martes, agosto 30, 2016

Y seré millones... Las estratemas del poder



Ilustración: Gabriella Di Stefano

«La masa quiere siempre ser dominada por un poder ilimitado»
Sigmund Freud


En el idealizado mundo primitivo, que los filósofos políticos denominaban «estado de la naturaleza», primero fue el caos: un enfrentamiento de todos contra todos en el cual el ser humano se convirtió, según una famosa frase de Thomas Hobbes, en «lobo del hombre». El combate por los recursos escasos culminó en la supremacía del más fuerte, quien perdonó la vida de los derrotados a condición de que aceptasen integrar colectivos sometidos a un mando basado en la violencia, como principio de autoridad. Sin embargo, con el paso del tiempo, el dueño absoluto del poder, el más fuerte, echó de menos su naturaleza humana y deseó, más que ser temido, ser apreciado y respetado.
Este relato semeja una fábula, pero refleja una circunstancia sociológica con muchos elementos verosímiles. El mayor de ellos es la tensión que ha determinado el vínculo gobernante-gobernado a lo largo de la historia. Tal como lo describe el filósofo español José Antonio Marina (2008: 138):

La violencia se enmascara al legitimarse, pero lo importante es que, una vez admitida la necesidad de justificar el poder, se ha abierto una vía de agua que ya no podrá cerrarse, y que impulsará al sometido a criticar la legitimación que lo somete y a proponer otra. El poder fáctico quiere hacer racional su existencia para reforzarse, y acaba dando luz a un «vástago parricida» —la apelación a una legitimidad— que lo desestabiliza para siempre. La historia del poder se convierte así en una fascinante lucha de legitimidades, en la que los combatientes han utilizado todas las sutiles armas de la dialéctica, y todas las broncas armas de la violencia.

La conversión del miedo en prestigio precisa someter a los gobernados a tácticas de manipulación psicológica que despierten un sentimiento masivo de adhesión profunda, mediante el fenómeno de la persuasión. Se requiere, en esencia, la aplicación sistemática de las reglas de la propaganda: una disciplina comunicacional estructurada plenamente en el siglo XX.
Esta observación seguramente invitará al lector a preguntarse: ¿y cómo fue posible entonces que aquellos antiguos «lobos» consiguieran eliminar o apaciguar en sus gobernados cualquier atisbo de rechazo o rebeldía? La respuesta: emplearon de manera intuitiva estrategias de sugestión colectiva que con el paso de los años integrarían el acervo propagandístico de los poderosos. Por ejemplo, en el Medio Oriente, cuna de la alta cultura, el déspota (rey, faraón, emperador) apeló a la fuerza legitimadora de una variedad poderosa del mito: el mitolegema que ―como advierte Manuel García Pelayo― no es un simple relato o cuento, sino una trama de mitos continuamente revisada y reorganizada, que responde a diversas inquietudes espirituales (actualmente atendidas por las religiones) y establece un conjunto de normas de comportamiento (hoy fijadas por la moral y el derecho):

… todo acontecimiento terrestre importante y, sobre todo, innovador, había de justificarse en función de una referencia mítica, lo que implicaba un cambio en las imágenes componentes del mito, del mismo modo que, dentro de la unidad de nuestra cultura, cada época histórica o cada cambio político fundamental y significativo conlleva un cambio ideológico. Así, pues, si en teoría los acontecimientos terrestres habían de estructurarse según las formas del mito, en la praxis son las formas del mito las que se estructuran en función de los acontecimientos terrestres. O dicho de otro modo, el hombre proyecta sus propias experiencias a la construcción del mundo de los dioses que, a su vez, se retroproyecta sobre la experiencia humana (García Pelayo, 1969: 46-47).

En las civilizaciones sumeria, babilónica, asiria e hitita, así como en los imperios egipcio y aqueménida, el ejercicio del poder estaba justificado por una estructura mitológica que dotaba a la vida del individuo de un sentido espiritual, y le aportaba al sistema político una ideología propicia para la identificación de un destino común o de grandeza colectiva. Tanto en Egipto como en Irán, las figuras de poder tuvieron su segunda mejor baza en el prestigio, arma propagandista que ostentaban en exclusiva: el faraón en el ka (fuerza vital que mueve al mundo natural en favor de la comunidad) y el maat (don de la verdad y la justicia, que hace posible el orden eterno), y el emperador aqueménida en el arta (capacidad para asegurar la convivencia justa, pacífica y laboriosa).

Propaganda de clámide y toga

A pesar de ser considerado un fenómeno del mundo moderno, las primeras manifestaciones de la propaganda política pueden encontrarse en las antiguas Atenas y Roma, según el sociólogo Jacques Ellul (1969). Con agudeza de buen observador logró reconocer las técnicas persuasivas empleadas por los primeros interesados en influir psicológica e ideológicamente en sus semejantes: tiranos, oradores democráticos, generales de legiones y emperadores romanos.
Ellul encontró que la mayoría de los tiranos demagogos que surgieron en casi todas las ciudades griegas entre los siglos VIII y VI a.C. echaron mano sistemáticamente de técnicas y estrategias de efectos propagandísticos, con el propósito de incrementar el apoyo popular a sus gobiernos ilegítimos, nacidos de la violencia o la tergiversación de los principios tradicionales de la transmisión de mando. Estas modalidades primigenias de la propaganda política se nutrían, fundamentalmente, de tres elementos asociados con el ejercicio del poder: apelación a la emocionalidad en los discursos (potenciados con las figuras retóricas de la oratoria clásica), adopción de medidas administrativas de naturaleza populista (entre ellas, la confiscación de heredades o la distribución de dinero) y embellecimiento de la ciudad mediante la edificación de obras de majestuosidad arquitectónica:

Sin embargo, es necesario hacer hincapié en un hecho general: la construcción de monumentos se había ya utilizado periódicamente como propaganda, pero a partir de este momento histórico se convierte en el distintivo de un poder autoritario recién instalado. La propaganda monumental se halla, pues, siempre unida a lo que hoy denominaríamos como dictaduras (Ellul, 1969: 15).

Entre todos los tiranos griegos considerados precursores de la persuasión colectiva con fines proselitistas el nombre más sobresaliente es el del político ateniense Pisístrato (600-527 a.C.), quien logró alzarse con el dominio total de la ciudad-estado gracias a sus habilidades para la creación de sofisticadas técnicas propagandísticas. La más famosa de ellas era el amedrentamiento de la población con la amenaza permanente de un enemigo público, interno o externo (en su gobierno, atizaba el miedo popular con la conspiración de los eupátridas, el nombre griego para los aristócratas).
La inquieta mente de Pisístrato no se detuvo allí. Inventó, o quizá perfeccionó, un repertorio de estrategias para sugestionar a una colectividad necesitada de creer:

·         Adulteración del mito fundacional de la sociedad, para legitimar su presencia indefinida en el poder (se apropió de la leyenda del héroe Teseo).
·         Modificación de textos literarios de la cultura clásica, para apuntalar su reputación de líder guerrero (mandó a modificar a su favor varios cantos de la Odisea).
·         Fomento de campañas filantrópicas con poblaciones vecinas, para mejorar la imagen extramuros de su gobierno y ampliar la base de aliados diplomáticos.
·         Transformación de fiestas populares en celebraciones gubernamentales, para incrementar la percepción de una creciente adhesión de la gente a su gestión (no vaciló en desvirtuar el sentido religioso de las jornadas de las panateneas y las dionisíacas).
·         Concepción del acto público como la puesta en escena callejera de una representación teatral para acentuar la magnificencia del poder (su entrada a Atenas, en 556, bajo la protección de la diosa Atenea, quien —gracias a una recreación dramática— descendió entre los hombres para recibirlo).

Con la muerte de Pisístrato las técnicas de persuasión a gran escala experimentaron un retroceso. No apareció otro sistema de propaganda complejo hasta después del siglo IV, con la supremacía de Tebas y el posterior ascenso de Macedonia. Filipo, padre de Alejandro Magno, adoptó principalmente dos estrategias para incidir en el ánimo del pueblo: el soborno de políticos, con el propósito de orientar favorablemente la opinión popular con respecto al reino de Macedonia, y el diseño de una estrategia del miedo, para atemorizar a los ejércitos y facilitar la conquista de las ciudades:

En suma, en las democracias griegas la propaganda fue un hecho excepcional debido a ciertas causas generales: cierta armonía y cierto sentido de la medida, y la existencia de una cohesión social a pesar de las facciones que limitaron el uso de la propaganda. Por otra parte, hay que añadir otro factor muy importante: las sociedades eran muy reducidas y estaban compuestas por un número reducido de ciudadanos. Esta ausencia de masas es desfavorable para la propaganda (Ellul, 1969: 23-24).

