jueves, abril 23, 2015

No hay condón pa´tanta gente

Si la benevolencia ajena me permite parafrasear una famosa cuña publicitaria, puedo afirmar que mientras el lector destina parte de su tiempo a la lectura de estas líneas en cualquier lugar del mundo alguien está usando un Durex. En cualquier lugar, menos en Venezuela.
Las mujeres venezolanas tienen cada día mayores probabilidades de vivir situaciones embarazosas, porque los anaqueles de las farmacias y de los supermercados están fallos de condones. De seguir así, el mes de diciembre será literalmente el mes de la paridera y las personas gastarán las cuatro lochas que obtengan por concepto de utilidades en el pago de los gastos de los partos, porque sabido es que las empresas aseguradoras no corren con la totalidad de las facturas causadas por la llegada del ave picuda.
Así como acuñaron la frase «acaparamiento doméstico» para referirse a la causa última de la escasez, el gobierno y sus asesores propagandísticos no tardarán mucho en relacionar la falta de preservativos con el «acaparamiento ninfómano» de las amas de casa que, urgidas de aplacar los furores de una «sexualidad nerviosa», vilmente  inducida por una canalla mediática y pornográfica, salieron en patota en búsqueda del vital látex.
Pero a mí me «látex» que esta situación embarazosa se va a tornar mucho más complicada, porque mientras escasea el condón abunda el viagra y este dato no es moco de pavo. De hecho, cualquier damisela, con hábitos sexuales normales, puede dar fe que bastante más difícil que hacerse de un preservativo de calidad resulta salir zafa de las demandas carnales de un viejo lujurioso devenido íncubo, como consecuencia de las alteraciones psicológicas propiciadas por el priapismo farmacológico.
Algunos gurúes de la planificación familiar dicen que las esperanzas no están del todo perdidas y sostienen que el «método del ritmo» constituye un buen método anticonceptivo, siempre y cuando el ritmo en cuestión no se trate de reguetón. Porque entre perreo y perreo se cuela el deseo...
La falta de condones hay que analizarla en el contexto de un Estado, si se quiere, escasamente «preservativo». A diario vemos noticias que ponen de manifiesto los problemas que afrontan las autoridades para preservar los derechos fundamentales de la ciudadanía: el derecho a la vida, el derecho a la salud, el derecho a la educación, el derecho al trabajo, el derecho a la vivienda.
En fin,  ¡no hay derecho a tanta incumplidera de derechos! Y no nos vengan con el cuento de que la culpa de la mala situación de los derechos es de la derecha, pues tal señalamiento sería algo siniestro, porque sus representantes gobiernan en pocos estados y municipios.
La revolución bolivariana, la misma que creó un polémico viceministerio para la felicidad, se jacta de ser puro amor; sin embargo, no se cansa de hacerles imposibles la vida y el sexo seguro a los amantes. Y si bien es verdad que las elecciones presidenciales acontecen cada seis años, no es menos verdadero que las erecciones tienen lugar casi a diario y hoy la patria descubre con alarma el hecho de que no hay condones para tanta gente.

En Venezuela lo único que el Estado medianamente preserva son los trescientos dólares para compras en internet (aunque intentaron aprobar un uso fraccionado de las divisas) y este año quien no se gaste este cupo en preservativos sin duda deberá hacerlo en pañales...

