
En Moscú, un tribunal «independiente» acaba de
condenar a dos años de presidio a las integrantes del grupo Pussy Riot por la
comisión de los delitos de vandalismo e incitación al odio religioso, a pesar
de que la letra de la canción interpretada por las chicas punk en la catedral de Cristo Salvador está lejos de la herejía y
más cerca de la protesta política: «Madre de Dios, virgen, ¡líbranos de Putin!,
¡líbranos de Putin! / (…) El líder de la KGB es la más alta santidad / (…) El
patriarca cree en Putin / mejor debería, perro, creer en Dios».
En Londres, la decisión del gobierno del Ecuador
de brindar asilo al periodista Julian Assange (el enemigo de mi enemigo es mi
amigo) desata la ira de naciones desarrolladas que, más que la restitución del
honor de dos suecas acosadas sexualmente, buscan la privación de libertad del hacker que divulgó importantes secretos
diplomáticos en el sitio de internet Wikileaks.
Dos noticias a primera vista diferentes
presentan para el análisis más de un punto en común. El primero de ellos: el
empleo acomodaticio del Derecho (privado y público internacional) para
criminalizar las actuaciones de enemigos gubernamentales y consagrar
institucionalmente la victimización de los poderosos. El segundo: el deseo
común, de quienes ejercen el poder omnímodo, de intimidar a los sectores de
oposición nacional y de resistencia global, con el propósito de favorecer una
atmósfera de silencio y complicidad que allane el camino a nuevos abusos. El
tercero: el empeño sistemático de subordinar el ejercicio de los derechos
humanos y civiles a la primacía de supuestos principios fundamentales: el
secreto de Estado, la soberanía de los gobiernos, la reputación de los mandatarios, la intervención militar
humanitaria, entre otros espantajos de reciente data. En resumen, un cuadro
dramático que pone de relieve la advertencia hecha por el académico Luigi Ferrajoli:
«Una democracia puede quebrarse aún sin golpes de Estado en sentido propio, si
sus principios son de hecho violados y estas violaciones no suscitan rebelión
o, al menos, disenso (…) Los enemigos de la democracia constitucional son
también los principales enemigos, disfrazados de amigos, de la democracia
política».
¿Cómo reconocemos a los enemigos de la libertad?
Muy fácil. Dejándoles vomitar la única tesis que su cerebro simiesco, de
sinapsis intermisa (apoptosis), consigue aducir: «Yo no estoy en contra de la
libertad sino del libertinaje». Una vez pronunciada la mentecatería, los
enemigos de la libertad se hunden en un silencio que pretenden místico, convencidos
como están de haber dado con una frase lapidaria, nacida para la posteridad. Luego,
ya instalados los tribunales inquisitoriales llamados a asfixiar la libertad de
expresión, los cortesanos disfrazados de críticos renuncian de buen talante a su
escasa creatividad para hacer suyos los originales aportes teóricos de los
autores agrupados en la famosa «Escuela de las matrices mediáticas».
Hace tiempo que los propagandistas de los
regímenes totalitarios sumaron una nueva estrategia a su inventario de artimañas:
la satanización de los medios de comunicación. Mercenarios pintorescos de la
izquierda caviar, como el francés Ignacio Ramonet, se extasían con el análisis
de informaciones falsas redactadas por periodistas tendenciosos (que siempre
son de derechas), así como también con las operaciones de desmontaje de
campañas difamatorias de líderes «progresistas» (que siempre son de la izquierda
continuista). Según el curioso criterio de los tales expertos mediáticos la existencia
de macas y anomalías en la estructura de los medios de comunicación (concentración
de la propiedad accionaria, sujeción de la política informativa a los intereses
de los dueños, jerarquización de las noticias según criterios comerciales, ausencia
de un contrapeso institucional a la prensa privada) justifica de sobra el acoso
y el amordazamiento de cualquier voz que ose cuestionar a una casta de
gobernantes y funcionarios públicos que ya parecen los actuales sucesores de
los antiguos monarcas por derecho divino.
