jueves, octubre 08, 2015

El chiste político o el poder de los sometidos

Ilustración: Gabriella Di Stefano


Una de las características del humor es ser, sobre todo, un asunto de perdedores
Daniel Samper Pizano

Es lamentable la carencia de obras históricas que recojan la evolución del humor en las culturas clásicas. De la civilización griega, por ejemplo, no sobrevivieron las teorías humorísticas desarrolladas por sus notables filósofos. Obras como Sobre la comedia (segundo libro de la Poética de Aristóteles) y De la comedia y De lo ridículo (ambas de Teofrasto) desaparecieron del acervo literario occidental. Si hoy se sabe de su existencia es porque algunos de sus fragmentos fueron citados por Cicerón en el segundo libro de su De oratore.
La importancia que el mundo griego le concedió al humor resulta fácil de deducir, porque le atribuyó al chiste un origen divino. Los relatos mitológicos hablan de dos creadores: Radamantis y Palamedes; el primero, uno de los habitantes de las Islas de la Bendición, y el segundo, héroe famoso por su ingenio y prontitud de respuesta.
En el siglo IV a. C. existió en los suburbios de Atenas un club de contadores de chistes llamado «el sesenta» que, al parecer, se reunía en el santuario de Heracles en Diomeia. El historiador Jan Bremmer (1999: 15) precisa las características de esta agrupación:

Los integrantes de este «club» no eran profesionales, sino aficionados: por sus nombres podemos concluir que pertenecían a la clase alta ateniense; uno de ellos, el bizco Calimedon, fue un político de renombre. Si tenemos presente que en el siglo IV las bufonadas fueron perdiendo aceptación social, cabe pensar que el club reunió a unos conciudadanos deseosos de contrariar el orden social imperante.

Sin embargo, no todos los contadores de chascarrillos procedían de noble cuna. Bremmer (1999: 11-14) recuerda que, según testimonios recogidos por el historiador Jenofonte, muchos de los primeros comediantes eran pobres y a menudo intercambiaban chistes por comida. En un pasaje de su obra El banquete, escrita después de 380 a. C., se recrea la llegada sorpresiva de Filipo, el gelotopoios (literalmente, «el que provoca la risa»), a una fiesta organizada en la casa del rico Calias. El advenedizo, una vez recibido en el andron (única habitación a la que podían acceder los hombres que no pertenecían a la familia), se presenta a la audiencia: «Todos sabéis que soy un bufón y he venido muy dispuesto porque pienso que es más chistoso venir a la cena sin invitación que venir invitado». El anfitrión le responde: «Pues bien, ocupa un sitio, pues los presentes, como ves, están llenos de seriedad, pero tal vez algo carentes de risa». Filipo toma pues la palabra, pero fracasa en sus dos primeros intentos. Desesperado, deja de comer, se envuelve en su capa, se tira al piso y gime. Únicamente cuando los invitados prometen reírse del próximo chiste, y en efecto la primera carcajada se deja escuchar, el comediante se atreve a reanudar la cena. En un momento de la velada uno de los invitados menciona la habilidad de Filipo para las imitaciones y las comparaciones, pero el filósofo Sócrates interviene abruptamente antes de la actuación del gelotopoios para advertirle que sus gracias serían recibidas a condición de que estuviera «callado en lo que debía callar».
En la sociedad ateniense la institución del banquete representaba el espacio de encuentro donde la élite discutía de política, fraguaba alianzas, jugaba a los dados y procuraba reírse con chistes, parodias e imitaciones humorísticas. A partir del año 507 a. C., con las reformas democráticas de Clístenes, la aristocracia perdió influencia en la acción política y en las deliberaciones sobre las acciones de gobierno. El banquete, como práctica social, quedó relegado estrictamente a la vida privada. La aristocracia hizo suyas las maneras propias de un estamento social ocioso, interesado en divertirse y jactarse de su riqueza.
Con el paso del tiempo la clase aristocrática logra hacerse de la riqueza suficiente para costear los gastos de numerosos comensales. Entonces aparece en la lista de invitados un personaje asociado con el chiste como forma de entretenimiento: el kolax (adulador) que se ganaba su comida hilvanando bromas elogiosas sobre el ho trephon (anfitrión, el que da alimento). La existencia de esta práctica social queda confirmada en una comedia escrita por Epicarmo, específicamente en un escena donde un kolax le dice a la multitud: «cenando con aquel que me desea, que solo necesita pedírmelo, e igualmente con aquel que no me desea, que no necesita hacerlo; durante la cena soy ingenioso y provoco grandes carcajadas y alabo a mi anfitrión». A mediados del siglo IV a. C. la voz griega parasitos, literalmente «aquel que come en la mesa de otro», se convierte en sinónimo de kolax.
En el campo semántico asociado al humor adulante se documenta también un término griego empleado en el siglo V a.C.: bomolochos, «el que tiende emboscadas en los altares». Según las investigaciones de Jan Bremmer (1999: 14):

