viernes, junio 26, 2015

¡Qué entre el hacker…!

A menudo la principal víctima de las políticas de seguridad empleadas en internet es el propio internauta, quien acosado por el miedo y la paranoia accede a participar en cualquier mecanismo que prometa ponerlo a salvo de un ataque cibernético o de un intento de suplantación de identidad por parte de un hacker.
Ahora, a  la peste de tener que idear cada seis meses una nueva e inmemorizable clave que contenga letras mayúsculas y minúsculas, elementos alfanuméricos, caracteres cuneiformes, runas escandinavas y emoticones, se suma un cuestionario en línea, donde, con intenciones rayanas en la más vulgar chismografía, los administradores de protocolos de seguridad indagan acerca de las vidas íntimas de las personas: el nombre de la primera mascota, la marca comercial del primer vehículo, la ciudad donde se celebró la luna de miel, el juzgado donde se llevó a cabo el divorcio, el hospital donde se vino al mundo o el apodo del tatarabuelo materno. Y como para no aminorar la dosis de tortura y de sevicia, entregan una tal tarjeta de «coordenadas» (que se parece igualito a un cartón de bingo), repleta de combinaciones numéricas para ser tecleadas a petición del sistema.
Si usted es una de esas almas despalomadas que cree que el limbo fue eliminado por el papa Benedicto XVI, lo invito muy amablemente a que se equivoque tres veces con la clave o la bendita coordenada de la FARC para que pueda observar como es suspendido de inmediato, cual canarinho Neymar, y condenado a vagar entre un robot que lo manda a una ejecutiva de cuenta de una agencia bancaria y una ejecutiva de cuenta de agencia bancaria que lo manda a llamar a un robot. Una desgracia ciudadana que ni siquiera tendrá el consuelo de ser subsanada por el defensor del Pueblo, por encontrarse este funcionario ocupado en demeritar la huelga de hambre de Leopoldo López y condenar la llegada al país de cualquier político extranjero remiso a prosternarse ante el monumento de «La flor de los cuatro elementos» en el Cuartel de la Montaña.
Lo cierto es que una investigación patrocinada por la empresa Google ha puesto de manifiesto el carácter ilusorio de las denominadas «preguntas de seguridad». De hecho, en las conclusiones del informe se afirma que los hackers logran acceder, en un alto porcentaje, a las cuentas o datos cifrados con tan solo conocer la procedencia de la persona y el entorno cultural donde se desenvuelve.
«Con un único intento un hacker podría tener un 19,7 % de probabilidades de averiguar la respuesta de un usuario de habla inglesa acerca de su comida favorita (la respuesta es la pizza). Y en el caso de los usuarios de habla coreana, con diez intentos un pirata informático podría tener un 39 % de probabilidades de averiguar la ciudad de nacimiento y un 43 % de posibilidades de acertar la comida favorita», se explica en el estudio. En el caso venezolano el hackeo sería más fácil, porque todo se reduce a dos opciones: el pabellón o la arepa.
El estudio también reveló que 40 % de los usuarios de Estados Unidos de habla inglesa no recordó las respuestas de sus preguntas secretas. Sin embargo, sí lograron acceder al sistema con los códigos de reinicio enviados por las plataformas informáticas mediante mensajería de texto (más de 85 %) y correo electrónico (alrededor de 75%).

En fin, pronto tendremos que contratar a un hacker incluso para consultar un piche correo.