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jueves, marzo 10, 2011

Nadie extraña a los chaperones

No todo tiempo pasado fue mejor. Al menos no lo fue aquel donde campeó el chaperón, el más extraño de los monstruos vampíricos. Un ser que para sobrevivir y justificarse siempre necesitó del auxilio de dos personas.
El chaperón es un fósil que a nadie le interesa. A diferencia de los extintos dinosaurios, reivindicados fervorosamente por las nuevas generaciones, ningún canal de televisión se atrevería a producir un programa especial para recrear, a través de complejas técnicas de animación, las condiciones sociales y ambientales que sirvieron de hábitat a una presencia tan molesta. No olvidemos que el chaperón era la persona asignada para acompañar a los jóvenes enamorados en su cita romántica; un censor del sexo, una alcabala del deseo, que debía evitar cualquier brote de lujuria que pudiera dar al traste con el honor familiar.
Por lo general, las labores de espionaje doméstico recaían en los hermanos. Únicamente ante la ausencia de los varones, los padres accedían a delegar estas responsabilidades en las hermanas de la chica cortejada. Numerosas víctimas relatan que los chaperones más difíciles de burlar eran los familiares celópatas, porque los animaba un instinto protector basado en un exacerbado sentido de la propiedad. El apego fraternal funcionaba como una muralla infranqueable ante la andanada de sobornos y tentaciones.
Este fenómeno cultural, al igual que tantos otros, hunde sus raíces en el machismo, atrasado sistema de creencias que aún mutila el desarrollo de la personalidad de ambos sexos, y niega, en el caso específico de las mujeres, el goce pleno de la sexualidad. Visto bien, a lo largo de su historia, el «chaperonismo» demostró ser, más que una figura de tutelaje, un sistema oscurantista de vigilancia y delación.
Un trasfondo cuasipolicial que allanó el camino para que el oficio del chaperón, en más de una ocasión, sirviera de acicate y pretexto para la aparición de prácticas turbias, corruptas, poco transparentes. Muchos árboles genealógicos deben lo torcido de sus ramas, o lo escaso de su follaje, a la abundancia de personajes venales que se hacían de la vista gorda a cambio de dinero, regalos o favores. De hecho, cuando oímos el anecdotario de las víctimas nos cuesta bastante diferenciar la figura del chaperón de cualquier otro desacreditado personaje de la picaresca criolla, como, por ejemplo, los agentes de aduana o los fiscales de tránsito.
El declive de los antiguos custodios del honor familiar se confunde con el auge del movimiento feminista, cuando mujeres diferenciadas por su estrato social, pero emparentadas por el peso de un mismo trauma —una juventud agostada por las secuelas de un sistema machista de vigilancia—, lograron convertirse en madres capaces de sustituir, en sus respectivos hogares, ese denso entramado de prejuicios sexuales que la mayoría de los hombres se empeñan en hacer pasar por tradición.
A décadas de su desaparición, debemos apuntar que todavía se pueda palpar cierto reconcomio histórico por los chaperones. Muchas damas no olvidan los abrazos no dados, los besos que no fueron; las palabras que al ser pronunciadas con cálculo y disimulo no pudieron conocer la belleza de la frase espontánea, directa y sincera. Algo se perdió para siempre en aquella pasión obligada a expresarse en lenguaje cifrado. Tristán e Isolda, Romeo y Julieta, Dante y Beatriz, obligados a hablar por wokitoki: Copiado. Positivo el procedimiento. Cambio y fuera.
Los tiempos han cambiado, así como también los modos en que los enamorados acostumbran a estar juntos. Un chaperón del siglo veintiuno tendría que ser, forzosamente, un hacker al estilo Millenium para sabotear un chateo entre dos ciberamantes o impedir que el novio le dé un toque indiscreto a su hermana a través del Facebook. Ante la ausencia de un sujeto físico, abunda quien desea transformar a los teléfonos inteligentes en versiones on line de los vetustos chaperones, dadas las innegables potencialidades del sistema de localización GPS y el envío de fotografías por mensajería interna. Sobra decir que son pataleos de ahogado.
Paparazis, redes sociales, realities shows y perreos reguetoneros ponen de bulto, cada día más, el exhibicionismo que caracteriza a la llamada posmodernidad. Los seres celosos de su intimidad poco o nada tienen que decir a un colectivo que encuentra su principal fuente de información y divertimento en los excesos de Charlie Sheen, Lindsay Lohan, Lady Gaga o el chileno Shakiro. Por mucho que nos desagrade, en la sociedad del espectáculo todos aparecemos en Google. Y es que quien menos puja, puja un video con cien mil visitas en Youtube.
En fin, parafraseando la conocida copla gobiernera y turiferaria de Cristóbal Jiménez: «Puede volver Cantinflas con Capulina y Tintan, pero los viejos chaperones, esos nunca volverán».

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viernes, enero 18, 2008

Háblame sucio



Tengo un amigo que ha jurado no tener más sexo con mujeres de clase media. De ahora en adelante se ocupará más bien de cortejar y horizontalizar a las abnegadas féminas provenientes de los estratos E y F de la población. Y es que su espíritu sencillo y campechano le hace preferir, por encima de cualquier cosa, esa variante del juego amatorio definido con maestría por el fallecido humorista José Luis Coll como copulacho, esto es, “unión sexual mantenida con una hija del populacho”.
Este fanatizado encono hunde sus raíces en la supuesta incapacidad de la burguesía criolla para apropiarse de las formas expresivas más cónsonas con los intensos momentos del apareamiento salvaje:

