda de discusión mediática. Sólo basta con identificar una bandera de lucha colectiva, un aspecto descuidado por las autoridades o una minoría plantada en la reivindicación de sus derechos para encender la tea que iluminará la andadura de la organización no gubernamental. También resulta conveniente identificar un nombre, o en su defecto una sigla o un acrónimo, de fácil recordación; un factor de gran utilidad para ser consultado por periodistas independientes y medios de comunicación, o para participar en mejores condiciones en la dinámica de las redes sociales.
En la actualidad venezolana, el que menos puja, puja una oenegé. Lo importante, en todo caso, es fundar una, sin pensar mucho en aspectos anecdóticos como la relevancia que suponga para la vida en sociedad. Por esta razón,  se nos antoja del todo creíble el siguiente diálogo acaecido en una de las salas de reuniones de la prestigiosa ONG «Observatorio de Fotos de Contraportadas de Líder y Meridiano». Allí se hallan tres hombres engolfados en el análisis simbólico-semántico de las gráficas publicadas en los tabloides de la prensa deportiva:

―Andan diciendo en la calle que nosotros somos pura fachada, que no somos una organización no gubernamental seria, sino más bien una pila de morbosos― dice Rubén, el vocal de la ONG.

―De seguro se trata de una campaña de difamación pagada por las viejas cagalitrosas de la Asociación Civil «Menopáusicas por la Libertad». Ustedes saben que el sector «cuero na’más» es nuestro enemigo histórico― riposta Arturo, presidente de la ONG.

―¡Pero qué bolas tienen esas viejas! ¿A quién se le ocurre dudar de la importancia y profesionalismo del trabajo que hacemos aquí en el «Observatorio de Fotos de Contraportadas de Líder y Meridiano»?― tercia Cheo, comprador de periódicos y community manager de la ONG.

―Compañeros les suplico que no caigamos en provocaciones, a menos que estén bien buenas, lleven minifalda y tengan menos de veinticinco años… Jijiji. En fin, ¿cuál es el primer punto del día?― pregunta Arturo.

―El análisis de la contraportada del Meridiano del día viernes. La leyenda de la foto dice: «¿Y quién dijo que la escasez es mala? Al menos la falta de tela tiene sus cosas buenas, como por ejemplo esta tanga microscópica… ¡Hazme tuyo demonia!»― lee con fruición el bueno de Rubén.

―Sobre esta imagen en particular, tengo algo que decir compañeros― interviene Cheo.

―Adelante…

―¡Vaina pa’buena!― sentencia.

―Obviamente se trata de una violación de los derechos humanos de los hombres casados― dice Arturo.

―¿Por qué?

―Porque nos recuerda lo jodido que estamos con nuestras esposas.

―¡Si te escucharan las menopáusicas por la libertad!― bromea Rubén.

―Bueno, ahora vamos con la contraportada del diario Líder en Deportes. La leyenda dice: «Se acerca el juego de las estrellas de las Grandes Ligas y la hermosa Yubiritzy peló por el bate. Ella afirma que su especialidad es el toque de bola, pero aquí, entre nos, de seguro que la bota de jonrón. ¡Dale con todo mamita!»― lee en tono sabrosón Cheo.

―Yo estoy de acuerdo. Basta ver cómo agarra ese bate para saber que la pelota se va del estadio― apunta Rubén, maestro del comentario deportivo de doble sentido.

―A esa tipa yo le ofrezco un contrato multianual― sentencia Arturo.

La conversación de los tres tecnócratas queda interrumpida abruptamente por una situación impensada. En la sala de reuniones entra una mujer y, sin pedir permiso, se sienta en una de las sillas de la mesa de reuniones.

―Buenos días, caballeros― saluda Ana.

―¿Y usted qué hace aquí? ¿Quién la dejó entrar? ¡«Menopáusicas por la libertad» está en la calle de enfrente!― espetó Arturo.

―Se equivoca amigo. Yo vengo al «Observatorio de Contraportadas» para abrir el capítulo de «Análisis de fotos masculinas». Vengo de parte de Tibisay Lucena, quien está bien pilas con eso de la paridad de géneros― contestó Ana.