La elección de ese lugar para mendigar comida puede sorprender, aunque no tanto si recordamos que los griegos consumían carne principalmente durante los sacrificios. La costumbre de intercambiar comidas por chistes era probablemente bastante antigua porque el verbo bomolocheuo también significa «hacer el bufón» o «dar rienda suelta a la obscenidad». Parece que, con el paso del tiempo, los bufones más destacados pasaron de los altares de los píos a los más extravagantes salones de la élite ateniense.

Como una línea asíntota, el contador de chiste procurará acercarse cada vez más a la esfera del poder (primero al salón del aristócrata, luego al palacio del rey), con la intención de asegurarse no solo el plato de comida y la copa de vino, sino también el privilegio de reposar en mullido tálamo. La historia sorprende, a veces, con la coincidencia de ambas condiciones —la del comediante y la del gobernante— en una sola persona, como fue el caso de Agatocles, tirano de Siracusa (en el año 300 a. C.), quien, bufón y mimo por naturaleza, consiguió la popularidad entre sus gobernados gracias a su capacidad para imitar a los asistentes a las reuniones de la asamblea.
No solo los filósofos se ocuparon de la comedia y de lo cómico. También importantes rétores de la Antigua Roma reflexionaron acerca del humor, uno de los tantos géneros del discurso, como medio de persuasión y recurso psicológico para granjearse la buena voluntad del público. Cicerón acuñó el término scurra para referirse a la persona que desconoce los límites impuestos al humor por la seriedad (gravitas) y la inteligencia (prudentia): el buen orador tiene que cuidarse mucho de no excederse en la caricaturización, porque no todo lo ridículo termina por parecer gracioso. Quintiliano se mostró, si se quiere, mucho más conservador que su colega, al afirmar que los cómicos profesionales (el mimus, el ethopoios y el sannio, o bufón de campo) habrían de buscarse entre individuos de las clases inferiores: los metecos, los esclavos o los libertos. En palabras del historiador Fritz Graf (1998: 31): «Para Quintiliano el mayor peligro del orador reside precisamente en el riesgo de acabar pareciéndose a un cómico».
Del cómico se temía no tanto su propensión al uso de lugares comunes (de hecho, la retórica antigua basaba sus líneas de argumentación en una lista de ideas de amplio consenso: los topoi), sino más bien la tendencia a apelar al recurso escatológico como disparador de la risa. De la potencia cómica de la vulgaridad da debida cuenta el mito griego del origen de las estaciones; especialmente, aquel pasaje donde la diosa Démeter, sentada en la agelastos petra (roca sin risa), consigue por fin superar la depresión por el rapto de su hija Perséfone gracias a las carcajadas que le arrancaban los chistes vulgares contados por la criada Yambo.