En Roma, durante la República, las acciones propagandísticas se dejaron sentir en dos frentes: 1) al exterior de la ciudad, la promoción del orden jurídico romano como prenda de civilización, la concesión de privilegios a los habitantes más obsecuentes de los territorios anexados (el uso de la diplomacia en lugar de la violencia, la concesión de la ciudadanía) y la constante apelación al mito fundacional de Rómulo y Remo, y la vinculación de la ciudad con el linaje del héroe troyano Eneas, uno de los protagonistas de la Ilíada; y 2) al interior de Roma, la asignación de magistraturas por el método electoral y el surgimiento de dos corrientes partidarias (la senatorial y la demócrata) coadyuvaron a la conversión del discurso público en un elemento propagandístico, cuyo empleo se complementaba con estrategias de impacto psicológico como la fijación de carteles alusivos a los candidatos, la difusión de rumores o noticias falsas de los contendores en los comicios, reuniones sociales para fomentar el compromiso ideológico y la adopción de medidas de corte demagógico (reducción o control de precios) o clientelares (sutiles presiones para inducir la toma de conciencia sobre determinado voto).
Durante el Imperio los romanos experimentaron el culto a la personalidad con Julio César y luego con Octavio Augusto. Julio César creó la Acta Diurna, carteles que presentaban informaciones de interés para el emperador (noticias políticas, resúmenes de leyes, discursos, reseñas de debates en el Senado). Tito, por su parte, utilizó la estratagema de «pan y circo» y agasajó a los ciudadanos romanos con cien días de fiesta continua por la inauguración del Coliseo. Nerón transformó las aclamaciones espontáneas en aclamaciones rítmicas y disciplinadas, que la masa debía repetir como un coro. La humanidad deberá esperar hasta la época de las monarquías absolutistas europeas para presenciar el resurgimiento de las consignas y lemas como herramienta de propaganda, con los brocardos acuñados por los legistas para reafirmar la soberanía del rey en desmedro de la del papa.

En el nombre del Señor

La causa religiosa encabezada por la volcánica personalidad de Martín Lutero se benefició de la aparición de la imprenta. La Reforma mostró que las técnicas propagandistas también podían potenciar el alcance público de movimientos nucleados alrededor de ideas, sin el apoyo logístico de una institucionalidad con años de tradición. Según Ellul (1969), las estrategias luteranas se convirtieron en el primer modelo de propaganda de oposición y agitación. Se caracterizó por sus mensajes de contenido ideológico, la apelación constante a la razón y no a la emoción (el terror sacro), el alcance popular de sus iniciativas y el predominio de materiales impresos como libelos, folletos y octavillas.
La reacción de la Iglesia romana —la Contrarreforma— constituye un hito en la cronología de la propaganda: entre 1572 y 1585, el papa Gregorio XIII se entrevista, con cierta frecuencia, con tres cardenales de su entera confianza, con el interés de discutir los mecanismos óptimos para combatir los avances de la Reforma. A estos encuentros se les da el nombre de Sacra Congregatio de Propaganda Fide.
En el papado de Clemente VIII la Congregación para la Propagación de la Fe se convierte en una instancia consultiva permanente, con una organización administrativa propia, y el número de sus integrantes se amplía a 29. La Congregatio examina y regula la propagación de la doctrina cristiana, identifica y pone en vigor nuevas técnicas para la difusión del evangelio, acopia y procesa información acerca del activismo protestante, censura publicaciones reñidas con los principios eclesiásticos y traduce y publica en diferentes lenguas materiales divulgativos de la Iglesia romana.

Los héroes peinados

«Todo discurso es una campaña y allí entronca con lo militar. La campaña publicitaria, la discursiva y la militar se unen y se entrelazan como los hilos de una soga. Las tres responden a algo así como una cadena de mando», sentencia el ensayista chileno-austríaco Adan Kovacsics (2007: 114).
La guerra civil, «orgía de muerte» y «torrente de palabras», signó el perfeccionamiento de las tácticas propagandistas en la Revolución Francesa: la identificación del enemigo común, la caracterización de la vestimenta revolucionaria, la uniformidad de las consignas de los representantes políticos, el fomento del terror. Con Bonaparte, y la edificación del Imperio Napoleónico, se inaugura la etapa de la explotación del elemento carismático por parte de los propagandistas.
Casi dos siglos después de la muerte del corso, la metralla incesante de la ofensiva verbal y armamentista sonará con mayor estrépito en la Primera Guerra Mundial:

La guerra era un producto, que no sólo necesitaba operarios en las fábricas o soldados en el frente o directivos en los pisos superiores o mandos en los cuarteles generales, sino también publicistas. Era la primera gran guerra moderna en todos los sentidos. Un artículo, una mercancía; de hecho, la preferente. Tenía, como producto, la prioridad. Todo se volcaba en su elaboración (Kovacsics, 2007: 94).

Escritores como Rainer Maria Rilke, Stefan Zweig, Franz Theodor Czokor, Albert Ehrenstein, Viktor Hueber, Hans Müller, Alfred Polgar, Felix Salten, Géza Silberer y Leopold Schönthal, entre otros, fueron reclutados para cumplir el servicio literario en el grupo austro-húngaro adscrito al Archivo de Guerra, dirigido por el barón Emil Woinovich von Belobreska. En las oficinas de la Stiftgasse de Viena, entre las nueve de la mañana y las tres de la tarde, cada escritor se dedicaba a redactar tres historias heroicas por día, misión ultrasecreta conocida también bajo la curiosa denominación «peinar a los héroes». Además de las labores de alta peluquería, el recluta literario debía ocuparse de vitalizar sus relatos con detalles imaginarios que proyectasen la ilusión de fidelidad a los sucesos históricos. Compartían oficina con el Grupo de Guías de Campos de Batalla, encargado de la elaboración de quince guías turísticas, en alemán y en húngaro, para facilitar a los visitantes del futuro la contemplación detallada e informada de los escenarios bélicos.
Otro importante actor en el campo propagandístico fue el llamado Cuartel de la Prensa de Guerra: periodistas con veleidades literarias redactaban entretenidas crónicas a partir de los informes diarios remitidos por el Alto Mando del Ejército. Fue creado en 1909 en el marco del proyecto «Instrucción para la movilización Imperial y Real Ejército», que en un documento anejo regulaba la actividad periodística en situaciones bélicas. La perversión del idioma por parte de los uniformados, su uso como herramienta de guerra —tan cara al pretorianismo, al militarismo— desembocó, en la sociedad, en la entronización de un lenguaje marcial con resonancias chauvinistas, y, en el periodismo, en la masificación de la jerga castrense y la estetización de los hechos de batalla.

Y a la mentira le crecieron las piernas

Exiliado en Francia, el escritor Joseph Roth entrega al periódico vocero de la comunidad alemana de París, el Pariser Tageszeitung, un artículo donde analiza el alcance y los efectos nefastos de las técnicas comunicativas de Joseph Goebbels al frente del Ministerio de Propaganda del régimen nacionalsocialista. La pieza, publicada el 20 de marzo de 1938, lleva por título «El orador apocalíptico»:

Desde la irrupción del Tercer Reich, a la mentira, contradiciendo el refrán, le han crecido las piernas. Ya no sigue a la verdad pisándole los talones, sino que corre por delante de ella. Si hay que reconocer a Goebbels alguna obra genial, sería haber sido capaz de lograr que la verdad oficial cojeara tanto como él. Ha prestado su propio pie equinovaro a la verdad oficial alemana. El hecho que el primer ministro de la Propaganda cojee, no es una casualidad, sino una broma consciente de la historia… (Roth, 2004: 40).

A pesar de su corta extensión, y de carecer de intenciones académicas, el texto de Joseph Roth consiguió dar buena cuenta de la metodología empleada por el jefe de la propaganda nazi. Goebbels, en su deseo de influenciar la opinión internacional, echó mano de tres estrategias: el soborno de líderes e intelectuales extranjeros, la negociación de acuerdos diplomáticos favorables para la contraparte, y la promoción de acuerdos de supuesto  intercambio cultural y humanitario (operativos médicos, ciclos de cine, festivales de música típica, jornadas de actualización académica, torneos deportivos, entre otras iniciativas). En cambio, dentro de Alemania, las manipulaciones del ministro tuvieron otro cariz y estuvieron concebidas, en su mayoría, en función de la dinámica de comparecencia de los funcionarios nazis ante los medios de comunicación de masas. El catálogo de posturas públicas constaba de cuatro modalidades: el encubrimiento, la negación, la falsa indignación y la exageración.
No todos aprecian la elevada talla técnica e intelectual que Roth le reconoce a Joseph Goebbels. El biógrafo inglés Peter Longerich (2012) define al ministro de Propaganda de Hitler como un intelectual frustrado, necesitado de un propósito trascendental, un ser alterado por un trastorno narcisista de la personalidad, un mediocre funcionario del régimen nazi frecuentemente ignorado en las grandes decisiones. Sin embargo, Ellul (1969) apunta que las autoridades propagandísticas nacionalsocialistas eran estudiosos profundos de las técnicas introducidas por los bolcheviques a partir de 1916 con la creación del Departamento Especial de Propaganda y Agitación (OSVAG). Este ministerio soviético de la propaganda identifica tres formas de intervención en el debate público: información, agitación y propaganda. Las autoridades del partido comunista precisan claramente las responsabilidades de los encargados de aplicar cada técnica: el informador tiene que alejarse de la noción burguesa de la objetividad y servir a los intereses de la revolución socialista, el propagandista debe concentrarse en inculcar muchas ideas a una o varias personas y el agitador se ocupa de imbuir pocas ideas a una masa de personas.
La influencia rusa es confirmada por el sociólogo Serge Tchakhotine (1985: 156):

Ya sabemos que nada había de místico o extraordinario en el hecho del conformismo constatado en Alemania; esto pertenece al ámbito de la ciencia positiva moderna, que lo explica sin dificultad. Para quienes han podido seguir la evolución del movimiento nazi, los métodos de su propaganda y sus efectos y al mismo tiempo están informados respecto a la doctrina de Pavlov, no puede haber lugar a dudas: nos hallamos en presencia de hechos, basados precisamente en leyes, que rigen las actividades nerviosas superiores del hombre, los reflejos condicionados.

