
Antonio Arráiz fue uno de los pocos intelectuales
que intentó consignar un inventario mínimo de las revoluciones acontecidas en
Venezuela. En su libro Los días de la ira
(Vadell Hermanos, 1991) el historiador y hombre de letras llegó a documentar un
total de 39 revoluciones en el período comprendido entre el 1 de enero de 1830
y el 31 de diciembre de 1903.
Aún hoy, la cifra es objeto de debate. La culpa
puede ser achacada, en parte, al propio Antonio Arráiz, quien atiza la polémica
al exponer a los lectores los criterios aplicados para distinguir una
revolución de una vulgar gresca de montoneras: la existencia de un plan político-militar
para derrocar al gobierno, la participación comprometida de más de 500 personas
en el proyecto de dominación y la sucesión de más de 30 días de acciones
bélicas. Sin embargo, cuando estos tres criterios de clasificación son puestos
de lado el panorama decimonónico cambia de manera dramática. De hecho, Arráiz
pasa a reconocer la existencia de 166 revoluciones, producto de sumar, a la
cifra original, las invasiones y los motines, las asonadas y los
desconocimientos, los alzamientos y los cuartelazos.
Este ideal militarista de la revolución
redentora siempre termina por pulverizar el propósito republicano de instaurar una
larga tradición de gobiernos civiles en Venezuela. Una tara abominable de nuestra
historia política que se inicia con la «carujada» vil de la llamada «Revolución
de las Reformas». En 1835, José María Vargas obtiene la victoria en elecciones
censitarias ante los próceres guerreros Santiago Mariño y Bartolomé Salom. De
este modo, logró convertirse en el primer presidente civil del país. Ese fue,
digamos, el pecado original de su breve gobierno. El 8 de julio de 1835, en la residencia
oficial de gobierno, se presenta Pedro Carujo al mando de un batallón de rebeldes,
para derrocar al médico ilustre, al hombre justo. Todavía retumban en la noche
de los tiempos las alevosas palabras que marcaron el inicio del primer
alzamiento militar: «¡Doctor Vargas, el mundo es de los valientes!».
Fue ese mismo año cuando Francisco Javier Yanes,
un atento testigo de su época, escribe
sin proponérselo unas de las observaciones sociológicas más agudas en relación
con la idiosincrasia venezolana. Lo hace en las Epístolas catilinarias: «Yo no me cansaré de repetirlo: ningún país
del mundo ha pagado con más profusión los servicios que se le han hecho, que el
nuestro; pero la corrupción, la disipación, han dejado a muchos hombres en una
situación de que ahora no encuentran otro modo de liberarse que haciendo
revoluciones a costa del propietario honrado (…) Hombres de esta especie no son
idólatras sino de sus sórdidos intereses: habiendo vivido siempre de los
empleos y del desorden, aborrecen todo gobierno en cuya administración no
pueden influir en beneficio propio (…) Desde luego, estos hombres acogieron el
medio de vivir de empleos y de lucrar a
costa del hombre honrado y laborioso. ¿Cuál fue éste? Una revolución. Este es
el modo de vivir más conocido en nuestro país, dijeron para sí: los pueblos se
han familiarizado tanto con ellas, que ya no parecen crímenes; si acaso la que
vamos a emprender no tiene el éxito que prometemos, un indulto, una completa
amnistía nos librará del suplicio (…) El pretexto que más puede alucinar es el
de las reformas; pues proclamaremos las reformas. Se dará una nueva
Constitución que, sin duda, será vista con desprecio por los pueblos que todos
los años están jurando constituciones, se inspirará el desaliento, se
acarrearán males infinitos; a cuyo lado no son perceptibles los que se originan
de los que actualmente tenemos; pero este desaliento y estos males convienen a
nuestras miras. Colóquese por fin en la presidencia al hombre que nos da
empleos y esto no basta, proclamemos reformas».