De la plaza al palacio

La naturaleza subversiva de la risa ha determinado su reputación. A lo largo de los siglos, los jefes del poder temporal y los jerarcas del poder espiritual han sabido turnarse en las labores de satanización de la vis cómica. Un buen ejemplo de ello se encuentra en las llamadas Reglas Monásticas, del siglo V d. C. En el apartado dedicado al silencio, intitulado «Las Taciturnitas» se lee: «La forma más terrible y obscena de romper el silencio es la risa. Si el silencio es la virtud existencial y fundamental de la vida monástica, la risa es gravísima violación» (citado por Le Goff, 1998: 46). En el siglo VI se publica la Regula Magistri, un intento de fijar a la comunidad cristiana pautas de comportamiento físico y espiritual. Este documento establece que, de todas las manifestaciones de expresión del cuerpo («ese abominable atuendo del alma», según el papa Gregorio El Grande), la risa es la peor.
Pero será de las entrañas mismas de la vida religiosa de donde surgirá una nueva modalidad de comediante: el goliards o bufón itinerante. Hábil simulador, el goliardo no puede considerarse un heredero de la tradición griega del kolax, porque actúa en plazas públicas, procura el aplauso de las personas humildes y emplea como resorte humorístico de sus chistes el padecimiento de una demencia simulada. El goliardo no adula sino que expone la realidad de la comunidad en términos humorísticos, y lo hace con la excusa de padecer demencia. Esta circunstancia histórica muestra que el pueblo solo tolera la exposición de la verdad a condición de que provenga de los labios de un loco.
Peter Berger (1998: 134-135) relata en su libro Risa redentora:

Los bufones itinerantes procedían con frecuencia de los monasterios y eran individuos (generalmente hombres aunque también hubo algunos casos de monjas renegadas) que habían dejado sus monasterios expulsados como castigo por sus faltas, movidos por el deseo de liberarse de la disciplina monástica o empujados por circunstancias económicas… Eran exponentes de una curiosa mezcla de vagabundeo, delincuencia y artes del espectáculo, se ganaban la vida echando mano del ingenio, relegados a los márgenes de la sociedad, siempre de un lugar a otro… En ese mundo marginal, el loco o el necio gozaban de una extraña libertad (la Narrenfreitheit alemana). Se les permitía ridiculizar a las autoridades tanto religiosas como seculares con sus palabras, canciones y actos.

En su ensayo, Berger comenta que en una determinada época, cuya fecha exacta no llega a datar, la locura se «profesionalizó». Los goliardos abandonaron la calle y la evolución del comediante se institucionalizó en una nueva figura: el bufón de la corte. No todos los bufones eran enanos, aunque sí lucían curiosas vestimentas. Eran célebres por el ingenio, la astucia política y su malicia personal. Dependían por completo del monarca que le mantenía. El puesto del bufón de corte era muy precario y no despertaba mucha envidia. Debía pasearse vestido con un disfraz absurdo y permanecer atento en todo momento a los cambios de humor y de ideas de su señor. Las cortes europeas albergaron bufones entre los siglos XVI y XVIII.
Al igual que el tirano Agatocles de Siracusa el rey Luis IX de Francia (1214-1270), conocido también como San Luis, pasó a la historia como un líder político que cultivaba la doble dimensión de comediante y gobernante. En un tiempo de agelastas (personas sin sentido del humor) incurrió en el atrevimiento de decir que, por respeto a la religión, únicamente se abstendría de reír los días viernes.

[San Luis] era un hombre no solo propenso a la risa sino que se ceñía claramente a la figura del rex facetus, el «rey guasón», que se convirtió en una de las representaciones habituales del rey. El rex facetus llegó a ser una figura reconocible en un contexto social y temporal específico: el de la corte. En este contexto encontramos una función regia casi obligatoria: bromear… Cabe incluso intuir que la risa se estaba convirtiendo en un instrumento de gobierno o, al menos, en una imagen del poder (Le Goff, 1998: 45).