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miércoles, abril 18, 2012

De golpes y antigolpes

El eterno candidato de la revolución bolivariana, con la serenidad de ánimo que le brinda el saberse jefe directo de cuatro de los cinco rectores del Consejo Nacional Electoral y dueño de la lealtad aspaventosa del ministro de la Defensa, acaba de anunciarle al país su voluntad de respetar los resultados de los comicios presidenciales.
De este modo, con la misma temeridad con la que un jugador desfoga su ludopatía en timbas y garitos, el teniente coronel Hugo Chávez Frías confirma su arriesgada apuesta por la pureza adamantina de los escrutinios del próximo 7 de octubre (apuesta que, por cierto, nada tiene que ver con el hecho, si se quiere anecdótico, de que los datos electorales vayan a ser transmitidos, vía electrónica, por una compañía de telecomunicaciones supervisada por técnicos cubanos y llenas de activistas del Partido Socialista Unido de Venezuela).
Pero el compromiso «institucional y democrático» del líder intergaláctico no ha sido imitado por Henrique Capriles Radonski, majunche candidato de la oposición apátrida, quien cobardemente se ha negado a exteriorizar su acatamiento incondicional de la suprema voluntad del pueblo, la cual, como todos sabemos, no puede ser otra que la autorización para extender, por seis años más, la dominación absoluta de los poderes públicos por parte del arañero de Sabaneta. Ya lo dijo el reputado constitucionalista Cristóbal Jiménez: «A mecerse en un bejuco / pueda que vuelva Tarzán / puede volver Rintintín / puede volver Supermán / y puede volver Cantinflas / con Capulina y Tintán / pero adecos y copeyanos / esos nunca volverán». (Misterio: ¿Cómo puede volver aquello que nunca nos abandonó?).
Ante tan culposo silencio, y resteado completamente con la institucionalidad democrática del país, Hugo Chávez Frías, precoz conspirador de la Academia Militar, sagaz golpista del 4 de febrero de 1992, ha dispuesto la creación de un Comando Especial Antigolpe (CEP), para yugular cualquier aventura sediciosa de la sociedad civil fascista (poco le importa que, históricamente, el concepto de fascismo exija la presencia de una corporación castrense que funcione, en la práctica, como una facción pugnaz y en permanente movilización).
Las cosas no andan para guachafitas: nunca como ahora la guadaña se cierne sobre la república de Bolívar. Razón por la cual este humilde cronista se abstiene de incurrir en la liviandad de atribuir la medida presidencial al delirio persistente de una psicología paranoica. Por el contrario, la dramática realidad de nuestros días nos recomienda más bien obsequiarle un voto de confianza a quien históricamente se ha revelado como la persona de mayor experiencia en materia subversiva, porque la lógica indica que nadie mejor que un militar felón, violador contumaz de los juramentos de honor, para columbrar la inminencia de un ambiente de asonada y traición.
Empero (por fin consigo emplear esta antigualla), si todo lo anterior es verdadero, no lo es menos que esa suerte de chamán de las oscuras artes del golpismo, que es Hugo Chávez, pudiese incurrir en pecado de hybris si, envanecido por su vasta erudición en rebeliones cuartelarías, se abstuviese de sopesar sus barruntos y presentimientos a la luz del juicio iluminado de otro maestro de los arcanos de la conspiración, como, por ejemplo, el inmortal Nicolás Maquiavelo.
En el opúsculo De las conjuras (Taurus, 2012), el inmortal genio florentino advierte a sus lectores: «Un príncipe que quiera estar a salvo de las conjuras debe, pues, temer más a aquellos a quienes ha complacido demasiado que a lo que han recibido demasiadas injurias: porque a éstos les falta la facilidad que a los otros les sobra, y además su determinación no es tan firme, porque el deseo de mando es mayor que el de venganza».
No deja de ser lamentable que tan brillante consejo, venido desde los tiempos renacentistas, llegue con tanta tardanza a los oídos presidenciales, porque sabido es que los miembros del Comando Especial Antigolpe juramentado por Chávez son los principales sospechosos de esta costosa mojiganga de la comedia bananera y tercermundista.
El que va a caer no ve el hoyo y el obseso, en su monomanía, no consigue distinguir a las hienas de los perros fieles. «Los hombres se engañan a menudo respecto a los sentimientos que les profesan los demás, por lo que nunca puedes estar seguro de nadie sin haberlo puesto a prueba, y hacerlo es muy peligroso; y aún cuando en otras ocasiones te haya sido fiel, en asuntos de menor cuantía, no puedes basarte en ello en toda ocasión, siendo el peligro incomparablemente mayor», reflexiona Maquiavelo.
Oculto designio de la divinidad: el hombre afila el cuchillo que lo degollará, enhebra la soga que lo ahorcará, extrae la ponzoña que lo matará. Nos comenta Adam Phillips en un imprescindible ensayo: «“El traidor”, escribe Elaine Pagels en Reading Judas, “siempre nos intriga más que los discípulos que permanecen leales”. Lo que parece sugerir esta reflexión es que de los relatos de traición obtenemos un tipo de placer que no podemos obtener de los relatos sobre lealtad ―más placer o un tipo diferente de placer―. Como si la falta de lealtad nos ofreciera algo que la lealtad no puede. Como si nos intrigara la parte de nosotros que puede traicionar a otros, particularmente a aquellos que amamos y admiramos. Como si hubiera una especie de vitalidad prohibida en esta parte de nosotros, algo moralmente equívoco y atrayente (…) La traición es una modalidad ominosa de la intimidad, una de las formas de la revelación».
La fascinación por la traición: tal vez la explicación más adecuada del porqué convertimos en nuestro líder al peor de nosotros, a lo peor de nosotros.

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domingo, septiembre 05, 2010