-¡Qué rico mamita! Ahora háblame sucio...
-¿Perdón? ¿O sea...?
-¡Qué me digas morbosidades! ¡Qué dejes aflorar esa bicha que hay en ti...!
-Pero papi, ¡si yo no soy bicha! ¿Qué te pasa? ¿Se te volaron los tapones? Me extraña que me propongas eso. ¿O es que acaso tú me conociste recostada en la rockola de un burdel? ¿Ah?
-Yo lo sé cariño. Por supuesto que tú no eres una cualquiera. Tú eres toda una santa, y aquí tengo tu velón...
-¡Vulgar!
-¡Mentira, preciosa! ¡Es echando vaina! Es que no ves que se trata de un juego. Tú sabes: algo como para preparar el ambiente. ¡Anda pues! ¡Échale bola a lo que te digo! ¡Háblame sucio!
-Está bien. Allá voy...
-Hummm. ¡Qué rico mamita!
-(Con la voz gangosa de una operadora del Metro de Caracas) Por favor, gentil caballero, su merced sería tan amable de introducir su falo erecto en mi humedecida vulva, y desprender de mis pulmones una respiración acezante que me haga desear prolongar el concúbito. Permítame experimentar su frenético vaivén y luego, en extático estremecimiento, derrámese en mí como río en agitada mar.
-¡Coño pero qué bolas tienes tú vale! ¡No ves que me lo tumbaste chica! ¿Y esa letra de cual himno es? Habrase visto, definitivamente no se puede contigo...
-Pero papi...
-¡Pero qué papi y que ocho cuartos carajo! ¿Qué te costaba hablar como una locutora interna del bingo, o como una recepcionista de línea caliente, o como una traductora panameña de películas porno, de esas que no se cansan de pronunciar la palabra panocha? ¿Acaso eso era tan difícil? ¿Era muy complicado decir: “Anda desgraciado, reviéntame ese...”?

Son muchos los hombres y mujeres que no se sienten cómodos con la retórica de catre, ya que a menudo sus piezas oratorias suelen traspasar los linderos de la coprolalia; cenagoso territorio que toda persona de buenas costumbres y rectos procederes debiese evitar hollar. Las figuras discursivas que con mayor frecuencia apuntalan estos mensajes jadeantes, inflados de deseo, son: interjecciones (“ay”, “oh”, “ah”, “hummm”), onomatopeyas (“tukiti”, “chupulún”, “chuquichuqui”), símiles de corto vuelo (“dos cerros”, “una cabilla”, “un pozo”), oxímoros (“mi bendito pecado”), metáforas (“el azote de ese barrio”, “el encapuchado que infiltró esa manifestación”, “la mantequilla de esa arepa”) e hipérboles (“¡cosa más grande!”). Mientras que el siempre efectivo sentido común recomienda descartar el uso de figuras discursivas como digresiones (“yo creo que sería bueno pintar la sala y la cocina”), apóstrofes (“¿qué dirían mis padres de todo esto?”), ironías (“acércate hombre trípode”), litotes (“el nada pequeño”) y antonomasias (“¡Oh mi Penélope!”, “¡Oh mi Ulises!” -los celópatas desconfían de cualquier nombre-).
Sobre la naturaleza histérica de la clase media mucho se ha escrito: un estamento social al que le cuesta horrores procesar el estrés derivado de su condición híbrida. Fenómeno humano cuya particularísima psiquis grupal logra la antihazaña de cuestionar la validez de aquel viejo teorema que señala que dos negaciones -no somos pobres, no somos ricos- afirman...
Ayuna de barrio, deficitaria de jet set, la clase media llega a la cama ataviada de un largo babydoll de dudas y angustias: Si se menea es puta, pero si se paraliza es frígida; si pide por esa boca es zorra, pero si se calla es polvo triste. Olvidan sus integrantes que el coito, más que una experiencia de movilidad social, de pertenencia social, es por sobre todo el goce recíproco de la movilidad sexual; una movilidad oportunamente estimulada por la química de los cuerpos o la identificación de las almas. Tierrúos o con clase, lo importante es disfrutar.
“¿Es sucio el sexo?”, se preguntó una vez el bueno de Woody Allen, para luego responderse: “Únicamente sí se hace bien”.

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miércoles, diciembre 12, 2007