En 1903 la batalla de Ciudad Bolívar significa
el sometimiento definitivo de los caudillos de la «Revolución Libertadora» y el
inicio de una época de paz tutelada para el pueblo venezolano. En esencia, se
puede hablar de años de miedo, de terror, que convierten al término
«revolución» en una mala palabra. El país debe esperar poco más de cuatro
décadas para presenciar como otro grupo de insurgentes reivindica la
utilización de esta prestigiosa categoría política para su proyecto de toma del
poder. En un episodio que algunos historiadores no les gusta recordar
—particularmente a aquellos historiadores ocupados en la tarea de construir la
figura de un santón civil que pueda competir en el imaginario colectivo con el santón
militar de Simón Bolívar—, Rómulo Betancourt, joven político formado en la
extrema izquierda y luego reconvertido a la socialdemocracia, lidera junto con
Marcos Pérez Jiménez, y otros tenientes coroneles, la denominada «Revolución de
Octubre» que defenestró de la silla presidencial a Isaías Medina Angarita. Nuevamente,
y como en tiempos de Carujo, el mundo se revelaba como un sitio destinado para
los valientes.
Tras otra dolorosa dictadura, muchos venezolanos
volvieron a soñar con la «revolución». En 1959, Rómulo Betancourt asciende al poder
por la vía de los votos e inicia, con dos lecciones suficientemente aprendidas,
la defensa de la naciente institucionalidad acosada por dos flagelos que él conoce
de primera mano: el militarismo y el comunismo. Triunfa en su empeño, pero en
silencio los descendientes de los derrotados abrevan en el mismo venero de los
padres. El sistema de becas culturales y educativas, pensado acaso para
expatriar a nacionales incómodos, termina por acercar a los hijos de los
guerrilleros a los escenarios europeos donde se gestó la teoría marxista. Fue
así como el resentimiento ñángara se hizo de una generación de ideólogos con
estudios de doctorado, los actuales planificadores del socialismo del siglo XXI…
La decadencia del sistema de partidos reforzó el
prestigio de la «revolución» como estrategia de asalto al cielo, como antesala
de la utopía; un ideal romántico que siempre logró sobreponerse a su etimología
y al peso semántico del prefijo «re». Una clase de gramática que muchos no
terminaron de entender, como bien reflexiona el profesor Tom Crick,
protagonista de El país de agua, novela
del escritor inglés Graham Swift: «¿Os acordáis, niños, de cuando estudiamos la
Revolución Francesa? Ese importante hito, ese cambio de rumbo experimentado por
la historia. ¿Os acordáis que les explique lo que la palabra “revolución”
significaba implícitamente? Os dije que quería decir dar la vuelta, completar
un círculo. Os dije que, aunque
popularmente revolución equivale a cambio categórico, a transformación absoluta
—a dar un salto progresista hacia el futuro—, todas las revoluciones conllevan,
sin embargo, una tendencia opuesta y no por ello menos evidente: la idea de
regreso. Redención; restauración. Reafirmación de lo puro y esencial frente a
lo decadente y lo falso. El regreso a un nuevo comienzo (…) ¿Por qué es tan
frecuente que la historia exija grandes derramamientos de sangre, holocaustos,
armagedones? ¿Y por qué ocurre que, cada vez, el pasado no haya llegado a
enseñarnos ninguna lección? “Seguidme” —dijo Napoleón—, “y os daré la Edad de
Oro”. Y siguieron al Emperador los mismos que antes fueran regicidas, los
mismos que antes odiaban a los tiranos. Cómo se repite a sí misma la historia,
cómo se repliega sobre sí misma por mucho que tratemos de hacerla avanzar. Cómo
serpentea y se retuerce. Cómo avanza en círculos y nos devuelve al mismo lugar
(…) Avanza simultáneamente en dos direcciones. Retrocede al tiempo que avanza.
Hace el rizo. No caigáis en la tentación de creer que la historia es una
disciplinada e incansable columna que camina sin vacilación hacia el futuro».