Esto se aviene perfectamente con la conjetura de la filósofa Corinne Enaudeau (1998: 20): «Grandeza y miseria del comediante que, lo mismo que el rey en su corte, sólo goza de contemplarse contemplado, de verse visto. La grandeza sólo existe por sus signos. Privados de exhibición, el rey y el comediante no son nada. No es que estén desnudos: son nulos».
Caídas las monarquías absolutas el bufón comienza a buscar otro trabajo. Lo consigue en la calle, pero no en la plaza pública ni en medio de los puestos del mercado, sino en el circo. Una nueva modalidad de entretenimiento popular que toma, para la escenificación de sus prodigios, la vieja arena circular donde el empresario Philip Astley, organizador de ferias ecuestres, presentaba exhibiciones acrobáticas a caballo, mezcladas con breves situaciones cómicas que servían de intermedio al espectáculo principal.

El humor político

Sería injusto presentar a la comedia y a los comediantes como presencias ancilares en el contexto de las relaciones de dominación política. El único motor de la risa no lo constituye una mesa opípara. A lo largo de la historia ha habido quienes concibieron el humor y sus distintos géneros como una suerte de contrapoder ciudadano frente a los abusos de los gobernantes. Como bien diría George Orwell (1968), cada chiste es una pequeña revolución.
Intelectuales como Meike Wöhlert (1997: 15) convalidan la tesis de que el humor político es un fenómeno moderno; algo impensable en épocas en las que el poder estatal no estaba legitimado por el pueblo, sino por Dios, y todas las críticas eran interpretadas como una blasfemia y causa de anatema. A las repercusiones filosóficas y legales asociadas al concepto de soberanía popular deben sumarse las complejidades del reparto de poderes surgido a raíz de la Revolución Francesa.
Pero sería desorientador asociar el apogeo del chiste político con la democracia. Es conveniente tomar en cuenta la opinión de Rudolph Herzog, autor de un análisis de la comicidad y el humor durante la supremacía de Adolfo Hitler:

Llama la atención el hecho de que el humor político florezca especialmente en los sistemas totalitarios y que, por el contrario, apenas se desarrolle en las sociedades abiertas, libres y democráticas. Ni en la época de Weimar ni en la actualidad alemana se pueden encontrar ni por asomo tantos chistes sobre los poderosos como en el Tercer Reich y en la República Democrática Alemana (Herzog, 2014: 23-24).

Herzog distinguió dos períodos en la fabricación de chistes políticos en la Alemania nazi. El primero, de 1933 a 1941, se singularizó por chistes poco críticos y orientados a señalar más las flaquezas humanas de los dirigentes que sus crímenes. El segundo lapso, de 1942 a 1945 (época en la que se amplió la incongruencia entre la Alemania de la propaganda nazi y la Alemania del frente de guerra), se caracterizó por la exacerbación del clima político, la proliferación de las sentencias de muerte y la judicialización de las diferencias ideológicas; un trienio en el que a los jueces no les importaba tanto el delito en sí (el haberse hecho el gracioso) sino el pensamiento político del infractor (amigo o enemigo del nacionalsocialismo). Herzog (2014: 13) concluye:

Tras la guerra aparecieron más de media docena de libros con chistes políticos de los años de la dictadura nacionalsocialista. Los editores de tales compilaciones cómicas querían hacer creer a la gente que el que se burlaba de Hitler entre las cuatro paredes de su casa era en el fondo un enemigo de los nazis o incluso un miembro de la resistencia. La más reciente investigación ha puesto de manifiesto que esa idea hermosa, pero más bien fruto de un deseo, era tan solo una leyenda. Los chistes políticos no eran una forma de resistencia activa, sino más bien vías de escape para la rabia acumulada del pueblo. Se contaban en las tertulias, en el bar, en la calle, para desahogarse al menos durante un instante haciendo de la risa una forma de liberación. Y eso solo podía estar bien visto por el régimen nazi, que carecía del más mínimo sentido del humor.