Los cronófagos

Hábiles carteristas que se hacen de horas, minutos y segundos. Insondables agujeros negros que se tragan la luz de nuestros días y la tenue penumbra de nuestras noches. Lo curioso de los cronófagos es que afirman respetar nuestro tiempo, y acto seguido despliegan sus milenarias artes de embaucamiento para despojarnos lentamente del recurso más preciado.
Los cronófagos se alimentan de nuestro tiempo, son almas vampíricas que «nos quitan la soledad y no nos brindan compañía». De apariencia humana, estos sujetos son descendientes directos de dos males antiguos: el aburrimiento y el egocentrismo. No tienen conciencia de su naturaleza parasitaria, por lo que acostumbran fatigar los oídos de sus contertulios con chácharas interminables sobre lo valioso de su condición y lo elevado de sus sentimientos. Razón tenía el vienés Karl Kraus cuando señaló: «¡Con que maestría maneja un estúpido el tiempo! O lo pierde o lo mata. Porque nunca se ha oído que el tiempo perdiese o matase a un estúpido»
La taxonomía de los cronófagos es amplia. El representante más básico de la especie es el denominado «sujeto impuntual». Este individuo experimenta estremecimientos orgásmicos cuando somete a su víctima a minutos y horas de espera. También se solaza en la creación de todo tipo de justificaciones para explicar su tradicional dilación. Sin embargo, cuando por caprichos del destino la situación se invierte, y es el «sujeto impuntual» quien debe aguardar la llegada de otra persona, observamos como el simpático personaje de antaño se transmuta en una suerte de basilisco que brama por el respeto de sus derechos humanos.
Otro funesto cronófago es el «enamorado pelabola», un ser pavoso y miserable cuya afición es hacer de la pobreza un tour romántico. Todos lo hemos visto sentado en un apartado banquito de plaza, concentrado exclusivamente en meterle mano a su novia de ocasión. Todos lo hemos visto también en el cine, en los días de función popular, pedir un combo con dos pepsi y un conteiner de cotufas para compartir con su amada, porque la cursilería es su líquido amniótico, en ella flota y se recrea a placer. El «enamorado pelabola» sólo suelta a su víctima cuando prueba las mieles de la diosa fortuna. Entonces, con total descaro, hace suyas frases tan ocurrentes como: «No eres tú, soy yo», «Por Dios que no te merezco» y «Seguro que en otra vida nos volveremos a encontrar».
Una variante del cronófago amatorio es la «pareja disfuncional», aquella que nunca cambia pero se la pasa prometiendo que algún día lo hará. Se trata del celópata que no siente sospecha alguna por su cónyuge sino por los guarros que en todo momento la rodean; del agresor doméstico que, arrepentido, confiesa que los golpes fueron propinados «sin querer queriendo»; del promiscuo que jura, indignado, que no ha cometido infidelidad alguna y que jamás lo volverá a hacer.
Los viejos con proyectos y planes de negocios son también vampiros de nuestro tiempo. No se puede confiar en una gente dislocada psicológicamente por el infortunio de la jubilación, que siente, de repente, que el mundo le pertenece, que a los cincuenta años se puede desplazar a Bill Gates, que a los sesenta años están dadas las condiciones para emular a Lady Gaga. Pareciera como si en el fondo las pastillas para la hipertensión arterial, o los suplementos de calcio, fuesen una fuente de superpoderes. A su manera, estos emprendedores de la tercera edad tratan de superar la carencia de una pasión juvenil, de una vocación temprana.
Llegados a este punto debemos mencionar la lesiva presencia de las «eternas promesas»: personas que a pesar de haber estado precedidos, desde siempre, por exitosos vaticinios y halagüeñas proyecciones jamás han logrado despegar. Son tragedias familiares que nadie consigue explicar. ¿Qué error cometimos?, inquieren los padres. ¿Cuándo se pasmó la ilusión?, se preguntan los propios rezagados ¿Cómo regresarlos al buen camino?, tercian en el talk show las atribuladas víctimas de este cronófago.
También debemos referirnos a especímenes menores del inventario: las personas que se rehúsan a aceptar un «no» por respuesta, los sujetos monotemáticos que transfieren su fijación al grupo de amigos y conocidos, los individuos dispersos cuya logorrea convierte a cualquiera de sus oyentes en un caso preocupante de déficit de atención, los compañeros de oficina que organizan reuniones insulsas para simular que trabajan mucho, los obseso-compulsivos que malgastan su existencia engolfados en rutinas de repetición y procrastinación.
En su libro de memorias, En esto creo, Carlos Fuentes alude a un tipo extraño de cronófago, aquel que en un primer momento no se planteó apropiarse de nuestro tiempo: el amigo perdido. En palabras del novelista mexicano: «Lo terrible de la pérdida de la amistad es el abandono de los días a los que ese amigo les dio sentido. Perder a un amigo se vuelve, entonces, literalmente, una pérdida de tiempo. Con los años, miramos con nostalgia las antiguas horas de la amistad, como si nunca hubieran sido…».
Pero no sólo el tiempo individual puede ser objeto de robo. El tiempo histórico también es susceptible de ser secuestrado. La historia universal nos da cuenta de numerosos pueblos que vieron reducido su horizonte temporal como consecuencia de la acción irresponsable de líderes demagogos, que con pésimas administraciones sumieron en la pobreza a la mayoría de sus gobernados. A varias generaciones les tocaría pagar luego los ingentes costos sociales y económicos de estas tragedias humanas.
Los revolucionarios y los comunistas son por mucho los cronófagos más peligrosos, porque además de pretender controlar el presente y el futuro, desean hacerse también del pasado para reescribirlo a total conveniencia. Si existiese una dimensión paralela, de seguro les interesaría poseerla. Como señala Sándor Márai en ¡Tierra, Tierra!, otro excelente libro de memorias: «Los teóricos del comunismo fingen ignorar que no puede existir el comunismo sin el terror, porque un sistema cuyas dimensiones no son humanas sólo puede ser aceptado por la fuerza, por métodos inhumanos. Pero la crueldad es un opio que no puede abandonar quien lo ha probado. Y resulta necesario aumentar la dosis para obtener la misma satisfacción, igual que ocurre con las dosis de morfina o heroína».
Finalmente, es preciso señalar que el tejido institucional de un país no pocas veces se ve enrarecido por la filosofía cronófaga del burocratismo, el cual siempre encuentra un modo absurdo y surrealista de quitarles tiempo a los ciudadanos. Los empleados públicos consiguen transformar, con creatividad nada desdeñable, los inventos tecnológicos e informáticos en complejísimos modelos operativos que sólo producen malestar y dilaciones. En este sentido, Cadivi se yergue como la institución cronófaga por excelencia. Sus planillas, carpetas, etiquetas, separadores y numeraciones laterales son el modo más acabado de irrespetar el tiempo ajeno.
En una ocasión Karl Kraus señaló: «Existe un continente oscuro que envía descubridores». ¡Vaya que tenía razón! El cronófago es uno de ellos.