Si es verdad, como afirman numerosos polemólogos, que la Primera Guerra Mundial arrojó como saldo el surgimiento de un nuevo tipo de guerra tecnificada e industrial, no es menos cierto que en el campo de las ciencias sociales la dinámica bélica hizo posible la aparición de la propaganda política como una disciplina moderna; una disciplina caracterizada, esencialmente, por cuatro factores: doctrina central, organización, acceso a los medios de comunicación de masas y uniformidad de criterios entre los seguidores.
Tal hipótesis histórica quedó confirmada en 1945 con el hallazgo en Berlín, por las fuerzas aliadas, de un manuscrito de 6.800 páginas dictado por Goebbels y escrito en forma de diario que abarca, en diversos lapsos, el período entre el 21 de enero de 1942 y el 9 de diciembre de 1943. El manuscrito se encuentra resguardado en el Instituto Hoover de la Universidad de Stanford. Al estudiar el manuscrito, el profesor de psicología de la Universidad Yale, Leonard Doob (1985), identificó 19 principios propagandísticos en la gestión de Goebbels:

1.      Los propagandistas deben tener acceso a la información referida a los acontecimientos y a la opinión pública.
2.      La propaganda debe ser planeada y ejecutada por una sola autoridad.
3.      Las consecuencias propagandísticas de una acción deben ser consideradas al planificar esta acción.
4.      La propaganda debe afectar a la política y a la acción del enemigo.
5.      Debe haber una información no clasificada y operacional preparada para complementar una campaña propagandística.
6.      La propaganda, para ser percibida, debe suscitar el interés de la audiencia y ser transmitida a través de un medio de comunicación que llame poderosamente la atención.
7.      Solo la credibilidad debe determinar si los materiales de la propaganda han de ser ciertos o falsos.
8.      El propósito, el contenido y la efectividad de la propaganda enemiga, la fuerza y los efectos de una refutación, y la naturaleza de las actuales campañas propagandísticas determinan si la propaganda enemiga debe ser ignorada o refutada.
9.      La credibilidad, la inteligencia y los posibles efectos de la comunicación determinan si los materiales propagandísticos deben ser censurados.
10.  El material de la propaganda enemiga puede ser utilizado en operaciones cuando ayude a disminuir el prestigio de ese enemigo, o preste apoyo al objetivo del propagandista.
11.  La propaganda «negra» ―aquella cuya fuente queda oculta para la audiencia― debe ser empleada con preferencia a la «blanca» cuando esta última sea menos creíble o produzca efectos indeseables.
12.  La propaganda puede ser anunciada por líderes prestigiosos o figuras populares.
13.  La propaganda debe estar cuidadosamente sincronizada.
14.  La propaganda debe etiquetar los acontecimientos y las personas con frases o consignas distintas.
15.  La propaganda dirigida al pueblo llano debe evitar el suscitar esperanzas que puedan quedar frustradas por acontecimientos futuros.
16.  La propaganda debe crear en el pueblo fanatizado un nivel óptimo de ansiedad con respecto a las consecuencias de la derrota de la «causa justa».
17.  La propaganda debe facilitar el desplazamiento de la agresión, al especificar los objetivos para el odio.
18.  La propaganda no debe perseguir respuestas inmediatas; más bien debe ofrecer alguna forma de acción o diversión, o ambas cosas.
19.  La propaganda dirigida al pueblo llano debe disminuir el impacto de la frustración.

Estas diecinueve reglas, en cuyos enunciados se deja entrever el tono cientificista de los sujetos convencidos de la naturaleza ineluctable de «las leyes de la historia», se mostraron efectivas al principio de la Segunda Guerra Mundial; sin embargo, a medida que Alemania empeoraba su desempeño bélico y económico, las tácticas propagandísticas iban desnudando sus limitaciones en aquellos momentos de mayor apremio. Tal como apunta el propio profesor Doob (1985:152):

Goebbels reconocía claramente la impotencia de su propaganda en seis situaciones. Los impulsos básicos del sexo y el hambre no eran afectados apreciablemente por la propaganda. Las incursiones aéreas de los enemigos creaban problemas que iban desde la incomodidad hasta la muerte y que no podían ser soslayados. La propaganda no podía aumentar significativamente la producción industrial. Los impulsos religiosos de la población no podían ser alterados, al menos durante el choque físico de fuerzas. La oposición abierta de algunos alemanes y de las poblaciones en los países ocupados requería una acción vigorosa, no palabras ingeniosas. Finalmente, la desfavorable situación militar de Alemania se convertía en un hecho constatable por las personas comunes.

El gran olvidado

En la Italia de la segunda década del siglo veinte, transcurridos nueve años del ascenso del fascismo al poder, el talento propagandístico comisionado para rebajar a toda una nación a la efervescencia ululante de la masa primitiva, infantilmente dependiente de un caudillo, fue el exhéroe de guerra Achille Starace, secretario general del Partido Nacional Fascista entre 1931 y 1939. El historiador Robert Hughes describe a Starace en los siguientes términos:

Starace fue a Il Duce lo que Goebbels fue a Hitler, y resultó igual de activo que él en cuanto a la invención de un estilo de gobierno. Fue él quien concibió y organizó las manifestaciones «oceánicas» de decenas de miles de romanos en la plaza de Venecia, bajo el balcón desde el que hablaba Il Duce, con su podio oculto; él, quien instituyó «el saludo a Il Duce» en todas las reuniones fascistas, grandes o pequeñas, tanto si Mussolini estaba presente como si no; él, quien abolió el «insalubre» apretón de manos a favor de la «higiénica» rigidez del saludo fascista basado en el romano, que se hacía alzando el brazo. Se colocaba rígidamente en posición de firme, haciendo tocar los talones entre sí, incluso cuando hablaba con su líder por teléfono. Y se aseguró de que los orquestados vítores de la muchedumbre se dirigieran sólo a Mussolini, ya que «a un hombre, y sólo a un hombre, se le ha de permitir que domine las noticias todos los días, y los otros deben enorgullecerse de servirle en silencio» (Hughes, 2011: 468).

Starace fue el artífice de la «fascistización» de la sociedad italiana. Mitificó el origen del movimiento y denominó de manera pomposa «La marcha sobre Roma» al viaje en tren que, desde Florencia, hicieron supuestamente «300 mil golpistas armados» del Partido Nacional Fascista (¡vaya que los vagones eran espaciosos!) rumbo al Parlamento para deponer al primer ministro Luigi Facta. Se erigió en el primer sacerdote del culto oficial a la personalidad y en 1932, a propósito del décimo aniversario de la llegada de Mussolini al poder, convocó la Mostra della Rivoluzione Fascista, celebrada en el Palacio de las Exposiciones, cuya fachada principal fue adornada con cuatro columnas de aluminio de treinta metros de altura con la forma de las fasces. Dos años después, en 1934, se apuntó otro éxito propagandístico al presidir el Campeonato Mundial de Fútbol organizado y ganado por Italia. El día del juego final casi llenó las tribunas con funcionarios del partido fascista que, astutamente, gritaban más por Mussolini que por la selección azzurri. Ese año también se apropió de las celebraciones callejeras por el premio Nobel de Literatura otorgado al dramaturgo Luigi Pirandello. Otro dato: en 1938, al saberse la llegada del Führer a la estación Ostiense de Roma, coordinó y supervisó la cobertura «periodística» de la visita histórica. La pluma de Hughes (2011: 492) recrea el momento:

Incluso se habían cuidado de que los últimos kilómetros de ferrocarril que llevaban a la estación estuvieran bordeados, a ambos lado, por un «pueblo Potemkin», de decorados orientados hacia adentro, mirando hacia el tren, en cuyas falsas ventanas se asomaban cientos de romanos que vitoreaban con entusiasmo.

En fin, ante lo refinado del genio propagandístico solo resta decir, junto con la escritora rumana Herta Müller: «Hay personas a las que creo aunque no tengan pruebas. Hay personas a las que no creo aunque tengan pruebas. Y hay personas a las que no creo precisamente porque tienen pruebas».

Referencias

·         Doob, L. W. (1985): «Goebbels y sus principios propagandísticos». En M. de Moragas (ed.): Sociología de la comunicación de masas. Vol. III. Barcelona: Gustavo Gili.
·         Ellul, J. (1969): Historia de la propaganda. Caracas: Monte Ávila.
·         García Pelayo, M. (1969): Las formas políticas en el Antiguo Oriente. Caracas: Monte Ávila.
·         Hughes, R. (2011): Roma: una historia cultural. Barcelona: Crítica.
·         Kovacsics, A. (2007): Guerra y lenguaje. Barcelona: Acantilado.
·         Longerich, P. (2012): Goebbels: una biografía. Barcelona: RBA.
·         Marina, J. A. (2008): La pasión del poder: teoría y práctica de la dominación. Barcelona: Anagrama.
·         Müller, H. (2001): Hambre y seda. Madrid: Siruela.
·         Roth, J. (2004): La filial del infierno en la tierra. Barcelona: Acantilado.
·         Tchakhotine, S. (1985): «El secreto del éxito de Hitler: La violencia psíquica». En M. de Moragas (ed.): Sociología de la comunicación de masas. Vol. III. Barcelona: Gustavo Gili.

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lunes, agosto 29, 2016

La mayoría: ¿una ficción?



