
Quienes nada saben de la guerra y su desolación,
quienes nada saben del campo de batalla y su olor a podredumbre, quienes nada
saben de la incompetencia militar y sus miserias morales, se permiten
pronunciar el nombre de la muerte en vano y extraviar a los pueblos con relatos
amañados de héroes y mártires.
Este año la humanidad conmemora
el centenario del inicio de la Primera Guerra Mundial, el cruento
enfrentamiento entre dos bloques de naciones, la Triple Entente y la Triple
Alianza, que supuso la movilización de 65 millones de soldados, el exterminio
de casi nueve millones de personas y la caída de tres imperios. El país
más afectado por esta conflagración fue Francia, donde desapareció el 3,28 %
del total de la población calculada para el año 1913.
La novela El miedo (Acantilado, 2009), del escritor Gabriel Chevallier,
revive en sus páginas las tinieblas que cubrieron el continente europeo y los
sentimientos de abandono y desesperanza que abatieron el ánimo de los
combatientes.
«Los hombres son
imbéciles e ignorantes. De ahí les viene su miseria. En lugar de reflexionar,
se creen lo que les cuentan, lo que les enseñan. Eligen jefes y amos sin
juzgarlos, con un gusto funesto por la esclavitud. Los hombres son unos mansos
corderos. Es lo que hace posible los ejércitos y las guerras. Mueren víctimas
de su estúpida docilidad (…) Se dijo a los franceses: “Nos atacan. Es la guerra
del derecho y de la revancha. ¡A Berlín!”. Y los franceses pacifistas, los
franceses que no se toman nada en serio, interrumpieron sus ensoñaciones de
pequeños rentistas para batirse. Y lo mismo ocurrió con los austriacos, los
belgas, los ingleses, los rusos, los turcos y a continuación los italianos. En
una semana, veinte millones de hombres civilizados, ocupados en vivir, en amar,
en ganar dinero, en labrarse un futuro, han recibido la consigna de
interrumpirlo todo para ir a matar a otros hombres. Y esos veinte millones de
individuos han aceptado esta consigna porque se los había convencido de que tal
era su deber. Veinte millones, todos de buena fe, de acuerdo con Dios y con su
príncipe… Veinte millones de imbéciles… ¡Cómo yo!», reflexiona el joven Jean
Dartemont, protagonista de la novela.
La dirección militar
francesa concibe la guerra como la oportunidad de vengar la humillación histórica
infligida, en 1870, por las tropas prusianas encabezadas por el mariscal Helmuth
von Moltke. Por su parte, los ciudadanos franceses, menos revanchistas,
perciben la guerra como una bocanada de vida; ella ofrece a los hombres la
excusa ideal para interrumpir la monotonía de los días consumidos en bares y
oficinas, para ir de vacaciones gratuitas a lugares desconocidos, para
ceñirse el atuendo de aventureros y conquistadores, para dejar un amor en cada
pueblo. Tal es la concepción idealizada que de la conflagración propagan, en
periódicos y pasquines, unos intelectuales cansados de la paz deshonrosa de la
retaguardia. El pacifismo es interpretado por la mayoría como el primer rival
que debe ser vencido.
«En la terraza de un café del centro, una
orquesta toca La Marsellesa. Todo el
mundo la escucha de pie y se descubre. Salvo un hombrecillo esmirriado,
modestamente vestido, de rostro triste bajo su sombrero de paja, que está solo
en un rincón. Un asistente repara en su presencia, se precipita hacia él, y,
con el dorso de la mano, le hace volar el sombrero. El hombre palidece, se encoge
de hombros y responde: “¡Bravo! ¡Valiente ciudadano!”. El otro le conmina a
levantarse. Él se niega. Se acercan unos viandantes, los rodean. El agresor
continúa. “¡Insulta usted al país y no pienso tolerarlo!”. El hombrecillo, muy
blanco ahora, pero obstinado, responde: “Pues a mí me parece que insultan
ustedes a la razón y yo no digo nada. ¡Soy un hombre libre, y me niego a
saludar a la guerra!”. Una voz exclama: “¡Partidle la boca a este cobarde!”. Se
producen empujones detrás, se alzan bastones, se derriban mesas, se rompen
vasos. La aglomeración, en cuestión de instantes, se vuelve enorme. Los de la
última fila, que no han visto nada, informan a los recién llegados: “Es un
espía. Ha gritado: ‛¡Viva Alemania!’. La indignación subleva a la multitud, la
hace precipitarse hacia adelante. Se oyen ruidos de golpes sobre un cuerpo,
gritos de odio y de dolor. Al fin acude el cafetero con su servilleta en un
brazo y aparta a la gente. El hombrecillo, caído de la silla, está tendido
entre los escupitajos y las colillas de los parroquianos. Su rostro tumefacto
está irreconocible, con un ojo cerrado y negro; un hilillo de sangre corre de
su frente y otro de su boca abierta e hinchada; respira con dificultad y no
puede levantarse (…) Para festejar esta victoria, se pide cantar de nuevo La Marsellesa. La gente la escucha
mientras mira al hombrecillo sangrante y manchado, que gimotea débilmente. Una
mujer pálida y bonita murmura a su compañero: “Este espectáculo es horrible.