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sábado, septiembre 26, 2009

La táctica bonapartista

En medio de una rueda de prensa con medios internacionales, el presidente Hugo Chávez Frías reiteró su intención de solicitar a los diputados de la Asamblea Nacional la concesión de poderes especiales, para plantar las bases jurídicas del denominado socialismo del siglo XXI. Sostiene el egregio legislador sabanetero que las leyes existentes han sido hechas por los ricos “para afirmar su dominio sobre las mayorías empobrecidas”.
Acostumbrados como estamos a la enciclopédica sabiduría del jefe de Estado, no podemos asombrarnos por este nuevo zarpazo de carácter totalitario. Tampoco puede resultarnos sorprendente la unánime aquiescencia de las focas apiñadas en el oneroso acuario que ocupa los espacios del antiguo palacio legislativo.
Paradójicamente, aquel sujeto que se proclamó rey del debate, promotor fundamental de la batalla de las ideas, creyente fervoroso en los poderes creadores del pueblo, no para de quejarse por la lentitud característica del intercambio democrático de opiniones. Por ello, resignado ante la imposibilidad de dar con un diálogo corto y repleto de entusiastas monosílabos, prefiere optar por impulsar el recurso legal de la imposición extraordinaria.
Sin embargo, esta estrategia de ejecutar un golpe de Estado desde el Estado, como bien lo señala el académico Fernando Mires, no es nueva en la historia. Fue el francés Napoleón Bonaparte el primer líder que comprendió la pertinencia de una autocracia asociada con una aparente legalidad, construida a partir del control de los procedimientos parlamentarios.
En este sentido, el autor del libro Técnicas de golpe de Estado, el italiano Curzio Malaparte, nos comenta: “La conducta de Bonaparte, preocupado sobre todo por salvar la legalidad y permanecer en el terreno de los procedimientos parlamentarios, puede definirse, para usar una expresión moderna, como la de un liberal. Desde este punto de vista, Napoleón creó escuela. Todos los militares que han intentado después de él hacerse con el poder civil han sido fieles a la regla de parecer liberales hasta el último momento, es decir, hasta el momento de recurrir a la violencia. Por eso, hay que desconfiar siempre del liberalismo de los militares”.
Añade el estudioso de la insurrección que la condición clave para que se registre un golpe bonapartista es la existencia de un parlamento, dado que la ausencia de un órgano colegiado, que simbolice el pacto republicano, sólo hace posible la ocurrencia de conjuras palaciegas y sediciones militares. “La táctica bonapartista está obligada a permanecer, a cualquier precio, en el terreno de la legalidad. No prevé el empleo de la violencia sino para mantenerse en ese terreno o para volver a él, si la han obligado a alejarse”, sentencia Malaparte.
Sin embargo, la consolidación de la estructura constitucional de división de poderes y la aparición de figuras legales de participación popular (como por ejemplo, la Fiscalía General de la República y la Defensoría del Pueblo) han obligado a los epígonos de Bonaparte a revisar y enriquecer la metodología de apropiación del Estado. Ya no basta con dominar el Parlamento. Ahora es preciso también colonizar las instancias públicas capaces de iniciar una investigación penal y administrativa (Contraloría General de la República) o de incoar un proceso de enjuiciamiento del presidente (Tribunal Supremo de Justicia) o de fiscalizar la organización de un referendo revocatorio del primer magistrado (Consejo Supremo Electoral). En el caso venezolano, la aplicación exitosa de la táctica bonapartista pasa por el secuestro institucional del Poder Judicial, el Poder Moral y el Poder Electoral; una trilogía de instancias públicas que ya han demostrado su eficacia a la hora de revestir de un barniz de legalidad a los burdos atropellos del poder chavista.