Acerca de los chistes políticos basados en el comunismo (anekdot en ruso) se han escrito decenas de libros, incluso un trabajo de grado en la Universidad de Stanford. Una de las obras más interesantes es Hammer and tickle (El martillo y la cosquilla) del periodista británico Ben Lewis (2009). En el caso de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas se cumplen dos importantes principios: (1) a mayor discrepancia entre el ideal político y la realidad social aumenta la cantidad de chistes y (2) la ideología del «delincuente» es mucho más grave que el «delito».
Lewis sostiene que su investigación de campo y la consulta exhaustiva de archivos de la época revelan que el número de personas que fue a prisión por emplear el humor como arma política es mucho menor que el pensado tradicionalmente. Calcula que el régimen de Josef Stalin encerró en las cárceles soviéticas a más de 200.000 hombres como represalia por sus veleidades humorísticas. Los momentos históricos de mayor represión coinciden con la purga estalinista (1934-1939) y las rebeliones húngara (1956) y checoslovaca (1958). En una entrevista concedida a Guillermo Altares (2008) del diario español El País, Lewis comentó:

El comunismo es el único sistema político que ha producido su propia rama de la comedia… El comunismo se convirtió en una máquina de creación humorística, entre otras causas, porque su fracaso económico y su obsesión por el control ciudadano precipitaron situaciones irremediablemente ridículas. Se trataba de un mundo absurdo, de un mal chiste. La teoría marxista de la producción no funcionó ni un solo día: ya en las primeras semanas había graves problemas de abastecimiento de alimentos y mercancías. Sin embargo, los periódicos oficiales se hacían los ciegos ante aquella realidad, y aprovechaban sus titulares para alabar el triunfo del socialismo real. El resultado de la desconexión existente entre los hechos cotidianos y la propaganda del régimen fue el nacimiento espontáneo de cientos de chistes.

Consultado por el periodista, Lewis se atrevió a formular un conjunto de valoraciones personales de mayor interés anecdótico que científico. Por ejemplo, los mejores chistes fueron inventados en la Alemania del Este, porque eran precisos y disciplinados:

·         Chiste 1: ¿Por qué, a pesar del desabastecimiento, el papel higiénico alemán tiene dos hojas? Porque hay que enviar una copia de todo a Moscú.
·         Chiste 2: ¿Cuál es la diferencia entre el capitalismo y el comunismo? El capitalismo es la explotación del hombre por el hombre. El comunismo es exactamente lo contrario.

Los chascarrillos rumanos pertenecían a la tradición del humor negro:

·         Chiste 1: ¿Qué hay más frío en Rumania que el agua fría? El agua caliente.
·         Chiste 2: ¿Por qué Ceausescu organiza un desfile del primero de mayo? Para comprobar quién ha sobrevivido al invierno.

Los checos se caracterizaban por ser certeros y surrealistas:

·         Chiste 1: ¿Cuál es el país más neutral del mundo? Checoslovaquia, porque ni siquiera interfiere en sus asuntos internos.
·         Chiste 2: ¿Por qué los checos son hermanos más que amigos de los rusos? Porque a los hermanos no se les elige.

Los del gulag soviético se alimentaban del género del absurdo:

¿Cuándo se celebró la primera elección soviética? Cuando Dios puso a Eva al frente de Adán y le dijo: «Escoge a tu mujer».

Esta seguidilla de chistes comunistas sugiere que el humor está vinculado con el sentimiento de pertenencia y cohesión de un grupo humano, pero también con la comprensión que se tenga de los factores que determinan el espíritu de una época. Ahora bien, a menudo se registran ciertos paralelismos entre diferentes tiempos históricos (en un curioso guiño a la frase enunciada en El dieciocho Brumario de Luis Bonaparte: «La historia se repite dos veces. La primera como tragedia, y la segunda como farsa»): reaparecen en el ámbito público viejos chistes que mantienen su estructura humorística, pero cambian sus protagonistas. Herzog (2014: 28) explica este fenómeno social del modo siguiente:

Dentro del género de humor político se encuentran algunos chistes que en el fondo funcionan como moldes en el que en cada ocasión se puede introducir un nuevo contenido. La mayoría de esos chistes siguen un modelo tan fácil de recordar que pudieron sobrevivir a varios sistemas políticos. En el fondo son apolíticos aunque se sirvan de personalidades políticas.

