miércoles, noviembre 04, 2009

Los animadores altamente efectivos



En la sociedad del espectáculo sólo los dueños del micrófono detentan el poder. La lógica mediática consagra como incómoda verdad aquello de que sin audio no hay liderazgo -ni Hitler ni Churchill hacían mímica-. Los buenos animadores siempre se las arreglan para aparecer en cámara: se colean, cantan a dúo, se infiltran en el coro o improvisan una coreografía de tango o de charleston. Saben muy bien que cualquier estratagema es válida a la hora de proteger sus intereses. El entretenimiento y la conducción son sus negocios y no pueden entregárselos a cualquiera.
El creciente exhibicionismo del público entraña el riesgo de una mayor interactividad. A la audiencia ya no le basta con oír. De vez en cuando sus miembros también desean participar y hasta protagonizar, tal como ocurre en los programas realizados en formato reality show. Los presentadores de espectáculos están conscientes de que no son nadie sin el apoyo de este caprichoso e impredecible espíritu colectivo; lo que explica la constante preocupación por halagar al público, por decantar sus glorias y bendecir sus juicios. Sólo los virtuosos de la animación intuyen la conveniencia de desoír -aunque sea por breves momentos- los gritos y bramidos de la deidad exaltada. La intención no es otra que producir el desgañitado paroxismo que induce la sordera mal disimulada.
-¿Cómo está mi gente linda?
-¡Bien!
-¿Perdón? ¡No escucho!
-¡Biiienn!
-Repito, ¿cómo está mi gente linda?”.
-¡Biiiiiiiiiiien!
-¡Qué bueno! ¡Y les juro que van a estar mejor!

Otra rasgo a destacar es la capacidad que debe tener el animador para compactar a todo un variopinto universo de fisonomías y personalidades en una pegajosa denominación, que generalmente se hace coincidir con el nombre del lugar donde se lleva a cabo el evento. De suerte que, una vez escogido el vocativo que mejor individualiza al grupo, el presentador ensaya algunas fórmulas expresivas coloquiales, trufadas, por supuesto, con los adjetivos posesivos de rigor: «¿Qué dice mi América?», «¿Cómo está la vaina mi Venezuela?» o «¿Desde cuándo no come ese loco mi Petare?».
Igualmente, resulta conveniente que el animador consiga hacerse de una frase o remoquete que lo «posicione» de manera permanente en la mente (de pollo) de algunos sectores de la audiencia. Epítetos como «El rey de los sábados», «El monstruo de la mañana» y «El amigo de todos»; o gritos de guerra como «Rolo e’vivo», «Famiiiiiiiilia», «Áaaaaaanimo» y «Así era papá» se erigen, en la práctica, como auténticos mantras del éxito en la cultura de masas. El principal desafío resulta entonces seleccionar apodos o eslóganes lo suficientemente neutros como para captar un amplio espectro de las preferencias populares. Un nombre equivocado o un lema desafortunado pudiesen desembocar en una involuntaria y defectuosa segmentación del mercado. En este sentido, es imperativo señalar que no debería aspirar al cariño de los amantes de la música clásica aquel personaje que se hace llamar, por ejemplo, «El jefe del flow».
El presentador exitoso también tiene la obligación de hacer llorar a sus invitados. Sin moco no hay rating. Las lágrimas y los gimoteos son consustanciales al fenómeno mediático de la sintonía. Esto lo saben muy bien los duros del Show Business; seres pragmáticos y calculadores que en sus respectivos programas no dudan en resucitar cadáveres, localizar desaparecidos, machacar juanetes o introducir dedos en ojos u otras cavidades corporales si tales ordalías colaboran a revertir la pasajera obstrucción de las glándulas lacrimales.
Si usted desea descollar en el apasionante mundo de la presentación de verbenas callejeras y reuniones de gala le tenemos, a guisa de regalo, las catorce frases clave del animador altamente efectivo. De nada.

14 frases clave del animador altamente efectivo

¿Dónde están las mujeres?

Mientras que los viudos de la cuarta república preguntan dónde están los reales y los borrachitos inquieren dónde está la cañandonga, los animadores altamente efectivos formulan una inquietante interrogante: ¿Dónde están las mujeres? Se trata, sin duda, de una frase de impactante originalidad, que sirve para incrementar la temperatura festiva de la tribuna, a la vez que contribuye a la recolección de las coordenadas espaciales de las representantes más llamativas del denominado sexo débil. En el caso de que los animadores altamente efectivos se vean envueltos en una cruenta emboscada por parte de un hostil batallón de feas es legítimo que se permitan la fina ironía de repreguntar: Perdón, repito, ¿dónde están las mujeres?

¿Dónde están los hombres?

Locución extremadamente creativa que busca contribuir a la consolidación de un espectáculo inclusivo, en el que quepan todos. El objetivo principal es fomentar la sana rivalidad de los sexos, sin llegar a caer por ello en la condenable batalla campal entre machos y hembras. En el caso de que los animadores altamente efectivos estén presentando un concierto de Luis Fonsi o de Cristian Castro es válido repreguntar: Perdón, repito, ¿dónde están los hombres?

¿Dónde están los caraquistas?

A partir del mes de octubre, esta curiosa pregunta se convierte en uno más de los «imposibles» del poeta Leonardo Padrón. Bajo su amparo se materializan los sufridos manes que integran la díscola fanaticada del equipo melenudo (prometo una futura crónica sobre las particularidades de la prosa del periodismo deportivo). Una vez obtenida la respuesta del grupo, es de suma importancia proseguir con el discurso, para así no dar cabida a las tradicionales clases de Historia impartidas gratuitamente por los forofos caraquistas, entre cuyos módulos de aprendizaje destacan, por mucho, los campeonatos alcanzados durante las décadas de los cincuenta y sesenta, y –no faltaba más- el inmortal juego sin hit ni carreras de Urbano Lugo en la final de la temporada 86-87. Como diría un gran amante de la revisión hemerográfica: ¡Así son las cosas!

¿Dónde están los magallaneros?

Según los caraquistas, en el sótano.

¡Una bulla!

Frase de indudable prosapia intelectual con la que el animador altamente efectivo echa por el piso los tradicionales prejuicios académicos que sólo ven en las fiestas y espectáculos públicos lugares ayunos de ideas, donde tienen lugar masivas demostraciones de ignorancia y mal gusto. Sirve, igualmente, para alimentar el espíritu de la tribu y anunciar la permanente disposición a la lucha. La gente que hace una bulla siempre está rodilla en tierra.

¿Paramos? ¡No! ¿Seguimos? ¡Sí!