Sobre este aspecto Curzio Malaparte nos ofrece la siguiente reflexión: “La táctica bonapartista es de una naturaleza tan delicada que exige el empleo de ejecutores disciplinados y poco numerosos, acostumbrados a obedecer la voluntad del jefe y a moverse según un plan establecido hasta el último detalle, y excluye absolutamente la participación de masas impulsivas e incontrolables en la acción revolucionaria (…) La táctica bonapartista no es sólo un juego de fuerza, es sobre todo un juego de control y habilidad. Sus características no son las de una insurrección popular, en la que predominan la violencia instintiva y ciega de las masas, ni las de una sedición militar, en las que la brutalidad del sistema va de la mano con la mayor incomprensión de los factores políticos y morales y el más profundo desprecio de la legalidad. Sus características son las de unas maniobras militares, casi de una partida de ajedrez, en la que cada ejecutante tiene una tarea precisa y un puesto asignado, y cuya idea motriz es puramente política, dominada por una preocupación atenta y constante por hacer, de cada ejecutante, una pieza del juego parlamentario, no de un juego de guerra cuartelario. Lo que distingue a un golpe de Estado bonapartista de cualquier otro golpe de Estado es el hecho de que los políticos representan un papel bastante menos importante, en apariencia, que los ejecutantes. En otras palabras, el papel que más se ve es el de los ejecutantes. Esto hace crecer el amor propio de los militares y explica por qué el golpe de Estado bonapartista es el que más se presta a su mentalidad y el que más tienta su ambición”, sentencia.
De este modo, antes que ver el golpe directo de Chávez primero nos toca observar el golpe de la Asamblea (con la inconsulta y festinada Ley de Educación), el golpe del Ejecutivo (con la negativa de reconocer las competencias de las autoridades electas del Distrito Capital, y la decisión administrativa de cerrar 34 emisoras de radio AM y FM), el golpe de la Fiscal General (con el proyecto de Ley de Delitos Mediáticos y las órdenes de captura de estudiantes y manifestantes identificados con el movimiento opositor), el golpe del Contralor General (con sus complacientes informes anuales donde se denuncian el peculado en cantinas escolares), el golpe de los rectores del CNE (con el manejo doloso del registro electoral permanente y la aplicación gansteril de la Ley del Sufragio y Participación Política), el golpe de la Defensora del Pueblo (con la banalización y posterior negación del azote de la inseguridad ciudadana) y, por último, pero no menos importante, el golpe de la OEA (que no aplica la Carta Democrática y se empeña, por el contrario, en defender la soberanía de los presidentes y no la de los pueblos). Al inventario del horror autómata, debemos sumar la apelación constante a un discurso de paz e integración regional que, en la práctica, es negado con la milmillonaria compra de armamento militar ruso («El Dios de los hombres armados no puede ser más que el Dios de la violencia»).
Cuando analizamos el elevado costo que paga la sociedad venezolana por la paladina servidumbre de sus magistraturas principales tomamos conciencia de la mucha razón que asistía al escritor Elías Canetti cuando afirmó que la orden despótica es el elemento más peligroso en la convivencia de los hombres. En este sentido, el autor de la monumental obra Masa y poder señaló: “Es sabido que los hombres que actúan bajo orden son capaces de los actos más atroces. Cuando la fuente de la orden queda sepultada y se les obliga a volver la mirada sobre sus actos, ellos mismos no se reconocen. Dicen: ‘Eso no lo hice yo’, y no siempre son conscientes de que mienten. Cuando se ven convictos por testigos y comienzan a vacilar, dicen aún: ‘Así no soy yo, eso no pude haberlo hecho yo’. Buscan los restos del acto dentro de sí y no pueden encontrarlos. Uno se sorprende de lo intactos que han quedado. La vida que llevan más tarde es realmente otra y de ningún modo está teñida por el acto. No se sienten culpables, de nada se arrepienten. El acto no ha entrado en ellos (…) Por ello, desde el lado que se la contemple, la orden, en la compacta forma acabada que después de su larga historia adquiere hoy día, es el elemento singular más peligroso en la convivencia de los hombres. Hay que tener el coraje de oponérsele y conmover su señoría. Deben hallarse medios y caminos para mantener libre de ella la parte mayor del hombre. No debe permitírsele rasguñar más que la piel. Sus aguijones deben convertirse en espinas que se puedan desprender con leve ademán”.