Ese pobre hombre ha tenido valor”. El otro le responde: “Un valor de idiota.
Uno no puede enfrentarse a la opinión pública», relata el joven Dartemont a su
amigo Fontan.
No pasarán muchos meses para que el estruendo de
los morteros y los obuses silencien las trompetillas de la propaganda puesta a rodar por los militares para captar más carne de cañón. La visión del primer muerto desvanece en el cabo Dartemont
y en sus compañeros de escuadra toda ilusión de grandeza y los lleva a dudar
sobre la conveniencia de las órdenes que los altos mandos dictan en la comodidad
de sus ministerios. Desmoralizado por su «funesta costumbre de pensar», el
otrora estudiante de Letras cuestiona el sentido de la guerra, tan repleta de
mugre, de piojos, de excrementos, de tareas pesadas y suicidas, de gritos como
para avergonzar a Dios, de jefes que parlotean todo el día acerca del «honor» pero
se muestran remisos a obtenerlo en la liza.
Llega el momento de salir de la barricada, cruzar
la línea de combate y ganar el terreno robado por las fuerzas enemigas. Pero los
alemanes rinden resistencia. Sus gobernantes y generales han estimulado su sed por
la sangre francesa: «El pánico nos acicateó para mover el culo. Salvamos como
tigres los cráteres de obuses humeantes, cuyos labios estaban heridos,
superamos las llamadas de nuestros hermanos, esas llamadas salidas de las
entrañas y que conmovían las nuestras, superamos la compasión, el honor, la
vergüenza, ahuyentamos de nosotros todo lo que es sentimiento, todo lo que
eleva al hombre, pretenden los moralistas, ¡esos impostores que no saben lo que
es estar bajo los bombardeos y exaltan el valor! Fuimos cobardes, a sabiendas,
y sin poder ser más que eso. Regía el cuerpo, manda el miedo (…) En cuanto a
avanzar en profundidad, toda esperanza estaba perdida. Esta ofensiva, que debía
llevarnos a veinticinco kilómetros al primer avance, a arrollarlo todo, apenas
si había ganado con gran dificultad algunos cientos de metros en ochos días.
Era necesario que unos oficiales superiores justificasen sus funciones ante el
país mediante unas líneas de comunicado que hicieran presentir la victoria.
Nosotros estábamos allí sólo para respaldar esas líneas con nuestra sangre. No
se trataba ya de estrategia, sino de política».
La maquinaria propagandista funciona de
maravilla. En periódicos, revistas y octavillas, entusiastas intelectuales
ofrecen su pluma campanuda para contar la visión heroica de la guerra, la
versión homérica que la sociedad
francesa, intoxicada por el militarismo y el frenesí bélico, desea. «El cabo me
pasa una brazada de periódico y me pide que lea las noticias. Leo rápidamente
las columnas firmadas por nombres ilustres, académicos, generales retirados,
incluso eclesiásticos, y destaco estas raras, preciosas flores de prosa: “El
valor educativo de la guerra no ha sido nunca puesto en duda por nadie que sea
capaz de un poco de observación…”. “Ya era hora de que llegara la guerra para
resucitar, en Francia, el sentido del ideal y de lo divino”. “El brillante
papel que desempeña la poesía es una más de las sorpresas de esta guerra y una
de sus maravillas”. Una interrupción: ¿Qué deben ganar esos tipos por escribir
estas memeces? Prosiguiendo, obsequio a mi auditorio con lo siguiente: “¡Oh
muertos, qué vivos estáis!”. “¡La alegría reina en las trincheras!”. “Puedo
seguiros ahora en el asalto: puedo comprobar la alegría que se apodera de
vosotros en el momento del esfuerzo supremo, éxtasis, transporte del alma,
vuelo del espíritu que ya no se pertenece”. Meditan unos instantes. Y Bourgnou,
el pequeño Bourgnou, que no abre nunca el pico, juzga a esos escritores famosos
y dice con su voz de muchacha: “¡Ah! ¡Los muy canallas!».