Entrega laboral

Hay quienes definen sus prolongadas estadías en la oficina como un ejemplo de fervorosa entrega. Personas enlistadas en ese denodado contingente de soldados rasos, siempre dispuestos a ofrendar sus merecidas horas de descanso y reencuentro familiar en la humeante pira del compromiso organizacional, una divinidad tan pagana como rimbombante.
Del amplio catálogo de obsesiones humanas, el patológico deseo de permanecer en el sitio de trabajo destaca, por mucho, como la adicción más prestigiosa en la sociedad moderna. En teoría, la administración pública y los empresarios privados son los principales beneficiarios del incremento de productividad asociado con la prolongación voluntaria de los horarios laborales. Sin embargo, poco se habla de la clase de gente que dichos empleadores devuelven al final del día a la familia venezolana: seres cansados, estresados, escasamente comunicativos; la mayoría de ellos imposibilitados, física y anímicamente, para cultivar las relaciones primordiales de su universo afectivo.
Pero tampoco exageremos la nota. No nos precipitemos a poblar de hornacinas el moderno templo de los workalcoholics. Y es que varios de estos anónimos y sacrificados héroes a menudo suelen incurrir en actos reñidos con las impolutas páginas de la hagiografía, según nos revela un estudio demoscópico divulgado por la revista italiana Risa Psicosomática. La investigación, que resume las impresiones de 990 personas de ambos sexos, con edades comprendidas entre 25 y 50 años, arroja como principal conclusión que uno de cada tres casos de adulterio sucede en horario laboral.
“El lugar de trabajo se convirtió, por encima de cualquier otro, en un espacio para la infidelidad. Esto no obedece solamente al gran número de horas de convivencia forzada. También hay que considerar que en este espacio de interacción social se pueden desarrollar dinámicas eróticas sugeridas, implícitas, que no tienen cabida en la alcoba de la casa. Y digo esto, porque, lamentablemente, bien por los vínculos formales de pareja, bien por el concepto tradicional del deber conyugal, la formulación del deseo sexual en el ámbito hogareño se ha convertido en una manifestación comunicacional muy torpe y explícita, ajena a los ideales del romanticismo. No olvidemos que el erotismo necesita juego, misterio, imaginación, inestabilidad, ruptura, transgresión; y nada de eso ocurre en la casa, la cual siempre es visualizada en términos de rutina, certeza, estabilidad y estructura”, indica la psicóloga argentina Adriana Álvarez al comentar los datos encontrados por Risa Psicosomática.
Otros importantes hallazgos del sondeo fueron los siguientes: 33% de los encuestados cometió su adulterio en horas del almuerzo; 31% confesó fantasear con una cópula salvaje en algún rincón de la oficina; 26% señaló que no dudaría en lanzarse a la acción en pleno horario de trabajo, si la oportunidad así lo demandase (verdaderos epígonos de la escuela terrorista “allí-la-agarré-allí-la-maté”); 80% reconoció tener fantasías sexuales con un compañero de labores; y 40% admitió haber incurrido en al menos una infidelidad durante el último año.
Ya algunos expertos se han animado a ensayar una teoría científica que pueda explicar, con mediano éxito, la curiosa involución registrada en el workalcoholic modosito e incomprendido que, sin solución de continuidad, consigue transformarse en incorregible sátiro de pasillo. Una de ellas la aporta la sexóloga sureña Silvia Salomone: “Está demostrado que el vínculo laboral es más fuerte y sostenido que el matrimonial. En la pareja estable hay ciertas variables que no se ponen en juego, como la libertad individual, las fantasías sexuales, las conversaciones de doble sentido y los escarceos de seducción. Cuando no suceden adentro, la ansiedad por buscar alternativas comienza a desplegarse por fuera de la rutina, en el macrocosmos de una persona: sea en el trabajo, el club o el círculo de amigos. Y esto es un fenómeno que no respeta sexo. Está demostrado que, en comparación con los hombres, las mujeres tienen más fantasías con personas distintas a su pareja”.
Sin embargo, deseo aclarar que no pretendo desde aquí lanzar la primera piedra. Mi crónica lampiñez me impide erigirme en un draconiano ayatollah. Además, en escritos anteriores he aseverado que la presente generación de venezolanos encuentra sus valores más altos (de hecho peligrosamente más altos) en los triglicéridos, el colesterol y el ácido úrico. Por todo ello, prefiero más bien intentar pergeñar un análisis objetivo -como esos que acostumbra hacer mi compadre Manuel Rodríguez- que ayude a desbrozar el camino para nuevos y más rigurosos estudios.
En este sentido, considero vital dirigir la mirilla analítica hacia un inquietante y determinante elemento de orden espacial: la arquitectura incestuosa (“Beto” Reyes dixit). Para nadie es un secreto que las oficinas modernas están concebidas como inmensos y herméticos estudios de programas de reality show, del tipo Gran Hermano (por favor tómese en cuenta la abundancia de cámaras de vigilancia). Resulta pues muy difícil que las mujeres sometidas a semejante atmósfera totalitaria no terminen sintiéndose luego como una suerte de Alicia Machado o de María Isabel Ruiz en trance de pedirle “un poquito más” a su improvisado amante; o que los caballeros, por su parte, juren estar poseídos por los lujuriosos manes de Fernando Acaso o Dani Diyei. En verdad nadie está exento de aparecer en el motor de búsqueda de YouTube.
La situación no mejora mucho con la proliferación de cubículos grupales del tipo open space con tabiquería de mediano tamaño (ustedes ya los conocen: esos corralitos decorativos dispuestos por jefes paranoicos, con la nada velada intención de escuchar las conversaciones supuestamente conspirativas del personal a su mando). En la práctica estos oprobiosos campos de concentración postnazistas devienen en escenario ideal para el agavillamiento, la recostadera incesante de genitales y otras zonas erógenas, el espionaje telefónico e informático, la captura de picones (dada la profusión de gavetas y archivos) y el calentamiento global del clima organizacional.
En fin, nada nuevo bajo el sol: se comienza rompiendo paradigmas y se termina rompiendo noviazgos y matrimonios; se empieza alineando estrategias y se termina alineando cuerpos y deseos; porque queridos amigos, como todos hemos experimentado alguna vez, más de una cruenta reestructuración organizacional hunde sus raíces no en las mentes febricitantes de tecnócratas del área de Recursos Humanos, sino en la perversa maquinación de amantes abrazados en mullido tálamo.

