La técnica de la telaraña

De seguir las cosas como van, para conocer el futuro de nuestra querida tierra no tendremos necesidad de auscultar el ancho cielo y sus misterios. Simplemente nos bastará con repasar, con cierto detalle, algunos de los relatos autobiográficos de los escritores de la Europa del Este, intelectuales reducidos a padecer el incesante acoso de las dictaduras comunistas. En este sentido, el libro Tierra, Tierra de Sándor Márai (Salamandra, 2006) se nos revela como un acertado comienzo.
A la hora de describir la atmósfera totalitaria que envolvía a la Hungría colonizada por la Unión Soviética a partir de 1947, el excelso novelista nos dice: “Daba la impresión de que durante esos años una telaraña cubría la vida entera. Cada día esa tela se iba volviendo más tupida, más pegajosa. Todo eso no se sentía siempre de inmediato. Sin embargo, la Araña rusa secretaba cada día un hilo nuevo. Un día eran los libros de textos y las escuelas, otros las disposiciones acerca de las tareas comunitarias obligatorias (...) Quién no la ha conocido no puede imaginar cómo es la técnica de la telaraña. La Araña, mientras teje esos hilos que acabarán asfixiándolo todo, acaparándolo todo, trabaja en perfecto silencio. Lo que era natural ayer -la existencia de diversos partidos políticos, la libertad de prensa, la vida sin temor, la libertad de expresión individual- seguía existiendo al día siguiente, pero había perdido sangre y vigor”.
Más adelante Márai comenta que en las sociedades dominadas por el régimen soviético siempre había alrededor de cien mil personas que no eran revolucionarias pero que se aliaban con la Revolución por dinero, privilegios, ganas de protagonismo, vanidad, codicia o afán de venganza. Estos sujetos, a cambio de una parte del pastel de los dineros públicos, estaban dispuestos a traicionar y a delatar a todos los suyos.
Entre los proselitistas del comunismo ruso podían distinguirse tres tipos característicos: el progresista creyente, que tenía fe en la idea marxista a pesar de su repetido fracaso; el camarada cínico y agresivo, que reconocía que todo aquel discurso de redención social era sólo un excusa para el enriquecimiento de una minoría carente de la nobleza y el talento para merecerlo; y el intelectual neurótico, que temía adoptar ideas y posiciones ideológicas solitarias e impopulares.
“Yo no veía ninguna señal que me indicara el camino a seguir, ni en el cielo ni en la tierra. Todos los días ocurrían muchas cosas... Y un día me di cuenta con gran sorpresa de que algo me estaba ocurriendo a mí también: me di cuenta de que estaba apático. La apatía constituye un peligro muy grande. Es inmoral y atenta contra la vida. Yo nunca la había sentido. Había vivido y experimentado unas cuantas cosas a mí manera. Pero desconocía por completo la apatía. Miré dentro de mí, luego miré alrededor y me pregunté, muy sorprendido: ‘¿Qué ha ocurrido?’. Sólo más tarde llegué a comprenderlo: estaba apático, porque me aburrían la maldad constante y generalizada y la inmoralidad idiota y testaruda. No hay nada más aburrido que el crimen”, apuntó en su cuaderno de notas el autor de Confesiones de un burgués.
En los últimos días Venezuela ha asistido a una intensificación del poder despótico; un proceder pendenciero que viola preceptos constitucionales, adultera procedimientos judiciales (“quien busca justicia con demasiado empeño y dedicación, en realidad no busca justicia sino venganza”) y desconoce la voluntad popular expresada en comicios regionales. Nos advierte Márai que “el Terror es peligroso porque tiene miedo”. Acaso sea porque intuye, muy en su interior, que no será perpetuo.
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