A menudo estos denodados enemigos del
libertinaje y de los excesos de opinión se declaran herederos de una tradición
democrática que desconocen en actos y en saberes. Quizás oyeron, en alguna
oportunidad, que la primera vez que un cuerpo legislativo consagró el derecho
humano a la libertad de expresión fue en el año de 1776, cuando el joven Thomas
Jefferson lo incluyó en el artículo 12 de la Declaración de Derechos del Estado
de Virginia. Sin embargo, aquello que nunca escucharon, a juzgar por las
actitudes sectarias y puritanas de todos ellos, fue que los griegos en el
primer ensayo histórico del gobierno del pueblo —la demokratía ateniense perfilada por las reformas de Clístenes en el
año 508 AC— concibieron dos principios fundamentales para regir la vida pública
(koinón): la isegoría, la igualdad en el derecho de expresión en la asamblea; y
la parrhesía, el derecho de una
persona a decir todo aquello que desea; dos conceptos que nunca fueron
plasmados en leyes o códigos arcaicos. ¿La razón? El reconocido helenista
Domenico Musti, en su famoso estudio Demokratía,
orígenes de una idea, aventura la siguiente hipótesis: «El Egipto faraónico
hizo un gran uso de la escritura, tanto en los archivos reales como en las
inscripciones celebratorias, propia de una sociedad de régimen absolutista.
Respecto a este estatus social de la escritura, la oralidad de la discusión
libre representa un progreso, y no hay que olvidar que la democracia tiene para
los griegos un sinónimo inmediato en isegoría
o parrhesía. La libertad absoluta de
palabra como principio es para un griego la sustancia institucional de la
libertad».
Veinticinco siglos después, la libertad de
expresión vive tiempos oscuros. Los enemigos del desarrollo humano, del
progreso nacido de la oralidad de la discusión libre, pretenden sumir a los
pueblos en las brumas del silencio y la censura. De allí que resulte necesario
que los hombres y mujeres de espíritu crítico vuelvan sus ojos a las páginas
del panfleto Nada es sagrado, todo se
puede decir (Melusina, 2011), escrito por Raoul Vaneigem (Lessines,
Bélgica, 1934), uno de los filósofos cuyos planteamientos alimentaron las
jornadas del famoso mayo francés de 1968.
El autor parte de la necesidad de actualizar la galería
de adversarios de la libertad de expresión. En su criterio, la constitución
estadounidense presenta un enfoque analítico muy estrecho al culpar
exclusivamente a los gobiernos despóticos de la restricción de ideas y
pensamientos. Las amenazas más peligrosas no surgen exclusivamente del ámbito
público de una sociedad, sino también de novedosos flancos de la esfera
privada. Fenómenos exclusivos del mundo contemporáneo como la comunicación de
masas, la publicidad, la propaganda política, las relaciones públicas, el
sensacionalismo informativo y la escenificación de la vivencia popular (reality show, talk show), banalizan el conocimiento, afectan la calidad del
debate público y terminan por caricaturizar la libre expresión de las ideas.
En palabras de Vaneigem: «La lucha contra la
tiranía, de la que se enorgullece la libertad de palabra y de pensamiento, es
un engaño si el ciudadano no aprende a identificar y a distinguir, en las
noticias con las que a diario se les atiborran los ojos y los oídos, a qué
conjuras de intereses responden o, por lo menos, cómo han sido ordenadas,
gestionadas, deformadas. No podemos ignorar que, incluso vertidas a granel, nos
las sirven embaladas mediáticamente. Hay que desembalarlas (…) La libertad de
expresión sin límite no es algo que venga dado sino un aprendizaje, que el
deber de obediencia ha fomentado escasamente hasta la fecha. No hay un uso
bueno ni un uso malo de la libertad de expresión, sólo existe un uso
insuficiente».
Para el estudioso belga la libertad de expresión
proviene de dos rasgos eminentemente humanos: la propensión a la curiosidad
(«la necesidad de querer saberlo todo») y el hábito de intercambiar bienes y
servicios. La autonomía individual sólo se consigue cuando la persona tiene el
derecho de expresar y de profesar cualquier opinión, cualquier ideología,
cualquier religión. Una libertad del decir y del pensar que sólo puede darse en
una sociedad donde ninguna idea sea vista como inaceptable, ni siquiera la más
aberrante y aborrecible.
