jueves, febrero 19, 2009

Ya somos cinco millones



Como eterno militante de sueños imposibles debo admitir que siempre he deseado determinar el instante preciso en que la victoria altera su fisonomía para convertirse en una derrota; fenómeno muy parecido, creo yo, al justo momento en que el honroso revés cambia su condición para transmutarse en la semilla de un triunfo imponente.
La eterna feminista Simone de Beauvoir tuvo la agudeza de advertirnos que si llegamos a vivir lo suficiente podremos constatar, más temprano que tarde, que toda victoria se convierte en derrota. Reflexión muy parecida a la realizada por su compañero sentimental, el premio Nobel Jean-Paul Sartre: “Una vez que escuchas los detalles de la victoria es difícil distinguirla de la derrota”.
El pasado 15 de diciembre los venezolanos fuimos nuevamente emplazados a acudir a las urnas comiciales para sancionar una enmienda constitucional que legitima la reelección indefinida de los funcionarios públicos de elección popular. Concluida la jornada, pudimos conocer que la mayoría de los votantes -6.319.636 ciudadanos, según datos oficiales del CNE (organismo que todavía guarda un sospechoso silencio sobre el destino de un millón ochocientos sufragios emitidos en el referendo del 2 de diciembre de 2007)- decidió apoyar la propuesta formulada por el presidente Hugo Rafael Chávez Frías.
No hizo falta la cadena de radio y televisión de la rectora Tibisay Lucena para enterarnos del resultado refrendario, debido a que la televisora del Estado venezolano tuvo a bien facilitar sus cámaras y micrófonos a conocidos dirigentes de la revolución bolivariana para que violasen por enésima vez la normativa electoral. Fue así como, minutos después, la figura del líder supremo se apoderó de las pantallas para vanagloriarse de su victoria. Tras la patriotera y maquinal cantaleta del himno nacional, Chávez, el perpetuo, pronunció las palabras que hacía tiempo le quemaban la boca -no olviden ese viejo refrán húngaro que alerta que «el hambre entra comiendo»-: “Hemos abierto de par en par las puertas del futuro. Ustedes han escrito hoy mi destino político, el destino de mi vida y yo quiero decirles que lo asumo con plenitud”. Declaración verdaderamente curiosa; sobre todo porque de seguro no faltaba el ingenuo que estuviese convencido de que más bien era el pueblo el que había decidido en las urnas su destino político...
Paralelo al triunfalismo continuista y militarista surgió el derrotismo de ciertos sectores de la oposición, que, como indignados comentaristas de transmisiones deportivas, se afanaban en determinar los culpables de la goleada. Y fue allí cuando hubo lugar para todo tipo de análisis y explicaciones: que si la oposición perdió el juego porque Ramos Allup salió en una rueda de prensa con la bragueta abierta, que si el NO se cayó de un cocotero porque no supo expresar su posición en un reggaeton contundente y pegajoso, que si el SI ganó porque medio país está comprado y se encuentra metido en la lista de las misiones gubernamentales.
Por supuesto que es muy fácil achacar el supuesto estropicio a la ignorancia del populacho, o a la inexorabilidad de su naturaleza venal. Sin embargo, todos sabemos que resulta muy complicado que el insulto soltado a bocajarro no se devuelva contra quién lo arrojó. ¿Y es qué si esta gente es verdaderamente tan básica, ingenua y manipulable, como supuestamente es, por qué demonios los estrategas de la oposición no han conseguido persuadirla a través de técnicas populistas y de mercadeo político? ¿No será que la cosa no sólo la explica la falta de conocimientos o de valores?