Jean Dartemont
se gana el derecho a descansar. Lo hace al caer herido en medio de un imprudente
ataque mandado por un superior obsesionado con grados y galones. Lo
trasladan a un hospital militar. Allí las enfermeras se alegran de recibir a otro
valiente héroe francés. Pero en la mente del titán herido un pensamiento
trastorna la tranquilidad del reposo médico: el miedo por una recuperación
milagrosa y el inmediato regreso a la estúpida mortandad de la guerra. No
quiere pensar más y conjura los males augurios con largas conversaciones con el
sargento Nègre, compañero de crujía, quien comparte su interés por Rabelais,
Montesquieu, Voltaire, Diderot, Vallès, Stendhal, Maeterlink y Mirbeau.
Pero una tarde, una presencia femenina, la
enfermera Bergniol, pide a los dos caballeros dejar de lado las apacibles batallas
del espíritu para ocuparse de una batalla más urgente, el enfrentamiento inaplazable entre las fuerzas del bien y del mal. Llega
entonces la pregunta incómoda: «Dartemont, ¿qué ha hecho usted en la guerra?». El
héroe dice: «Estuve de marcha día y noche, sin saber adónde iba. Hice ejercicio,
pasé revista, abrí trincheras, trasladé alambradas, sacos terreros, vigilé en
la tronera. Pasé hambre sin tener nada que comer, sed sin tener nada que beber,
sueño sin poder dormir, frío sin poder calentarme, y piojos sin poder siempre
rascarme… Eso es todo». La respuesta desentona con el idealismo de la joven
Bergniol, quien únicamente atina a señalar: «¿Y eso es todo?». «Sí, todo. O
mejor dicho, no, no es nada», afirma Dartemont, «Les voy a decir la gran
ocupación de la guerra, la única que cuenta: He tenido miedo». «Entonces, niega
usted a los héroes», insiste la enfermera. «La gesta del héroe es un paroxismo
cuyas causas no conocemos. En el colmo del miedo, se ve a hombres convertirse
en valientes, de una bravura que asusta porque se sabe que es desesperada. Los
héroes puros escasean tanto como los genios. Y si, para conseguir un héroe, hay
que hacer pedazos a diez mil hombres, prescindamos de los héroes. Pues sepa que
la misión a la que ustedes nos destinan, tal vez serían ustedes incapaces de
cumplirla. La impasibilidad ante el hecho de morir sólo se demuestra ante la
muerte».
Una vez recuperado, el cabo Jean Dartemont
aprovecha unos días de licencia para ir a su casa y conocer de primera mano cómo
se vive la guerra en la retaguardia. No tardará mucho en darse cuenta de que su
llegada es causa de molestia para su padre, quien no esta preparado para ver
un uniforme desnudo, vacío de medallas, de esos brillosos símbolos del valor
militar. La familia en pleno espera a un héroe, pero en cambio recibe a un
muchacho con una pequeña cicatriz, tan pequeña que no da para jactarse ante los
jubilados asiduos al bar ni tampoco para robar la atención de las chicas
parisinas. A su manera, la ciudad libra otra guerra, un enfrentamiento de poses
nacionalistas, de testimonios exagerados, de radicalismo verbal, de mecanismos
psicológicos para calmar la conciencia. Dartemont decide desertar y marchase al frente de batalla. Sus pasos lo llevan al infierno del Chemin des Dames.