Joya de la retórica mediática aportada por el merenguero dominicano Wilfrido Vargas. Su pronunciación contribuye a gestar un ambiente de suspenso e intriga en medio de la audiencia. La posibilidad de que se acabe el vacilón se traduce en una rápida inyección de adrenalina en el organismo de los hombres y mujeres verdaderamente rumberos. Así como hay quienes piden que no se rompa la noche –por favor que no se rompa-, hay otros que solicitan, con igual ahínco, que el gozo no caiga al pozo.

¡La ola! ¡Ahí viene la ola!

Frase marítima que, curiosamente, proviene del ámbito deportivo. Para su exitosa instrumentación se requiere de la plenitud del aforo, ya que no hay nada más deprimente que una ola hecha con la participación de cuatro pelagatos Una ola de esta magnitud bien merece ser tildada como un tsunami de miseria y mal gusto.

¡Una vueltica! ¡Una vueltica!

Expresión de origen barriobajero empleada para efectuar un «buceo» institucional de las beldades más prominentes presentes en el público. De resultar la mujer aludida una verdadera diosa es legítimo, y harto comprensible, exigir un bis del coro.

¡Qué se lo quite! ¡Qué se lo quite!

Locución propositiva originalmente empleada por personas aficionadas a espectáculos nudistas o habitué de despedidas de solteros. Con el tiempo, su uso se ha extendido a la animación de diferentes actividades escenificadas en horario «todo usuario». Para su feliz concreción se torna imperativo la presencia de una personalidad exhibicionista. Del resto, es puro amago y demagogia sexual.

¡Y… fuera! ¡Y…!

Frase genial acuñada por el animador chileno Don Francisco para dar por terminada, casi siempre con la invalorable ayuda de El Chacal de la Trompeta, la actuación de un participante que pretende disfrazar como arte sus viles ejecutorias de tortura.

¡Pero no me lo digas ahora, sino en la próxima parte!

Socorrida maniobra que alimenta la intriga de la audiencia, y anuncia la llegada de la parte comercial de la programación. El valor de este ardid se incrementa de acuerdo con el grado de marginalidad y sensacionalismo implícitos en el comentario o respuesta solicitados por el presentador.

¡Qué entre la amante!

Expresión de reconocido pedigrí en el mundo de los realitys show. Originalmente fue utilizada por la animadora peruana Laura Bozzo para desenmascarar a los integrantes de la audiencia con aventuras clandestinas surgidas al calor de disolutas polladas. Es uno de los mejores métodos para deshacerse de personajes molestos sin llamar a comerciales.

¡Orquídea! ¡Orquídea!

Frase que da inicio a la apoteosis popular bajo 40° centígrados. El animador altamente efectivo debe pronunciarla únicamente en momentos de verdadera exaltación colectiva. Hasta el momento ninguno de los premiados en el famoso festival zuliano ha podido levantar todavía el máximo galardón del evento, a saber: la Orquídea de Coco. Ni siquiera la inmortal Lila Morillo, que ya es mucho decir.

¡A petición del público!

Fórmula apotropaica invocada por el animador altamente efectivo cuando surge la necesidad de sacar nuevamente al aire un bodrio indigesto debido a que el equipo de producción no supo conseguir alguna novedad para la programación. Excelente recurso para transformar una crisis en una oportunidad. Al menos, de perder el rating.

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martes, octubre 20, 2009

Una plaga llamada karaoke

En una de sus crónicas más recientes, el mexicano Juan Villoro define al Japón, en su vertiente más catastrofista, como el país de Godzilla; y, en su vertiente más enternecedora, como el país de Pikachú. Nosotros, menos expertos en idiosincrasias orientales, nos atrevemos a afirmar que, en su vertiente más diabólica y dañina a la paz ciudadana, Japón es también el país del karaoke.
Fue el músico nipón Daisuke Inoue quien ensambló, en 1971, la primera máquina básica de karaoke, hecha a partir de una cinta grabada con canciones de diversos géneros, un reproductor, una caja para las monedas, un micrófono y un amplificador. “Todo empezó –relata Inoue- cuando el presidente de una importante acería quiso contratarme para animar musicalmente una actividad especial de su compañía; como ese día no podía acompañarle, le entregué un cassette con el ritmo de mis canciones. Nunca registré la propiedad intelectual. En verdad, jamás pensé que en apenas tres años aquello iba a tener tanto éxito. Mi única idea fue alquilar aparatos de karaoke a doscientos locales en Kobe, y ganarme la vida mientras tocaba la batería y el piano con mi banda, que era lo que realmente me gustaba”. Una explosiva mezcla de romanticismo e imprevisibilidad que le acarreó al patrimonio de Inoue, por concepto de royalty, una pérdida de 150 millones de dólares según cálculos realizados por el académico estadounidense Robert Scott Field.
Lamentablemente en Venezuela este práctico invento, concebido para el disfrute y diversión de la raza humana, se ha transformado en un instrumento masivo de tortura sensorial. Y es que entre nosotros el bendito karaoke se asemeja cada vez más a una suerte de Latin American Idol de tasca. No hay fin de semana en que las tabernas y pocilgas caraqueñas no se encuentren transmutadas en el decorado o escenario del más bochornoso de los realitys shows caribeños: aquel que le niega a su público la posibilidad de contar con las milagrosas y oportunas interrupciones del Chacal de la Trompeta.
Resulta impresionante la habilidad que tienen los organizadores de karaoke para convocar, a sus interminables sesiones de gritos y alaridos, a los rebotados permanentes de casting y audiciones, a los vocalistas frustrados de corales y estudiantinas, a los reguetoneros peleados con la rima y con el flow: un apelmazado conjunto de voces espectrales, de cadáveres insepultos que todavía hoy sueñan con una reivindicación póstuma por parte de los visitantes de Youtube. Artistas sin arte (Truman Capote dixit) que sólo pueden ser ponderados por un acreditado jurado de borrachitos y sátiros de night club. Y por supuesto también por enamorados arrastrados y sin escrúpulos, de esos que para saciar sus más bajos instintos no tienen el menor reparo en comparar a la fémina que evidentemente desafina con la soprano inglesa Sarah Brightman -pero en versión unplugged-.
Sin duda que uno de los rasgos más deplorables del amateurismo con micrófono es su previsible tendencia a la interpretación sobreactuada; a ese error frecuente de confundir la calidez y sentimiento en la ejecución artística con la desagradable imagen de un rostro demudado por una crisis de estreñimiento o un ictus epiléptico. Al final, el merecido «disco de oro» llega a sus manos transmutado en el alcohólico aliciente de un servicio gratuito de güisqui o ron. Para que siga la pea. Para que siga el concierto. Total, nunca faltará el borracho que se anime a pedir otra (cerveza).
El joven humorista venezolano Cheo Chiste destaca como el pionero en el estudio del cancionero tradicional de los cantantes de karaoke. Gracias a él sabemos, por ejemplo, que las chicas prefieren las canciones de despecho de Ana Gabriel (¡Amiga tengo el corazón herido! / El hombre que yo quiero se me va / Lo estoy perdiendo, estoy sufriendo / llorando de impotencia / no puedo retenerlo…) y los joropos feministas de Scarlet Ortiz (¿Qué te has creído tú? ¿Qué yo no valgo? / Si tengo el corazón en sangre viva / Cobarde fuiste tú, te aprovechaste / de los mejores años de mi vida / Y vete, ya no quiero verte / machista insignificante / te crees más hombres que todos / por tener muchas amantes). Mientras que los chicos, por su parte, se encomiendan a las sentidas letras de Alejandro Fernández (Loco / me dicen loco / porque hablo con las aves / y a los amigos / que me encuentro por la calle / no les platico / de otra cosa que de ti / Loco / por esos ojos que me dicen que aman / cuando amanecen / encimita de mi almohada / tras esas noches / de locuras que me das / cuando te sueño) y Ricardo Arjona (No sé quién las inventó / no sé quién nos hizo ese favor / tuvo que ser Dios/ que vio al hombre tan solo / y sin dudarlo / pensó en dos… en dos / Mujeres / lo que nos pidan podemos / si no podemos no existe / y si no existe lo inventamos / por ustedes / Mujeres / que hubiera escrito Neruda / que habría pintado Picasso / sino existiesen musas como ustedes / Mujeres). Puestos a opinar ante tan copioso catálogo de lo patético-ontológico, no queda más remedio que repetir las parcas palabras pronunciadas por los abogados cuando escuchan de los acusados una involuntaria confesión de culpabilidad: “No más preguntas, Su Señoría”.
Finalmente, confesamos que tenemos por la circunstancia más aciaga aquella que vivimos en las reuniones familiares donde se instala un karaoke infantil, ya que allí debemos padecer el enceguecedor destello de una constelación de supuestas miniestrellas con cuerpo de baile y coreografías incluidos.
-¿Pero has visto ese movimiento de caderas? ¿Verdad que es igualita a Shakira? –pregunta una madre orgullosa.
-Sí señora, su niñita es toda una loba –responde uno a un tris de pasar por pedófilo.
-Y eso Vampiro que no conoces a la primita. Quédate por ahí para que veas que esa sí es verdad que es la mismísima chica dorada…