Pienso que como sociedad somos simples en las respuestas y complejos en los enfoques. Nos sentimos modernos cuando alabamos el sistema democrático pero reaccionamos como fundamentalistas de antaño cuando topamos con sus clásicos defectos (la tiranía de la mayoría, el clientelismo y el secuestro del mando por parte de sicofantes y demagogos). Palabras más, palabras menos, repetimos el razonamiento del sabio persa Megabiyzo (siglo VI AC) citado por Heródoto en su libro Historias: “Conferir el poder al pueblo siempre se ha apartado de la mejor opinión, pues nada hay más obtuso y prepotente que una multitud inepta. Y ciertamente de ninguna manera es aceptable que unos hombres, huyendo de la insolencia de un tirano, caigan en la insolencia de un irresponsable populacho”. Presuntuosa diatriba contra los más humildes, esgrimida por parte de la élite intelectual, en un intento postrero de crear un colectivo cargo de conciencia: “Hágannos el favor y no chillen más, ya que tienen el gobierno que se merecen”. Sin embargo, este comportamiento se revela infantil y poco práctico. De nada sirve dicha condena moral, puesto que como dijo el afamado escritor Sándor Márai: “Los pueblos nunca se muestran dispuestos a demostrar un sentimiento de culpa: eso es algo que sólo puede ocurrir en el ámbito de cada individuo”. Y en todo caso, puestos en ese trance ¿no tendrían también las élites desplazadas de los centros de poder político y gerencial que hacer un sincero y descarnado mea culpa? Los chavistas no son marcianos, no llegaron a Venezuela en un desembarco masivo de naves espaciales. Más que un ADN alienígena presentan un comportamiento similar al observado por los miembros más conspicuos de la clase dirigente que rigió la dominación adecocopeyana en su período decadente; una actitud sectaria que nos recuerda a aquellos ejecutivos petroleros que permitieron la conversión del modelo meritocrático en dinastías familiares “expertas” en el negocio de los hidrocarburos.
La democracia nunca ha sido una forma perfecta de gobierno. De hecho, muchos de los grandes filósofos la han tenido por negativa. Temerosos de tan antigua demonología los padres fundadores de los Estados Unidos optaron por definir su sistema político como una república (división de poderes y sujeción a los mandatos constitucionales) y no como una democracia. Cicerón, el reputado senador romano, escribió: “El imperio de la multitud no es menos tiránico que el de un hombre solo, y esa tiranía es tanto más cruel cuanto que no hay monstruo más terrible que esa fiera que toma la forma y nombre de pueblo”. Immanuel Kant llegó a decir: “La democracia constituye necesariamente un despotismo, por cuanto establece un poder contrario a la voluntad general. Siendo posible que todos decidan contra uno cuya opinión pueda diferir, la voluntad de todos no es por tanto la de todos, lo cual es contradictorio y opuesto a la verdad”. Benjamín Constant señaló: “Los ciudadanos poseen derechos individuales independientes de toda autoridad social o política y toda autoridad que viole esos derechos se hace ilegítima (...) la voluntad de todo un pueblo no puede hacer justo lo que es injusto”. Mientras que Giovanni Sartori, en su obra ¿Qué es la democracia?, nos entrega esta valiosa reflexión sobre el discurso pronunciado por Abraham Lincoln en Gettysburg en 1863: “Lincoln caracterizó la democracia con un aforismo que pareció expresar, mejor que cualquier otro, el espíritu del gobierno democrático: ‘government of the people, by the people, for the people’. Es sintomático que este aforismo no se deje nunca aprehender con precisión. En castellano, la fórmula de Lincoln se puede transcribir así: “gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo. ¿Queda claro? A primera vista sí, pero sólo a primera vista. Del pueblo puede significar que el pueblo se gobierna a sí mismo, pero también significa lo contrario, que el pueblo es objeto de gobierno y, por lo tanto, es un gobierno sobre el pueblo, por encima del pueblo. Pasando a by the people, la expresión es ciertamente oscura: ¿por el pueblo en qué sentido? ¿En el sentido de mediante el pueblo? ¿En el sentido de parte del pueblo? ¿O bien en el sentido de con el pueblo? Finalmente, ¿para el pueblo? Aquí es claro que se entiende en el interés del pueblo, en su beneficio. Pero, ¿quién declara que gobierna en perjuicio del pueblo? La expresión es clara, pero no así la idea de “democracia” y el tirano es el primero en aprovecharse de esto. La verdad es que el aforismo de Lincoln significa democracia porque lo dijo Lincoln. Pero, pongámoslo, hipotéticamente, en manos de Stalin. ¿Hipótesis absurda? No, Stalin no hubiera tenido dificultad en firmarlo, entendiendo al gobierno del pueblo en el sentido de que el proletariado era el objeto de su gobierno, y que él gobernaba mediante el pueblo en el interés del proletariado, para el pueblo. En consecuencia, la fórmula de Lincoln se recomienda por su espíritu estilista, por su mensaje práctico. Pero el aforismo nunca se deja aprehender con precisión, no concluye”.