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jueves, noviembre 22, 2007

Dificultades del viejoverdismo

Sirvan estas líneas para confesar que me siento (in)moralmente capacitado para sentenciar, urbi et orbi, que ese sujeto principal de la picaresca moderna conocido bajo el lacerante remoquete de “viejo verde” no nace ni se hace. Concluyo más bien, a juzgar por recientes y aparatosos acontecimientos personales, que dicho sujeto en verdad se deshace, se autodestruye -como una especie de mensaje espía-, frente a las miradas burlonas de quienes suponía sus víctimas.
Nos advierte con razón el ilustre gemelo del miedo, el inglés Thomas Hobbe, que “el infierno es la verdad descubierta demasiado tarde”. Y es que tenía que desgarrarme el helénico talón de Aquiles, en un taller dictado por hermosas y voluptuosas instructoras hiperquinéticas, para tomar conciencia de los muchos lustros por mí acumulados. Debí sufrir las dolorosas secuelas de un estiramiento calisténico mal ejecutado para comprender, en forma definitiva, la falacia resumida en esa voluntarista premisa que nos dice que la juventud, al igual que el populoso rancho venezolano, se encuentra en la mente (en el talón comprobado que no está...).
Ahora, penosamente sostenido en un par de muletas, acopio fuerzas para llegar hasta la biblioteca -¡por fin logro entrever una ventaja de vivir en un apartamento de clase media y no en el Palacio de Buckingham!- para releer los versos del nostálgico poema No volveré a ser Joven de Jaime Gil de Biedma: “Que la vida iba en serio / uno lo empieza a comprender más tarde / como todos los jóvenes, yo vine / a llevarme la vida por delante / dejar huella quería / y marcharme entre aplausos / envejecer, morir, / era tan sólo / las dimensiones del teatro / Pero ha pasado el tiempo / y la verdad desagradable asoma: / envejecer, morir, / es el único argumento de la obra”.
No es fácil convertirse en un exitoso viejo verde. En primer lugar, es requisito imprescindible que el interesado cuente con una sólida plataforma financiera que le permita sufragar la costosa logística de la seducción (esto es, las partidas presupuestarias relacionadas con transporte, catering, vestuario y puesta en escena). La platónica estampa de los amantes pelabola, apretujados lascivamente en una banca de plazoleta, constituye la única imagen capaz de superar los irrepetibles niveles de anacronismo sintetizados en la desvaída bandera de la hoz y el martillo. Es el dinero -el más eficiente de los cirujanos plásticos- el agente cosmético llamado a imprimir las tonalidades glaucas al cuerpo senescente. Sin el cochino metal, estaríamos hablando de arrugas y líneas de expresión; de algo podrido por todo el cañón...
La hoja de ruta establece como segundo paso la escogencia de la víctima. En este apartado es conveniente advertir que mientras más descienda la mirilla del renglón etario más difícil se tornará luego la conquista del objetivo. Se suele creer que las mujeres jóvenes son más fáciles de impresionar o engañar por parte del galán entrado en años (sabido es que el aprisco de los caballos viejos tiene más mojones que el mítico establo de Augías), pero la evidencia empírica nos demuestra, en forma contundente, que se trata de otro relato ficticio llamado a halagar el inflado ego del casanova de edad adulta. La dolorosa verdad es que en el cuadrilátero del sexo y del amor no existe tal cosa como el amateurismo. A lo sumo hay novatos del profesionalismo.
Una vez definido el foco de acción, el aspirante a viejo verde deberá arrostrar el desafío de jugar simultáneamente en dos complicados tableros. El primero de ellos viene dado por un importante eje estratégico: la apariencia física. Es conveniente precisar que no sólo se trata de proyectar una personalidad empática, cool y open mind (anglófobos por favor abstenerse), sino también de asumir, como hábitats propios, lugares y eventos tan inhóspitos como gimnasios, maratones de spinning, fiestas raves o festivales de deportes extremos. En cuanto a la variante gastronómica, la obtención del objetivo planteado supone renegar de las adoradas fritangas y comilonas de otrora, para abrazar una dieta de inspiración anoréxica, diseñada para los paladares herbívoros más refinados.
El segundo eje estratégico consiste en materializar la perfecta identificación generacional con la víctima, a través de la asimilación y manejo adecuado de los referentes simbólicos y culturales. Lo anterior supone mucho más que la memorización de los grupos musicales de vanguardia, las películas de culto, los videojuegos de moda o los clásicos de la literatura New Age. Se impone además la apropiación de los dialectos y lenguajes corporales característicos de las nuevas cohortes; y el perfeccionamiento de las habilidades psicomotoras requeridas para sacar provecho de las muchas bondades tecnológicas del chateo y los mensajes de textos vía telefonía celular.
Es preciso no menospreciar la campaña de desprestigio mediático proveniente del amplio espectro opositor a la pasión provecta. Lo idóneo es que el aspirante a viejo verde permanezca firme en su compromiso con la libertad de expresión, y no se muestre intolerante ante el alud de apodos y cognomentos que su comportamiento lúbrico despertará en amigos y familiares de la víctima: Matusalén, Matu (chispeante abreviación de Matusalén), abuelito, bejuquín, fósil, vegetal, dinosaurio, galán de otoño...
Sin embargo, justicia es admitir que las circunstancias anteriormente enumeradas no representan el non plus ultra de las dificultades del viejoverdismo. Existe algo más terrorífico aún. En este sentido, es apropiado citar la sabia observación realizada por Oscar Wilde en su obra El abanico de Lady Windermere: “En este mundo sólo hay dos grandes desgracias. Una es no obtener lo que uno desea, y la otra es obtenerlo. La última es la peor. ¡La última es una verdadera tragedia!”
El viejoverdismo: angustiosa odisea de la modernidad. Su canto de sirena nos hace recordar las sabias palabras del escritor nicaragüense Sergio Ramírez: “La mejor y más engañosa promesa del demonio es hacernos creer que de nuevo nos hará jóvenes”.
¡Sí, como no! ¡Pónganse a creer!