En América Latina la investigación sobre las implicaciones del chiste político tiene su cima en el estudio de Samuel Schmidt (1996). Este investigador de la Universidad Autónoma de Ciudad de Juárez llega a conclusiones de gran relevancia, que abonan los planteamientos de Herzog y Lewis:

·         El chiste político establece muchas veces el tono de las expectativas sociales, aun antes de que lo hagan los especialistas en opinión pública. Tiene como finalidad ridiculizar al político y su imagen. Es unidireccional y no da lugar a debate; y tiene fuerza porque establece una lógica eficiente para arruinar el prestigio del político.
·         El humor político es una válvula de escape que emplea el pueblo para vengarse de los políticos, sin arriesgar la estabilidad del sistema (los chistes no son construidos por el pueblo, pero se repiten por boca del pueblo). Expresa la confrontación entre el ingenio social y el poder político. Enfrenta las situaciones que molestan a la sociedad, ilumina el juego político oculto y descubre la verdad. Esconde el deseo de la élite opositora o gubernamental disidente de producir una discusión de carácter público, sin que tenga por ello que comprometerse visiblemente o pagar los costos institucionales de la discrepancia con el poder; y hace que la gente sea propensa al conformismo.

Para Schmidt, en general, el humor es un componente importante de la vida democrática y el hecho de que no sea perseguido es un símbolo de civilización. En los regímenes totalitarios la impronta de los chistes políticos es mayor, porque en muchos casos es la única forma de oposición existente. Como reza un fragmento del Simplicius Simplicissimus: «El miedo y el terror son la mitad de grandes cuando uno se los toma a risa».

Referencias

·         Altares, G. (2008): «Todo fue un gran chiste». El País, 20 de julio: «http://elpais.com/diario/2008/07/20/revistaverano/1216504808_850215.html». Consulta: 2 de junio de 2015.
·         Berger, P. (1999): Risa redentora: la dimensión cómica de la experiencia humana. Barcelona: Kairós.
·         Bremmer, J. (1999): «Chistes, humoristas y libros de chistes en la antigua Grecia». En J. Bremmer y H. Roodenburg (eds.): Una historia cultural del humor. Madrid: Sequitur.
·         Enaudeau, C. (1999): La paradoja de la representación. Buenos Aires: Paidós.
·         Graf, F. (1999): «Cicerón, Plauto y la risa romana». En J. Bremmer y H. Roodenburg (eds.): Una historia cultural del humor. Madrid: Sequitur.
·         Herzog, R. (2014): Heil Hitler, el cerdo está muerto. Reír bajo Hitler: comicidad y humor en el Tercer Reich. Madrid: Capitán Swing.
·         Le Goff, J. (1999): «La risa en la Edad Media». En J. Bremmer y H. Roodenburg (eds.): Una historia cultural del humor. Madrid: Sequitur.
·         Lewis, B. (2009): Hammer and tickle: a history of communism told through communist jokes. Londres: W&N.
·         Orwell, G. (1968): «Funny, but not vulgar». En S. Orwell e I. Angus (eds.): The collected essays, journalism and letters of George Orwell. Nueva York: Harcourt Brace Jovanovich.
·         Schmidt, S. (1996): Humor en serio: análisis del chiste político en México. México: Aguilar.

·         Wöhlert, Meike (1997): Der Politische Witz in der NS-Zeit am Beispiel ausgesuchter SD- Berichte und Gestapo-Akten. Frankfurt: Europäischer Verlag der Wissenschaften.