Los plumarios de Chávez enfilan sus baterías contra los baluartes de la democracia liberal y se mofan de los desarrollos doctrinarios modernos como, por ejemplo, la teoría de la legitimidad de origen y la legitimidad de ejercicio. Se colocan las clámides de los helenos y aseveran que Chávez ha hecho de Venezuela una ágora rediviva gracias a sus repetidas elecciones. Pero la democracia no es solamente consultar al pueblo cada tres semanas. Ni siquiera lo fue en la más vieja y primitiva de las democracias. Para los antiguos ciudadanos griegos también tenía una suprema importancia la alternabilidad en el poder, un principio constitucional que más de seis millones de venezolanos, por distintas razones (ideológicas, afectivas, psicológicas, venales, estomacales, etc.) se pasaron por el forro en connivencia con los abstencionistas. En este sentido, es bueno recordar las palabras de Aristóteles en su obra Política: “El fundamento del régimen democrático es la libertad. Una característica de la libertad es el ser gobernado y gobernar por turno (...) Otra es vivir como se quiere, pues dicen que esto es resultado de la libertad, puesto que lo propio del esclavo es vivir como no quiere. Este es el segundo rasgo esencial de la democracia, y de aquí vino el no ser gobernado, si es posible por nadie, y si no, por turno. Esta característica contribuye a la libertad fundada en la igualdad (...) Ninguna magistratura democrática debe ser vitalicia, y si alguna sobrevive de un cambio antiguo debe despojársele de tal fuerza”.
La posibilidad de que una persona que ejerce el poder pueda reelegirse de manera continua o perpetua hiere de muerte al sistema democrático. Y pone de relieve, además, la grotesca pantomima igualitaria que el régimen exhibe como consigna ("todos somos iguales, pero unos más que otros"). Una nefasta noción de igualdad que nos recuerda la tesis expuesta por Roberto Calasso en su inclasificable libro Las bodas de Cadmo y Harmonía: “La igualdad es una cualidad producida por la iniciación. No se da en la naturaleza, y la sociedad no sabría concebirla sino estuviera nutrida por la iniciación (...) Fue Esparta el único lugar, tanto en Grecia como en la posterior historia europea, donde la totalidad de la ciudadanía -los hómoioi- constituye una secta iniciática”. En la Venezuela de nuestros días, ser un ciudadano efectivo de la República Bolivariana pasa por la aceptación sin objeciones del dominio continuo de Chávez. Aquel que se deje llevar por escrúpulos libertarios deberá prepararse para llevar la vida de un paria, para ser un nombre más en la oprobiosa lista de escuálidos elaborada por el diputado Luis Tascón. Que no goce de ninguna misión siempre será la misión...
De ahí, la enorme importancia histórica que supone el crecimiento constante, sostenido, del número de opositores a la presencia perpetua -aunque quizás no de la presencia limitada- del teniente coronel Hugo Chávez Frías en la presidencia de la República. Ya sumamos más de cinco millones los venezolanos que exigimos vivir en una república y no en una monarquía mal disimulada. Y en función de este inocultable logro debemos seguir luchando con el mismo arrojo. Resteados. Convencidos de que los civiles sólo conocen de métodos constitucionales. No de atajos ni soluciones insurgentes de medianoche, ya que, para bien o para mal (y yo creo personalmente que es para bien), como señala el escritor de Opiniones contundentes, el personaje central de la novela Diario de un mal año de JM Coetzee: “La democracia no permite una política fuera del sistema democrático. En este sentido, la democracia es totalitaria”.
Las armas que las empuñen quienes deseen y sepan empuñarlas. La tarea de los demócratas y republicanos es mucho más compleja y apasionante que apretar un gatillo: convencer a un sector importante de la población de que están siendo llevados por el camino equivocado. Que la trocha que actualmente transitan no los conducirá hacia una patria libre y soberana. Y es que sólo basta mirar con atención para darse cuenta de que el lema chavista no reza “patria y socialismo o muerte”, sino “patria, socialismo o muerte”. No se trata de tres opciones para escoger dos, sino de tres para seleccionar una. El lapsus del lenguaje oficialista, al seleccionar la conjunción disyuntiva “0” (que separa) en lugar de la conjunción copulativa “y” (que une) es, en este sentido, demasiado revelador. Pone al descubierto un socialismo que en su enunciación vital, en su génesis verbal, parida por su propio creador, niega de plano la existencia de la patria.