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miércoles, octubre 31, 2007

Los simulacros están de moda

Aunque cueste creerlo, la presidenta del Consejo Nacional Electoral (CNE), Tibisay Lucena, no es la única persona empeñada en organizar simulacros por América Latina. Desde el extremo continental, específicamente en la remota tierra austral, nos llega un despacho noticioso de la Agencia France Presse que nos pone al corriente de un controversial concurso a realizarse en las próximas semanas en la ciudad de Santiago de Chile: el primer campeonato internacional de fingidoras de orgasmos.
“Las participantes que tengan el valor de subirse a la tarima contarán con tres minutos para fingir un orgasmo lo más real posible. Durante este tiempo, cada una de ellas deberá acudir a sus sueños y vivencias más excitantes a fin de crear el ambiente necesario. Sin embargo, las chicas escasas de imaginación siempre podrán utilizar una mano amiga. Aquí todo se vale”, explica sin mayor pudor Leonardo Barrera, patrocinante del torneo y dueño de una popular red de tiendas de juguetes sexuales.
La dama que logre la simulación más convincente se hará acreedora en el acto de un considerable premio en dólares, más la ñapa, nada despreciable, de dos pasajes aéreos para disfrutar del programa de actividades del Festival de Cine Erótico de Buenos Aires; evento donde podrá conocer a reputadas figuras de la industria del pornoentretenimiento como la actriz italiana Cicciolina y el actor español Nacho Vidal.
Como toda competencia de alto desempeño y vocación de historia, contará con la presencia de un prestigioso jurado calificador, integrado por un grupo de actrices chilenas reconocidas ampliamente en la farándula local por la calidad de sus escenas de cama tanto en teatro, cine como en televisión. Una de ellas, Shlomit Baytelman, al ser consultada por la prensa se animó a compartir con las esperanzadas contendoras parte de sus secretos profesionales: “La clave son dos grititos cortos y uno largo. Para mí, muchos de los errores que cometen las mujeres se producen cuando olvidan este detallito, y comienzan a proferir largos y sonoros gritos que, más que un tsunami de placer, terminan por transmitir la imagen de una paliza inclemente”.
Y es que la simulación exitosa es cosa de estilo, tal como lo demostró la rubia Meg Ryan en el recordado filme When Harry meet Sally, donde su personaje tuvo a bien desplegar las potencialidades genéticas que tienen nuestras féminas para el histrionismo sexual; un inveterado flagelo del cual ningún varón puede sentirse vacunado.
“No dudamos que los próximos días serán de mucha entrega para las integrantes del seleccionado nacional de simuladoras de orgasmos. Nuestra meta no puede ser otra que conseguir una importante, y si se puede muy placentera, posición en el medallero final de la justa. Cada una de nosotras siente muy adentro el deber de dejar en claro que las chicas venezolanas no somos solamente las mujeres más bellas del universo, sino también las amantes más solidarias a la hora de no maltratar el desbordado ego de nuestros hombres”, declaró en improvisada rueda de prensa la capitana del conjunto criollo, quien optó por no revelar su nombre (seguramente asustada por el previsible contingente de voluntarios interesados en entrenar con el equipo).
Sin embargo, accedió a divulgar algunas de las estrategias a ser explotadas en la ciudad de Santiago: “Considero que en tres minutos son muchos los sueños y pensamientos eróticos que podemos tener para experimentar el tan deseado clímax. Inclusive, la propia situación económica del país nos proporciona no pocas situaciones para activar nuestra líbido. Imagino, por ejemplo, el estremecimiento orgásmico que asalta el cuerpo de cualquier ama de casa venezolana cuando consigue en un supermercado un litro de leche, una docena de huevos o un kilo de pollo. Todo ello, por no mencionar la sensación, francamente rayana en el placer ninfómano, de poder cambiar los dólares del premio final en el mercado paralelo de divisas. ¡Qué boloña! Te juro que, de sólo pensarlo, comienzo a gemir.... ¡Oh, my God!”.
¿Y quién no?