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domingo, septiembre 27, 2009

Yo sólo quería ser gerente

Vivimos en un país donde las mujeres ambicionan ser reinas de belleza y los hombres sueñan con convertirse en peloteros de grandes ligas. Y es sólo cuando la genética conspira mortalmente contra estas legítimas aspiraciones vocacionales que las personas se avienen a pasearse, siempre de mala gana, por otros oficios imantados por el prestigio social. Lo malo del asunto es que no son muchos.
Ya nadie en Venezuela quiere ser médico, porque pocas cosas se encuentran tan alejadas del glamour de las alfombras rojas que el terminar encañonado, en una sala de emergencia, por el jefe de una banda delincuencial que amenaza con matarte si no le salvas el pellejo a su pana burda alias «El Quemao»; una misión imposible que se multiplica a la enésima potencia por la falta de equipos e insumos quirúrgicos. Tampoco ningún individuo implora al cielo graduarse de ingeniero o arquitecto, porque, en esta tierra agostada por el vendaval revolucionario, la única obra de infraestructura que nos queda es la instalación de quioscos y tarantines en las ferias de Mercal, o en los operativos exprés organizados en calles y avenidas para entregar cédulas de identidad y licencias de conducir. No queda pues otra opción que meterse a gerente. Y es que la gerencia parece ser la única posibilidad de ser alguien en la vida.
En épocas anteriores se solía decir que todo era negociable; hoy se afirma, con similar descaro y simplismo, que todo es gerenciable. Basta con revisar cualquier prospecto publicitario de una escuela de negocios, o de otra institución de educación superior, para constatar, no sin asombro, que casi todos los aspectos de la vida humana son susceptibles de ser gerenciados: la empresa, la pareja, los hijos, la soledad, el ocio, el carisma, el orgasmo, el reflujo gástrico. El único requisito previo es que se trate de un recurso escaso y limitado en el tiempo. De ahí que todavía ningún gurú se haya animado a publicar un libro sobre los modos de gerenciar la estolidez, dado que como dijo Albert Einstein: “Hay dos cosas infinitas: el universo y la estupidez humana. Y del universo no estoy seguro”.
El carácter venerable e intimidatorio de la gerencia le viene de su naturaleza: de ser una de las modernas maneras de ejercer el poder; pero también porque la casta sacerdotal que la fundó supo dotarla de un orden ceremonial (reuniones, modelos de gestión, cadena de reportes, planificación operativa) y de un léxico especializado que han servido de efectiva barrera de entrada a diletantes del mando. En este último aspecto vale la pena detenerse un rato. El poder es acción, pero en muchas ocasiones representa también un modo de hablar que anuncia una actuación o disfraza una omisión. La jerga gerencial encierra una asimetría verbal que confiere al hablante un poder simbólico. La gerencia se presenta entonces, en más de una ocasión, no como una actitud sino como una labia.
La vida organizacional experimenta una ruptura cuando los subordinados cobran conciencia del carácter pirotécnico y encantatorio de la jerga gerencial: las gallinas cantan como gallos y los cachilapos hablan como jefes. Los chismosos se dicen comunicativos. Los «echa-carro» reivindican su mística creencia en los milagros de la delegación y el empowerment. Los aduladores se presentan como seres proactivos; mientras que los vulgares intrigantes se metamorfosean en seres estratégicos y competitivos. Los imitadores reniegan públicamente de su amistad con el plagio, para confesarse cultores de las artes del benchmarking. Por su parte, quienes entregan sus trabajos en último momento se afanan por pasar como fieles apósteles de la filosofía logística del just in time. Finalmente, los empleados que desfogan su lujuria con las integrantes más apetecidas de la nómina laboral, en realidad sólo llevan a la práctica una estrategia de integración horizontal (a veces implantada aguas arriba, y otras aguas abajo).
Visto bien, la gerencia y la fealdad guardan cierta relación. Tanto los gerentes como los feos se encuentran obligados a administrar recursos escasos; y a la hora de la verdad, aunque ambos personajes proyecten la impresión de ser autónomos, lo cierto es que ninguno manda: el gerente debe limitarse a cumplir los objetivos aprobados por el Departamento de Finanzas o la Junta Directiva; mientras que el feo no tiene derecho a tener personalidad ni mucho menos dignidad. «No» es una palabra desterrada del vocabulario del feo, quien siempre se verá en la obligación de mostrarse proactivo ante el objeto de su deseo. Aunque no sepa nadar, irá a la playa; aunque odie el alpinismo, subirá el Kilimanjaro; aunque deteste el reggaetón, le meterá al perreo; porque en estos tiempos de crisis planetaria poseer la «doble f» (feo y fastidioso) ya es demasiado abuso.