La oposición ha dado un paso importante, y no reconocerlo sería lamentable. Debemos seguir adelante. Por la oposición misma y por el país. Nos esperan jornadas de trabajo que se adivinan arduas y complejas, debido a que no sólo deberemos concentrarnos en hacernos de votos circunstanciales sino en cultivar convicciones ciudadanas duraderas. Pero ese, y no otro es el desafío que nos impone el presente venezolano. Ya lo dijo el periodista e historiador italiano Guglielmo Ferrero: “En las democracias la oposición es un órgano de la soberanía popular tan vital como el gobierno. Cancelar la oposición significa cancelar la soberanía del pueblo”.

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miércoles, diciembre 05, 2007

El pueblo lo tiene loco

No cabe duda de que luego de la contundente exhibición de vocación democrática demostrada por el pueblo venezolano en el referendo del 2 de diciembre, el teniente coronel Hugo Chávez Frías, refugiado en la soledad de su oficina palaciega, bien pudiese hacer suyas las tristes palabras que el novelista italiano Claudio Magris colocó en boca de unos de sus tantos personajes heridos por las lanzas de la derrota: “Soy un sujeto peligroso -nada más cierto-, pero sólo para mí”.
Nuestra mente todavía conserva la imagen de un líder revolucionario pagado de sí mismo, que profetizaba, desde las olímpicas alturas de su tarima roja rojita, la inevitabilidad de su designio socialista. En ese momento, el jaquetón de barrio devenido Jefe de Estado, embriagado por la guarapita maluca del poder totalitario, no vacilaba en intimidar al variopinto conjunto de adversarios políticos e ideológicos con el relato, ricamente descriptivo, del catálogo de penas y castigos que, a manera de maldición bíblica, sobrevendría a todos aquellos que intentasen desafiar su voluntad iluminada. “Gobernaré hasta que se me seque el esqueleto”, sentenció con un matonismo que días más tarde le valdría la pérdida de casi cuatro millones de votos de su mitificado caudal electoral.
Chávez es, a no dudarlo, uno de los más brillantes oradores de la escuela retórica de la prevaricación. En este sentido, se torna conveniente leer la explicación del filósofo Umberto Eco: “Sí, como define el diccionario, prevaricar significa «abusar del propio poder para obtener ventajas en contra del interés de la víctima» y «actuar en contra de la honestidad transgrediendo los límites de lo lícito», a menudo quien prevarica, a sabiendas de que prevarica, desea en cierto modo legitimar su propio gesto e incluso, como sucede en los regímenes dictatoriales, obtener el consenso de quien es víctima de la prevaricación, o encontrar a alguien que esté dispuesto a justificarla (...) El que prevarica busca ante todo legitimarse; si la legitimación es rechazada, opone a la retórica el no argumento de la violencia”.
Como el temible gigante mitológico Alcioneo, Chávez sólo es susceptible de ser vencido cuando sus pies ya no pisan la superficie del suelo nativo, que en su caso no es otro territorio -lo acabamos de comprobar con la histórica jornada del pasado domingo- que la violencia y los enfrentamientos reales o simbólicos. Cuando se le traslada al descampado de la lucha pacífica, pluralista y democrática no es nadie. De allí su ontológica renuencia a dialogar con las fuerzas sociales que difieren de sus ideas. Piensa como aquel ensoberbecido líder griego que en un rapto de sinceridad le manifestó a sus débiles rivales melios: “Vuestra enemistad no nos perjudica tanto como vuestra amistad. Vuestra amistad sería una prueba de nuestra debilidad, mientras que vuestro odio es prueba de nuestra fuerza”.
Y así, con su inmensa fuerza burocrática y financiera, más el apoyo de los -hoy nebulosos- seis millones de aspirantes a miembros del Partido Socialista Unido de Venezuela (Psuv), el hasta ese momento invencible Hugo Chávez optó por precipitarse en tromba sobre las huestes tenidas por enemigas. Pero lo intenso del arrebato bélico le hizo olvidar la sabia observación del estratega musulmán Tariq ibn Ziyad, quien en el año 711, a orillas del río Guadalete, le dijo a sus valientes soldados: “No es el número el que pelea, sino el esfuerzo”. Y fue un esfuerzo unitario y comprometido el factor que le permitió a la sociedad democrática venezolana dar al traste con el fantasma decimonónico de la presidencia vitalicia.