―¡Pero esto es un atropello!― protestó Cheo.

―Bueno, me dejan el machismo y analicen conmigo la contraportada donde aparece el candidato a Míster Venezuela… Esta es la leyenda: «Luciano está desesperado buscando nuevos talentos para el pole dance. Dice  que pone la música y el tubo. ¿Será que se animan?».

―¡Ni de vaina! La pelea de espadas se las dejo a los tres mosqueteros― señala Rubén.

―Como dice el narrador Beto Perdomo: «Eso no es un bombo. Es un bimbo»― parodia Arturo.

―¡Ah no, chicos! No sean saboteadores. Miren que faltan como veinte portadas de Míster Venezuela por analizar…

―¿Cómo es la vaina? ¡Qué va! Yo me voy para Provea― grita Rubén.

―Y yo para Cofavic― apunta Cheo

―¿Y tú también te vas?― le pregunta Ana directamente a Arturo.

―¡Por supuesto! Me voy a fundar otra oenegé.

―¿Y qué nombre le pondrás?


―¿Qué otro podría ser? ¡Viejos verdes sin fronteras!

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martes, febrero 22, 2011

Teoría y praxis del guabineo

El guabinoso es un personaje arquetípico de la identidad venezolana. De allí que gran parte de la historia nacional se revele incomprensible si dejamos de lado la impronta social de este anónimo sujeto, de habla limitada y vocación camaleónica, que se resiste a batirse por una idea propia, que únicamente desea andar siempre de buenas con Dios y con el diablo.
Para rastrear la etimología del término «guabinoso» no es necesario cruzar el Atlántico. En su imprescindible obra Buenas y Malas Palabras, el filólogo Ángel Rosenblat nos explica que el vocablo proviene de «guabina», voz indígena empleada para designar a un pez de río, de piel tan resbalosa que hace casi imposible las labores de captura. En Venezuela, por extensión, solemos tachar de guabinoso al sujeto de juicio escurridizo, remiso a revelar sus opiniones ante terceros o a tomar partido en afiebradas discusiones públicas.
Un primer aspecto a destacar en el presente estudio es que el guabineo, a diferencia del onanismo, no puede entenderse como una práctica solitaria. Nadie guabinea cuando está solo, porque carece de sentido y de gracia. No hay pues, como en la pugilística, un guabineo «de sombra». Y a menos que el sujeto sufra de un trastorno bipolar o arrastre una psique escindida en varias personalidades (al estilo de los personajes de Brian de Palma), es imperativo el concurso de otros individuos —preferentemente defensores de posturas extremas— para que sienta la compulsión de silenciar la opinión propia y exteriorice su fingido apoyo al criterio ajeno.
No debe tomarse al guabinoso por un filósofo. La duda que exterioriza, en su hablar vacilante, no reviste un carácter existencial. No es pues un epígono de Camus o de Jean Paul Sartre. A diferencia de Hamlet, el hombre guabina no tiene problemas en ser y no ser al mismo tiempo. En su alma no anidan dilemas vitales, sino miedos irremediables: al poder, a la soledad, al ridículo, al rencor que se jacta de memorioso.
Al igual que el león del cuento del escritor polaco Slawomir Mrozek, el guabinoso no se anima, por instinto táctico, a hincar los dientes sobre los conducidos a la arena del coliseo, no vaya a ser cosa que, por caprichos del destino, los martirizados cristianos terminen sentados en la tribuna de las autoridades y luego se ocupen de los verdugos y sus colaboradores. Y es que pocas cosas inquietan tanto al espíritu contemporizador como la imposibilidad de avizorar si el sojuzgado de hoy podrá convertirse en el dominador del mañana.