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sábado, octubre 17, 2009

Defensa de la comida chatarra

Vivimos tiempos de cobardía, de silencio reprochable. Tiempos en que casi nadie defiende aquello que le es más entrañable si ello supone plantar combate a los sectores tenidos por biempensantes en la sociedad. Tiempos en que sabrosos y venerables condumios son estigmatizados con el infamante remoquete de «comida chatarra».
En la actualidad, sólo un loco, un suicida o un condenado a las llamas infernales se atrevería a confesar, urbi et orbi, su amor por las pizzas, las hamburguesas, los choripanes, las costillitas de cochino y demás exquisiteces de la gastronomía callejera. El individuo que se animase a incurrir en semejante despropósito sería tildado de desvergonzado promotor de accidentes cerebro-vasculares, y aniquilado moralmente por los talibanes de la dieta sana y balanceada.
No se trata aquí de fungir como agente de la muerte. Todos sabemos que la temida parca cumple con suma eficiencia su tarea, y no necesita de la ayuda de ningún ejecutivo de cuentas para ver crecer sus haberes. El propósito que nos mueve es otro: solicitar un mayor recato a la hora de hacer referencia a una variedad de alimentos que nutren una parte importante de nuestra memoria emocional. No son comidas chatarras; son comidas deliciosas que ingeridas en exceso pudiesen causar complicaciones de salud.
Todo hombre inmolado en la pira sacrificial de la institución conyugal sabe muy bien que la verdadera comida chatarra es aquella preparada por las mujeres recién casadas; platillos carentes de sabor y consistencia, presentados a la mesa de modo desmañado como implacable represalia por la pérdida de la libertad ínsita a la soltería, pero también como astuta maniobra para abortar cualquier posible plan masculino de confinamiento de la esposa a los espacios de la cocina.
La denominada «comida chatarra» es -aunque luego termine matándolo- la comida del corazón. Ocasiones especiales como bodas, cumpleaños, citas amorosas y graduaciones tienen en común la posibilidad de aproximarnos por igual a seres queridos y sabores memorables, como, por ejemplo, una paella de mariscos o una parrilla. Nadie, ni siquiera un vegetariano, guarda recuerdos imborrables de reuniones y encuentros celebrados alrededor de una palangana de ensaladas y legumbres varias. En este sentido, creemos no exagerar cuando afirmamos que la remolacha, el brócoli y la vainita representan el Alzhéimer del corazón: ninguno de nosotros consigue evocar una circunstancia feliz en la que los hayamos disfrutado. Con ellos quedamos empachados de olvido.
Los «comesano», siempre obsesionados con las medidas de conversión de gramos a calorías (“¿Comerme un tequeño? ¿Está loco? ¡Si eso son más de 900 calorías!”), dicen amar los alimentos hervidos o cocinados a la plancha, pero tan pronto detectan que los compañeros de mesa se disponen a entrarle a un plato de comida sabrosa se apresuran a pedirles un poquito. ¡Son unos lambucios!
Igualmente, resulta condenable el empeño de algunas personas en escamotear los nombres más famosos de la gastronomía callejera para luego atribuírselos a los numerosos bodrios que conforman el recetario de la alimentación dizque sana y balanceada, con el fin de legitimarlos y hacerlos más pasables. Por tal razón, es fácil vaticinar que los que ayer nos cocinaron el pasticho de berenjena (¿?) o la carne de soya (¿?), mañana intenten agasajar nuestros sentidos con delicias salutíferas como el mondongo de calabacines, la fideguada de chayota o el pabellón molecular de acelgas y espinacas. Sólo agregaría la pertinencia de una cajita feliz contentiva de juegos tradicionales como el yoyo, el gurrufío y la perinola.
Hay quienes han intentado replicar en la quietud de sus hogares los altos estándares gastronómicos alcanzados en los tarantines apiñados en los espacios públicos conocidos como “Calle El Hambre”. Dichos ensayos culinarios, preparados en condiciones asépticas y controladas, jamás consiguen igualar el sabor propio de lo ambulante. Los especialistas en la materia coinciden en señalar que la clave radica en la sabia maduración de salsas y aderezos, y la creativa estructuración de los ingredientes.
La antípoda de la comida chatarra es el venerado pollo a la plancha, auténtico caballito de batalla de la buena alimentación. Sin embargo, se sabe que el consumo reiterado de esta suerte de «chola macrobiótica» favorece la aparición de cuadros depresivos y el surgimiento de brotes ginecomásticos en el caso específico de los varones. Es el elevado precio de la salud.
En definitiva, se requiere mucha fuerza de voluntad para no declinar ante las peligrosas bondades de la empanadoterapia. Como señala Hanif Kureishi en su novela Intimidad: “¡Qué perturbador es el deseo! Es un demonio que nunca duerme ni se está quieto. El deseo es travieso y no se pliega a nuestros ideales, y por eso tenemos tanta necesidad de ellos. El deseo se mofa de todos los esfuerzos humanos y los hace dignos de consideración. El deseo es el anarquista primigenio y el primer agente secreto; no es sorprendente que la gente quiera verlo arrestado y a buen recaudo. Y justo cuando creemos que lo tenemos bajo control, nos defrauda o nos llena de esperanza. El deseo me hace reír porque nos convierte a todos en idiota”.