Escribió el poeta William Carlos Williams que nunca la derrota es sólo derrota, ya que su llegada abre al vencido un paraje antes insospechado. Sin embargo, el inquilino de Miraflores se negó la posibilidad de contemplar dicho paisaje y sus bondades. Con este gesto desdeñó una verdad muy importante: cuando la derrota elude la impostergable y sincera autorreflexión, para usurpar la voz de los gallardos vencedores, pierde todo atisbo de dignidad, y se hace más ridícula y degradante a los ojos del colectivo. La madrugada del pasado día lunes, el líder de la revolución (“Temo a esas grandes palabras que nos hacen tan infelices”, James Joyce) perdió lamentablemente una excelente oportunidad de quedarse callado.
Tan pronto la directiva del CNE culminó la lectura del primer boletín electoral, y acaso con la vana ilusión de sabotear la celebración opositora, ordenó una transmisión en cadena de radio y televisión. Entre la espesa hojarasca de parla institucional de los primeros minutos, Chávez dejó colar en su intervención la triste realidad de su régimen totalitario, en el cual resulta impensable alimentar la peligrosa herejía liberal de la autonomía de los poderes públicos. Al país entonces le tocó asistir a una confesión tan descarada, que en segundos pulverizó la credibilidad del CNE, y lo convirtió, a lo sumo, en árbitro, pero de caimanas previamente concertadas. Todos escuchamos oírle decir que había girado instrucciones a la señora Tibisay Lucena para que divulgase a la población unos cómputos electorales que él, como el vero chivo que más micciona, conocía ampliamente apenas tres horas después del cierre de las mesas de votación. La diminuta hoja de parra siguió cayendo cuando, con rostro desencajado, calificó de “pírrico” el triunfo del bloque del NO, y advirtió que no retiraría ni una sola coma del proyecto rechazado. “Continuo haciendo la propuesta al pueblo venezolano. Esta propuesta está viva, no está muerta. No se pudo por ahora, pero la mantengo”, indicó.
No sé que tanto de verdad habrá en el reportaje del periodista Hernán Lugo Galicia, publicado en el diario El Nacional el martes 4 de diciembre, donde se nos cuenta que un colérico “Águila Uno” se negaba a aceptar la derrota y trataba de persuadir a los miembros del Alto Mando Militar para que le permitiesen ganar algo más de tiempo. Lo que sí parece obvio es que nuestro personaje nunca se paseó seriamente por la posibilidad de perder. Ello se evidenció particularmente cuando en su deslucida aparición televisiva violó dos preceptos básicos de la oratoria clásica: saber lo qué va a decir y decirlo con soltura y elegancia. De hecho, Chávez incurrió en un acto fallido elocuente y revelador al utilizar impropiamente la palabra “pírrico” por “exiguo”; cuando es archiconocido que el primer término evoca la figura del rey Pirro, combatiente famoso históricamente por lograr todos sus triunfos a costas de importantes y costosas pérdidas. Es obvio que de existir un dirigente con victorias pírricas, en la pasada consulta dominical, ése no puede ser otro que el desafortunado individuo que para obtener el triunfo electoral en doce estados del país debió perder a cambio una considerable cantidad de votos de su caudal electoral -casi cuatro millones- y la gloria terrena del “sí” refrendario.
Herido por la banderilla magistralmente colocada por la sociedad democrática, el otrora temible miura sólo atinó a encomendarse al poder encantatorio de su expresión talismán, el recordado “por ahora”. Pero hoy, tras quince años de historia, la aclamada frase luce acaso como el frío pegoste que evoca la ardiente lava alguna vez derramada por un volcán en erupción. A su más reciente pronunciación le falta el fuego interior que los venezolanos frustrados y desengañados observaron en un lacónico militar insurgente. En aquel momento, la expresión “por ahora”, dado el absoluto desconocimiento de los antecedentes personales del autor, se convirtió en un exitoso referente vacío (de esos que le dan pábulo a las posmodernosas disquisiciones del argentino Ernesto Laclau), en el que cada sector de la nación venezolana no dudaba en proyectar su reivindicación más sentida: libertad, igualdad, honradez, seguridad, felicidad... Hoy, tras tres tristes lustros de historia, el mismo auditorio no se siente remecido en modo alguno por la antigua consigna, y mira con asombro la actitud insolente de quien, a cuenta de ser Bolívar redivivo, se niega a acatar la soberana voluntad popular. Y es que para su desgracia Chávez olvidó que, tal como lo señala el agudo Demóstenes, “las palabras que no van seguidas de los hechos no sirven más que para llevar desilusión a quienes las escucharon o conocieron”. Y luego de casi diez años de desgobierno, la verdad es morto sencilla: Chávez habló como lo que es, como el pasado... como el pasado que es pesado (Cabrera Infante dixit).
