
A
pesar de ser considerado un fenómeno del mundo moderno, el sociólogo francés
Jacques Ellul buscó las primeras manifestaciones de la propaganda política en
las antiguas ciudades de Atenas y Roma. Con la agudeza propia del experto,
logró reconocer las técnicas persuasivas empleadas por los primeros hombres
interesados en influir psicológica, e ideológicamente, en sus semejantes: los
tiranos, los sacerdotes délficos, los oradores democráticos, los generales de
legiones y los emperadores romanos.
En
su investigación, Ellul encontró que la mayoría de los tiranos demagogos que
surgieron en casi todas las ciudades griegas, entre los siglos VIII y VI A.C.,
echaron mano sistemáticamente de técnicas y estrategias de efectos
propagandísticos, con el propósito de incrementar el apoyo popular a sus
gobiernos ilegítimos, nacidos de la violencia o de la tergiversación de los
principios tradicionales de la transmisión de mando.
Estas
modalidades primigenias de la propaganda política se nutrían, fundamentalmente,
de tres elementos asociados con el ejercicio del poder: la apelación a
discursos enfocados en la emocionalidad del mensaje y potenciados con el uso de
las figuras retóricas de la oratoria clásica; la adopción de medidas
administrativas de naturaleza populista (entre ellas, la confiscación de
heredades o la distribución de dinero) y el embellecimiento de la ciudad
mediante la edificación de obras de majestuosidad arquitectónica.
«Sin
embargo, es necesario hacer hincapié en un hecho general: la construcción de
monumentos se había ya utilizado periódicamente como propaganda, pero a partir
de este momento histórico», afirma Jacques Ellul, «se convierte en el
distintivo de un poder autoritario recién instalado. La propaganda monumental
se halla, pues, siempre unida a lo que hoy denominaríamos como dictaduras» (Historia
de la propaganda. Monte Ávila Editores. 1969 página 15).
Entre
todos los tiranos griegos considerados como precursores de la persuasión
colectiva con fines proselitistas el nombre más sobresaliente es el del
político ateniense Pisístrato (600-527), quien logró alzarse con el dominio
total de la ciudad-estado gracias a sus habilidades para la creación de
sofisticadas técnicas propagandísticas. La más famosa de ellas: el
amedrentamiento de la población con la amenaza permanente de un enemigo
público, interno o externo (en el caso de su gobierno, atizaba el miedo popular
con la conspiración de los Eupátridas).
Pero
la inquieta mente de Pisístrato no se detuvo allí. Inventó, o en su defecto
perfeccionó, un completo repertorio de estrategias para sugestionar a una
colectividad necesitada de creer: la adulteración del mito fundacional de la
sociedad, para legitimar su presencia indefinida en el poder (se apropió de la
leyenda del héroe Teseo); la modificación de los textos literarios de la
cultura clásica, para apuntalar su reputación de líder guerrero (existen
pruebas de que mandó a modificar a su favor varios cantos de La Odisea); el fomento de campañas filantrópicas con
poblaciones vecinas, para mejorar la imagen internacional de su gobierno y
ampliar la base de aliados diplomáticos; la transformación de fiestas populares
en celebraciones gubernamentales, para incrementar la percepción de una
creciente adhesión de la gente a su gestión (no vaciló en desvirtuar el sentido
religioso de las jornadas de las Panateneas y las Dionisíacas); y la concepción
del acto público como la puesta en escena callejera de una representación
teatral, con el propósito de acentuar, con fines persuasivos, la magnificencia
del poder (el mejor ejemplo: la entrada de Pisístrato a la ciudad de Atenas, en
el año 556, bajo la protección de la diosa Atenea, quien —gracias a una
recreación dramática— descendió entre los hombres para recibirlo).