La historia venezolana también avanza
retrocediendo cuando el 4 de febrero de 1992 un alma decimonónica, criada en
los cuarteles, viola su juramento constitucional de fidelidad democrática y fuerza
al país a retomar, con una cruenta asonada militar, el conteo de las
revoluciones.
«¿Qué importa el nombre?», se pregunta Julieta
Capuleto luego de enamorarse de un muchacho de apellido Montesco. Siglos
después, y bien lejos de Verona, el teniente coronel Hugo Chávez Frías, alias
«Tribilín», tiene plena conciencia de la importancia de un nombre y por ello no
vacila en atar su suerte política a la figura venerada del Libertador; decide,
entonces, llamar a su proyecto mesiánico y continuista la «Revolución Bolivariana».
¿Qué tan atrás en el pasado nos aventará esta
nueva revolución? Yo, como si fuese otro más de los alumnos del profesor Crick,
confieso que no tengo respuesta para esta interrogante. Sólo atino a denunciar
en estos apuntes que muchos lobos, al amparo de la sombra proyectada por el
nuevo hombre fuerte, se hicieron pasar por corderos y consiguieron entrar en el
aprisco donde el rebaño democrático languidecía de cansancio. Aprendieron la
jerga del quehacer democrático y del constitucionalismo republicano para fingirse
voceros legítimos del malestar de los sectores populares, para ganar
elecciones, para aplastar las derechos conquistados por las minorías, para implantar
un sistema basado en la adoración de un único hombre y para, en definitiva, acabar
con la república, tras dinamitar la garantía de libertad contenida en el
principio de la división de los poderes públicos.
La pobreza amplió sus dominios: a la pobreza
económica se le sumó la miseria del alma. Hombres y mujeres de distinto origen
socioeconómico abjuraron de su condición ciudadana para engrosar las filas de
las famélicas y codiciosas huestes del «tiramealguismo». Ricos, pobres y
personas de clase media internalizaron una verdad canalla: En Venezuela la
actividad más productiva, después del petróleo, es hacerse el pendejo, el loco,
el güevón. Calla y cobra, mira para otro lado mientras estiras las manos y
recibes el dinero que borra los recuerdos incómodos asociados con toda escena
de crimen.
Las mentes más limitadas guardaron silencio; las
más instruidas se convirtieron en «hermeneutas del monstruo» (Ulrich Beck
dixit) y dedicaron su tiempo y sus luces a cohonestar con eufemismos y lugares
comunes los zarpazos del régimen neototalitario. Fueron apenas pavesas arrojadas
de la pira en la que ardía un país llamado Venezuela.
Los pobres del bolsillo fueron a lo suyo y
aprovecharon su extensa parentela para tener al menos a un miembro del grupo
familiar metido en una de las diferentes colas de las misiones sociales (una
aplicación exitosa al mundo político del concepto mercadotécnico de la«
segmentación de mercado»). Ante la triste visión de personas prosternadas, con
las cabezas gachas y en poses mendicantes, acudieron solícitos los hermeneutas
del monstruo a prestar sus servicios y, en arriesgada manipulación lingüística,
trocaron la antiquísima costumbre de la compra de conciencia en el novedoso
enfoque de la inclusión social: «¡Señores de la canalla mediática, digan la
verdad! El gobierno bolivariano no reparte a la población dinero no trabajado, sino
que cancela directamente a los verdaderos accionistas de PDVSA los proventos de
la actividad petrolera». Más tarde, estos pobres de alma, que no del bolsillo, también
fueron a lo suyo: bajo la excusa de ser hombres de empresa y ciudadanos
apolíticos (¿?), hicieron del silencio el mecanismo paralelo más eficiente para
acceder a las petrodivisas y los jugosos contratos de obras públicas. De este
modo nació la pestilente «boliburguesía».