El poeta y ensayista francés Pierre Alféri, en su muy recomendable opúsculo Buscar una frase, nos confía la siguiente reflexión: “Producir una frase es un gesto único de instauración, que moldea un origen. La frase inventa una experiencia y pone en ritmo una fuerza (...) su claridad supone entonces, por lo general, su novedad: en general, las frases gastadas ya no se muestran tal como son; en ellas, el acto mismo de frasear ha quedado borrado. Una nueva frase es posible sólo en la medida en que se le busca efectivamente. Pensar quiere decir: buscar una frase”. La madrugada del día lunes pudimos comprobar que el aturdido Hugo Chávez no pensó, sólo sintió. Sintió a los pies el vértigo despertado por los abisales precipicios de la derrota, del rechazo popular. Y sus miedos, y sus reconcomios con el hatajo de incapaces del Comando Zamuro, no resultan hitos ni relatos suficientes para instaurar la presencia de una nueva era en el imaginario colectivo; un imaginario colectivo hoy cautivado por la gesta civil de los estudiantes venezolanos y por el brillo de una frase, ésta sí, exitosa y contundente: “¿Por qué no te callas?”.
Escribo estas líneas y puedo ver en televisión una nueva aparición del prófugo del silencio. Afirma, en esta ocasión, que su gobierno iniciará una segunda ofensiva para lograr la aprobación de su proyecto totalitario de reforma constitucional. “Dicen que Chávez recibió un golpe. Sí, recibí un golpe, pero no me moví ni un milímetro. Sí, recibí un golpe, pero no me han debilitado. Preocúpate imperio. Preocúpate oligarquía apátrida. Golpeen cuantas veces quieran, pero no se equivoquen (...) Les recomiendo que administren bien su pírrica (sic) victoria”.
Quedémonos pues con el consejo dado por este sujeto tan peligroso -sobretodo para sí mismo-. Evitemos festinar los cambios, transitar los atajos violentos e inconstitucionales, otorgar credibilidad a los análisis radicales de los expertos mediáticos. Construyamos más bien un movimiento democrático e inclusivo, que nos permita demoler, de manera definitiva, el apartheid social que existía antes de Chávez y el apartheid político que ahora tenemos con Chávez.
Trabajemos por el advenimiento de una alborada de libertad e igualdad verdaderas, donde no haya lugar para líderes mesiánicos y empeños totalitarios. Construyamos una nueva mayoría que, en su vocación democrática, haga suyas las palabras pronunciadas por Nelson Mandela el 10 de mayo de 1994, en ocasión de su ascenso a la presidencia de Sudáfrica:

“Nuestro temor más profundo no es que somos meramente idóneos. Nuestro temor más profundo es que tenemos poder más allá de toda medida. Es nuestra luz, no nuestras tinieblas, lo que nos atemoriza. Nos preguntamos: ¿Quién soy yo para ser brillante, maravilloso, talentoso y fabuloso? En realidad, ¿quién eres para no serlo? Sois los hijos de Dios. Si actuáis de forma pequeña de nada le sirve al mundo (...) Hemos nacido para manifestar la gloria de Dios que se halla en nosotros. No en alguno de nosotros; está en todos. Y, cuando permitimos que nuestra propia luz brille, inconscientemente le damos permiso a la otra gente para que haga lo mismo. A medida que nos liberamos de nuestro propio temor, nuestra presencia automáticamente libera a los demás (...) Que nunca jamás vuelva a suceder que esta hermosa tierra experimente la opresión de los unos sobre los otros, ni que sufra la humillación de ser la escoria del mundo. Que impere la libertad. El sol jamás se pondrá sobre un logro humano tan esplendoroso”.

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