Puesto al frente de la neblina que cubre los hechos futuros, el guabinoso sólo atina a redoblar sus previsiones de paranoico. No desea ser traicionado por ninguno de los avances tecnológicos que proporcionan nuevos ojos y oídos a los hombres. Por eso, aprovecha el Twitter —el guabinoso es el follower por excelencia— para erigirse en el rey del retuiteo (por uno de @chavezcandanga manda otro de @runrrunes). Mientras que instalado en el Facebook pulsa, de manera sucesiva y con frenesí bipolar, las opciones de me gusta y no me gusta. Su soundtrack: la canción «Yo no sé mañana» del salsero Luis Enrique.
Desde el punto de vista de la personalidad, el guabinoso se ubica en tierra de nadie. No es un hombre de acción, porque carece de espíritu resolutivo; pero tampoco es un hombre de ideas, porque, al cerrarles los cauces de salida, termina por abortar sus creencias y convicciones. Visto bien, el guabinoso no es más que un ni-ni existencial, un abstencionista de la vida, un zombi esmerado en hacerse pasar por tribuno del ágora y miembro de la polis.
El guabineo perfecto implica la muerte de la creatividad, dado que la apelación a modos originales de expresión siempre trae aparejado el riesgo de la distorsión, de la deformación del parecer o testimonio. Es por esta razón que la contemporización virtuosa guarda estrecha relación con la repetición automática, inclusive en el mismo tono, de las palabras pronunciadas por el interlocutor (ecolalia). Porque la tragedia del guabinoso reside en que, tarde o temprano, será emplazado a hablar, y, llegado ese momento, los gestos le resultarán poca cosa a la hora de significar las perlas más rutilantes de la retórica guabinosa: «Sí, pero no», «Tal vez, aunque de repente», «Lo uno y lo otro, pero también todo lo contrario». El guabineo es, ante todo, un acto del habla.
Duele reconocerlo, pero algunas personas parecen más dispuestas a luchar por la libertad de guabineo que por la defensa de la libertad de expresión. Sin embargo, en tiempos de polarización y reglamentaciones parlamentarias para frenar hipotéticos saltos de talanquera, el guabineo es una estrategia arriesgada, y a menudo desacertada, de sobrevivencia política. El hombre guabina no aguanta ni un wikileaks ni un informe de la policía secreta. Los fanáticos no toleran los culipandeos opináticos.
Como fenómeno popular, el guabineo ha hecho metástasis en otras esferas de la vida social. Por ejemplo, ha devenido reputado enfoque noticioso, basado en los valores periodísticos de la objetividad y la imparcialidad. Lo que tan abstruso suena en la teoría, en la práctica se limita a la acción de alternar una noticia del gobierno con una noticia de la oposición o, también, contrastar una entrevista del gobierno con otra de la oposición, sin ocuparse jamás de reseñar las posturas intermedias que tercian en el debate público. La experiencia reciente nos demuestra que, a punta de guabineo mediático, se puede hacer pasar una emisión meridiana de noticias por un compacto imparcial, repleto de informaciones redactadas desde una óptica justa y balanceada (Justa, porque el templón se efectúa en el punto exacto donde se jala mejor. Balanceada, porque una vez aferrada la persona al mecate salvador no puede evitar bambolearse, por un movimiento de inercia, de acá para allá y de allá para acá).
El guabineo políglota y cosmopolita es una ventaja competitiva en el mundo de la diplomacia. Sin embargo, la huelga de hambre iniciada por un grupo de valerosos estudiantes venezolanos ha puesto de manifiesto la existencia de insulsas modalidades de guabineo, como la desplegada por el mediocre secretario general de la Organización de Estados Americanos, ese oneroso sindicato hemisférico de presidentes que pretende hacerse pasar por una asamblea de pueblos soberanos.
Cuando vemos a José Miguel Insulza en su desafortunada gestión al frente de la OEA, repetimos con el psicólogo estadounidense William James: «No hay ser humano más miserable que aquel que vive en la indecisión».