El catálogo de oportunistas quedaría incompleto
si no mencionamos aquí a los «chavistas de clóset», a los millones de sujetos
que se hacen pasar por opositores al régimen, acuden a las marchas de la
oposición, tocan cacerolas en la tranquilidad de sus apartamentos de lujo e
incluso se inventan seudónimos ingeniosos para convertir a la internet en un
campo violento de lucha; muchos de estos sujetos son seres sin talento que en
la administración pública ocupan una posición técnica o gerencial que desborda
por mucho sus capacidades intelectuales, pero se hacen de recursos monetarios suficientes para mantener
un estatus socioeconómico elevado, que les permite viajar al exterior varias
veces al año y mantenerse actualizado en las últimas tendencias tecnológicas.
Los «chavistas de clóset» siempre están atentos a una emisión de títulos de
deuda «denominados en dólares», a pesar de que saben que con la compra de los
bonos públicos aportan el dinero que le hace falta a la dictadura para mantener
su política de compra de conciencias. El excelente novelista venezolano Eduardo
Sánchez Rugeles nos ayuda a completar el perfil de estos virtuosos del
fingimiento: «Una de las mayores fortalezas electorales del gobierno
ha sido la de activar y profundizar el clientelismo de la mediocridad. Estos
tipos (que pueden ser nuestros hermanos, primos, vecinos o amigos del colegio)
saben perfectamente que en un contexto objetivo de competencia no tendrían nada
que aportar ni que decir. Su ineficacia, a la hora de una prueba de aptitud,
quedaría en la más absoluta evidencia. Muchas de estas personas, como parte del
juego social, reivindican en su vida cotidiana alternativas como las de Hay un camino pero a la hora
de participar, por mera conveniencia, eligen la única opción electoral que
garantice sus inmerecidos cargos y desproporcionados salarios. Lo que sucede en
PDVSA sucede en todos los sectores de la vida pública. Cuesta creer que dentro
de los millones que refrendaron el desastre el pasado 7 de octubre, un
porcentaje relevante corresponde a este perverso clientelismo. Todos tenemos algún
conocido que, de un día para otro, pasó de cuidar carros en un restaurante
chino a ser cónsul de Venezuela en cualquier lugar del mundo o asesor
estratégico del ministerio de un poder, supuestamente, popular».
Hubo también quienes por convicción ideológica colaboraron con la supresión de la
democracia. Muchos de ellos, provenientes de hogares izquierdistas, mamaron el
resentimiento del seno de la madre y forjaron su panteón de héroes y mártires
con los compañeros fallecidos o desaparecidos que el padre conoció durante la
lucha guerrillera y la política clandestina. Estos comunistas genéticamente
puros, intoxicados con categorías políticas y conceptuales de escasa aplicación
en el contexto venezolano (burguesía, plusvalía, alienación, lucha de clases),
jamás plantearon peticiones desmedidas; se conformaban únicamente con ver a los
malditos adecos y copeyanos freídos en aceite.
Para que nosotros podamos entender esta loca obsesión por ideas fracasadas, para que
nosotros podamos comprender cabalmente el deseo de renunciar a la existencia
propia y arrastrarse como un zombi detrás de postulados inhumanos, más letales
que el nazismo, quizás sólo tengamos la ayuda y la perspicacia de Claudio
Magris, quien comparte con los lectores una intuición incómoda: «Algunas veces se ama
algo sólo porque creció con nosotros, es el espacio y el terreno de nuestras
vidas; aunque viésemos su indignidad e inmoralidad objetivas, no dejaríamos de
amar ese mundo, porque es el nuestro».
Algunos de los testigos de la
asfixia del espíritu cívico y libertario, de la vergonzante entrega del país al
gobierno de una isla tiranizada por dos patéticos ancianos, no tuvieron mejor
idea que pontificar acerca de virtudes tales como la objetividad, la neutralidad,
la ponderación. Sin embargo, el hedor de la charca, ese espeso caldo putrefacto
donde las apremiantes necesidades de la sobrevivencia jamás podrán confundirse
con las máximas del sabio arte de vivir, siempre nos reveló la lucidez del inglés
Gilbert Keith Chesterton cuando dijo: «La imparcialidad es un nombre muy
pomposo para la indiferencia; y la indiferencia es un nombre muy elegante para
la ignorancia».
