Anatomía del matatigrismo

El trabajador free lance, lamentablemente, no puede darse el lujo de rechazar una propuesta de negocios porque la tasa interna de retorno sea menor a treinta por ciento o el valor presente neto del proyecto sea negativo. La macroeconomía del hambre impone un particular análisis de factibilidad; una aproximación al pronóstico instrumental basado en un grupo de variables no tan numeroso como el utilizado por los tecnócratas de los organismos financieros internacionales.
Es pertinente aclarar que no existe tal cosa como un “matatigre ecológico”, esto es, un híbrido ideológico que propugne el respeto de los derechos esenciales de la fauna sin dejar de arremeter contra cualquier lance a destajo. En este sentido, el matatigre genéticamente puro considera como invalorable pieza de cacería cualquier especie que tenga cabida en el arco taxonómico de los felinos, bien sea un cunaguaro, bien sea un leopardo. Porque en el deprimido mundo de las finanzas personales, la labor de mantenimiento de una vieja cañería resulta tan importante y redentora como la glamorosa “creación y ejecución” de un plan de outsourcing para pequeñas y medianas empresas. El objetivo estratégico siempre será, en este sentido, sumar nuevos recursos para el pote.
Para satisfacer los variados requerimientos de los clientes potenciales, el matatigre venezolano tendrá que esmerarse en la definición de una estructura legal y organizacional lo suficientemente ambigua como para justificar cualquier incursión profesional (arreglo de aparatos electrodomésticos, confección de prendas íntimas, importación de perfumes de imitación, talleres de feng shui u organización de cocteles). Las tendencias recientes en el competitivo mercado de empresas unipersonales ponen de manifiesto la conveniencia de fundar “compañías asesoras” y “firmas de soluciones gerenciales”, todas ellas, demás está decirlo, con sonoros nombres en inglés.
La coherencia propagandística reclama que el solitario entrepreneur ordene la impresión de un mazo de tarjetas personales en las que se haga constar su condición de presidente, CEO o director principal del naciente emporio comercial. Y aunque en la soledad de su cuchitril el atribulado matatigre acepte que jamás ha tenido el dominio de ninguna de las circunstancias de su vida, comentará a los clientes que la firma consultora cuenta con una moderna página en internet, sólo que en estos momentos, ¡qué casualidad!, ¡no me lo van a creer!, “la misma” fue “jaqueada” y se halla en reconstrucción. Apelará entonces a la eficaz herramienta del correo electrónico, cuya denominación deberá encontrarse en sintonía con la solemnidad característica del mundo de los negocios. Es así como los emails del tipo rompecolchón@gmail.com o yosisoylocote@hotmail.com quedan completamente descartados.
La modesta habitación del matatigre servirá como sede principal de la pujante empresa de soluciones gerenciales. Luego tocará al viejo maletín y al teléfono celular de segunda generación hacer las veces de sucursales virtuales. La ausencia de músculo financiero otorgará a los servicios comunicacionales e informáticos de apoyo un carácter marcadamente “prepago” (las tarifas “habla pegao” o “feisbucea pegao” quedan relegadas para hipotéticas épocas de bonanza); mientras que la imposibilidad de contar con modernos equipos de identificación de llamadas telefónicas obligará al entrepreneur a perfeccionar todas sus capacidades histriónicas a fin de despistar a los integrantes más voraces de la jauría acreedora.
El hecho de que la empresa no cotice en los mercados bursátiles de Londres o de Shanghai no impide que el matatigre químicamente puro se esfuerce en reproducir las mejores prácticas del mundo corporativo en su tenderete ambulante. Por tanto, tendrá que desarrollar de manera apropiada los siguientes conceptos estratégicos: misión, visión, valores, objetivos generales y específicos, propuesta de valor, ventajas comparativas y competitivas, posicionamiento, mezcla de mercadeo, cultura corporativa y matrices multifactoriales del tipo Balance Scorecard. En fin, todo los “jugueticos gerenciales” menos la cadena de valor, la cual, por tratarse de un personaje de la economía (sin)real, seguramente se encontrará empeñada.
La política de comunicaciones externas del matatigrismo constituye un verdadero desafío. Los mensajes estratégicos de sus piezas divulgativas e iniciativas de relaciones públicas deben evitar la creación de una imagen comercial de prosperidad ilimitada, no vaya a ser cosa que ante tan exitoso desempeño operativo la directiva del SENIAT decida incorporar al pobre trabajador free lance en el rubro de contribuyentes especiales. Sin embargo, el comprensible temor a las fauces del monstruo tributario no justifica en modo alguno la proyección de un aura recogelatera y huelepeguística que termine por abortar cualquier posible negociación.
Llegados a este punto, es conveniente precisar que los trabajadores a destajo, como buenos descendientes del sistema capitalista, son susceptibles de experimentar los graves efectos de las crisis periódicas del libre mercado. Y es que no sólo existen la burbuja puntocom o la burbuja inmobiliaria; también podemos hablar de la burbuja matatigre, la cual surge de una ampliación de la base de clientes que no logra traducirse, simultáneamente, en un incremento de los flujos monetarios. Esta tensión financiera entre la partida de cuentas por cobrar y la partida de cuentas por pagar desemboca en la inviabilidad operativa del proyecto, ya que a diferencia de lo sostenido por el famoso teorema de Miller y Modigliani -la empresa endeudada vale más que la empresa sin empréstitos-, la persona “enmonada” vale mucho menos que el mortinato bolívar fuerte, que ya es mucho decir...
Luis XIV de los negocios, Flaubert de la literatura gerencial, el matatigre venezolano resume su especificidad ontológica en la altiva frase: La empresa soy yo (“L'Entreprise c'est moi”). Condición solitaria que parece vacunarle ante las nocivas amenazas sindicales de la huelga y la paralización hora cero. Sin embargo, debemos advertir que esta romántica independencia económica suele estar revestida de mucha mitología. De hecho, se suele inventariar como punto a favor la suposición de que un trabajador free lance está exento de los latigazos de superiores administrativos, cuando la triste cotidianidad nos revela que el esclavo supuestamente manumiso tiene tantos jefes como tigres consigue matar... ¡Bachaco!
En fin, como ya lo dijo el poeta italiano Cesare Pavese: “Hay algo aún más triste que perder un ideal: el haberlo realizado”.
Etiquetas: Clase Media, Free Lance, Matatigre