Con
la muerte de Pisístrato las técnicas de persuasión a gran escala experimentaron
un retroceso. Esta circunstancia histórica, en opinión del estudioso Ellul,
descalifica a la civilización griega para ser considerada como la posible cuna
de la actual propaganda política: «Hasta después del siglo IV, con la
supremacía de Tebas y la posterior reacción de Filipo de Macedonia, no apareció
un sistema de propaganda más complejo. En suma, en las democracias griegas la
propaganda fue un hecho excepcional debido a ciertas causas generales: cierta
armonía y cierto sentido de la medida, y la existencia de una cohesión social a
pesar de las facciones que limitaron el uso de la propaganda. Por otra parte,
hay que añadir otro factor muy importante: las sociedades eran muy reducidas y
estaban compuestas por un número reducido de ciudadanos. Esta ausencia de masas
es desfavorable para la propaganda».
En
efecto: así como un único palo no hace montañas, un solo individuo nunca
constituirá el público ideal para el alud propagandístico desatado por el
hombre obsesionado con el mando absoluto y perenne; ese histrión, devenido
dirigente, que concibe a la política como espectáculo y a la democracia como
una cachiporra de las mayorías. De allí, que para que se produzca entre
nosotros la milagrosa aparición de «la masa» sea menester la intervención
taumatúrgica de un tipo determinado de ayudante; uno muy diestro en la alquimia
nefanda de trocar a una sociedad en un rebaño de borregos, tal como explica el
fallecido historiador Robert Hughes en su ensayo Roma. Una historia cultural: «Quizá el talento para el histrionismo sea algo
fundamental para el éxito político. Las figuras anodinas y con pintas de
oficinistas no llegan a los máximos cargos, aunque sí que hacen más fácil la
vida de las figuras espectaculares».
De
abrirse una discusión sobre este respecto, seguramente muchas personas citarían
el nombre de Joseph Goebbels como el ejemplo más famoso de estas figuras
anodinas, y con pintas de oficinistas, que tan imprescindibles resultan a la
hora de darle una dimensión colectiva al influjo de un liderazgo carismático.
No en balde Goebbels es considerado como la eminencia gris detrás de la consolidación
imperial del proyecto político de Adolfo Hitler. Sin embargo, este personaje
histórico está sobrevalorado. En la monumental biografía que le dedica el
historiador inglés Peter Longerich (Goebbels. RBA, 2012), se nos
describe como un intelectual frustrado, necesitado de un propósito
transcendental, que una vez adentro del gabinete ministerial fue frecuentemente
ignorado en la toma de las grandes decisiones: «Goebbels sufría un “trastorno
narcisista de la personalidad” que le hacía buscar activamente el
reconocimiento y el elogio. Este trastorno cimentó su dependencia de Hitler, a
quien convirtió en el objeto de su idolatría, en ese ser superior al que debía
subordinarse para recibir legitimación y gratificación. Por ello, pasó una gran
cantidad de tiempo enzarzado en largas batallas contra sus competidores en el
entorno nazi (…) Goebbels no es el gran propagandista que se nos ha hecho
creer. El problema es que una de las fuentes principales para estudiar a
Goebbels es su propia propaganda, y hemos estado bajo el influjo de ella.
Goebbels fue por encima de todo un propagandista de sí mismo, tratando de
convencer al mundo de que era un genio de la propaganda capaz de unir a toda
Alemania detrás de Hitler. Tenemos que tener presente que las fotografías, películas
y otras fuentes que normalmente usamos como evidencia de su éxito para
manipular al pueblo alemán fueron producidos en el ministerio de Propaganda con
un propósito principal: crear ese mito (...) Me sorprendió la ausencia de
conceptos o visiones políticos en su obra. Tras leer miles de páginas en sus
escritos no queda claro qué tipo de sociedad o sistema político prefería o
cuáles eran sus ideas básicas acerca de la política exterior o la Europa
dominada por los nazis. Para él, la cuestión central fue siempre su propia
posición en el régimen, o mejor dicho, como él y su obra eran percibidos por
Hitler. Podría decirse que en política estaba más preocupado por el envoltorio
que por el contenido», explica el historiador inglés.