La generalidad de los historiadores de los sistemas de gobierno fija el nacimiento de la democracia en el año 508 A.C., como consecuencia de las reformas políticas de Clístenes. Pero lo cierto es que nunca se sabrá con exactitud la fecha y el lugar en los que la primera agrupación humana convino en regir su destino según un modelo basado en la voluntad colectiva.
Numerosos hallazgos de la antropología y la arqueología han corroborado, en distintos puntos geográficos, la existencia de prácticas culturales que pudiesen ser resultados de una inspiración democrática (Dahl, 2006). Las condiciones favorables para el surgimiento de una sociedad democrática guardan relación con la lógica de la igualdad. La forma popular de mando, principio de la democracia, nació espontáneamente en tribus independientes de control externo, con cohesión social, distribución armónica del trabajo individual y de las responsabilidades comunes, profundo sentido de pertenencia a la comunidad y un sector mayoritario de la población interesado en participar en el gobierno del grupo.
Quizá por la necesidad de mitigar el malestar de los sectores más humildes de la tribu, o por la urgencia de formar una alianza política con clanes vecinos, las novedosas jerarquías de mando no tardaron en comprender la importancia de fortalecer su dominio social con el uso conveniente y controlado de algunos mecanismos de los gobiernos populares primigenios (por ejemplo, la asamblea o el consejo de ancianos). De este modo, los reyes y los jefes militares lograron proyectar un cariz popular, e incluso cierta resonancia épica, alrededor de medidas basadas en intereses individuales. La unanimidad y la aclamación pasaron a ser, por la fuerza de los hechos, el remedo histórico del espíritu de grupo, la materialización vicaria del antiguo todo. Como plantea Pierre Rosanvallon (2010: 42-43):

En el mundo antiguo, la realización de una sociedad unida y pacificada definía el ideal político. Homonoia, la diosa de la concordia, era celebrada en las ciudades griegas, y en el mundo latino se erigían templos a la diosa Concordia. En esos diferentes universos, participar es, ante todo, afirmarse como miembro de una comunidad… Sólo se puede participar de un conjunto, de una totalidad. No hay, por lo tanto, ninguna técnica política admitida que lleve a manifestar la existencia de una división. De ahí el papel central desempeñado por la aclamación popular.

Al volver la mirada a la antigua Grecia se advierte que no existían categorías políticas tales como «mayoría» y «minoría», en los debates asamblearios recreados por Homero en el texto fundamental de la cultura helénica: Ilíada. La facultad de cualquier persona para participar en un debate de alcance general, así como la posibilidad de expresar su posición política, dependían exclusivamente de la venia del rey. Este gobernante único se reservaba el derecho de consultar la opinión del consejo de generales o de ancianos.

Del ágora al claustro

Con la desaparición de la monarquía aristocrática y su sustitución por la aristocracia republicana, el poder perdió parcialmente su carácter personalista. La voluntad política no dependía de la imposición de un sujeto, sino que surgía de la sumatoria de los pareceres de los integrantes de las asambleas nobiliarias: juicios expresados y recogidos mediante un proceso de votación. De acuerdo con el helenista Domenico Musti (2000: 54):

En un estudio reciente, F. Ruzé analiza el concepto de plêthos (totalidad). Su tesis es que la historia de la expresión de la voluntad política en Grecia se presenta como el paso de la idea de la unanimidad, que encontramos en las asambleas homéricas como única posibilidad de expresión, al principio de la mayoría… Pero en realidad, más que el descubrimiento de la idea de la mayoría, que es un punto de vista formal, lo que se descubre son los derechos de la asamblea, que aumentan continuamente.

La votación a mano alzada (cheirotonía) fue el primer mecanismo de decisión instituido en la democracia griega, como sistema de autogobierno nacido de la ampliación de derechos de los ciudadanos y de la asamblea popular. Presentaba la ventaja de permitir un conteo rápido de los votos.
Los atenienses advirtieron que, cuando tomaban las decisiones a cara limpia y a mano alzada, corrían el riesgo de perder autonomía, en los casos más polémicos. La fuerza numérica de la mayoría, la manipulación emocional ejercida por los amigos presentes en la votación, la posibilidad de represalias posteriores o la presión psicológica del público funcionaban, en la práctica, como formas de intimidación en la mente del votante. Quedaba comprobado que la democracia asamblearia, al igual que la tiranía, podía avanzar gracias al miedo.
La necesidad de librar a los votantes de influencias, presiones o extorsiones condujo a una segunda modalidad de agregación de votos: la votación secreta (psephophoría). Gracias a ella, el ciudadano manifestaba su opinión depositando una piedra (psêphos) en un ánfora (hydría). Al final de la consulta, un funcionario seleccionado para tal fin, el kêryx (el que proclama), comunicaba al colectivo el resultado final. Cuando el enjuiciamiento popular de un ciudadano de la polis culminaba con igualdad de votos (isopsephía), la asamblea no procedía a organizar rondas de desempate, sino que aplicaba directamente el llamado «voto de Atenea» (prenda de humanismo de la cultura helénica): un recurso extraordinario de absolución penal o de reivindicación moral. Como explica Musti (2000: 56):

Los griegos distinguieron rápidamente el voto secreto del voto público, y analizaron el problema y la oportunidad de tal distinción. En cuanto al carácter abierto o secreto del voto, observamos cómo los procedimientos más «garantistas» (voto secreto, pero también cómputo minucioso y puntual, cuando es secreto, y en cualquier caso, también cuando es abierto) no se adoptan por un criterio formalista, sino cuando están en juego las delicadas cuestiones que afectan al estatus y a los derechos de las personas. Estos mecanismos de garantía que se adoptan, según los casos, completos o en parte, en los tribunales y en la asamblea cuando funciona como órgano jurídico, sirven para asegurar la imparcialidad de los jueces populares defendiéndolos de influencias, presiones o retorsiones, ese reconocido derecho al miedo, por así decirlo, que comporta la democracia y, en general, cualquier régimen político.

Los temores eran justificados. Los políticos con mayor habilidad oratoria no pocas veces aprovechaban el escenario asambleario para agitar las pasiones de los asistentes y torcer el sano desenvolvimiento de la discusión pública. Ocurría entonces el enfrentamiento entre grupos con líderes rivales, la aparición de redes informales de comunicación e intriga, la formación de facciones hostiles deseosas de medidas parcializadas y la adopción de decisiones escasamente razonadas.
Otro factor de decadencia institucional era el carácter belicoso y expansionista de la democracia ateniense, que reclamaba constantemente el incremento de las tropas de infantería y las unidades de marina. Debido a la escasez de hombres libres disponibles para participar en la guerra se hizo necesario reclutar a libertos y metecos, a quienes se otorgaba la ciudadanía. La administración de Pericles fue mucho más allá de lo prudente y multiplicó la cantidad de cargos públicos. Su movimiento reformista más osado fue la autorización del ejercicio de las magistraturas por parte de varones sin propiedades.
Las consecuencias de la ampliación de la ciudadanía y la proliferación de magistraturas son explicadas por Domenico Fisichella (2002: 62-65):

Si los ciudadanos que no son propietarios son excluidos del Consejo de los quinientos, de los tribunales y de las funciones públicas, ¿cómo distinguir entonces entre democracia y oligarquía? A estas preguntas Pericles contesta con la decisión de atribuir, a cargo del erario, una compensación (mistos) a los ciudadanos, a cambio de su renuncia a la actividad laboral… La consecuencia es que el pobre posee la igualdad de los derechos políticos, pero carece de la igualdad de las fortunas económicas (…) La institucionalización del salario eclesiástico ha hecho que el ciudadano tome conciencia de que el voto tiene un precio y que éste puede incrementarse, hasta el punto que resulta más conveniente vivir vendiendo el voto o la sentencia.

El voto también fue vaciado de su simbolismo ciudadano institucional en los años finales de la república romana. En aquella época el consulado, la máxima autoridad civil y militar, era la magistratura más preciada. Se elegían dos cónsules, con un mandato de un año de duración, que debían turnarse mensualmente en el ejercicio de sus funciones. La elección de los cónsules tenía lugar en los Campos de Marte en el marco de la celebración de los comicios de las centurias, agrupaciones formadas por ciudadanos en edad militar. El día de la votación cada centuria proponía un nombre entre todos los candidatos existentes; quienes obtenían la mayoría de las postulaciones eran sometidos después a una votación general en la que resultaban seleccionados dos cónsules. El voto era secreto y cada elector lo emitía escribiendo el nombre del candidato preferido en una tablilla. Las centurias se dividían en cinco clases, según su riqueza. La primera clase, la de aquellos con mayores fortunas, constituía 88 de 193 centurias. Esta desproporción determinaba que los comicios fuesen un instrumento electoral en manos de los más ricos y allanaba el camino para el empleo perverso del derecho del voto.
Atenas y Roma son ejemplos de antiguos modelos de autogobierno basados en la participación ciudadana en asambleas populares. Pero no son los únicos. Dahl (2006) menciona los avances políticos de las sociedades vikingas cuando, a partir del año 600, decidieron congregarse en una asamblea cuyo nombre en noruego era Ting. En estas reuniones, los hombres libres discutían y votaban acerca de una variedad de asuntos: disputas entre miembros de la comunidad, aprobación de leyes, declaraciones de guerra, elección de nuevos reyes e incluso el cambio de religión del pueblo escandinavo (lo que hicieron cuando se convirtieron en masa al cristianismo). Tan temprano como el año 930, las sociedades vikingas se adelantaron a la formación de los parlamentos nacionales, cuando fundaron el Alting, confederación de las asambleas populares de Noruega, Dinamarca, Suecia e Islandia.
Otra valiosa experiencia de autogobierno ocurrió en el Renacimiento: las ciudades-repúblicas del norte de Italia (Held, 2002). Asentamientos urbanos como Florencia, Padua, Pisa, Milán y Siena establecieron «cónsules» o «administradores» para gestionar sus asuntos judiciales, en abierto desafío a los derechos papales e imperiales de control legal. A finales del siglo XII, estos sistemas consulares fueron reemplazados por un sistema de mando político, que incluía consejos de gobierno dirigidos por funcionarios conocidos como podestà con poder supremo en materia ejecutiva y judicial. «Los podestà eran cargos electos, ocupados durante períodos de tiempo estrictamente limitados (1 año), con responsabilidad ante los consejos y, en última instancia, ante los ciudadanos (los hombres varones con propiedades inmobiliarias sujetas a impuestos, nacidos o residentes en la ciudad)» (Held, 2002: 59).
Las complicaciones institucionales de las ciudades-repúblicas renacentistas se derivaron principalmente del origen nobiliario de los podestà, elegidos en su mayoría con el voto asambleario entendido como aclamación, como mecanismo natural de expresión del sentimiento común. El dominio abierto de una clase de ciudadanos —la nobleza— terminó por incentivar el malestar social y la inestabilidad civil dirigida por los grupos excluidos, los cuales apelaron, en más de una ocasión, a medidas violentas y caóticas para formar sus consejos de gobierno. Todas estas comunidades fueron finalmente aherrojadas por modalidades hereditarias de transmisión del poder.
Uno de los principales ideólogos del llamado «republicanismo desarrollista», Marsilio de Padua, no pudo ver consolidada la herramienta del voto como mecanismo de designación de los gobernantes (siempre acompañado del sorteo, que sellaba la preeminencia de los intereses difusos de la colectividad por encima de los deseos individuales) y principal recurso del pueblo legislador.