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miércoles, octubre 27, 2010

Sociología de la hora loca

La clase media venezolana ha sabido dotarse de un complejo y variopinto entramado de prácticas culturales. Manías, hábitos y costumbres que buscan ser respuestas creativas a problemas acuciantes del país. La garita de vigilancia, con el guachimán muchas veces achispado que anota pacientemente el nombre de los visitantes de la urbanización, y la hilera espaciada de «policías acostados», jurados enemigos de amortiguadores y trenes delanteros, constituyen dos intentos desesperados por acabar con la inseguridad que limita la vida en común.
Pero sería un error renunciar a la diversión. El ocio y el entretenimiento son compensaciones justas ante lo fatigoso del trabajo y el estrés. La clase media consigue recuperar las energías pérdidas en los relajantes espacios de los cafés lounch, entre catas gastronómicas y acordes de chill out; sin embargo, también se ha animado a crear ritos de carácter familiar y colectivo, como los baby shower y los open house, concebidos como mecanismos de conservación de su identidad como estrato social. En este contexto sociológico, es donde centraremos nuestro análisis de la práctica festiva conocida como la hora loca.
¿Quién de nosotros no ha terminado enredado en un trencito, de lenta y zigzagueante trayectoria, tan pronto se dejan escuchar los acordes de «Vamos pa’la conga» de Ricardo Montaner? ¿Quién de nosotros no ha girado con rapidez y entrecruzado brazos para así seguir el ritmo de la mediterránea tarantela? ¿Quién de nosotros no ha participado en un corro de tambores que imita una noche en Choroní en el centro de la pista? En verdad os digo, que aquel que esté libre de barrancos que tire la primera piedra…
La hora loca es legítima representante de la globalización. En su disposición musical, hecha de cortos y entreverados ritmos, se funden la cumbia, la polka, la changa, la samba, la lambada, el calipso, la ranchera, el merengue ripiao y la música electrónica. Lo más parecido a este crisol de nacionalidades es un elenco de una telenovela mayamera, donde en un mismo techo conviven un papá cubano, una mamá colombiana, un hijo mexicano, una hija argentina, una suegra venezolana y un nieto portorro.
Puede que a los ojos de las autoridades oficiales y vaticanas la ceremonia de la boda sea interpretada como una legítima unión conyugal, pero sin la celebración mundana de la hora loca el matrimonio carece de validez para amigos, familiares y jodedores. Y no se trata de una actitud que pueda explicarse por una afición disfuncional por el caos y el despelote, ya que en la vida pocas cosas entrañan más seriedad que la organización de la parte estelar del entretenimiento. Cuando analizamos a profundidad el fenómeno de la hora loca llegamos a la conclusión de que, más que un hábito social, parece una franquicia. De hecho, sabemos del surgimiento de una nueva profesión: el «horalocólogo», sin duda un desprendimiento del oficio chic de organizador de bodas.
El horalocólogo se esfuerza por garantizar una pulcra y armónica puesta en escena. Su método de trabajo consta de varias fases. La primera de ellas es la realización de una estricta auditoría de los ritmos incorporados al listado de temas de la hora loca. El objetivo es lograr un producto equilibrado: un exceso de reggaetón, de cumbia o de tambores puede desbordar las bajas pasiones de los participantes, y devenir en la antesala de un episodio orgiástico y barriobajero («Échale carne pa’los perros, échale carne pa’los perros, échale carne»). La segunda etapa pone especial cuidado en la correcta conformación del cotillón, el cual debe incluir: máscaras y antifaces, cintillos con estrellas y sombreros estrafalarios, collares florales y