En
opinión de Peter Longerich la única innovación que consiguió Goebbels en
materia comunicacional fue la incorporación, a la propaganda política, de la
estética de los comerciales televisivos, con su manera de presentar los
argumentos de naturaleza emocional: con música y efectos especiales.
Pero
lo cierto es que Goebbels no le enseñó casi nada a Hitler. Basta apenas con una
somera revisión de las páginas de Mi lucha, la
obra seminal del ideario nazi, para darse cuenta de que el Führer estaba
plenamente consciente del poder encantador de la propaganda, y de hecho
manejaba muy bien el repertorio de técnicas de manipulación colectiva. Son
numerosos los pasajes de la obra en los que se explaya en comentarios sobre el
arte propagandístico: «Toda propaganda debe ser popular, adaptando su nivel
intelectual a la capacidad receptiva del menos inteligente de los individuos a
quienes se desea vaya dirigida. De esta suerte es menester que la elevación
mental sea tanto menor cuanto más grande la muchedumbre que deba conquistar. La
capacidad receptiva de las multitudes es limitada y su comprensión escasa; por
otra parte, tienen ellas una gran facilidad para el olvido. Así las cosas,
fuerza será que toda propaganda, para que sea eficaz, se limite a muy pocos
puntos, presentándolos en formas de gritos de combate hasta que el último
hombre haya interpretado el significado de cada uno» (Mi lucha. Editorial
Antalbe. Barcelona. Página 91); «La violencia verbal es, además de conveniente,
necesaria. En honor a la verdad, es la palabra, por razones de naturaleza
psicológica, la única capaz de producir revoluciones realmente grande en los
sentimientos» (Op. Cit. Página 221); «Hoy me enorgullezco de haber descubierto
los métodos que nos permitieron, no sólo tornar ineficaz la propaganda de
nuestros adversarios, sino, además, apabullar con sus propias palabras a
quienes la concibieron» (Op. Cit. Página 223); «La fuerza que le dio al
marxismo su asombroso poder sobre las muchedumbres no consiste en la obra
escrita y preparada por intelectuales judíos, sino en el formidable diluvio de
propaganda oral que esta teoría descargó sobre la multitud» (Op. Cit. Página
226); «Las asambleas de grandes muchedumbres son necesarias, pues cuando a
ellas asiste el individuo acometido del deseo de alistarse en un flamante movimiento
y temeroso de encontrarse solo, recibe allí la primera impresión de una
numerosa comunidad, lo cual ejerce un efecto vigorizador y estimulante en la
mayoría de las personas. Éstas se someten a la mágica influencia de lo que
llamamos sugestión de una multitud» (Op. Cit. Página 228); «La propaganda
aventajará, con su impetuoso avance, de muy lejos a la organización, a fin de
conquistar el material humano indispensable para ésta última. Siempre he sido
enemigo de la organización precipitada y pedante, que produce inertes y
mecánicos resultados. Por esta razón, lo mejor es dejar que una idea se difunda
desde un centro y por medio de la propaganda durante un espacio de tiempo dado,
y luego explorar cuidadosamente en busca de dirigentes entre los seres humanos
que acudieron a la cita» (Op. Cit. Página 279); «El segundo deber de la
propaganda es el de derribar la situación existente por medio de la nueva
doctrina» (Op. Cit. Página 281); «Las afirmaciones han de ser siempre en
indicativo o imperativo, nunca en condicional, porque así nutre la psicosis del
poderío entre los amigos y de terror entre los enemigos».
Esta
compleja relación de interés y desprecio del líder hacia la muchedumbre, pero
también de completa fidelidad de la masa hacia su caudillo, no puede entenderse
enteramente sin el estudio de las obras fundacionales de la psicología
colectiva.