La autoridad para hacer leyes no puede residir en unos pocos, ya que ellos también podrían pecar de hacer la ley en beneficio de unos cuantos y no en beneficio de todos, como puede verse en las oligarquías. La autoridad para hacer leyes pertenece, por tanto, al conjunto de los ciudadanos o a la mayor parte de ellos, debido precisamente a la razón contraria, porque dado que todos los ciudadanos deben ser tratados por la ley de acuerdo con la debida proporción, y nadie se daña a sí mismo a sabiendas o desea para sí la injusticia, todos o la mayoría desean una ley que lleve al beneficio común de los ciudadanos (Held, 2002: 67-68).

Pero ese novedoso método de decisión que representa la mayoría, mencionado de pasada en la ardiente defensa del autogobierno popular ensayada por Marsilio de Padua, únicamente funcionaba entre las murallas de los monasterios. Desde sus orígenes clandestinos, la Iglesia confía la determinación de sus asuntos terrenales a las decisiones aprobadas en asambleas nacidas del seno de las primeras comunidades cristianas. La tradición católica cimentará sus primeros logros en la antigua tradición de la participación como mecanismo de obtención del sagrado bien de la unanimidad.
Rosanvallon (2010), estudioso de la legitimidad como categoría política fundamental, destaca el papel del mundo eclesiástico en la creación de un vocabulario relacionado con las virtudes ciudadanas de la participación y la deliberación. Recuerda que fue un hombre de iglesia (Cipriano, obispo de Cartago en el siglo III) quien acuñó la expresión «sufragio universal». También fueron hombres de iglesia los cristianos primitivos que masificaron el uso de la voz latina unanimitas, para manifestar la aspiración compartida de ver consolidada en la tierra una verdadera comunión entre los fieles. La regla de decisión adoptada en el siglo V por el papa Celestino I, según la cual ningún religioso podía ser nombrado obispo sin contar previamente con la aprobación del pueblo, consagra en los hechos la elección plebe praesente, en la que se solicita al religioso postulado y a la grey católica formar parte de un ritual de aclamación.
Giovanni Sartori (2003: 137) resume la experiencia del voto en las órdenes religiosas medievales del siguiente modo: reglas mayoritarias, sí; derecho de la mayoría, no. Habría que esperar los desarrollos teóricos de filósofos políticos del siglo XVIII, para que la noción de unanimidad fuera reemplazada por la regla de la mayoría como principio de legitimación. John Locke inserta el derecho de la mayoría en un sistema constitucional que lo disciplina y lo controla, aunque en algunos pasajes de su obra confiesa sus dudas acerca de que una sociedad políticamente organizada pudiese sustentarse en la confrontación dinámica y positiva de una minoría y una mayoría.

Una insoportable mentira

El advenimiento del derecho al sufragio universal y la adopción de la mayoría como regla de oro, al menos en términos procedimentales, obligaron a una elaboración filosófica y argumentativa de filigrana, dado que la razón democrática debe aportar criterios lógicos para que el principio jurídico de la voluntad mayoritaria quede imantado del prestigio de las antiguas nociones totalitarias de la unanimidad popular y la voluntad general.
Los sectores refractarios al derecho de la mayoría se preguntan, por su parte, por qué razón una cantidad determinada, ciertamente mayor que una minoría pero menor que la totalidad de los sufragios, le otorga a un sector de la población el dominio político pleno y el disfrute absoluto de los privilegios asociados con el mando; por qué razón un fenómeno numérico, como lo es en esencia la victoria en una consulta electoral, constituye per se un valor moral sustancialmente incuestionable.
En la Francia revolucionaria el abate Sieyès, padre de la constitución francesa, recoge el guante del complejo debate. Desecha la perspectiva estrictamente colectivista del binomio «sociedad-comunidad», para emplear utilitariamente el concepto liberal del «individuo» y definir la voluntad general como la suma de las voluntades personales. El ideal de la unanimidad adquiere, así, un cariz aritmético al concebirse la mayoría como un equivalente de la aclamación asamblearia. Escribe el abate Sieyès: «Una asociación política es la obra de la voluntad unánime de los asociados… Se puede sentir que la unanimidad es algo muy difícil de lograr en un conjunto de hombres, por poco numeroso que sea, pero se vuelve imposible en una sociedad de millones de individuos… Es preciso, pues, conformarse con la pluralidad» (Rosanvallon, 2010: 50). Según Sieyès existen dos razones para identificar la mayoría con la unanimidad: (1) la concreción de un consenso social similar a una «unanimidad mediata», dado que los integrantes de la sociedad comprenden la conveniencia de una identificación de ambas nociones; y (2) la obtención de importantes beneficios prácticos, en términos de gobernabilidad política, a raíz del reconocimiento de todos los caracteres de la voluntad común en la expresión final de un electorado plural.
En 1801, en su primera comunicación oficial como presidente de Estados Unidos, Thomas Jefferson apela a la razón como mecanismo para dotar de legitimidad política y social a cada uno de los dictados emanados del derecho de la mayoría: «Aunque la voluntad de la mayoría debe prevalecer en todos los casos, para ser justa debe ser "razonable"» (Sartori, 2003: 138). Sin embargo, la realidad política de las democracias modernas ha sido otra.
Las elecciones han dejado de ser un instrumento cuantitativo, adoptado para una selección cualitativa (la elección de las mejores opciones), para convertirse en un mecanismo degenerativo de la calidad gubernamental, al prescindir de la elección como hecho racional para prestigiar políticamente la fuerza numérica de ideologías extremistas, bien en su demagogia, bien en su ideología. He ahí la amenaza que muchas sociedades, entre ellas la venezolana, no han logrado disipar: el riesgo de confundir la democracia (un sistema de gobierno) con la simple organización de elecciones (un método de selección). El criterio informado de Pierre Rosanvallon (2010: 22) puede ayudar a dilucidar este nuevo mecanismo de secuestro de las libertades ciudadanas por líderes autoritarios y caudillos totalitarios:

En la elección democrática se mezclan un principio de justificación y una técnica de decisión. Su rutinaria asimilación terminó por encubrir la contradicción latente que los sustentaba. En efecto, ambos elementos, no son de la misma naturaleza... Sin embargo, el razonamiento popular actúa como si la mayor cantidad valiera por la totalidad, como si fuera una manera aceptable de acercarse a una exigencia más intensa. Esta primera asimilación se desdobla en una segunda: la identificación de la naturaleza de un régimen con sus condiciones de establecimiento. La parte valía por el todo y el momento electoral valía por la duración del mandato: tales fueron los dos supuestos sobre los que se asentó la legitimidad de un régimen democrático. El problema es que, progresivamente, esta doble ficción fundadora se fue mostrando como la expresión de una insoportable mentira.

Referencias

·Dahl, R. (2006): La democracia: una guía para los ciudadanos. México: Taurus.

·Fisichella, D. (2002): Dinero y democracia: de la antigua Grecia a la economía global. Barcelona: Tusquets.

·Held, D. (2002): Modelos de democracia. Madrid: Alianza.

·Musti, D. (2000): Demokratía: orígenes de una idea. Madrid: Alianza.

·Rosanvallon, P. (2010): La legitimidad democrática: imparcialidad, reflexividad y proximidad. Barcelona: Paidós.


·Sartori, G. (2003): ¿Qué es la democracia? Madrid: Taurus.