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lunes, septiembre 10, 2007

El gen ausente

No creo desmentir ninguna de las conclusiones del Proyecto Genoma cuando afirmo que todo mapa genético registra en su trazado una zona en reclamación. Una extensa zona rayada que simboliza el voluminoso cúmulo de virtudes y destrezas que hombres y mujeres sueñan con anexar algún día a los incompletos territorios de su personalidad. Son, en suma, aquellos rasgos de carácter que, a pesar de su palmaria inexistencia, nos empeñamos en decir que siempre hemos tenido.
Es triste que no contemos con laudos arbitrales que ayuden a resarcir la injusticia cometida por la caprichosa cartografía de la herencia biológica. Estamos, pues, marcados por una primera ausencia, y el saber disimularla por el resto de nuestras vidas es, a menudo, la explicación más efectiva de eso que llamamos éxito. Eternos negadores de defectos y pequeñeces, los seres humanos más que la promesa de felicidad resumida en el eslogan de una atractiva pieza publicitaria, somos la cláusula engañosa que se pretende ocultar en las letras pequeñas de un contrato leonino.
Dicho en la fría jerga de administradores y contadores públicos, vamos por la vida con pasivos ocultos (celos, complejos, temores), a la espera de ingenuos compradores que decidan invertir sus recursos e ilusiones en nuestro estratégico plan de negocios (ponga usted el objetivo de su preferencia: amor, amistad, aventura o palanca). Sin embargo, la evidencia empírica parece revelarnos que el mejor seductor es aquel que ha concientizado que no siempre debe mentir, que en ocasiones le conviene dosificar el testimonio sincero, encontrar esa faz que tiene que mostrar la Luna para no dar al traste con su romántica imagen. Y es que la magia del amor cabe completa en la depresión de un cráter. Por tanto, conviene saber ejecutar el streep tease de la verdad.
Lamentablemente, como bailarín soy muy buen escritor. Por ello, apenas inicio mi numerito dancístico dejo al descubierto aquellos detalles de mi personalidad que supuestamente debía ocultar. Desnudez del alma que termina por asustar a mis potenciales mujeres, quienes se resisten a aceptar la pena terrena de tener que convivir con un sujeto negado para el bricolaje; curiosa incapacidad nacida al calor de una tara cromosómica, y no de un particular desprecio por los oficios manuales y las publicaciones de Mecánica Popular.
Debo confesar que me preocupa sobremanera la ausencia de este gen, ya que es harto sabido que transcurridos los famosos cuatro años de química sexual que suelen amenizar al desprestigiado matrimonio, la estabilidad hogareña de un esposo viene dada por su habilidad congénita para encarar las más variadas reparaciones domésticas: cambiar bombillos, arreglar planchas, destapar cañerías, empotrar cocinas e instalar aires acondicionados. El marido que no logra cumplir con tan elevadas responsabilidades se erige, en la práctica, en un candidato ideal para el "maleteo" trapero.
La sombra del divorcio se torna aún más amenazante para aquellos elementos que, como yo, se encuentran incapacitados genéticamente para matar cualquier alimaña que perturbe la paz familiar. Y es que una fémina puede justificar que su hombre sea poco comunicativo, inclusive que nunca recuerde el día de su cumpleaños. Lo que sí no perdona una mujer es que el inepto de su esposo no mate ni una sola cucaracha ni espante a un mísero ratón. Eso es lo que el vulgo denomina “mucho con demasiado”.
Cual moderno descendiente de Sherezade, echadas ya las cartas del destino, sólo me restará encomendar a mi reconocida habilidad cuentera la exigua posibilidad de prorrogar mi fecha de ejecución; ese momento aciago en el que la dueña de mis quincenas tendrá por conveniente hacer de este, su humilde servidor, un “esposo de la calle”.
Pero allí en la intemperie comenzaré de nuevo. Buscaré otra victimaria. Ya lo advirtió la brasileña Nélida Piñón: “Seducir es una fatalidad humana. Quien no seduce está negando su oficio humano. Las palabras erotizan la realidad y, a medida que tú seduces, estás legitimando al otro; por tanto, tiene hasta una dimensión moral”.