lentes con nariz y bigotes (también son válidos los del tipo Poncharelo), y un ruidoso kit de pitos, matracas y claqueadores. La última y más riesgosa fase es fiscalizar que el trencito borrachístico, inducido pavlovianamente por la conga de Montaner, no descarrile y termine por causar una colisión que dé al traste con los centros de mesas y las botellas de güisqui que los invitados cleptómanos y marginales pensaban llevarse «encaletados». Nunca falta el horalocólogo que sueñe con convertirse en el Joaquín Riviera de fiestas y guateques, y ensaye una megaproducción hollywoodense con zanqueros, escupefuegos, lanzacuchillos y titiriteros (sólo hacen falta orfebres, artesanos, estudiantes de letras y un aviso herrumbroso del Centro Simón Bolívar para que aquello parezca la plaza Morelos).
Los participantes del jaleo viven una sensación catártica y un goce carnavalesco. Tal como el antruejo se erige como una reacción profana ante el predominio y la solemnidad del rito religioso, un contrapunto medieval a la cuaresma cristiana, la hora loca, babel musical, constituye un guiño desacralizador de esa atmósfera hierática propia del matrimonio consumado en el altar eclesiástico. Durante la hora loca se suspende el principio de autoridad, pero también se experimenta la intermitencia de los duros requerimientos estéticos de la sociedad moderna. Entre antifaces y máscaras de rostros contrahechos, la ausencia de belleza no supone una desgracia. Llegados a este punto, echamos de menos al cronista que relate este encuentro de los feos con su patria.
Dice Mijaíl Bajtin, en su estudio clásico La cultura popular en la Edad Media y el Renacimiento: «El carnaval es la segunda vida del pueblo, basada en el principio de la risa (…) Las festividades siempre han tenido un contenido esencial, un sentido profundo, han expresado siempre una concepción del mundo. Los “ejercicios” de reglamentación y perfeccionamiento del proceso del trabajo colectivo, el “juego del trabajo”, el descanso o la tregua en el trabajo nunca han llegado a ser verdaderas fiestas. Para que lo sean hace falta un elemento más, proveniente del mundo del espíritu y de las ideas. Su sanción debe emanar no del mundo de los medios y condiciones indispensables, sino del mundo de los objetivos superiores de la existencia humana, es decir, del mundo de los ideales. Sin esto, no existe un clima de fiesta».
En tiempos recientes hemos presenciado un fenómeno curioso: el salto al mundo cotidiano de la hora loca, o mejor dicho, del concepto caricaturizado de la hora loca. No hablamos ya de la moda gimnástica de la bailoterapia, con su cauda de viejitos moviéndose de un lado para el otro, sino de algo de mayor densidad, que se expresa en Caracas, por ejemplo, en un paisaje urbano grotesco, producto de una arquitectura de estilo hora loca, que junta moles inmensas con pequeños edificios. Aunque también pudiésemos referirnos a la esperpéntica hora loca —y, de paso, nona— que deben encarar a diario los usuarios del Metro de Caracas, degradados en su condición de usuarios y seres humanos. Todo esto por no mencionar las mentalidades estructuradas al ritmo trunco y entremezclado de una hora loca ideológica que une, en apelmazada e indigesta melcocha, al Oráculo del Guerrero, Marx, Lenin, Meszaros, Laclau, Galeano, Samuel Robinson, Guevara, Chomsky, Zamora, Dussel, Kléber Ramírez, Fanon, Zizek, Ceresole y Bolívar (el trencito de la hora loca ideológica es pariente cercano del trencito beodo de bodas y bautizos; no en balde tiene como combustible la concupiscente borrachera de petrodólares).
Afirma Milan Kundera, en su libro Los testamentos traicionados, que en la niebla se puede ser libre, para, acto seguido, aclarar: «Pero eso sí: siempre será la libertad de alguien que está entre tinieblas».