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domingo, octubre 04, 2009

Durmiendo con el hacker

Los hackers más letales no se encuentran en internet. Son, más bien, presencias familiares que comparten nuestras camas y duermen con nosotros. Hermosas y disimuladas espías que para saciar sus ansias de información no han tenido que aprender complicadas técnicas de creación de virus, encriptación de datos o manejo estratégico de lenguajes de programación.
Para conocer los rigores de una auditoría femenina no es necesario convertirnos en un funcionario público de alto nivel; sólo se requiere que ellas cuenten con una ligera sospecha de infidelidad o con la autorización solidaria de la madre o de la mejor amiga para que practiquen, de manera expedita, las pruebas periciales de teléfonos celulares y correos electrónicos.
Tales afirmaciones no surgen de un posible arrebato misógino de este cronista, sino, por el contrario, de las conclusiones arrojadas por un estudio de opinión organizado por la empresa Sony Ericsson y la firma encuestadora Ipsos Consulting, a fin de conocer los usos y tendencias de la telefonía móvil en una muestra de mil mujeres españolas, con edades comprendidas entre 16 y 45 años, pertenecientes a diferentes estratos socioeconómicos.
“Además de usarlo para ligar, el teléfono móvil puede servir también para descubrir infidelidades. Una de cada tres mujeres reconoce que espía los mensajes del móvil de su pareja. Una táctica que le ha servido a más del 20 por ciento de las damas encuestadas para descubrir una traición de su pareja a través de un SMS”, señala un cable reseñado en el portal ibérico qué.es.
En verdad, son escasos los celulares que salen desembarazados de una auditoría sorpresa, dado que por lo general las personas suelen guardar en sus buzones los mensajes más candentes para tenerlos disponibles en momentos de excitación o de tambaleante autoestima. Y es que nada puede resultarnos tan malo en la vida cuando al menos alguien nos hace saber, vía mensajito de texto, el importante sitial que ocupamos en sus afectos.
El componente multimedia de la comunicación moderna ha supuesto un fuerte desafío para las habilidades de las detectives del ocio. De ahí que las pesquisas clandestinas, luego de haber sido enfocadas hacia la revisión del directorio telefónico y los clásicos apartados «llamadas recibidas» y «llamadas realizadas», se centren en el análisis pormenorizado de los archivos de audios, fotos y videos, con la intención de detectar calendarios eróticos amateur o películas gonzo de bajo presupuesto. En algunas ocasiones, las émulas de Torquemada han logrado dar con la identificación de un prófugo de la lealtad debido a las pruebas forenses practicadas al listado de ringtones (“Tas pillao, pillao, pillao”, La chicas del can, dixit).
Las redes sociales tipo Facebook favorecen mucho el trabajo de los celópatas 2.0. De hecho, los denominados perfiles de usuario se transforman en una suerte de páginas «wiki», donde cientos de chismosos, de un modo rápido e interactivo, crean, editan, borran o modifican anécdotas y acontecimientos de un sujeto en particular. Un conocimiento de construcción colectiva que halla su representación gráfica en la aleve práctica del «tagueo» (equivalente internáutico del popular «pajazo») y su consiguiente cauda de comentarios en línea. En todo caso, el propósito es garantizar la total inocuidad del personaje que anuncia a sus vínculos una ficticia soltería; al final, la urgencia siempre será oficializar en la web la existencia de un compromiso de amor, quedando de esta manera consagrados los tres tipos actuales de matrimonio: el civil, el eclesiástico y el virtual de Facebook.
El femenino instinto inquisitorial puede llegar a la evidente desproporción de efectuarle una auditoría al doble digital de la pareja. Es así como novias, esposas y concubinas irrumpen, contraseña en mano, en los fantasiosos predios del portal Second Life para comprobar si el avatar de su hombre mantiene un segundo frente, e indagar si tan igualada ciberbicha ya ha sido agasajada con yates, viajes y palacetes.
Para concluir, sabemos de relaciones amorosas que se han resquebrajado definitivamente porque el novio o el marido se levantó de la mesa de la computadora sin haber cerrado antes la sesión de navegación. En estos casos, la imprudencia masculina ha allanado el camino a las implacables cibercuaimas, quienes ya no pierden tiempo en la trabajosa captura de los dígitos del password: van directo al correo electrónico para identificar los avances de las páginas de adultos más visitadas, así como también la lista de amigos que fungen como proveedores de pornografía.
Cuando pensamos en los constantes operativos de inteligencia acometidos por nuestras queridas detectives, vienen a nuestra mente las palabras del escritor sueco Henning Mankell -uno de los grandes de la novela negra-: “La escena del crimen puede decir mucho acerca de las contradicciones de una sociedad, de las contradicciones de un hombre y entre los hombres”.