En una reciente entrevista al diario madrileño
El País (periódico cuya sola mención causa la indignación de las celestinas del
chavismo), el director de cine austríaco Michael Haneke recordó las palabras
que escuchó de un antiguo profesor de Filosofía: «Si quieres destruir a
alguien, déjale definir». En Venezuela, quizás por miedo a ser destruidos,
acaso también por temor a sufrir retaliaciones, muy pocos se atrevieron a
emprender una definición rigurosa del sistema que vampirizaba a la nación. No
se le puso un nombre a las cosas, no se levantó una taxonomía de los demonios
resucitados, y el mal innominado avanzó. El neototalitarismo ataviado de mil disfraces,
muchos de ellos zurcidos por reputados intelectuales de la oposición, capitalizó a su favor las imprecisiones, las ambigüedades, las
contradicciones. A las finas dagas florentinas del silencio interesado, se
unieron los burdos puñales de quienes prestaron sus voces para propagar las expresiones
y giros idiomáticos de los ideólogos de la hegemonía cultural. Entre todos le
inyectaron aliento a una seudoparla cuyos vocablos rimbombantes (a menudo
perfumados de lejanas epopeyas guerreras) estuvieron siempre vaciados de su
significado original. Términos empleados en contextos ajenos a sus etimologías,
en una operación de resemantización de una realidad desquiciada y desquiciante,
como esos damnificados que nos presentan como dignificados, a pesar de
experimentar diariamente en un refugio las miserias de la vida.
Pero todo lo que nace muere. Los sistemas que
niegan la economía de mercado, en particular aquellos identificados con la
izquierda extrema, mueren económicamente al acabar con las fuerzas de la
producción; y políticamente también fallecen cuando les sobreviene la
inevitable intoxicación por engaños. Es la famosa maldición del propagandista;
esa alma oscura que un buen día comienza a creerse, a pies juntillas, la
veracidad de todo el universo simbólico recreado a partir de las mentiras, de
las repeticiones, de las negaciones, de las exageraciones, de las proyecciones.
Sin embargo, en esta hora desgraciada de la historia venezolana el cuerpo
martirizado de un enfermo terminal nada puede contra la realidad. El
paciente-muriente, recluido en una sala de terapia intensiva o de cuidados
especiales, no da para grabar comerciales ni campañas promocionales. Mucho
menos da para juramentaciones y labores de gobierno.
Si alguien entre nosotros duda de que el
chavismo se está convirtiendo en una suerte de religión laica, como ya lo
advirtió el encuestador Oscar Schemel, sólo debe apreciar el surgimiento de los
denominados «misterios». El socialismo del siglo XXI, como toda secta ocultista
que se respete, se basa en el secreto y por tanto no duda en improvisar una
casta sacerdotal, cuyos miembros (Nicolás Maduro, Diosdado Cabello, Elías
Jaua), tras ser poseídos por el hálito divino, comunican a los mortales la
voluntad del dios invisible. Un dios colérico, de dimensiones bíblicas, que
como el Creador de la Sagradas Escrituras manda pestes y castigos, como la
devaluación del bolívar, la escasez de alimentos y la alta inflación. Pero,
sobre todo, un dios tecnológico, que ratifica sus edictos mediante una firma
electrónica.
La engañifa de la firma electrónica equivale a
los espejitos que el colonizador español intercambiaba por oro con nuestros
antepasados. Los venezolanos de este tiempo entregamos la posibilidad de tener
un mejor futuro y de vivir en democracia a cambio del espejito de una firma
digital; una firma digital que esgrime un funcionario que insulta, maltrata y
se burla de la buena fe de la gente, a pesar de que no cuenta ni con un solo
voto popular como prenda de legitimidad. Un vicepresidente dirigido desde Cuba
para que la anarquía no deje perder el subsidio de ocho mil dólares a la tiranía
castrista.