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jueves, enero 11, 2007

El peor de mis retardos

Siempre he llegado tarde a las mafias. Como un Sísifo moderno, tropical y futbolero, arrastro conmigo una suerte de pesado “no sé qué” que me lleva a lanzarme invariablemente del lado equivocado del penalti. En mis calderas no se bate el cobre. Yo nunca estoy donde hay.
Y aunque digan por ahí que los caballeros no tienen memoria, lo único cierto es que no puedo evitar recordar que, en mi época estudiantil, siempre fui confinado a los salones de las mujeres simpáticas y buena gente; jamás mi nombre fue pronunciado en el control de asistencia de aquellas secciones que semejaban un casting del Miss Venezuela. Fue mucho e irrecuperable el tiempo perdido a las puertas de la Coordinación Académica suplicando un cambio de destino: los cupos del éxito de nuevo se habían agotado…
Excluido del circuito de la vida frívola y fashion, me refugié en los libros y en la lectura. Entonces me hice más feo, ilustrado y hablador de paja. Mi afición por el verbo culto y los grandes temas me hicieron trabar amistad con filósofos, psicólogos, sociólogos, abogados y hasta con licenciados en Letras. Sin saberlo me estaba alistando en la famélica legión de los intelectuales desprovisto del espíritu de lucro.
Instalado en las antípodas del Very Important People (VIP), atrapado en tertulias culteranas e infinitas disquisiciones ontológicas, me alejé de la calle y su gente. Olvidé hacerme pana de los porteros, los motorizados, los recepcionistas, los gestores y los revendedores de entrada en el estadio. Para colmo desarrollé la habilidad de entrar en las grandes empresas justo en las épocas de discusión de convenciones colectivas o en momentos de reducción de nómina.
A partir de estas experiencias, un tanto traumáticas, me han quedado ciertas secuelas, como por ejemplo, escuchar la palabra reestructuración e inmediatamente sacar el revólver… Sin embargo, mi noble alma no guarda reconcomio alguno; más bien siente un sincero agradecimiento hacia todos aquellos seres de luz que me enseñaron que los errores no son errores, sino oportunidades de mejora. Sniff. Sniff. Sniff. ¡Gracias Paulo Coelho por favores concedidos...!
Finalmente, bastó con que se me ocurriera estudiar un postgrado en la cuna del neoliberalismo salvaje para que el indómito pueblo bolivariano se declarara enemigo jurado del Fondo Monetario Internacional, se calzara una franela del Ché Guevara y saliera raudo a abrazar las raídas banderas del estatismo económico. Y es que el penalti, en esta oportunidad, iba para la izquierda. ¡Goooolazo!
En relación con las mafias, la sociedad venezolana registra un evidente doble discurso. Por un lado, todos los sectores de la vida nacional dicen profesarles un odio sin parangón; un abrasivo sentimiento que los estimula a inscribir sus nombres en la soldadesca llamada a combatir hasta la muerte los privilegios grupales. Sin embargo, por el otro, en las facetas más disímiles de su cotidianidad, la mayoría de los venezolanos tienden a la mafia, o por lo menos a reproducir sus modos y maneras en los correspondientes entornos de acción. Actúan como guiados por una verdad no escrita, aunque sí revelada: lo único malo de la mafia es no pertenecer a ella. ¿Por qué acabar con lo bueno mientras haya esperanzas de gozar de ello?
Por eso, las personas se refugian en los eufemismos para mitigar su mala conciencia. Y entonces la mafia se esconde en el burladero de las palabras pomposas, y pasa a llamarse élite, meritocracia, excelencia académica, fidelidad de marca, red informal.
Palanca en todo y para todo. Inclusive, para conseguir un mísero puesto fijo en un estacionamiento. Ya no se puede ocultar ni disimular, porque como decía el gran Karl Kraus: “La verdad es un criado torpe que rompe los platos mientras limpia”.

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