Pero la orden despótica es uno de los elementos centrales de la cultura castrense. Desobedecerla no es poca cosa, porque implica en el fondo el irrespeto a un sistema jerárquico. De ahí que resulte al menos curioso escuchar a seres supuestamente comprometidos con lo social, seres dizque con espíritu crítico, refrendar de buena gana el «socialismo de los militares»; una insostenible engañifa intelectual, de la cual -parafraseando a Curzio Malaparte- siempre debiéramos desconfiar, ya que sólo puede movernos a risa oír hablar de igualdad en un mundillo que remite de manera permanente a cadenas de mando, a superiores y subordinados, a castigos por insubordinación. En pésimo momento se encuentra el valor supremo de la igualdad si su suerte depende del general barrigón y corto de luces que no soporta que un capitán, un teniente o un cabo no se le cuadren según el protocolo de rigor, o se nieguen a cumplir de inmediato una orden dictada; porque, para dolor de los civiles serviles, los militares dictan no dialogan…
Cada vez que el socialismo militarista legisla para condicionar el ejercicio y disfrute de los derechos fundamentales -y de paso aniquilar las estructuras institucionales del sistema democrático- el Derecho pierde su moderna condición de fuente de legislación para la protección eficaz de los más débiles. En este sentido, resulta conveniente estudiar cuidadosamente las palabras del jurista italiano Luigi Ferrajoli: “Puede afirmarse que, históricamente, todos los derechos fundamentales han sido sancionados, en las diversas cartas constitucionales, como resultado de luchas y revoluciones que, en diferentes momentos, han rasgado el velo de normalidad y naturalidad que ocultaba una opresión o discriminación precedente: desde la libertad de conciencia a las otras libertades fundamentales, desde los derechos políticos a los derechos de los trabajadores, desde los derechos de las mujeres a los derechos sociales. Estos derechos han sido siempre conquistados, como otras tantas formas de tutela en defensa de sujetos más débiles, contra la ley del más fuerte –iglesias, soberanos, mayorías, aparatos policiales o judiciales, empleadores, potestades paternas o maritales- que regía en su ausencia. Y ha correspondido, en cada uno de estos momentos, a un contrapoder, esto es, a la negación o a la limitación de poderes, de otro modo absolutos, a través de la estipulación de ‘nunca más’ pronunciado ante su violencia y arbitrariedad. Aunque resulte contingente en el plano teórico, como se ha dicho, esta coincidencia entre fundamentos axiológicos e históricos de tales de derechos, no lo es en el plano político. En efecto, el hecho de que los derechos humanos, y con ellos todo progreso en la igualdad, se hayan ido afirmando cada vez más, primero como reivindicaciones y después como conquistas de los sujetos más débiles dirigidos a poner término a sus opresiones y discriminaciones, no se ha debido a la casualidad sino a la creciente evidencia de violaciones de la persona percibidas como intolerables”.
No hace falta pues hurgar en las centurias de Michel de Nostradamus ni en las profecías de San Malaquías para vaticinar que cada nuevo decreto-ley emanado del excelso entendimiento del Licurgo sabanetero, o, en su defecto, cada nuevo instrumento legal aprobado a la carrera por la sumisa Asamblea Nacional, redundarán en contra de los derechos fundamentales de los venezolanos, dado que anulan, de una manera bastante arbitraria, instrumentos jurídicos surgidos del consenso de diversas fracciones parlamentarias para sustituirlos por el deseo de una sola persona, bajo el especioso argumento de que representa al pueblo.
El Derecho Revolucionario es la negación de la libertad y de la democracia. Porque como ya lo dijo Giovanni Sartori: “El Estado «justo», el Estado social, el Estado de Bienestar, siguen siendo, en sus premisas, el Estado constitucional construido por el liberalismo. Donde y cuando este último ha caído, como en los países comunistas, ha caído todo: en nombre de la igualdad se ha instaurado el «socialismo en la servidumbre». La lección que hoy nos llega del Estado y de la parábola de la experiencia comunista confirma lo que la doctrina liberal ha mantenido desde siempre, es decir, que la relación entre libertad e igualdad no es reversible, que el iter procedimental que vincula los dos términos va desde la libertad a la igualdad y no en sentido inverso, es decir, desde la igualdad a la libertad. La «superación» de la democracia liberal no ha existido. Fuera del Estado democrático-liberal no existe ya libertad, ni democracia”.