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martes, octubre 13, 2015

Claus y Lucas

La separación de dos hermanos es el drama que vertebra tres novelas cortas escritas por la húngara Agota Kristof. Todas ellas pueden ser leídas en el tríptico Claus y Lucas publicado en español por El Aleph Editores.
Húngara, exiliada en Suiza, donde labora como operaria en una fábrica de relojes, Agota Kristof comienza en 1984, a los 48 años de edad y en una lengua adoptiva, la redacción del primer texto de una trilogía literaria, cuya publicación le granjeará inmediata fama mundial.
Seca, negativa, desesperanzada. Así describe Kristof la escritura que da cuerpo a El gran cuaderno (1988). En sus páginas se relata la historia de dos hermanos, Claus y Lucas, cuya madre, acosada por la pobreza, decide dejarlos por un tiempo en casa de la abuela, una mujer huraña, analfabeta y codiciosa. Los niños, dotados de una inteligencia muy precoz, y de una ínsita habilidad para la escritura, emplean el dinero ganado en diversos oficios para comprar lápices y cuadernos, con el propósito de llevar registro cabal de su nueva vida. En su cuartico tienen dos libros: la Biblia y un diccionario.
«La abuela es la madre de nuestra madre. Antes de venir a vivir a su casa no sabíamos que nuestra madre aún tenía madre. Nosotros la llamamos abuela. La gente la llama La Bruja. Ella nos llama “hijos de perra” (…) Su cara está llena de arrugas, de manchas oscuras y de verrugas de las que salen pelos. No tiene dientes, al menos que se vean. La abuela no se lava jamás. Se seca la boca con la punta de su pañoleta cuando ha comido o ha bebido. No lleva bragas. Cuando tiene que orinar, se queda quieta donde está, separa las piernas y se mea en el suelo, por debajo de la falda. Naturalmente, eso no lo hace dentro de la casa», anotan los hermanos en el gran cuaderno.
La abuela vende las cobijas, las sábanas y las mudas de ropa que estaban en las maletas de Claus y Lucas. Les retiene la mesada y les hace saber que la alimentación y el hospedaje dependen de la contribución en las labores de la pequeña finca. Los hermanos se rehúsan a obedecer, pero el hambre les hace doblar el espinazo.
«La sexta mañana, cuando ella sale de la casa ya hemos regado el huerto. Le cogemos de la mano los pesados cubos de la comida de los cerdos, llevamos nosotros las cabras a la orilla de río, la ayudamos a cargar la carretilla. Cuando vuelve del mercado, estamos a punto de cortar la leña. Durante la cena, la abuela dice: “Ya lo habéis entendido. El cobijo y el alimento hay que ganárselos”. Nosotros decimos: “No es eso. El trabajo es pesado, pero mirar sin hacer nada a alguien que trabaja es mucho más pesado, aún sobre todo si es un viejo”. La abuela dice, sarcástica: “¡Hijos de perra! ¿Queréis decir que os doy pena?”. “No, abuela. Solamente nos avergonzamos de nosotros mismos”».
En un pueblo de frontera, azotado por un conflicto bélico y amenazado por la expansión de una potencia totalitaria, la abuela vive en la casa más cercana a la zona geográfica y militarmente delimitada. El entorno de privaciones y decadencia moral dispara los recuerdos de la extinta vida familiar, los cariños de la madre, la presencia tutelar del padre —corresponsal de guerra— («Nosotros no olvidamos nunca nada»). La tristeza y la añoranza quiebran el ánimo de los gemelos, los reducen al llanto. Ante el convencimiento de la irreversibilidad del destino, Claus y Lucas optan por endurecer tanto sus almas como sus cuerpos. Se ejercitan en el robo, el dolor, el hambre, el maltrato, la mentira, la extorsión y la mendicidad. Reproducen en sus pequeñas vidas las rigideces de la guerra. Bulle en ellos el deseo de conocer a fondo aquellos aspectos oscuros y turbadores de la humanidad; aspectos que la escuela, castrada por idealismos de todo tipo, no puede enseñar.
«Al cabo de un cierto tiempo, efectivamente, ya no sentimos nada. Es otro quien siente dolor, otro el que se quema, el que se corta, el que sufre. Nosotros ya no lloramos. Cuando la abuela está enfadada y grita, le decimos: “No grites más, abuela, y péganos”. Y cuando ella nos pega, decimos: “¡Más, abuela! Mira, ponemos la otra mejilla, como dice en la Biblia. Péganos en la otra mejilla, abuela”. Ella responde: “¡Idos al diablo con vuestra Biblia y vuestras mejillas!”» apuntan los gemelos en su gran cuaderno.
Los hermanos acuden a la Biblia para la lectura en voz alta, los dictados y los ejercicios de memoria. El diccionario, herencia del padre periodista, les permite aprender términos nuevos, sinónimos y antónimos, obtener explicaciones y fijar los conocimientos ortográficos. La escritura en el gran cuaderno tiene sus normas.
«Uno de nosotros dice: “El título de la redacción es ‘La llegada a casa de la abuela’”. El otro dice: “El título de la redacción es: ‘Nuestros trabajos’”. Nos ponemos a escribir. Tenemos dos horas para tratar el tema, y dos hojas de papel a nuestra disposición. Al cabo de dos horas, nos intercambiamos las hojas y cada uno de nosotros corrige las faltas de ortografía del otro, con la ayuda del diccionario, y en la parte baja de la página pone: “bien” o “mal”. Si es “mal”, echamos la redacción al fuego y probamos a tratar el mismo tema en la lección siguiente. Si es “bien”, podemos copiar la redacción en el cuaderno grande. Para decidir si algo está “bien” o “mal” tenemos una regla muy sencilla: la redacción debe ser verdadera. Debemos escribir lo que es, lo que vemos, lo que oímos, lo que hacemos. Por ejemplo, está prohibido escribir: “La abuela se parece a una bruja”. Pero sí está permitido decir: “La gente llama a la abuela ‘la Bruja’”. Está prohibido escribir: “El pueblo es bonito”, porque el pueblo puede ser bonito para nosotros y feo para otras personas. Del mismo modo, si escribimos: “El ordenanza es bueno”, no es verdad, porque el ordenanza puede ser capaz de cometer maldades que nosotros desconocemos. Escribimos, sencillamente: “El ordenanza nos ha dado unas mantas”. Escribiremos: “Comemos muchas nueces”, y no: “Nos gustan las nueces”, porque la palabra “gustar” no es una palabra segura, carece de precisión y de objetividad (…) Las palabras que definen los sentimientos son muy vagas; es mejor evitar usarlas y atenerse a la descripción de los objetos, de los seres humanos y de uno mismo, es decir, a la descripción fiel de los hechos».
El gran cuaderno destaca por episodios sórdidos narrados desde una óptica desprejuiciada, como si la guerra a fuerza de disparos y muertes legitimara, además de un nuevo orden de cosas, la suspensión de las normas morales y las referencias éticas. En resumen, el fin de la inocencia. Algo parecido a un alma buena es el zapatero del pueblo. Se empeña en regalarle unas botas a Claus y Lucas, pero ellos se niegan porque no les gusta dar gracias… Del resto, es un elenco no santo: una niña, Cara de Liebre, que comparte con la abuela una humilde choza, y sacia su ardor sexual con soldados e incluso perros; un capitán, alojado en la casa de la Bruja, que con esfuerzo apenas disimula su condición pederasta; la ayudante de la sacristía, antisemita y aficionada a los tríos sexuales; el cura que magrea a las jovencitas de origen más pobre (resulta inolvidable la frase empleada por los hermanos al momento de extorsionarlo: «Importa poco si es cierto o falso. Lo esencial es la calumnia. A la gente le encanta el escándalo»).
Del campo de batalla llegan al pueblo los primeros deshechos humanos. Se agolpan en las tabernas para, con el acicate del alcohol, desfogar lo incurable de las heridas: «Un viejo nos acaricia el pelo. Unas lágrimas salen de sus ojos hundidos, bordeados de negro: “¡Qué desgracia! ¡Qué mundo de desgracias! ¡Pobres niños! ¡Pobre mundo!”. Una mujer dice: “Sordo o loco, el caso es que ha vuelto. Y tú también has vuelto”. Se sienta encima de las rodillas del hombre a quien le falta un brazo. El hombre dice: “Tienes razón, guapa, he vuelto. Pero, ¿cómo voy a trabajar? ¿Con qué voy a sujetar las tablas para serrarlas? ¿Con la manga vacía de mi chaqueta?”. Otro joven, sentado en un banco, dice, riendo: “Yo también he vuelto. Sólo que estoy paralizado por abajo. Las piernas y todo lo demás. Ya no me empalmaré nunca más. Habría preferido morirme de golpe, mira, quedarme allí, de una vez”. Otra mujer dice: “No estáis contento nunca. Los que veo morir en el hospital dicen: “Fuese cual fuese mi estado, me gustaría sobrevivir, volver a mi casa, ver a mi mujer, a mi madre, no importa cómo, vivir un poco más aún”. Un hombre dice; “Tú, cierra el pico. Las mujeres no han visto nada de la guerra”. La mujer dice: “¿Qué no hemos visto nada? ¡Imbécil! Nosotras hacemos todo el trabajo, tenemos todas las preocupaciones: alimentar a los niños, cuidar a los heridos… Vosotros, una vez acaba la guerra, sois todos unos héroes. Muertos: héroes. Supervivientes: héroes. Mutilados: héroes. Y por eso habéis inventado la guerra vosotros, los hombres. Es vuestra guerra. Vosotros la habéis querido; ¡hacedla pues, héroes de mierda!”».