En
1895, el sociólogo francés Gustave Le Bon sorprende al mundo académico al
anunciar la entrada de las masas a la vida política, en condición de actor
principal. Ya para la
época la idealización del sistema democrático como un gobierno legitimado en
las urnas electorales periódicamente, pero también dispuesto a escuchar las
críticas de la opinión pública, había dictaminado el descrédito de las
monarquías absolutistas y el auge de los liderazgos carismáticos.
En sus primeros
apuntes sobre el alma colectiva, contenidos y expresados en La
psicología de las masas, Le Bon da cuenta del cambio mental que experimenta
el hombre sumido en la agitación del grupo, ésa instancia superior que le dicta
al individuo la nueva dirección que han de seguir sus afectos y pensamientos.
Desde la perspectiva
psicológica, la conformación de la masa precisa de varios elementos: la
existencia de una causa común; el surgimiento de un mismo interés durante la
exposición a un mismo objeto; la experimentación de idénticos sentimientos
antes una situación dada; y la facultad de los presentes de influir unos sobre
otros.
«La dominación de la
masa siempre representa una fase de desórdenes», señala Le Bon, «las decisiones
de orden general tomada por una asamblea de hombres distinguidos, pero de
especialidades diferentes, no son sensiblemente superiores a las decisiones que
pueda tomar una reunión de imbéciles. Solamente pueden asociar, en efecto, las
cualidades mediocres que todo el mundo posee. Las masas acumulan no la
inteligencia, sino la mediocridad».
El conservadurismo de
Le Bon a ratos coquetea con la óptica sociológica determinista, como por
ejemplo cuando analiza el papel de la raza y la religión en los procesos de
psicología colectiva. Según su criterio, una masa surgida en el seno de un
pueblo de origen latino o católico propenderá a la intervención del Estado,
dado el influjo de una cultura política identificada con el centralismo y el
cesarismo. Mientras que una masa nacida de un pueblo de origen anglosajón o
protestante buscará siempre apelar a la movilización privada.
En 1921, Sigmund
Freud se propone revisar la validez científica de estas tesis tan
polémicas. Para el psicólogo vienés, Gustave Le Bon entrega a los lectores
un inmejorable perfil psicológico del alma colectiva, pero fracasa a la hora de
explicar la ascendencia del líder a partir de un concepto un tanto equívoco: el
«prestigio» («especie de fascinación que un individuo, una obra o una idea
ejercen sobre nuestro espíritu»). Luego de arduas disquisiciones, Freud
sostiene que el hombre común se comporta como un animal de hordas («un elemento
constitutivo de una horda conducida por un jefe», son sus palabras) y no como
un simple animal gregario. Concluye, en enrevesada jerga psicoanalítica, que la
experiencia de masas es un mecanismo de sobrevivencia almacenado en el alma colectiva
de la raza humana; un mecanismo cuyo carácter intenso, compacto y homogéneo
nace de dos vías. La primera de ellas, la más simple y natural, por
identificación con un objeto («la manifestación más temprana de un enlace
afectivo a otra persona», explica). La segunda, las más común y más compleja de
definir consiste en un particular nexo libidinoso (libido: término
perteneciente a la teoría de la afectividad, energía de los instintos
relacionados con todo aquello susceptible de ser comprendido bajo el concepto
de «amor», no sólo en su aspecto sexual, sino también en sus rasgos platónicos
como el deseo de proximidad y la disposición al sacrificio), caracterizado por
tendencias sexuales cortadas en su fin (la renuncia a la cópula), que inhibe
los procesos de autocrítica, como consecuencia de la sustitución, dentro
de la estructura psíquica del individuo, del «superyó» por el objeto (es decir,
lo deseado pasa a ser la conciencia moral y la conducta idealizada del sujeto,
lo que causa la inmediata anulación de las fuentes de malestar y
recriminación).