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miércoles, diciembre 05, 2007

El pueblo lo tiene loco

No cabe duda de que luego de la contundente exhibición de vocación democrática demostrada por el pueblo venezolano en el referendo del 2 de diciembre, el teniente coronel Hugo Chávez Frías, refugiado en la soledad de su oficina palaciega, bien pudiese hacer suyas las tristes palabras que el novelista italiano Claudio Magris colocó en boca de unos de sus tantos personajes heridos por las lanzas de la derrota: “Soy un sujeto peligroso -nada más cierto-, pero sólo para mí”.
Nuestra mente todavía conserva la imagen de un líder revolucionario pagado de sí mismo, que profetizaba, desde las olímpicas alturas de su tarima roja rojita, la inevitabilidad de su designio socialista. En ese momento, el jaquetón de barrio devenido Jefe de Estado, embriagado por la guarapita maluca del poder totalitario, no vacilaba en intimidar al variopinto conjunto de adversarios políticos e ideológicos con el relato, ricamente descriptivo, del catálogo de penas y castigos que, a manera de maldición bíblica, sobrevendría a todos aquellos que intentasen desafiar su voluntad iluminada. “Gobernaré hasta que se me seque el esqueleto”, sentenció con un matonismo que días más tarde le valdría la pérdida de casi cuatro millones de votos de su mitificado caudal electoral.
Chávez es, a no dudarlo, uno de los más brillantes oradores de la escuela retórica de la prevaricación. En este sentido, se torna conveniente leer la explicación del filósofo Umberto Eco: “Sí, como define el diccionario, prevaricar significa «abusar del propio poder para obtener ventajas en contra del interés de la víctima» y «actuar en contra de la honestidad transgrediendo los límites de lo lícito», a menudo quien prevarica, a sabiendas de que prevarica, desea en cierto modo legitimar su propio gesto e incluso, como sucede en los regímenes dictatoriales, obtener el consenso de quien es víctima de la prevaricación, o encontrar a alguien que esté dispuesto a justificarla (...) El que prevarica busca ante todo legitimarse; si la legitimación es rechazada, opone a la retórica el no argumento de la violencia”.
Como el temible gigante mitológico Alcioneo, Chávez sólo es susceptible de ser vencido cuando sus pies ya no pisan la superficie del suelo nativo, que en su caso no es otro territorio -lo acabamos de comprobar con la histórica jornada del pasado domingo- que la violencia y los enfrentamientos reales o simbólicos. Cuando se le traslada al descampado de la lucha pacífica, pluralista y democrática no es nadie. De allí su ontológica renuencia a dialogar con las fuerzas sociales que difieren de sus ideas. Piensa como aquel ensoberbecido líder griego que en un rapto de sinceridad le manifestó a sus débiles rivales melios: “Vuestra enemistad no nos perjudica tanto como vuestra amistad. Vuestra amistad sería una prueba de nuestra debilidad, mientras que vuestro odio es prueba de nuestra fuerza”.
Y así, con su inmensa fuerza burocrática y financiera, más el apoyo de los -hoy nebulosos- seis millones de aspirantes a miembros del Partido Socialista Unido de Venezuela (Psuv), el hasta ese momento invencible Hugo Chávez optó por precipitarse en tromba sobre las huestes tenidas por enemigas. Pero lo intenso del arrebato bélico le hizo olvidar la sabia observación del estratega musulmán Tariq ibn Ziyad, quien en el año 711, a orillas del río Guadalete, le dijo a sus valientes soldados: “No es el número el que pelea, sino el esfuerzo”. Y fue un esfuerzo unitario y comprometido el factor que le permitió a la sociedad democrática venezolana dar al traste con el fantasma decimonónico de la presidencia vitalicia.
Escribió el poeta William Carlos Williams que nunca la derrota es sólo derrota, ya que su llegada abre al vencido un paraje antes insospechado. Sin embargo, el inquilino de Miraflores se negó la posibilidad de contemplar dicho paisaje y sus bondades. Con este gesto desdeñó una verdad muy importante: cuando la derrota elude la impostergable y sincera autorreflexión, para usurpar la voz de los gallardos vencedores, pierde todo atisbo de dignidad, y se hace más ridícula y degradante a los ojos del colectivo. La madrugada del pasado día lunes, el líder de la revolución (“Temo a esas grandes palabras que nos hacen tan infelices”, James Joyce) perdió lamentablemente una excelente oportunidad de quedarse callado.
Tan pronto la directiva del CNE culminó la lectura del primer boletín electoral, y acaso con la vana ilusión de sabotear la celebración opositora, ordenó una transmisión en cadena de radio y televisión. Entre la espesa hojarasca de parla institucional de los primeros minutos, Chávez dejó colar en su intervención la triste realidad de su régimen totalitario, en el cual resulta impensable alimentar la peligrosa herejía liberal de la autonomía de los poderes públicos. Al país entonces le tocó asistir a una confesión tan descarada, que en segundos pulverizó la credibilidad del CNE, y lo convirtió, a lo sumo, en árbitro, pero de caimanas previamente concertadas. Todos escuchamos oírle decir que había girado instrucciones a la señora Tibisay Lucena para que divulgase a la población unos cómputos electorales que él, como el vero chivo que más micciona, conocía ampliamente apenas tres horas después del cierre de las mesas de votación. La diminuta hoja de parra siguió cayendo cuando, con rostro desencajado, calificó de “pírrico” el triunfo del bloque del NO, y advirtió que no retiraría ni una sola coma del proyecto rechazado. “Continuo haciendo la propuesta al pueblo venezolano. Esta propuesta está viva, no está muerta. No se pudo por ahora, pero la mantengo”, indicó.