La guerra recrudece. Los bombardeos se multiplican. Las tropas extranjeras entran al país. De forma repentina, la madre de Claus y Lucas aparece en la casa de la abuela. Se baja de un jeep militar y exige que sus hijos les sean entregados. En sus brazos carga a una niña. Los  pequeños no desean marcharse. Deshumanizados, han roto todo vínculo sentimental. La desgracia se ceba con los débiles. Cae un obús. Al final, los gemelos tomarán los huesos de las víctimas para colgar en el cuarto los esqueletos de la madre y la hermanita. La pequeña Cara de Liebre también muere, pero no de un bombardeo, sino por los excesos de una orgía. Su cuerpo, ofrendado a la tropa, lleno de semen, es velado en la sala de la choza. La abuela desgarrada por el dolor confiesa: «Y la muerte no viene. Cuando la llamas, nunca viene. Se divierte torturándonos. Yo la llamo desde hace años y ella me ignora».
Llega el padre. Es prófugo de la justicia. Su condición de periodista contrario al régimen signa su suerte. Detenciones, torturas y liberaciones se turnan. Cansado, decide pasar la frontera. La muerte va a lo suyo: se lleva a la Bruja. Los niños la entierran y deciden apoyar los planes de fuga del padre. Ambos cobran conciencia del más exigente de los aprendizajes: la separación. Acuerdan que uno de ellos debe servir de baquiano para cruzar la frontera. Claus sigue al padre por un camino minado. Lucas los mira a la distancia. El hombre muere al pisar una mina explosiva. Claus avanza y llega al otro país. Lucas enfila rumbo a la casa de la abuela. Finaliza El gran cuaderno.
La segunda novela corta se llama La prueba (1988). Con cada página Agota Kristof desmiente las certezas acumuladas por los lectores de El gran cuaderno. Cambia el estilo. La prosa ya no es tan directa y seca. El relato pasa de la primera persona plural a la adopción de narrador omnisciente. Los diálogos comunican dinamismo y los sentimientos son examinados con mayor detenimiento. Han acabado el cerco del enemigo y las escaramuzas de la guerra. Los militares de la potencia extranjera han colonizado tomado al pueblo fronterizo, además de la ciudad de K. Vuelven unos personajes. Desaparecen otros.
La acción se inicia con soldados del puesto de frontera que acuden al lugar de la detonación. Recogen el cuerpo mutilado de un hombre, que en su desesperación olvidó que el paso fronterizo tiene un sistema de trampas cuyo paso es infranqueable. Se dirigen a la choza donde vive solitario «el idiota». Lucas los recibe, disimula al ver el cuerpo sin vida de su padre y promete cooperar con las autoridades si logra recabar cualquier información. Pasa el tiempo sumido en reflexiones. Tres semanas de descuido son suficientes para acabar con la productividad de la finca. Deben transcurrir doce semanas para retomar la normalidad, visitar al cura para jugar ajedrez e ir a la librería del señor Victor para comprar lápices y papel; librería ubicada en las proximidades de la plaza principal de K, ciudad triste y plomiza.
Luego de nueve años de andar indocumentado en el pueblo fronterizo, Lucas va a la oficina política del partido revolucionario para pedir un documento de identificación. Lo atiende el secretario Peter N, un homosexual que lucha por pasar por hombre fuerte del partido. Traban una amistad.  Tanto en el pueblo como en la ciudad tienen a Lucas por loco, y se mofan de él por causa de su hermano, un tal Claus, un sujeto inexistente que siempre sale a relucir en sus conversaciones delirantes.
Un día, cuando va camino a la sacristía para llevar alimento al cura, encuentra en la mitad de un puente a una mujer llorosa con un bebé en los brazos. No había tenido fuerzas para matar al hijo, nacido de una relación incestuosa. Lucas invita a Yasmine, así se llama, a la finca y ofrece el cuarto de la abuela fallecida para recostar al niño, cuyo nombre es Mathías, igual que el abuelo-padre. Únicamente le impone tres condiciones: no puede entrar en la habitación de Lucas ni tampoco en el desván (donde están los cuadernos y los esqueletos), y debe abstenerse de formular preguntas. Lucas se encariña con el niño, mas no con la mujer. Su fijación sexual le pertenece a otra, a la bibliotecaria Clara, viuda nostálgica que nunca le corresponderá del todo, porque llora la ausencia del esposo y mantiene una relación sexual con un médico casado. La obsesión de Lucas deprime a Yasmine, quien aparentemente, sin llevarse al niño, abandona el pueblo para marcharse a la capital del país.
Mathías, como personaje, se inscribe en la tradición de esos niños salidos de la imaginación brillante y siniestra de Agota Kristof. Cojo y posesivo, Mathías posee una inteligencia y una riqueza expresiva imposibles a su edad, lee con fruición obras compradas en la librería de Victor y está obsesionado por el conocimiento, pero también por la reconstrucción del pasado de Lucas.
«Con el bastón, el niño golpea las lechugas, los tomates, los calabacines, las judías, las flores. Lucas le mira sin decir nada. El niño vuelve a la casa y se acuesta en la cama de Yasmine. Lucas se une a él y se sienta en el borde del lecho: “¿Tan desgraciado eres al quedarte conmigo? ¿Por qué?”. Los ojos del niño quedan fijos en el techo: “Porque te odio. Sí, te odio desde siempre”. “No lo sabía. ¿Puedes decirme por qué?”. “Porque eres mayor y eres muy guapo, y porque yo creía que Yasmine te quería a ti. Espero que seas tan desgraciado como yo” (…) Después de un silencio el niño pregunta: “¿Y tu madre dónde está?”. “Está muerta”. “¿Era demasiado vieja, y por eso está muerta?”. “No. Murió por culpa de la guerra. La mató un obús, a ella y al bebé que tenía que era mi hermanita”. “¿Y ahora dónde están?”. “Los muertos no están en ninguna parte y por eso están en todas partes”. El niño dice: “Están en el desván. Las he visto. La cosa grande de huesos y la pequeña de huesos”. Lucas pregunta en voz baja: “¿Has subido al desván? ¿Cómo te las ha arreglado?”. “He trepado. Es fácil. Ya te enseñaré cómo”. Lucas se calla. El niño dice: “No tengas miedo, no se lo diré a nadie. No quiero que nos las quiten. Me gustan mucho” (…) El niño pregunta: “¿Y el esqueleto de tu hermano no lo has guardado?”. “¿Quién te ha dicho que tenía un hermano?”. “Nadie. Te he oído hablar con él. Tú le hablas. No está ninguna parte pero está en todas partes, y por lo tanto debe estar muerto también”. Lucas dice: “No, no está muerto. Se fue a otro país. Ya volverá”. “¿Cómo Yasmine?”. “Sí, es lo mismo para mi hermano y para tu madre”. El niño dice: “Es la única diferencia entre los muertos y los que se van, ¿verdad? Lo que no están muertos, vuelven».
Las destrezas de fisgón de Mathías ponen en alerta a Lucas, quien decide visitar a su amigo Pete N. para confiarle los cuadernos escritos en ausencia de Claus. Una vez allí comienza a dudar: «Lucas dice: “Devuélveme los cuadernos. Voy a enterrarlos en algún lugar del bosque”. “Sí, entiérralos. O mejor aún: quémalos. Es la única solución para que no los pueda leer nadie”. “Debo conservarlos. Por Claus. Esos cuadernos están destinados a Claus. Sólo a él”. Peter pone la radio. Busca mucho rato antes de encontrar una música suave: “Siéntate otra vez, Lucas, y dime quién es Claus”. “Mi hermano”. “No sabía que tuvieras un hermano. No me habías hablado nunca de él. Nadie me ha hablado de él, ni siquiera Victor, que te conoce desde la infancia”. Lucas dice: “Mi hermano vive del otro lado de la frontera desde hace muchos años”. “¿Y cómo atravesó la frontera? Se dice que es infranqueable”. “La atravesó, eso es todo” (…) Lucas menea la cabeza y se levanta de nuevo: “Piensas que ha muerto, ¿verdad? Pero Claus no ha muerto. Está vivo y volverá”. “Sí, Lucas. Tu hermano volverá. En cuanto a los cuadernos, habría podido prometerte que no los leería, pero no me habrías creído”. “Tienes razón, yo no te habría creído. Sabía que no podrías evitar leerlos. Lo sabía antes de venir aquí. Léelos, pues. Prefiero que seas tú  antes que Clara o cualquier otro”. Peter dice: “Una cosa más que no entiendo: tus relaciones con Clara. Ella es mucho mayor que tú”. “No importa la edad. Soy su amante. ¿Es todo lo que querías saber?”. “No, no es todo. Eso ya lo sabía. Pero, ¿la quieres?”. Lucas abre la puerta: “No sé lo que significa esa palabra. Nadie lo sabe. Yo no me haría ese tipo de preguntas, Peter”. “Sin embargo, a lo largo de tu vida te harán muchas veces ese tipo de preguntas. Y quizás te veas obligado a responder”.  “¿Y tú Peter? Tú también tendrás que responder alguna vez a determinadas preguntas. Yo he asistido algunas veces a tus reuniones políticas. Hace discursos, la sala te aplaude. ¿Crees sinceramente en lo que dices?”. “Estoy obligado a creer”. “Pero, en lo más profundo de ti mismo, ¿qué piensas?”. “No pienso. No puedo permitirme ese lujo. Llevo el miedo en mi interior desde la infancia”».
Un foco insurreccional pretende cuestionar la dominación del régimen extranjero. Peter se esconde de los contrarrevolucionarios. A un costo de treinta mil muertos, el régimen sofoca la rebelión, se afianza en el poder y refuerza los controles. La vida es cada vez más vigilada y controlada. Lucas aprovecha una oferta de Victor y, gracias a las joyas de la abuela, compra la librería y se muda a las inmediaciones de la plaza de la ciudad de K. Inscribe a Mathías en la escuela, donde destaca como el mejor alumno. Sin embargo, la cojera lo convierte en la burla del salón. A Lucas se le ocurre abrir una sala de lectura infantil para mejorar las habilidades sociales de Mathías. La idea, que en un primer momento despunta como buena, termina por exacerbar los celos del pequeño.