«No conozco efecto moral comparable al que
provoca el bombardeo en el fondo de un refugio. La seguridad se paga allí con una sacudida, un desgaste de los nervios
que son terribles. No conozco nada más deprimente que ese sordo martilleo que
le acosa a uno bajo tierra, que le mantiene hundido en una galería maloliente que puede convertirse
en la propia tumba. Para subir a la superficie, se requiere un esfuerzo del que
la voluntad se vuelve incapaz si no se ha superado esa aprensión desde un
principio. Hay que luchar contra el miedo desde los primeros síntomas, sino se
cae presa de su hechizo, y entonces uno está perdido, se ve arrastrado a una
debacle que la imaginación precipita con sus espantosas invenciones. Los
centros nerviosos, una vez trastornados, mandan a contratiempo y traicionan incluso
el instinto de conservación por medio de sus decisiones absurdas. El colmo del
horror, que se añade a esta depresión, es que el miedo deja al hombre la
facultad de juzgarse. Éste se ve en el grado extremo de la ignominia y no puede
levantarse, justificarse a sus propios ojos. Yo estoy en ello… He caído al
fondo del abismo de mí mismo, al fondo de las mazmorras donde se oculta lo más
secreto del alma, y es una cloaca inmunda, una tiniebla viscosa. Esto era yo
sin saberlo: un tipo que tiene miedo, un miedo insuperable, un miedo a
implorar, que resulta aplastante…», confiesa el cabo Dartemont («esa actitud de
confesarse que atrae y gana a la mayoría»).
Para finalizar esta reseña, deseo destacar la
maestría con la que Gabriel Chevallier hace uso de la primera persona. Su
narrador nos resulta creíble porque detiene su mirada en detalles que encumbran
y condenan a la raza humana, y aunque sus testimonios bordean la denuncia
social se cuida mucho de incurrir en moralismos y razonamientos demagógicos. Muchas
de sus mejores líneas desentrañan el hermético mundo castrense y nos ayudan a tener
una idea del peligroso simplismo intelectual que rige la lógica militar. He
aquí una selección de frases inquietantes escritas por un novelista obligado a
ser soldado: «La condición militar es aquella en la que menos uso se hace de la
mente»; «No tardamos en adaptarnos a las astucias propias del oficio de
soldado, como falsos permisos, falsas llamadas y falsas enfermedades»; «Toda la
fuerza del ejército reside en el principio de firmes, que anula en los subordinados la facultad de raciocinio. Es
una necesidad comprensible. ¿Qué sería del ejército si a los soldados se les
ocurriese preguntar a los generales adónde los llevan y se pusieran a discutir
el asunto con ellos? Esta pregunta incomodaría a los generales, pues un jefe no
debe verse jamás obligado a responderle a un inferior: “¡No lo sé más que tú!”»; «Siempre
es fácil en el ejército perseguir a la gente y cogerla en falta»; «El verdadero
espíritu militar prohíbe interpretar»; «¿Se ha visto a generales cargar a la
cabeza de su división? Tenga la seguridad de que, si los generales formasen
parte de las olas de asalto, no se atacaría a la ligera. ¡Pero mira por dónde,
esos ancianos agresivos han descubierto el escalonamiento en profundidad! ¡Es
el más hermoso descubrimiento de los Estados Mayores!»; «Siempre son los mismos
a los que se manda a la muerte»; «La noción del deber varía según el escalafón,
la graduación y el peligro. Entre soldados se reduce a una simple solidaridad
de hombre a hombre, en el cráter del obús o la trinchera, una solidaridad que
no contempla el conjunto ni el final de las operaciones, no se inspira en lo
que se ha dado en llamar el ideal, sino en las necesidades del momento. A este
nivel provoca abnegación y los hombres arriesgan sus vidas para socorrer a sus
camaradas. A medida que se vuelve hacia la retaguardia, la noción del deber se
disocia del riesgo. En los más altos grados se vuelve puramente teórica, puro
juego de la inteligencia. Se une a la preocupación por las responsabilidades,
la reputación y el avance, confunde el éxito personal con el éxito nacional,
que se oponen en el combatiente. Se ejerce tanto contra los subordinados como
contra el enemigo. Una determinada forma de entender el deber puede provocar en
los hombres todopoderosos, en los que ninguna sensibilidad atempera las
doctrinas, aborrecibles abusos, tanto militares como disciplinarios»; «Se
comprende que un buen guerrero debe ser un poco facineroso»; «El hombre en el
combate es un ser en el que el instinto de conservación domina momentáneamente
todos los sentimientos. La disciplina tiene por fin domeñar ese instinto
mediante un terror mayor»; «Sabemos que hacen falta verdaderamente muchas
víctimas para asustar a un general»; «No es necesario que el odio se apacigüe.
Tal es la orden»; «Todas las
instituciones, hijo mío, desembocan en la guerra. Esta es la coronación del
orden social, como bien hemos visto. Y como son los poderosos los que las decretan
y las minorías las que las hacen».
Gabriel Chevallier escribió una gran novela.
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