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domingo, septiembre 27, 2009

Yo sólo quería ser gerente

Vivimos en un país donde las mujeres ambicionan ser reinas de belleza y los hombres sueñan con convertirse en peloteros de grandes ligas. Y es sólo cuando la genética conspira mortalmente contra estas legítimas aspiraciones vocacionales que las personas se avienen a pasearse, siempre de mala gana, por otros oficios imantados por el prestigio social. Lo malo del asunto es que no son muchos.
Ya nadie en Venezuela quiere ser médico, porque pocas cosas se encuentran tan alejadas del glamour de las alfombras rojas que el terminar encañonado, en una sala de emergencia, por el jefe de una banda delincuencial que amenaza con matarte si no le salvas el pellejo a su pana burda alias «El Quemao»; una misión imposible que se multiplica a la enésima potencia por la falta de equipos e insumos quirúrgicos. Tampoco ningún individuo implora al cielo graduarse de ingeniero o arquitecto, porque, en esta tierra agostada por el vendaval revolucionario, la única obra de infraestructura que nos queda es la instalación de quioscos y tarantines en las ferias de Mercal, o en los operativos exprés organizados en calles y avenidas para entregar cédulas de identidad y licencias de conducir. No queda pues otra opción que meterse a gerente. Y es que la gerencia parece ser la única posibilidad de ser alguien en la vida.
En épocas anteriores se solía decir que todo era negociable; hoy se afirma, con similar descaro y simplismo, que todo es gerenciable. Basta con revisar cualquier prospecto publicitario de una escuela de negocios, o de otra institución de educación superior, para constatar, no sin asombro, que casi todos los aspectos de la vida humana son susceptibles de ser gerenciados: la empresa, la pareja, los hijos, la soledad, el ocio, el carisma, el orgasmo, el reflujo gástrico. El único requisito previo es que se trate de un recurso escaso y limitado en el tiempo. De ahí que todavía ningún gurú se haya animado a publicar un libro sobre los modos de gerenciar la estolidez, dado que como dijo Albert Einstein: “Hay dos cosas infinitas: el universo y la estupidez humana. Y del universo no estoy seguro”.
El carácter venerable e intimidatorio de la gerencia le viene de su naturaleza: de ser una de las modernas maneras de ejercer el poder; pero también porque la casta sacerdotal que la fundó supo dotarla de un orden ceremonial (reuniones, modelos de gestión, cadena de reportes, planificación operativa) y de un léxico especializado que han servido de efectiva barrera de entrada a diletantes del mando. En este último aspecto vale la pena detenerse un rato. El poder es acción, pero en muchas ocasiones representa también un modo de hablar que anuncia una actuación o disfraza una omisión. La jerga gerencial encierra una asimetría verbal que confiere al hablante un poder simbólico. La gerencia se presenta entonces, en más de una ocasión, no como una actitud sino como una labia.
La vida organizacional experimenta una ruptura cuando los subordinados cobran conciencia del carácter pirotécnico y encantatorio de la jerga gerencial: las gallinas cantan como gallos y los cachilapos hablan como jefes. Los chismosos se dicen comunicativos. Los «echa-carro» reivindican su mística creencia en los milagros de la delegación y el empowerment. Los aduladores se presentan como seres proactivos; mientras que los vulgares intrigantes se metamorfosean en seres estratégicos y competitivos. Los imitadores reniegan públicamente de su amistad con el plagio, para confesarse cultores de las artes del benchmarking. Por su parte, quienes entregan sus trabajos en último momento se afanan por pasar como fieles apósteles de la filosofía logística del just in time. Finalmente, los empleados que desfogan su lujuria con las integrantes más apetecidas de la nómina laboral, en realidad sólo llevan a la práctica una estrategia de integración horizontal (a veces implantada aguas arriba, y otras aguas abajo).
Visto bien, la gerencia y la fealdad guardan cierta relación. Tanto los gerentes como los feos se encuentran obligados a administrar recursos escasos; y a la hora de la verdad, aunque ambos personajes proyecten la impresión de ser autónomos, lo cierto es que ninguno manda: el gerente debe limitarse a cumplir los objetivos aprobados por el Departamento de Finanzas o la Junta Directiva; mientras que el feo no tiene derecho a tener personalidad ni mucho menos dignidad. «No» es una palabra desterrada del vocabulario del feo, quien siempre se verá en la obligación de mostrarse proactivo ante el objeto de su deseo. Aunque no sepa nadar, irá a la playa; aunque odie el alpinismo, subirá el Kilimanjaro; aunque deteste el reggaetón, le meterá al perreo; porque en estos tiempos de crisis planetaria poseer la «doble f» (feo y fastidioso) ya es demasiado abuso.