«El Presidente va para tres meses sin aparecer
públicamente y la vida pública nacional se desarrolla en medio de un juego
comunicacional en el que la figura del jefe de Estado se ha reducido a una
historia, a una narración, a un momento descrito por sus colaboradores. Nada de
contacto directo y menos de comunicación directa con los ciudadanos. El
Tribunal Supremo de Justicia decidió continuar el mandato de Hugo Chávez,
manteniendo un precario hilo constitucional. No obstante, alargar esta extraña
figura pudiera llevar a otra situación más polémica todavía: la ausencia
indefinida, a todas luces un estado anormal y definitivamente inconstitucional
que no es sostenible en el tiempo y, a la larga, con profundo impacto
internacional», denuncia con comprensible preocupación el editorial del diario El Universal del domingo 3 de marzo de 2013.
¿Quién manda por fin en el país? Si,
efectivamente, mandan los venezolanos o manda el mismísimo dios Chávez desde su
gruta mística del piso nueve del Hospital Militar, ¿entonces por qué demonios
Nicolás Maduro viaja a La Habana? Si Hugo Chávez informó por primera vez al
país el 10 de julio de 2011 acerca del hallazgo de un tumor abscesado con
presencia de células cancerígenas, ¿por qué Fidel Castro en carta pública, escrita
en la ciudad de La Habana a las 8 y 35 de la noche, del 17 de febrero de 2013,
escribe: «Fue necesaria una larga y angustiosa espera, tu asombrosa resistencia
física y la consagración total de los médicos como lo hicieron durante diez años, para obtener ese
objetivo [la recuperación de la salud plena]?».
Si los venezolanos nada sabemos del estado de
salud real de Hugo Chávez, a pesar de que se trata de un empleado público más a la orden de la ciudadanía, ¿por qué el
locuaz Fidel Castro declara: «Ahora que no tendremos el privilegio de recibir noticias tuyas todos los días, volveremos
al método de la correspondencia que durante años hemos utilizado»? ¿Por qué el
secretario general de la OEA José Miguel Insulza afirma que la solución de la
crisis de gobernabilidad venezolana se resolverá esta semana? ¿Por qué el diplomático
panameño Guillermo Cochez afirma que «han estado engañando a Venezuela y al
mundo entero», que el presidente Chávez tiene muerte cerebral desde el 30 de
diciembre de 2012 y que «las hijas lo decidieron desconectar hace cinco días»?
Es obvio que en esta historia los venezolanos hacemos las veces del marido
cornudo.
Chávez no representa nada para mí; nada distinto
a un aborrecible dictador. Sin embargo, para sus seguidores Chávez es
prácticamente un dios; ellos son los pobres creyentes que observan como los principales
sacerdotes se burlan del Dios que le da vida a su credo. ¿Por qué no lo
muestran? ¿Por qué no lo enseñan?
Escribe el fallecido historiador Manuel Caballero en su obra Gómez, el tirano
liberal: «La experiencia enseña que ni el más meritorio, ni el más
poderoso, ni el más aparentemente insustituible de los prestigios resisten la
erosión del tiempo: en la República de Venezuela, desde 1830 se ha ido
recortando la estatura de los hombres que vencieron al Imperio, su prestigio
consumido en la política diaria. No sólo fue Páez, rebajado de mayúsculo
“Centauro” a “Rey de los Araguatos”, sino también José Tadeo Monagas, de prócer
a ladrón y prófugo». Así las cosas, Hugo Chávez ha pasado a convertirse, para
nuestra desgracia, de segundo Bolívar a padre incuestionable de la fracasada «Revolución
de los Espejitos».
Etiquetas: Culto a la personalidad, Totalitarismo, Tragedia