«Para que los
miembros de un grupo humano reunido accidentalmente lleguen a formar algo
semejante a una masa, en el sentido psicológico de la palabra», nos aclara
Sigmund Freud, «es condición necesaria que entre los individuos exista algo
común, que un mismo interés los enlace a un mismo objeto, que experimenten los
mismos sentimientos en presencia de una situación dada y que posean, en cierta
medida, la facultad de influir unos sobre otros. Cuanto más enérgica es esta
homogeneidad mental, más fácilmente forman una masa psicológica y más evidentes
serán las manifestaciones de una alma colectiva (…) El carácter inquietante y
coercitivo de las interacciones colectivas, que se manifiesta en sus fenómenos
de sugestión, puede ser atribuido a la afinidad de la masa con la horda
primitiva, de la cual desciende. El caudillo es aún el temido padre primitivo.
La masa quiere siempre ser dominada por un poder ilimitado. Ávida de la
autoridad, tiene, según las palabras de Gustave Le Bon, una inagotable sed de
sometimiento. El padre primitivo es el ideal de la masa, y este ideal domina al
individuo, sustituyéndose el superyó» (La psicología de las masas.
Editorial Alianza. 2001. Página 67).
En la Italia de la
segunda década del siglo veinte —transcurridos nueve años del ascenso del
fascismo al poder—, el talento propagandístico comisionado para rebajar a toda
una nación a la efervescencia ululante de la masa primitiva, infantilmente
dependiente de un caudillo, fue el ex héroe de guerra Achille Starace,
secretario general del Partido Nacional Fascista entre 1.931 y 1939.
El historiador Robert
Hughes nos describe a Achille Starace en los siguientes términos: «Starace fue
a Il Duce lo que Goebbels fue a Hitler, y resultó igual de
activo que él en cuanto a la invención de un estilo de gobierno. Fue él quien
concibió y organizó las manifestaciones “oceánicas” de decenas de miles de
romanos en la plaza de Venecia, bajo el balcón desde el que hablaba Il
Duce, con su podio oculto; él, quien instituyó “el saludo a Il Duce”
en todas las reuniones fascistas, grandes o pequeñas, tanto si Mussolini estaba
presente como si no; él, quien abolió el “insalubre” apretón de manos a favor
de la “higiénica” rigidez del saludo fascista basado en el romano, que se hacía
alzando el brazo. Se colocaba rígidamente en posición de firmes, haciendo tocar
los talones entre sí, incluso cuando hablaba con su líder por teléfono. Y se
aseguró de que los orquestados vítores de la muchedumbre se dirigieran sólo a
Mussolini, ya que “a un hombre, y sólo a un hombre, se le ha de permitir que
domine las noticias todos los días, y los otros deben enorgullecerse de
servirle en silencio”» (Roma. Una historia cultural. Página 468).
Starace fue el
artífice de la «fascistización» de la sociedad italiana. Fue él quien se
esforzó por hacer pasar como manifestaciones de una doctrina, redonda, sin
fisuras, cada una de las señales contradictorias de la realidad. Nunca le
importó que la dirigencia fascista no supiera bien qué cosa era el fascismo
—como aún sostiene el historiador alemán Ernst Nolte—. Mitificó el origen del
movimiento y denominó de manera pomposa «La marcha sobre Roma» al viaje en tren
que, desde Florencia, hicieron supuestamente 300 mil golpistas armados del
Partido Nacional Fascista (¡vaya que los vagones eran espaciosos!) rumbo al
Parlamento para deponer al primer ministro Luigi Facta.
«La frase “Il Duce
ha sempre ragione” (Mussolini siempre tiene la razón) dominó toda Italia y
sus colonias africanas. Pintada en muros, cincelada en piedra, escrita con tiza
en las pizarras, incluso formada con guijarros sobre los patios de recreo de
las escuelas por los campesinos etíopes, fue el invariable leitmotiv del
fascismo, y se siguieron pudiendo ver vestigios de ella en algunas partes de la
Italia rural hasta finales de la década de 1960», relata el historiador Robert
Hughes.