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domingo, julio 29, 2007

Los teloneros del coito

Vivir exiliado de la única patria que en realidad vale la pena: el cuerpo de la mujer deseada. Tal es la triste y pesada condena de un telonero del coito. Un aciago individuo al que no le ha hecho falta poner en duda el poder omnipresente de Yavé, para compartir el severo castigo de Moisés: ver la tierra prometida, sin esperanza de disfrutarla. Un sujeto infortunado que, sin haber robado a las deidades griegas sus néctares y ambrosías, carga consigo la maldición del rey Tántalo: vivir próximo a manjares que jamás degustará.
Es el telonero del coito un escudero sin Quijote, pues sirve siempre a un señor mezquino, a un presuntuoso galán desprovisto de carisma para la reconciliación amorosa. Ante la mujer transmutada en basilisco, sólo los chistes y amena conversa del eterno second best (Martín Romaña dixit) obran el milagro de desaparecer la rabia y amainar la decepción. Con sus palabras se van las malas energías, y entonces la otrora cuaima vociferante se deja invadir por unas locas ganas de ser amada, de “estar en el cariño”, aunque no con él, sino con el otro: con su vido, su flaco, su gordito...
¿Pero por qué el calendario del abnegado amenizador de cópulas no marca el tan esperado día que lo quieran? ¿Por qué las rosas no se visten de fiesta con su mejor color? ¿Por qué el pájaro cantor no endulza sus cuerdas? ¿Por qué no florece la vida, y existe el dolor? Quizás porque este pobre personaje es víctima impepinable de una misma emboscada, de una celada que explicó inmejorablemente el novelista Milan Kundera en La insoportable levedad del ser: “¿Qué es la coquetería? Podría decirse que es un comportamiento que pretende poner en conocimiento de otra persona que un acercamiento sexual es posible, de tal modo que esta posibilidad no aparezca nunca como seguridad. Dicho de otro modo: la coquetería es una promesa de coito sin garantía”.
Tenedor de bonos chatarras y pagarés incobrables, el telonero del coito es un inversionista quebrado en ese caprichoso mercado bursátil donde se transan las pasiones humanas. Un bolsa en la Bolsa, que más semeja un iluso esquirol que se desloma de sol a sol por una compañía que, a pesar de paros y sabotajes, no tiene planteado incluirlo en su nómina.
Sin embargo, no toda la culpa le pertenece. Para que exista un corrupto tiene que haber un corruptor. Para que haya un telonero del coito es menester que aparezca una empresaria musical que, a manera de graciosa concesión, termine por contratar a un artista a quien nunca desease ver montado en tarima. Son las llamadas chicas “termo” (bueno, en verdad, el nombre que reciben es un tanto más subido de tono), y a ellas me referiré en una segunda entrega de esta serie de artículos que hoy comienzo, y que he intitulado, de manera muy original por cierto, tendrán que reconocérmelo, Trilogía Sucia de La Candelaria.
En su lugar, prefiero más bien colocar el dedo acusador en la trouppe de seudoamigos que acompañan al desafortunado telonero en su viaje vertical hacia los abismos del fracaso. Y es que cada uno de ellos se jacta de ser experto en una prestigiosa ciencia: Lenguaje Corporal, Semiótica de Mensajes de Texto, Psicología Femenina, Análisis de Conversaciones Telefónicas o Desconstruccionismo de Silencios. En su conjunto, constituyen una expedita sala situacional cuya misión principal es la producción en cadena de informes amañados donde se proclame el inminente triunfo de su asesorado. ¡Qué fallo!
En fin, nadie más umplugged que el telonero del coito. Un ser condenado a morir tantas veces como le toque escuchar las grabaciones del grupo musical líder en ventas. Un sujeto inexistente para el hit parade del amor. Un humilde cantautor al que sólo le queda el consuelo de probar como solista. Porque hay que reconocer que, como bien lo dijo el clarinetista Woody Allen: “La masturbación es el sexo con alguien a quien amas”.

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