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jueves, marzo 27, 2008

Vía crucis del temporadista

El pueblo venezolano no aguanta otro feriado. Sus pobres ciudadanos necesitan más fechas laborales para poder descansar. La dura realidad les ha enseñado que pocas cosas resultan más engañosas que la holganza asociada a un día festivo.
El sino trágico de nuestros argonautas del siglo XXI comienza desde el mismo instante en que deciden convertirse en temporadistas. Un lamentable descenso en los escalones de la zoología, que se traduce, impepinablemente, en la afectación profunda de la estructura genética de hombres y mujeres.
De la palpable evidencia de que temporadista no es gente, nos habla, con persuasiva elocuencia, la nula capacidad para percibir las más sencillas señales de tránsito (la luz amarilla significa para él un retador “¡coño hunde esa chola!”, mientras que la luz de cruce equivale a un altanero “¡tú sí eres bien güevón si me das paso”!). Otra característica que delata su involución ontológica es la proverbial imposibilidad de procesar los mensajes preventivos de las campañas institucionales (de hecho, la única estadística que supera con creces la tasa de fallecidos en accidentes viales es el índice total de consejos desoídos).
Cuando advertimos el carácter inexorable de esta suerte de demencia colectiva, no podemos evitar pensar en la conveniencia de colocar, en lugares limítrofes de las principales ciudades, un aviso que señale -en contraposición de la famosa inscripción del infierno dantiano-: “Ustedes, los que salen, perded toda esperanza”. Y es que una vez metidos en carretera, podemos afirmar que arranca oficialmente la fase conocida como round robin o “todos contra todos”. Los primeros en destacarse son, sin duda, los émulos tropicales del británico Lewis Hamilton o del “hombre de hielo” Kimi Räikkönen, quienes no vacilan en enfrascarse en una reñida y suicida lucha por la obtención de la vuelta más rápida. Llegados a este punto, nos vemos obligados a confesar, ante nuestros pacientes lectores, que nuestras habilidades intelectuales se revelan insuficientes a la hora de ensayar una explicación medianamente efectiva de los extraños mecanismos mentales que llevan a determinados sujetos a confundir la ruinosa superficie de la Autopista Regional del Centro con los modernos trazados de los circuitos de Montmeló, Sepang o Interlagos. Hay que echarle bola para homologar el movimiento de las banderas reglamentarias de la Fórmula Uno con las violentas sacudidas de paqueticos artesanales de panelitas de San Joaquín...
Así pues, ante la ausencia de un estandarte amarillo que indique oportunamente a los pilotos la imposibilidad de acelerar el coche, o la prohibición de intentar una arriesgada maniobra de adelantamiento, los funcionarios adscritos a Protección Civil y a la Dirección Nacional de Tránsito Terrestre han tenido que tomar para sí la misión de preservar el orden vial. De este legítimo mandato burocrático ha surgido la inefable figura del Operativo Especial de Semana Santa: una ambiciosa plataforma humana y tecnológica orientada, en un principio, al propósito inconfensable de incomodar y torturar a todos los temporadistas.
En este sentido, cabe destacar las altísimas cotas de crueldad alcanzadas en el asueto reciente con la aplicación del Plan Nodriza, iniciativa gubernamental consistente en la circulación estratégica de patrullas de vigilancia a baja velocidad. El poderoso efecto disuasivo de la tal medida se puso de manifiesto rápidamente: en cuestión de minutos el país entero se transmutó en una infinita e insoportable cola. Ninguno de los conductores se atrevía a superar los coches de paso testudíneo; en su lugar, sólo se limitaban a manejar a treinta kilómetros por hora bajo un sol abrasador.
Pero justicia es reconocer que no faltó quien se rebeló frente a semejante destino, y, desesperado, optó por amarrar su suerte al hallazgo de un atajo milagroso. Sin embargo, a estas alturas del partido, ya todos sabemos que los famosos “caminos verdes” en verdad constituyen la versión carreteril de mitos tan nefastos como El Dorado o la fuente de la eterna juventud. Lo que sí existe -y vaya que existe- son policías acostados que, al no estar debidamente pintados, pareciesen echarse a dormir justo cuando pasa el carro del temporadista, como para dañarle por completo las mesetas, muñones, amortiguadores y demás piezas del tren delantero. Igualmente, también menudean esos vagos autóctonos que con aliento a caña se le atraviesan a los conductores en plena cola, para solicitarles una humilde contribución dizque con miras a conservar el buen estado de lo que, a todas luces, es un colador vial. ¡Y ay si el chofer se pone cicatero y no se baja de la mula para ayudar al loable mantenimiento de la cirrosis!: Termina inscribiendo su nombre entre los protagonistas de la tradicional “Quema de Judas”.
Asombra observar cómo seres racionales, puestos a elegir entre el precipicio final y el sosiego reparador, escogen sin vacilación el sinuoso camino de la muerte en vida. Algo muy malo debe estar ocurriendo en los hogares venezolanos, para que la gente sólo desee huir de ellos. Aunque de repente exageramos la nota y no se trate de una misérrima vida familiar, sino de una incontrolable pulsión autodestructiva, como aquella que quedó garabateada en el pequeño diario de Hector Mann -complejo personaje de Paul Auster-: “Si pretendo salvar mi vida, tengo que estar a un paso de destruirla”.

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