Achille Starace se
erigió en el primer sacerdote del culto oficial a la personalidad. En 1932, y a
propósito del décimo aniversario de la llegada de Mussolini al poder, convocó
la Mostra della Rivoluzione Fascista, celebrada en el Palacio de
las Exposiciones, cuya fachada principal fue adornada con cuatro columnas de
aluminio de 30 metros de altura con la forma de las fasces. Dos años después,
en 1934, se apuntó otro éxito propagandístico al presidir el Campeonato Mundial
de Fútbol organizado y ganado por Italia. El día del juego final casi llenó las tribunas con funcionarios del partido
fascista que, astutamente, gritaban más por Mussolini que por la selección azzurri. Ese
año también se apropió de las celebraciones callejeras por el premio Nobel de
Literatura otorgado al dramaturgo Luigi Pirandello.
Starace
reconoce el papel multiplicador de los medios de comunicación en cualquier
campaña propagandista, pero se abstiene aún de renunciar al empleo de los
trucos clásicos de los embaucadores de feria: «En 1938 los medios de
comunicación de masas, ya férreamente controlados —se necesitaba una licencia
emitida por el Estado para ejercer como periodista de cualquier tipo, incluso
como reportero de moda, bajo Mussolini, y éste nombraba personalmente a los
directores de las todas las publicaciones— recibieron la llegada de Adolfo
Hitler con éxtasis automático (…) Los funzionari de Mussolini se habían esforzado mucho en preparar la llegada del Führer
a la estación Ostiense en Roma. Incluso se habían cuidado de que los últimos
kilómetros de ferrocarril que llevaban a la estación estuvieran bordeados, a
ambos lado, por un “pueblo Potemkin”, de decorados orientados hacia adentro,
mirando hacia el tren, en cuyas falsas ventanas se asomaban cientos de romanos
que vitoreaban con entusiasmo», recrea con amena prosa el historiador inglés
Robert Hughes.
La
buena estrella de Starace declinó cuando se concentró en la «fascistización» de
la juventud. Al principio, se anotó importantes logros propagandísticos con la
promoción de homenajes públicos a las noventa y cinco madres más prolíficas del
país, así como también con la creación de los saggi
ginnici (pruebas de destreza gimnásticas en medio de actos públicos).
Pero al final su predicamento sufrió mella cuando invirtió su capital político
en una idea que nunca cristalizó del todo: la Opera Nazionale Balilla,
versión fascista de las juventudes hitlerianas.
Cuando Achille
Starace sale de la primera línea de combate fascista había inficionado a
una gran parte del joven tejido humano del país. Con paciencia y tenacidad, el
gran propagandista construyó una estructura de sumisión que llenaría de traumas
y deshonor a muchas personas. Muy pocos fueron los que lograron salvarse.
Incluso Norberto Bobbio, ese gran sabio de la filosofía política, hubo de
confesar su pasado fascista, cuando un indiscreto investigador encontró, en los
archivos de seguridad de la época, una carta titulada «Exposición de Norberto
Bobbio a S.E. el jefe de Gobierno», donde el remitente informaba acerca de su
pertenencia desde 1927 a las filas del Partido Nacional Fascista y a los Grupos
Universitarios Fascistas, y expresaba su dicha por haber crecido en un ambiente
familiar patriótico y fascista de total devoción al Duce. La
comunicación puede encontrarse en la autobiografía de Norberto Bobbio publicada
por la editorial Taurus; obra donde también puede leerse la siguiente
reflexión: «En esta carta me he encontrado de pronto cara a cara con otro yo,
que creía haber derrotado para siempre. No me turbaron tanto las polémicas
sobre la carta como la carta en sí y el propio hecho de haberla escrito. Aunque
formaba parte, en cierto sentido, de un trámite burocrático, aconsejado por la
misma policía fascista; era una invitación a humillarse: Si usted le escribiera
al Duce…». Años después, interrogado sobre este episodio vital por
el periodista Giorgio Fabre, Bobbio completaría su respuesta: «Quien ha vivido
la experiencia de un Estado dictatorial sabe que es un Estado distinto a todos
los demás. Y esta carta mía, que ahora me parece vergonzosa, lo demuestra. ¿Por
qué una persona como yo, que era un joven estudioso y pertenecía a una familia
de bien, tenía que escribir una carta de este tipo? La dictadura corrompe los
ánimos de las personas. Fuerza a la hipocresía, a la mentira, al servilismo. Y
ésta es una carta servil. Aunque reconozco que lo que escribí era cierto,
cargué la mano en mis méritos fascistas para sacar una ventaja. Para salvarse,
en un Estado dictatorial, se necesitan almas fuertes, generosas y valientes, y
yo reconozco que, en esta carta, no lo fui. Ahora es fácil hacer la caricatura
de Mussolini, pero no debe olvidarse que posee todos los caracteres de lo que
Max Weber hubiese podido denominar el jefe carismático. Era agresivo, exaltaba
a las masas. Hasta tal punto fue un jefe carismático que siguió hasta el final
el destino de los jefes carismáticos: tener siempre razón hasta el día en que,
equivocándose, cae».