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sábado, septiembre 26, 2009

La táctica bonapartista

En medio de una rueda de prensa con medios internacionales, el presidente Hugo Chávez Frías reiteró su intención de solicitar a los diputados de la Asamblea Nacional la concesión de poderes especiales, para plantar las bases jurídicas del denominado socialismo del siglo XXI. Sostiene el egregio legislador sabanetero que las leyes existentes han sido hechas por los ricos “para afirmar su dominio sobre las mayorías empobrecidas”.
Acostumbrados como estamos a la enciclopédica sabiduría del jefe de Estado, no podemos asombrarnos por este nuevo zarpazo de carácter totalitario. Tampoco puede resultarnos sorprendente la unánime aquiescencia de las focas apiñadas en el oneroso acuario que ocupa los espacios del antiguo palacio legislativo.
Paradójicamente, aquel sujeto que se proclamó rey del debate, promotor fundamental de la batalla de las ideas, creyente fervoroso en los poderes creadores del pueblo, no para de quejarse por la lentitud característica del intercambio democrático de opiniones. Por ello, resignado ante la imposibilidad de dar con un diálogo corto y repleto de entusiastas monosílabos, prefiere optar por impulsar el recurso legal de la imposición extraordinaria.
Sin embargo, esta estrategia de ejecutar un golpe de Estado desde el Estado, como bien lo señala el académico Fernando Mires, no es nueva en la historia. Fue el francés Napoleón Bonaparte el primer líder que comprendió la pertinencia de una autocracia asociada con una aparente legalidad, construida a partir del control de los procedimientos parlamentarios.
En este sentido, el autor del libro Técnicas de golpe de Estado, el italiano Curzio Malaparte, nos comenta: “La conducta de Bonaparte, preocupado sobre todo por salvar la legalidad y permanecer en el terreno de los procedimientos parlamentarios, puede definirse, para usar una expresión moderna, como la de un liberal. Desde este punto de vista, Napoleón creó escuela. Todos los militares que han intentado después de él hacerse con el poder civil han sido fieles a la regla de parecer liberales hasta el último momento, es decir, hasta el momento de recurrir a la violencia. Por eso, hay que desconfiar siempre del liberalismo de los militares”.
Añade el estudioso de la insurrección que la condición clave para que se registre un golpe bonapartista es la existencia de un parlamento, dado que la ausencia de un órgano colegiado, que simbolice el pacto republicano, sólo hace posible la ocurrencia de conjuras palaciegas y sediciones militares. “La táctica bonapartista está obligada a permanecer, a cualquier precio, en el terreno de la legalidad. No prevé el empleo de la violencia sino para mantenerse en ese terreno o para volver a él, si la han obligado a alejarse”, sentencia Malaparte.
Sin embargo, la consolidación de la estructura constitucional de división de poderes y la aparición de figuras legales de participación popular (como por ejemplo, la Fiscalía General de la República y la Defensoría del Pueblo) han obligado a los epígonos de Bonaparte a revisar y enriquecer la metodología de apropiación del Estado. Ya no basta con dominar el Parlamento. Ahora es preciso también colonizar las instancias públicas capaces de iniciar una investigación penal y administrativa (Contraloría General de la República) o de incoar un proceso de enjuiciamiento del presidente (Tribunal Supremo de Justicia) o de fiscalizar la organización de un referendo revocatorio del primer magistrado (Consejo Supremo Electoral). En el caso venezolano, la aplicación exitosa de la táctica bonapartista pasa por el secuestro institucional del Poder Judicial, el Poder Moral y el Poder Electoral; una trilogía de instancias públicas que ya han demostrado su eficacia a la hora de revestir de un barniz de legalidad a los burdos atropellos del poder chavista.
Sobre este aspecto Curzio Malaparte nos ofrece la siguiente reflexión: “La táctica bonapartista es de una naturaleza tan delicada que exige el empleo de ejecutores disciplinados y poco numerosos, acostumbrados a obedecer la voluntad del jefe y a moverse según un plan establecido hasta el último detalle, y excluye absolutamente la participación de masas impulsivas e incontrolables en la acción revolucionaria (…) La táctica bonapartista no es sólo un juego de fuerza, es sobre todo un juego de control y habilidad. Sus características no son las de una insurrección popular, en la que predominan la violencia instintiva y ciega de las masas, ni las de una sedición militar, en las que la brutalidad del sistema va de la mano con la mayor incomprensión de los factores políticos y morales y el más profundo desprecio de la legalidad. Sus características son las de unas maniobras militares, casi de una partida de ajedrez, en la que cada ejecutante tiene una tarea precisa y un puesto asignado, y cuya idea motriz es puramente política, dominada por una preocupación atenta y constante por hacer, de cada ejecutante, una pieza del juego parlamentario, no de un juego de guerra cuartelario. Lo que distingue a un golpe de Estado bonapartista de cualquier otro golpe de Estado es el hecho de que los políticos representan un papel bastante menos importante, en apariencia, que los ejecutantes. En otras palabras, el papel que más se ve es el de los ejecutantes. Esto hace crecer el amor propio de los militares y explica por qué el golpe de Estado bonapartista es el que más se presta a su mentalidad y el que más tienta su ambición”, sentencia.
De este modo, antes que ver el golpe directo de Chávez primero nos toca observar el golpe de la Asamblea (con la inconsulta y festinada Ley de Educación), el golpe del Ejecutivo (con la negativa de reconocer las competencias de las autoridades electas del Distrito Capital, y la decisión administrativa de cerrar 34 emisoras de radio AM y FM), el golpe de la Fiscal General (con el proyecto de Ley de Delitos Mediáticos y las órdenes de captura de estudiantes y manifestantes identificados con el movimiento opositor), el golpe del Contralor General (con sus complacientes informes anuales donde se denuncian el peculado en cantinas escolares), el golpe de los rectores del CNE (con el manejo doloso del registro electoral permanente y la aplicación gansteril de la Ley del Sufragio y Participación Política), el golpe de la Defensora del Pueblo (con la banalización y posterior negación del azote de la inseguridad ciudadana) y, por último, pero no menos importante, el golpe de la OEA (que no aplica la Carta Democrática y se empeña, por el contrario, en defender la soberanía de los presidentes y no la de los pueblos). Al inventario del horror autómata, debemos sumar la apelación constante a un discurso de paz e integración regional que, en la práctica, es negado con la milmillonaria compra de armamento militar ruso («El Dios de los hombres armados no puede ser más que el Dios de la violencia»).