«No
hay idea, ni declaración ni creencia que tenga que librarse de la crítica, del
escarnio, del ridículo, del humor, de la parodia, de la caricatura, de la
imitación. “Lo reiteraré de todas las maneras posibles”, escribía ya George
Bataille, “el mundo sólo es aceptable a condición de no respetar nada”. Y Scutenaire:
“Hay cosas con las que no se bromea. ¡No lo suficiente!”. Lo que sacraliza
mata. La execración, surge de la adoración. Sacralizados, el niño es un tirano,
la mujer es un objeto, la vida es una atracción desencarnada», nos advierte el
filósofo.
Como
si intuyese el unánime repudio de los puritanos, Vaneigem aclara que tolerar
todas las ideas no implica avalarlas ni mucho menos arrojar un manto de
prestigio social tanto a autores como defensores. La tan temida propagación de
los pensamientos nocivos casi siempre ocurre como consecuencia de las
prohibiciones y medidas de censura que despiertan el interés de la ciudadanía
en planteamientos antidemocráticos, racistas, xenófobos, revisionistas o
sanguinarios. «Lo que está reprimido suscita la furia de la liberación y la
trapacería del resentimiento. Reprimir la estupidez y la ignominia sólo logra
hacerlas más insidiosas y aborrecibles. Aplastar la infamia las resucita bajo
otra forma, en vez de favorecer la felicidad individual que incluso consigue
borrar hasta su recuerdo. No hay peor manera de condenar determinadas ideas que
imputarlas como crímenes. Un crimen es un crimen y una opinión no es un crimen,
al margen de la influencia que se le impute. Prohibir un discurso aduciendo que
puede resultar nocivo o chocante significa despreciar a quienes lo reciben y
suponerles no aptos para rechazarlos como aberrante o innoble. Equivale de
hecho, según el método del clientelismo político y consumista, a persuadirlos
implícitamente de que tienen necesidad de un guía, de un gurú, de un maestro
(…) Lo que se ha de condenar no son las palabras sino las vías de hecho (…) Más
vale no olvidarlo: una vez instaurada, la censura no conoce límites, pues la
purificación ética se nutre de la corrupción que denuncia».
Otro
moderno enemigo de la libertad de expresión es el pensamiento políticamente
correcto, que busca negar la realidad con la utilización de eufemismos y la
manipulación semántica. En este aspecto el filósofo belga es tajante: los
términos políticamente correctos forman una lengua sin vida, petrificada,
incapaz de romper con las iniquidades de los actuales sistemas de dominación. «El
hábito de lo políticamente correcto no tarda en volverse hábito policial (…) La
solución pasa por devolver a las palabras su vocación poética, esa
característica que les permite influir sobre las circunstancias y sobre el
destino de los seres».
El
panfleto también se ocupa de las violaciones de la libertad de expresión
nacidas del llamado «deber de memoria». En muchas ocasiones la existencia de
episodios oscuros en la vida de una colectividad o nación son impuestos a los
ciudadanos como una suerte de pecado original que nunca podrán limpiar. La
existencia de una tragedia innombrable funda las bases sociales del tabú, pero
además proporciona el alegato moral para acometer ataques preventivos, intentos
belicistas bienintencionados para que lo inhumano supuestamente no vuelva a
pasar. «Ninguna verdad merece que nadie se arrodille delante de ella. Todo ser
humano tiene el derecho de criticar y contradecir lo que parezca más indudable
o se admita como evidencia científicamente establecida. Las especulaciones más
disparatadas, los asertos más delirantes fertilizan a su manera el campo de las
verdades futuras e impiden erigir en autoridad absoluta las verdades de una
época (…) Una verdad impuesta por la fuerza es una verdad que se corrompe (…)
Una verdad impuesta se veta a sí misma la posibilidad de ser humanamente verdad»,
dice Vaneigem.