No sé que tanto de verdad habrá en el reportaje del periodista Hernán Lugo Galicia, publicado en el diario El Nacional el martes 4 de diciembre, donde se nos cuenta que un colérico “Águila Uno” se negaba a aceptar la derrota y trataba de persuadir a los miembros del Alto Mando Militar para que le permitiesen ganar algo más de tiempo. Lo que sí parece obvio es que nuestro personaje nunca se paseó seriamente por la posibilidad de perder. Ello se evidenció particularmente cuando en su deslucida aparición televisiva violó dos preceptos básicos de la oratoria clásica: saber lo qué va a decir y decirlo con soltura y elegancia. De hecho, Chávez incurrió en un acto fallido elocuente y revelador al utilizar impropiamente la palabra “pírrico” por “exiguo”; cuando es archiconocido que el primer término evoca la figura del rey Pirro, combatiente famoso históricamente por lograr todos sus triunfos a costas de importantes y costosas pérdidas. Es obvio que de existir un dirigente con victorias pírricas, en la pasada consulta dominical, ése no puede ser otro que el desafortunado individuo que para obtener el triunfo electoral en doce estados del país debió perder a cambio una considerable cantidad de votos de su caudal electoral -casi cuatro millones- y la gloria terrena del “sí” refrendario.
Herido por la banderilla magistralmente colocada por la sociedad democrática, el otrora temible miura sólo atinó a encomendarse al poder encantatorio de su expresión talismán, el recordado “por ahora”. Pero hoy, tras quince años de historia, la aclamada frase luce acaso como el frío pegoste que evoca la ardiente lava alguna vez derramada por un volcán en erupción. A su más reciente pronunciación le falta el fuego interior que los venezolanos frustrados y desengañados observaron en un lacónico militar insurgente. En aquel momento, la expresión “por ahora”, dado el absoluto desconocimiento de los antecedentes personales del autor, se convirtió en un exitoso referente vacío (de esos que le dan pábulo a las posmodernosas disquisiciones del argentino Ernesto Laclau), en el que cada sector de la nación venezolana no dudaba en proyectar su reivindicación más sentida: libertad, igualdad, honradez, seguridad, felicidad... Hoy, tras tres tristes lustros de historia, el mismo auditorio no se siente remecido en modo alguno por la antigua consigna, y mira con asombro la actitud insolente de quien, a cuenta de ser Bolívar redivivo, se niega a acatar la soberana voluntad popular. Y es que para su desgracia Chávez olvidó que, tal como lo señala el agudo Demóstenes, “las palabras que no van seguidas de los hechos no sirven más que para llevar desilusión a quienes las escucharon o conocieron”. Y luego de casi diez años de desgobierno, la verdad es morto sencilla: Chávez habló como lo que es, como el pasado... como el pasado que es pesado (Cabrera Infante dixit).
El poeta y ensayista francés Pierre Alféri, en su muy recomendable opúsculo Buscar una frase, nos confía la siguiente reflexión: “Producir una frase es un gesto único de instauración, que moldea un origen. La frase inventa una experiencia y pone en ritmo una fuerza (...) su claridad supone entonces, por lo general, su novedad: en general, las frases gastadas ya no se muestran tal como son; en ellas, el acto mismo de frasear ha quedado borrado. Una nueva frase es posible sólo en la medida en que se le busca efectivamente. Pensar quiere decir: buscar una frase”. La madrugada del día lunes pudimos comprobar que el aturdido Hugo Chávez no pensó, sólo sintió. Sintió a los pies el vértigo despertado por los abisales precipicios de la derrota, del rechazo popular. Y sus miedos, y sus reconcomios con el hatajo de incapaces del Comando Zamuro, no resultan hitos ni relatos suficientes para instaurar la presencia de una nueva era en el imaginario colectivo; un imaginario colectivo hoy cautivado por la gesta civil de los estudiantes venezolanos y por el brillo de una frase, ésta sí, exitosa y contundente: “¿Por qué no te callas?”.
Escribo estas líneas y puedo ver en televisión una nueva aparición del prófugo del silencio. Afirma, en esta ocasión, que su gobierno iniciará una segunda ofensiva para lograr la aprobación de su proyecto totalitario de reforma constitucional. “Dicen que Chávez recibió un golpe. Sí, recibí un golpe, pero no me moví ni un milímetro. Sí, recibí un golpe, pero no me han debilitado. Preocúpate imperio. Preocúpate oligarquía apátrida. Golpeen cuantas veces quieran, pero no se equivoquen (...) Les recomiendo que administren bien su pírrica (sic) victoria”.
Quedémonos pues con el consejo dado por este sujeto tan peligroso -sobretodo para sí mismo-. Evitemos festinar los cambios, transitar los atajos violentos e inconstitucionales, otorgar credibilidad a los análisis radicales de los expertos mediáticos. Construyamos más bien un movimiento democrático e inclusivo, que nos permita demoler, de manera definitiva, el apartheid social que existía antes de Chávez y el apartheid político que ahora tenemos con Chávez.
Trabajemos por el advenimiento de una alborada de libertad e igualdad verdaderas, donde no haya lugar para líderes mesiánicos y empeños totalitarios. Construyamos una nueva mayoría que, en su vocación democrática, haga suyas las palabras pronunciadas por Nelson Mandela el 10 de mayo de 1994, en ocasión de su ascenso a la presidencia de Sudáfrica:

“Nuestro temor más profundo no es que somos meramente idóneos. Nuestro temor más profundo es que tenemos poder más allá de toda medida. Es nuestra luz, no nuestras tinieblas, lo que nos atemoriza. Nos preguntamos: ¿Quién soy yo para ser brillante, maravilloso, talentoso y fabuloso? En realidad, ¿quién eres para no serlo? Sois los hijos de Dios. Si actuáis de forma pequeña de nada le sirve al mundo (...) Hemos nacido para manifestar la gloria de Dios que se halla en nosotros. No en alguno de nosotros; está en todos. Y, cuando permitimos que nuestra propia luz brille, inconscientemente le damos permiso a la otra gente para que haga lo mismo. A medida que nos liberamos de nuestro propio temor, nuestra presencia automáticamente libera a los demás (...) Que nunca jamás vuelva a suceder que esta hermosa tierra experimente la opresión de los unos sobre los otros, ni que sufra la humillación de ser la escoria del mundo. Que impere la libertad. El sol jamás se pondrá sobre un logro humano tan esplendoroso”.

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