Cuando analizamos el elevado costo que paga la sociedad venezolana por la paladina servidumbre de sus magistraturas principales tomamos conciencia de la mucha razón que asistía al escritor Elías Canetti cuando afirmó que la orden despótica es el elemento más peligroso en la convivencia de los hombres. En este sentido, el autor de la monumental obra Masa y poder señaló: “Es sabido que los hombres que actúan bajo orden son capaces de los actos más atroces. Cuando la fuente de la orden queda sepultada y se les obliga a volver la mirada sobre sus actos, ellos mismos no se reconocen. Dicen: ‘Eso no lo hice yo’, y no siempre son conscientes de que mienten. Cuando se ven convictos por testigos y comienzan a vacilar, dicen aún: ‘Así no soy yo, eso no pude haberlo hecho yo’. Buscan los restos del acto dentro de sí y no pueden encontrarlos. Uno se sorprende de lo intactos que han quedado. La vida que llevan más tarde es realmente otra y de ningún modo está teñida por el acto. No se sienten culpables, de nada se arrepienten. El acto no ha entrado en ellos (…) Por ello, desde el lado que se la contemple, la orden, en la compacta forma acabada que después de su larga historia adquiere hoy día, es el elemento singular más peligroso en la convivencia de los hombres. Hay que tener el coraje de oponérsele y conmover su señoría. Deben hallarse medios y caminos para mantener libre de ella la parte mayor del hombre. No debe permitírsele rasguñar más que la piel. Sus aguijones deben convertirse en espinas que se puedan desprender con leve ademán”.
Pero la orden despótica es uno de los elementos centrales de la cultura castrense. Desobedecerla no es poca cosa, porque implica en el fondo el irrespeto a un sistema jerárquico. De ahí que resulte al menos curioso escuchar a seres supuestamente comprometidos con lo social, seres dizque con espíritu crítico, refrendar de buena gana el «socialismo de los militares»; una insostenible engañifa intelectual, de la cual -parafraseando a Curzio Malaparte- siempre debiéramos desconfiar, ya que sólo puede movernos a risa oír hablar de igualdad en un mundillo que remite de manera permanente a cadenas de mando, a superiores y subordinados, a castigos por insubordinación. En pésimo momento se encuentra el valor supremo de la igualdad si su suerte depende del general barrigón y corto de luces que no soporta que un capitán, un teniente o un cabo no se le cuadren según el protocolo de rigor, o se nieguen a cumplir de inmediato una orden dictada; porque, para dolor de los civiles serviles, los militares dictan no dialogan…
Cada vez que el socialismo militarista legisla para condicionar el ejercicio y disfrute de los derechos fundamentales -y de paso aniquilar las estructuras institucionales del sistema democrático- el Derecho pierde su moderna condición de fuente de legislación para la protección eficaz de los más débiles. En este sentido, resulta conveniente estudiar cuidadosamente las palabras del jurista italiano Luigi Ferrajoli: “Puede afirmarse que, históricamente, todos los derechos fundamentales han sido sancionados, en las diversas cartas constitucionales, como resultado de luchas y revoluciones que, en diferentes momentos, han rasgado el velo de normalidad y naturalidad que ocultaba una opresión o discriminación precedente: desde la libertad de conciencia a las otras libertades fundamentales, desde los derechos políticos a los derechos de los trabajadores, desde los derechos de las mujeres a los derechos sociales. Estos derechos han sido siempre conquistados, como otras tantas formas de tutela en defensa de sujetos más débiles, contra la ley del más fuerte –iglesias, soberanos, mayorías, aparatos policiales o judiciales, empleadores, potestades paternas o maritales- que regía en su ausencia. Y ha correspondido, en cada uno de estos momentos, a un contrapoder, esto es, a la negación o a la limitación de poderes, de otro modo absolutos, a través de la estipulación de ‘nunca más’ pronunciado ante su violencia y arbitrariedad. Aunque resulte contingente en el plano teórico, como se ha dicho, esta coincidencia entre fundamentos axiológicos e históricos de tales de derechos, no lo es en el plano político. En efecto, el hecho de que los derechos humanos, y con ellos todo progreso en la igualdad, se hayan ido afirmando cada vez más, primero como reivindicaciones y después como conquistas de los sujetos más débiles dirigidos a poner término a sus opresiones y discriminaciones, no se ha debido a la casualidad sino a la creciente evidencia de violaciones de la persona percibidas como intolerables”.
No hace falta pues hurgar en las centurias de Michel de Nostradamus ni en las profecías de San Malaquías para vaticinar que cada nuevo decreto-ley emanado del excelso entendimiento del Licurgo sabanetero, o, en su defecto, cada nuevo instrumento legal aprobado a la carrera por la sumisa Asamblea Nacional, redundarán en contra de los derechos fundamentales de los venezolanos, dado que anulan, de una manera bastante arbitraria, instrumentos jurídicos surgidos del consenso de diversas fracciones parlamentarias para sustituirlos por el deseo de una sola persona, bajo el especioso argumento de que representa al pueblo.
El Derecho Revolucionario es la negación de la libertad y de la democracia. Porque como ya lo dijo Giovanni Sartori: “El Estado «justo», el Estado social, el Estado de Bienestar, siguen siendo, en sus premisas, el Estado constitucional construido por el liberalismo. Donde y cuando este último ha caído, como en los países comunistas, ha caído todo: en nombre de la igualdad se ha instaurado el «socialismo en la servidumbre». La lección que hoy nos llega del Estado y de la parábola de la experiencia comunista confirma lo que la doctrina liberal ha mantenido desde siempre, es decir, que la relación entre libertad e igualdad no es reversible, que el iter procedimental que vincula los dos términos va desde la libertad a la igualdad y no en sentido inverso, es decir, desde la igualdad a la libertad. La «superación» de la democracia liberal no ha existido. Fuera del Estado democrático-liberal no existe ya libertad, ni democracia”.