«Lucas mira la sala donde los niños, inclinados sobre sus libros, están absortos en la lectura. Un niño pequeño levanta los ojos y sonríe a Lucas. Tiene el pelo rubio, los ojos azules, y es la primera vez que viene. Lucas no puede apartar los ojos de ese niño. Se sienta detrás del mostrador, abre un libro y sigue mirando al niño desconocido. Un dolor agudo y súbito atraviesa su mano izquierda, posada sobre el libro. Un compás está clavado en el dorso de esa mano. Medio paralizado por la intensidad del dolor, Lucas se vuelve lentamente hacia Mathías: “¿Por qué has hecho eso?”. Mathías susurra entre dientes: “¡No quiero que lo mires!”. “No miro a nadie”. “¡Sí! ¡No mientas! Te he visto mirarlo. ¡No quiero que lo mires de esa manera!” (…) Lucas coge a Mathías entre sus brazos y lo lleva al piso, y lo acuesta en su cama: “¿Qué te pasa, Mathías?”. “¿Por qué mirabas a ese niño rubio?”. “Me recordaba a alguien”. “¿A alguien que amabas?”. “Sí, a mi hermano”. “No debe amar a nadie más que a mí, ni siquiera a tu hermano”. Lucas se calla, y el niño sigue: “No sirve de nada ser inteligente. Mejor sería ser guapo y rubio. Si tú te casaras podrías tener niños como el niño rubio, como tu hermano. Tendrías niños que serían tuyos de verdad, guapos y rubios, y no inválidos. Yo no soy tu hijo. Soy el hijo de Yasmine”. Lucas dice: “Tú eres mi niño. Yo no quiero ningún otro niño”. Le enseña la mano vendada: “Me has hecho daño, ¿sabes?”. El niño dice: “Y tú también me has hecho daño, pero tú no lo sabes».
El acaecimiento de una tragedia sacude la vida de Lucas. Se encierra en sí mismo. Se refugia en el silencio. Ahora también lo creen mudo. Se aleja de los libros y renuncia a la escritura de los cuadernos. Se alimenta poco y mal. Camina por las noches. Siempre se detiene en una de las tantas sepulturas del cementerio. Allí dice: «El lugar ideal para dormir es la tumba de alguien a quien se ha amado».  En el pueblo fronterizo, el terreno donde estaba la casa de la abuela es seleccionado para la construcción de instalaciones deportivas. Peter le informa a Lucas que en los trabajos de movimientos de tierra hubo un hallazgo funesto. Lucas abandona la ciudad de K.
Veinte años después, llega Claus, enfermo y avejentado. La gente, que aún recuerda el rostro de quien fantaseaba con un hermano mielgo, cree que se trata de una broma, de un juego de usurpación de identidades. ¿Por qué a estos gemelos nadie nunca los ve juntos? Claus vaga por la ciudad y se detiene en la librería de Lucas, que es regentada por Peter N.: «Un hombre de pelo blanco sentado detrás del mostrador lee a la luz de una lámpara de despacho. La tienda está en penumbra, no hay clientes. El hombre de pelo blanco se levanta: “Perdóneme, me he olvidado de dar luz”. La sala y los escaparates se iluminan. El hombre pregunta: “¿Qué desea?”. Claus dice: “No se moleste. Sólo estaba mirando”. El hombre se quita las gafas: “¡Lucas!”. Claus sonríe: “¡Conoce usted a mi hermano? ¿Dónde está?”. El hombre repite: “¡Lucas!”. “Soy el hermano de Lucas. Me llamo Claus”. “No bromees, Lucas, te lo ruego”. Claus saca el pasaporte del bolsillo: “Véalo usted mismo”. El hombre examina el pasaporte: “Esto no prueba nada”. Claus dice: “Lo siento, no tengo medio alguno de probar mi identidad. Soy Claus T. y busco a mi hermano Lucas. Usted le conoce. Y ciertamente le habrá hablado de mí, de su hermano Claus”. “Sí, me ha hablado a menudo de usted, pero debo confesarle que nunca había creído en su existencia”. Claus ríe: “Cuando yo hablaba de Lucas a alguien, tampoco me creían a mí. Es cómico, ¿no le parece?” “No, en realidad no” (…) Peter se deja caer en un sillón: «Sí, perdóneme Claus. Conocí a Lucas cuando tenía quince años, A la edad de treinta años desapareció”. “¿Desapareció? ¿Quiere decir que se fue de esta ciudad?”. “De esta ciudad y quizás de este país. Y vuelve hoy con otro nombre. Siempre me ha parecido estúpido ese juego de palabras con sus nombres de pila”. “Nuestro abuelo llevaba ese nombre doble Claus-Lucas. Nuestra madre, que sentía mucho afecto por su padre, nos puso los dos nombres. No es Lucas la persona que tiene delante de usted, Peter, sino Claus».
Llegado a este punto la narración se interrumpe. La parte final de La prueba contiene una comunicación oficial a la embajada del país D, para solicitar la repatriación del señor Claus T., de cincuenta años, detenido en la prisión de K. Claus T. había ingresado con un visado de treinta días. Al principio paseó por la ciudad como turista, pero buscó asentarse. Luego de una amistad  con la dueña de la librería ubicada en las inmediaciones de la plaza principal, consiguió que se le alquilase una habitación encima del local. Tras ser rechazada la cuarta petición de extensión del visado, Claus T. quedó en condición de ilegal. Ya para este momento de su estadía no contaba con dinero, debía dos meses de arriendo y practicaba la mendacidad en tabernas. Al momento de su arresto llevaba consigo un cuaderno con anotaciones.
«A raíz de su interrogatorio, Claus T. aseguró que había nacido en nuestro país, que había pasado su infancia en nuestra ciudad, en casa de su abuela, y declaró querer quedarse aquí hasta el regreso de su hermano Lucas T. Ese tal Lucas T. no figura en ningún registro de la ciudad de K. Claus T. tampoco».
También se anexa un post-scriptum donde se especifica que el manuscrito analizado por las autoridades  fue pergeñado durante la permanencia de Claus T. en los seis meses de permanencia en la ciudad de K. «En lo que concierne al contenido del texto, no puede tratarse más que de una ficción, ya que ni los acontecimientos descritos ni los personajes que allí figuran han existido jamás en la ciudad de K, a excepción, sin embargo, de una persona, la supuesta abuela de Claus T., de la cual hemos encontrado la pista. Esa mujer, en efecto, poseía una casa en el emplazamiento del actual campo de deportes. Muerta sin herederos hace treinta y cinco años, figura en nuestros registros con el nombre de María Z, de casada V».
La última novela del tríptico publicado por El Aleph Editores se denomina La tercera mentira (1991). La acción comienza con una narración escrita en primera persona por Claus T. desde su presidio en la cárcel de K. Habla de su conversación con un agente de policía que le informa acerca de la medida de repatriación. Por esos mismos días, recibe la visita de la dueña de la librería que viene a traerle ropa. La mujer evade conversar sobre la deuda de dos meses de alquiler: «Ella dice: “No habla más que de pagar. Me gustaría que cambiara el tema. Dígame, ¿qué cosas escribe?”. “Lo que escribo no tiene importancia”. Ella insiste: “Lo que quisiera saber es si escribe cosas que han ocurrido de verdad o cosas inventadas”. Le contesto que trato de escribir de cosas que han ocurrido de verdad pero que, en un momento dado, la historia se hace insoportable por su misma verdad y entonces me veo obligado a modificarla.  Le digo que intento contar mi historia pero no puedo, no tengo valor, me hace mucho daño. Entonces lo embellezco todo y describo las cosas no cómo sucedieron sino como yo querría que hubieran sucedido. Ella dice: “Sí. Hay vidas que son más tristes que el más triste de todos los libros”. Yo digo: Exactamente. Por más triste que sea un libro, nunca puede ser tan triste como la vida».
El presidio y el peso de la enfermedad precipitan los recuerdos de Claus T. Su infancia. La llegada a la casa de la vieja María Z. La vida de sacrificio y trabajo. La conversación con el hombre interesado en pasar la frontera. La llegada al país de D. El encuentro con sus benefactores. Los años de madurez. Su enfermedad cardíaca y el deseo de regresar a morir en la ciudad de K. Un torbellino de reminiscencias y reflexiones que son interrumpidas por el anuncio de un descubrimiento tan sencillo, que se encuentra en el listín de teléfonos. Entonces parece que por fin podremos abrirnos paso en este laberinto de engaños. ¡Cómo cuesta dar con la verdad en la sociedad de la mentira! ¿Alguna vez existieron estos dos gemelos? O mejor aún: ¿hubo alguna vez, en el mundo, una guerra que no haya terminado por separar a dos hermanos? «Hacerse preguntas es peor que saberlo todo».
En una entrevista publicada en el suplemento cultural Babelia, el sábado 27 de febrero de 2007, el periodista Javier Rodríguez Marcos culmina su conversación con Agota Kristof con una pregunta: ¿cree en los sentimientos? La escritora guarda silencio por un rato y contesta: no.
Una respuesta que está a tono con esta infidencia de unos de los personajes de Claus y Lucas: «Le digo que la vida es de una futilidad total, que no tiene sentido, es aberración, sufrimiento infinito, invento de un No-Dios cuya maldad rebasa la compresión».
Agota Kristof escribió tres grandísimas novelas.

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