Umberto Eco, otro
gran intelectual italiano, cuenta, con más picardía y autobenevolencia,
su primer momento de debilidad en la atmósfera totalitaria. Lo hace en
las primeras líneas de su ensayo El fascismo eterno recogido
en la compilación Cinco escritos morales (Editorial Lumen.
2000): «En 1942, a la edad de 10 años, gané el primer premio de los Ludi
Juveniles (un concurso de libre participación forzada para los jóvenes
fascistas italianos, es decir, para todos los jóvenes italianos). Había
discurrido con virtuosismo retórico sobre el tema “¿Debemos morir por la gloria
de Mussolini y el destino inmortal de Italia?”. Mi respuesta había sido
afirmativa. Era un chico listo».
Por cierto, amigos
lectores: considero que nunca como ahora se precisa una lectura reflexiva del
ensayo de Umberto Eco sobre el fascismo eterno. Digo esto, porque la mayor
amenaza que se cierne sobre el pueblo venezolano, desde el punto de vista de la
psicología del lenguaje, es la operación de trasposición semántica mediante la
cual los fascistas del chavismo buscan etiquetar a los sectores democráticos de
«fascistas». Quien mejor ha ilustrado esta operación de trasposición semántica
fue el tenebroso Joseph Goebbels: «Con una repetición suficiente y la
comprensión psicológica de las personas implicadas, no sería imposible probar
que de hecho un cuadrado es un círculo. Después de todo, ¿qué son un cuadrado y
un círculo? Son meras palabras y las palabras pueden moldearse hasta disfrazar
las ideas (citado por Pratkanis y Aronson en La era de la propaganda)».
Para quienes aún duden de la aplicación de mecanismos propagandistas por parte
de la dictadura madurista, ahí les dejo el ejemplo del Sicad, una payasada
revolucionaria que prestigiosos expertos y periodistas se empecinan aún en
denominar «subasta de dólares», a pesar de que con este procedimiento
administrativo el gobierno usurpador sólo distribuyó divisas a quienes le dio
la gana y no a quienes ofertaron el precio más alto. La «subasta» del Sicad es,
pues, un ejemplo palmario de un cuadrado que pasa por círculo.
Umberto Eco, en su
ensayo, enuncia las características principales del fascismo («muchas de ellas
se contradicen mutuamente, y son típicas de otras formas de despotismo o
fanatismo, pero basta con que una esté presente para hacer coagular una
nebulosa fascista», explica el erudito historiador de la belleza y la fealdad).
A continuación, y en beneficio de los lectores venezolanos, listamos estas
características ontológicas del fascismo eterno (con algunos extractos de los
comentarios del autor):
1.- El culto
a la tradición: Ya no puede haber avance del saber. La verdad ya ha sido
anunciada de una vez por todas, y lo único que podemos hacer nosotros es seguir
interpretando su oscuro mensaje. Es suficiente mirar la cartilla de cualquier
movimiento fascista para encontrar a los principales pensadores tradicionales.