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domingo, septiembre 13, 2009

Ascenso del casting


Creo, con David Trueba, que a veces las discusiones pueriles tienen un punto de grandeza. Por eso me atrevo a poner por escrito unas cuantas reflexiones sobre un tema tan aparentemente baladí como puede ser la creciente utilización, en las sociedades contemporáneas, del casting como mecanismo de asignación de tareas y responsabilidades.
La expansión del hábitat mediático y la presión social por seguir un determinado modelo estético (legitimado ampliamente en Venezuela por la obtención de seis cetros de la belleza universal) han terminado por configurar un uso ampliado, y por supuesto abusivo, de un dispositivo logístico pensado en primer término para la selección de actores y modelos convocados a la grabación de piezas televisivas, cinematográficas o publicitarias. Una tendencia creciente que perfila al casting como el modelo supuestamente meritocrático de la sociedad del espectáculo.
Hubo un tiempo en el que el grueso de las vacantes eran suplidas con la celebración de concursos de oposición, compulsión de hojas de vida o debate de ideas. Sin embargo, en la actualidad, presenciamos con asombro como en ámbitos ajenos a la industria del entretenimiento la entrega de cargos y responsabilidades (pienso, por ejemplo, en la conformación de los departamentos de Mercadeo y de Relaciones Públicas de una empresa, o en la selección de la plantilla de pasantes de una organización) obedece no a la hondura intelectual y la solvencia profesional de los aspirantes, sino más bien a la aplicación a macha martillo de una unánime concepción de la belleza. No se enfrentan pues entre sí las ideas, ni mucho menos las credenciales, sino los ojos azules contra los verdes, y, en el caso de los senos protuberantes, el implante mayor contra el menor. Cuesta creerlo, pero los méritos se miden en cc. Y es que sin tetas, no es que no haya paraíso, es que parece que ni siquiera hay casting.
Reducido a su entorno de aplicación natural, el casting no significa el reconocimiento de trayectorias profesionales aquilatadas, dado que a diario presenciamos como emblemáticas personalidades de la actuación compiten, en una ignominiosa “igualdad de condiciones”, con exuberantes alevines del histrionismo, sin que nadie se haya detenido a pensar previamente acerca de detalles tan triviales como los años de experiencia o la importancia de los papeles dramáticos interpretados.
En verdad, el casting es la consagración del poder de los productores. Gabriel Zaid, en un interesante ensayo titulado Economía del protagonismo, nos dice: “Las estrellas ya hechas en medios restringidos aportan su propio capital (nombre establecido, legitimidad, talento reconocido) para una explotación más amplia; lo cual es una ventaja para el organizador, pero la tiene que pagar. Las estrellas ya hechas, aunque ganen (si ganan) con la oportunidad de un público mayor, sienten que se la merecen, y regatean y negocian desde esa posición. Naturalmente, los desconocidos que se vuelven conocidos gracias al lanzamiento, llegan a sentir que valen por sí mismos y, por lo tanto, tienen derecho al micrófono. Pero no se llega a esto de inmediato, y por lo pronto pagan el noviciado. Una vez que tienen su propio poder, entran al juego del regateo oligopólico, con la fuerza que tengan. En la práctica, a corto plazo (y más aún a cortísimo plazo: si amenazan con no cantar, poco antes de que se levante el telón) las estrellas pueden imponerse. A mediano y largo plazo se imponen los organizadores”.
Los defensores del casting intentan minimizar el olímpico desprecio a los méritos profesionales con la añagaza de la democratización. Y es que, en teoría, todos pueden asistir al casting, ya que no se trata de un cenáculo para la escogencia o renovación de autoridades, eruditos o expertos. Sin embargo, detrás del conmovedor cuento de hadas se repite la sempiterna historia de la participación popular: esto es, las masas sólo son convocadas cuando pueden cumplir una función de comparsa legitimadora. De ahí que resulte tan llamativo el éxito obtenido por la anónima Susan Boyle en las audiciones de Britain’s Got Talent. Ella, sin duda, representa una rara avis en la cultura del casting. Su vertiginoso ascenso resume, para la periodista Adriana Schettini, las características de la comunicación en el siglo XXI. A su juicio, la cantante escocesa consiguió ser percibida, en el escenario, como un personaje. “La pantalla se reserva el derecho de admisión y permanencia, cualquiera sea el motivo por el que una persona acceda a ella, las posibilidades de que perdure allí son directamente proporcionales a sus condiciones para ser vista como un personaje. Así Boyle irrumpe en la televisión ofreciendo lo que escasea: virginidad, despreocupación estética, vida austera. Una extraña criatura cuya sola presencia constituye una blasfemia a la santísima trinidad televisiva: sexo, dinero y juventud eterna. En suma, una provocadora”. Schettini apunta también el modo cómo la internet potencia el alcance mediático de la televisión: “Boyle se convierte en noticia en todo el mundo cuando conquistó el reino de Youtube. En la TV, Boyle había conmovido a los espectadores del ciclo; en la web, a los internautas del mundo entero. La TV puede ser el pasaporte a la fama pero, hoy por hoy, la visa al imperio de las celebridades globales se tramita en internet. La popularidad universal ya no se mide en puntos de rating sino en visitas virtuales”.
De igual manera, el caso de Susan Boyle pone de bulto un hecho digno de atención: en la sociedad del casting no existen las crisis sino los fashion emergency. Si la cosa está mal es sencillamente porque la realidad se ve mal. Cuando apliquemos los retoques de rigor y empleemos apropiadamente todos los recursos estilísticos, caeremos en cuenta de que no existen situaciones horribles e inicuas sino situaciones mediáticamente mal arregladas y parapeteadas. No hay una mejor testigo de la afirmación anterior que Susan Boyle con sus mechas teñidas, las cejas depiladas y la vestimenta soñada. Ella, al igual que Lindsay Lohan, Amy Winehouse y Lady Gaga, nos confirman que en la sociedad del casting no existen ni las historias ni las biografías sino los True Hollywood Story.
En su libro De Gutenberg a internet, los historiadores culturales Asa Briggs y Peter Burke ubican las primeras manifestaciones de la sociedad del espectáculo, expresión popularizada por el cineasta y filósofo francés Guy Debord, en la dramatización y personalización públicas de la política registradas en Europa en los siglos XVII y XVIII. “La forma principal del espectáculo público de la época era la procesión (en general religiosa, pero a veces profana, como en el caso de las entradas de los reyes a las ciudades). Los simulacros de las batallas, como las justas medievales, también podrían describirse como forma de espectáculo al aire libre, así como uno que siguió siendo importante también en este período, aunque no tenía nada de «simulacro»: el de las ejecuciones, otra forma común de espectáculo de la época. Se escenificaba en público precisamente para impresionar a los espectadores y comunicar el mensaje de que era inútil resistirse a las autoridades y que los malhechores terminarían mal. Otro tipo de espectáculo es el que podría presentarse como «teatro» de la vida cotidiana del gobernante, que a menudo comía en público y a veces incluso convertía en rituales sus acciones de levantarse por la mañana y de acostarse por la noche, como en el caso famoso de Luis XIV de Francia (que reinó de 1643 a 1715). La reina Isabel I de Inglaterra, quien declaró que los príncipes estaban «instalados en escenarios», explotó con gran habilidad esta situación con fines políticos y llegó a convertirse ella misma en diosa o en mito, lo mismo que ocurrió con Eva Perón en un sistema mediático tan diferente como el de mediados del siglo XX”.
La más reciente deriva de la sociedad del espectáculo es su marcado interés por las intrigas tras bastidores –el famoso backstage- y los errores de filmación –el gracioso blooper-. En un extracto de su libro El trasero no es el rostro, publicado por el diario Página/12, la psicóloga Silvia Ons se plantea las siguientes reflexiones: “Pensemos en la importancia mediática del «trasero» en nuestros días: el asunto trasciende la concreta atracción por esa parte del cuerpo. En efecto, el gran goce de la época consiste en develar todo aquello que está «por detrás». Ese gusto incluye la fascinación por el backstage, la complacencia voyerista por Gran Hermano, la impulsión por dar a ver fotos con procacidades sexuales. Los chismes artísticos y todo lo que muestre lo que hay detrás de bambalinas. En otro orden, lo mismo se revela en el deleite por sondear qué hay detrás de la vida de un gran hombre, qué secreto lleva en las espaldas, cuáles son las debilidades de sus aventuras libidinales. Al pretendido lema de hacer aparecer los aspectos más humanos de las figuras relevantes subyace el placer morboso de rebajar la imagen, metafóricamente «mostrar su trasero», igualarlo con el de todos. No es casual que esa parte del cuerpo sea aquella en la que los sexos no se diferencian; el «imperio del culo» es así el imperio de la igualdad, donde las diferencias que sí importan se reducen a… tener un buen culo o no”.
En el pasado reciente mucho del resentimiento social existente en Venezuela fue alimentado por las perversiones del sistema meritocrático cultivado en las más prestigiosas instituciones públicas. Lamentablemente, en ciertos sectores del ámbito estatal, se consolidó una clase gerencial que no supo prevenir a tiempo las oscuras profecías formuladas por el inglés Michael Young en su libro El triunfo de la meritocracia: la meritocracia significa simplemente que otro grupo dirigente cierra las puertas tras de sí una vez que ha logrado su estatus. Aquellos que llegaron a la cima gracias a su “mérito” luego quieren todo lo demás: no sólo poder y dinero, sino la oportunidad de determinar quién entra y quién queda afuera. Tarde o temprano las élites meritocráticas dejan de estar abiertas; y cuidan con celo que sus hijos tengan mejores oportunidades que la prole de los trabajadores calificados y no calificados.
En la actualidad, saltan a la vista los riesgos que entraña para la sociedad venezolana el apogeo de la cultura del casting, y la paulatina consolidación de la sociedad del espectáculo (ya nuestro presidente se pasea por las alfombras rojas de los festivales cinematográficos). Vivimos los padecimientos de un país donde el concepto de élite se confunde cada vez más, gracias a la acción depredadora de la nueva boliburguesía, con la ignorancia y el nuevorriquismo característicos de los personajillos que, a punta de dinero malhabido, sufragan su estancia dorada en los espacios VIP.
Derrochaba sabiduría el eminente Ralf Dahrendorf cuando afirmó: “En lo que toca a las instituciones, no debemos permitir que un único criterio determine quién llega a la cima y quién no. La diversidad es incluso una mejor garantía de apertura que el mérito”, o la exuberancia física apuntamos nosotros, “y la apertura es el verdadero sello de un orden liberal”.

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