Llega
la hora de ocuparse de las parcelas del secretismo tanto público como privado
(un párrafo especial para los venezolanos: «El secreto médico compete a una
relación personal entre el médico y su paciente. Por el contrario, la
discreción ya no es de recibo cuando un hombre público la reivindica para
ocultar a los ciudadanos que, a sabiendas, los engaña y les miente»). El
ensayista no escurre el cuerpo, a pesar de lo vidrioso que pudiese resultar el
asunto sometido a su consideración. De entrada sentencia que la inhumanidad no
ha de disponer de asilos ni de protección que le permitan perpetuarse
impunemente; nada ha de obstaculizar la intrusión de la vida y su voluntad de
eliminar lo que la aflige o la contraría: «La intimidad de las personas ha de
permanecer impenetrable, excepto en tres casos: cuando oculta actos contrarios
a la humanidad, cuando decide exhibirse sin reserva, cuando divulga, bajo forma
de imágenes o de testimonios, unos hechos que por su naturaleza hagan tomar
conciencia de las intolerables condiciones impuestas a un individuo o a una
colectividad».
Puesto
a escoger entre la razón humana y la razón de Estado, el filósofo no duda: «No
existe para la barbarie ningún derecho de ocultación, de refugio, de protección
(…) La autoridad instituida siempre ha necesitado, para reforzar su tutela,
tratar a los hombres como ciegos, incapaces de guiarse por sí mismos, hasta tal
punto que, acostumbrados a acudir con los ojos cerrados a donde les han dicho
que vayan, temen la luz y exigen, a costa suya, más noche y más niebla, por
donde poder vagar sublevándose contra la dureza de los tiempos. El oscurantismo
siempre ha sido el modo de iluminación del poder (…) Ningún secreto puede
limitar la libertad de expresión en lo tocante al interés público. No existe la
violación de un secreto de Estado, sólo el secreto de Estado viola el derecho
imprescriptible del ciudadano a no ignorar nada de lo que le concierne y le
implica. La gestión de los asuntos públicos no tiene que oponer secretos a los
administrados puesto que éstos han de ser sus únicos beneficiarios (…) Corresponde
a la libertad de expresión poner de manifiesto las cuentas secretas, denunciar
las cajas negras, investigar los haberes bancarios, publicar las declaraciones
de impuestos y las rentas de los empresarios, de los políticos y de quienquiera
que ejerza un poder o pretenda gestionar el bien público. No queremos más
secretos que los secretos del corazón (…) No queremos una república de jueces
ni de delatores, queremos una sociedad en la que ningún acto contrario a la
humanidad pueda llegar a perpetrarse. La voluntad de transparencia revoca el
espíritu de delación. La mejor manera de desalentar a los sicofantes consiste
en ponerlo todo en conocimiento de los ciudadanos».
Vaneigem destaca la importancia de la
jurisprudencia sentada por el Tribunal Supremo de los Estados Unidos;
institución que prefiere tolerar una calumnia antes que frenar la libertad de
expresión, y opta por proteger, según lo dispuesto en la primera enmienda
constitucional, el derecho a publicar cualquier información que resulte
relevante para la opinión pública, aunque luego se revele como falsa.
Igualmente, comparte el criterio preconizado por la American Civil Liberties Union según el cual la sociedad, en su
conjunto, debe proteger la transmisión de ideas y opiniones relacionadas con
temas de interés público, a pesar de que algunas de ellas atenten contra la
reputación y los sentimientos de las personas famosas. «Ya es hora de abrogar
el viejo delito de lesa majestad. Ninguna consideración ha de otorgarse a un
título, a una función, a un poder que, porque establece una segregación entre
el ciudadano y una criatura provista de una distinción honorífica cualquiera,
asimila de oficio a un delito el derecho de abrumar, de vituperar, de mancillar
a los jefes de Estado, a los reyes, a los papas y a tutti quanti».
El autor concluye su panfleto libertario con una
impagable reflexión: «Autorizad todas las opiniones, ya sabremos reconocer las
nuestras, y aprenderemos a anular la
fuerza de atracción de sus efectos nocivos, a impedir que la corrupción del
lucro y del poder continúen gangrenando las mentalidades, y las combatiremos
mediante la única crítica que las puede erradicar: pensando por nuestra cuenta,
dejando de ponernos en estado de dependencia, descubriendo al albur de nuestros
deseos qué existencia queremos llevar, creando situaciones que imposibiliten el
imperio de la inhumanidad».
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