2.- Rechazo
del modernismo: El rechazo al mundo moderno se camufla como condena a la
forma de vida capitalista, pero concernía principalmente a la repulsa del
espíritu de 1789 (o de 1776, obviamente). La ilustración, la Edad de la Razón,
se ven como el principio de la depravación moderna.
3.- Imposición
del culto de la acción por la acción misma: La acción es bella de por sí y,
por lo tanto, debe actuarse antes de y sin reflexión alguna. Por eso la
cultura es sospechosa en la medida que se identifica con actitudes
críticas.
4.- Rechazo
al pensamiento crítico: El pensamiento crítico opera distinciones, y
distinguir es señal de modernidad. Para el fascismo eterno el
desacuerdo es traición.
5.- Estímulo
del miedo a la diferencia: El primer llamamiento de un movimiento fascista,
o prematuramente fascista, es contra los intrusos.
6.- El
aprovechamiento de la frustración individual o social.
7.- Explotación
del sentimiento nacionalista: A los que carecen de una identidad social
cualquiera, el fascismo eterno les dice que su único privilegio es el más
vulgar de todos, haber nacido en el mismo país. Además, los únicos que pueden
ofrecer una identidad a la nación son los enemigos. En la raíz de la psicología
del fascismo eterno está la obsesión por el complot, posiblemente
internacional.
8.- Incertidumbre
en relación con el enemigo: Gracias a un continuo salto de registro
retórico, los enemigos son simultáneamente demasiado fuertes y
demasiados débiles.
9.- Sujeción
al principio de la guerra permanente: En el fascismo eterno no hay lucha
por la vida, sino más bien «vida para la lucha». El pacifismo es
colusión con el enemigo; el pacifismo es malo porque la vida es una
guerra permanente.
10.- Tendencia
al elitismo: El fascismo eterno no puede evitar practicar un «elitismo
popular». Cada ciudadano pertenece al mejor pueblo del mundo, los miembros del
partido son los ciudadanos mejores, cada ciudadano puede (o debería) convertirse
en miembros del partido. Pero no puede haber patricios sin plebeyos. El líder,
que sabe perfectamente que su poder no lo ha obtenido por mandato, sino que lo
ha conquistado con la fuerza, sabe también que su fuerza se basa en la
debilidad de las masas, tan débiles que necesitan y se merecen a un
«dominador». Puesto que el grupo está organizado jerárquicamente (según un
modelo militar), todo líder subordinado desprecia a sus subalternos, y cada uno
de ellos desprecia a sus inferiores.
11.- Culto a
la muerte: El heroísmo es la norma. El héroe fascista está impaciente por
morir, y en su impaciencia, todo hay que decirlo, más a menudo consiguen hacer
que mueran los demás.
12.- Propensión
al machismo y al juego con las armas como signos fálicos de poder, seducción y
dominación.
13.- Imposición
de un populismo cualitativo: Para el fascismo eterno los individuos, en
cuanto a individuos, no tienen derechos y «el pueblo» se concibe como una
cualidad, una entidad monolítica que expresa la «voluntad común». Puesto que
ninguna cantidad de seres humanos puede poseer una voluntad común, el líder
pretende ser su intérprete. Habiendo perdido su poder de mandato, los
ciudadanos no actúan, son llamados sólo pars pro toto a
desempeñar el papel de pueblo. El pueblo, de esta manera, es sólo una ficción
teatral.
14.- Utilización
de una neolengua: Todos los textos escolares nazis o fascistas se basaban
en un léxico pobre y una sintaxis elemental, con la finalidad de limitar los
instrumentos para el pensamiento complejo y crítico.
Finalmente, el
historiador Robert Hughes sólo agregaría al listado anterior una
característica: La aplicación general a la vida civil de técnicas militares de
control social.
Usurpador: ¡más
fascista eres tú!
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